El equipo directivo

Liahona Julio 1962

El equipo directivo

por el élder Sterling Welling Sill

Una vez por año, la Escuela Superior de Comercio de Harvard (EEUU) patrocina una convención nacional a la que son invitados los más sobresalientes personajes del mundo de los negocios, tanto estadounidenses como internacionales. El tema general para una de ellas fue: “Desplegar la Capacidad Máxima del Equipo Directivo”. Posteriormente se publicó un libro en el cual se insertaron algunas de las ideas adoptadas en dicha conferencia y cuya finalidad es la de ayudar a las personas con cargos directivos en cuanto a la efectividad y el beneficio de sus negocios.

Mencionamos esto porque resulta ser un ilustrativo ejemplo con respecto a la notable cantidad de programas de estudio e instrucción que se están llevando a cabo, día a día, tanto entre instituciones comerciales como educativas, tendientes a descubrir nuevos y mejores procedimientos que hagan más efectivos los negocios. Estas ideas quedan luego al alcance de toda persona interesada en ellas. Nosotros, los que tengamos responsabilidades de dirección dentro de la Iglesia, debiéramos aprovechar el especializado conocimiento que de esta forma se nos provee.

Los distintos campos del éxito tienen mucho de común entre sí. Los procedimientos utilizados en un área, pueden ser adaptados y aplicados en otra. En efecto, la mayoría de los individuos que obtienen éxito en sus empresas, generalmente adoptan las experiencias y los procedimientos de otros. Indudablemente la Iglesia contribuye mucho en asuntos de negocios, pero también es verdad que éstos, con el conocimiento que se obtiene de sus eficaces operaciones, son de gran ayuda para la Iglesia. La importancia que la adquisición de los mejores métodos y habilidades tiene en el arte de dirigir, se advierte ante el hecho de que mientras una organización eclesiástica o un negocio cualquiera, resulta ser efectivo, otra institución similar es lamentablemente ineficaz. Es mejor y más fácil aprender a operar en base a procedimientos y técnicas comprobadas, que “perder la huella” en cada empresa.

Una firma comercial cuyo director o equipo directivo no sea muy diestro, puede estar quizás pasando por alto los conceptos administrativos que otra organización, aun considerándolos elementales, utiliza con éxito. Actualmente, muchas instituciones y empresas comerciales están comisionando a sus peritos y directores para que estudien los procedimientos de otras compañías, en la misma forma en que se envía a los estudiantes, médicos e ingenieros a perfeccionarse en sus campos respectivos. ¿Por qué no interesarnos igualmente dentro de la Iglesia, en el mejoramiento de nuestra habilidad para dirigir?

Uno de los requisitos primordiales de nuestra actividad en la Iglesia, es la habilidad administrativa. Según el diccionario, habilidad administrativa es aquella que nos capacita para dirigir o gobernar con eficacia. Implica una diestra operación en la función ejecutiva. Es la habilidad de influir favorablemente en las personas para el beneficio de las mismas, y para que hagan el bien.

Cada grupo de directores debiera ser adecuadamente adiestrado como equipo, con un capitán, un entrenador y jugadores individuales, y lo principal es la habilidad de trabajar en conjunto. Imaginemos que una organización cualquiera de nuestra rama o barrio, es un equipo. En cada una hay un director ejecutivo que tiene sus ayudantes especialmente designados. Este grupo es responsable de la capacitación y la actividad de otros miembros, mediante el encaminamiento de los que habrán de llevar a cabo la obra. Pero para ello, este grupo debe “poner el hombro”, como un equipo, a la responsabilidad de dicha realización.

Hay un equipo para la Escuela Dominical y otro para la Primaria, por ejemplo, en cada barrio o rama. Pero en la Iglesia no existen equipos “unitarios”, es decir, integrados u operados por un solo hombre. Los tiempos en que cada pionero se viera precisado a vivir y trabajar por sí mismo, ya pasaron.

La renovación del énfasis significa un cambio en la clase de habilidades que necesitamos desarrollar. Estas deben cultivarse a medida que se participa del arte de trabajar todos juntos hacia un solo objetivo. Para ello, es menester estar bien organizados y que cada uno en el grupo tenga su propio conjunto de tareas, específicamente delineado. Debemos saber exactamente qué es lo que se precisa hacer y qué es lo que se espera que nosotros hagamos. Lo cual quiere decir que debemos tener y desplegar los talentos y las habilidades necesarias, para poder realizar eficazmente nuestra parte del programa. Un equipo bien entrenado es aquel que resulta ser más fuerte y eficaz como conjunto, que si cada uno de sus integrantes actuara por separado, no importa sus talentos o habilidades individuales. Trabajando juntos, todos pueden alentarse, asistirse y complementarse mutuamente

Leemos en Doctrina y Convenios que: “…el señor requiere de la mano de todo mayordomo, que dé cuenta de su mayordomía, tanto en el tiempo como en la eternidad” (Doctrinas y Convenios 72:3), y también la palabra revelada del Señor en los últimos días nos dice: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado. El que fuere perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprenda su deber y no se presente aprobado, no será considerado digno de permanecer” (Doctrinas y Convenios 107:99-100).

La responsabilidad primordial de un director es organizar, delegar, supervisar, administrar y garantizar el bienestar general de su organización. También debe capacitar a los distintos subdirectores de su jurisdicción, a fin de que cada uno de ellos llegue a obtener las mismas habilidades y capacidades que él posee. De esta manera, no sólo mejorará las condiciones personales de sus compañeros, sino que acrecentará la eficacia del equipo directivo. Un director es también responsable del enaltecimiento de los objetivos de los miembros de su equipo, como del cultivo de su espíritu, la maduración de sus pensamientos y la estimulación de actividades apropiadas. Debe lograr que cada uno, a su vez, se haga responsable de su propia mayordomía, como requiere el Señor.

El reconocer que la ineficiencia es la causa principal del fracaso en los negocios, nos ayudará a comprender lo que sería de la obra del Señor si nosotros, sus directores, somos ineficaces. Pensemos en las consecuencias del hecho expresado por Jesucristo, cuando dijo que “estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. (Mateo 7:14) Esto indica que debemos ser más eficaces en los llamados “negocios de mi Padre”. (Lucas 2:49)

Necesitamos aprender a ver y determinar mejor las razones del éxito y del fracaso. Sabido es que todas las cosas se aprenden más rápidamente si se tiene constantemente presente el contraste ofrecido por el bien y el mal, la virtud y el error, la eficiencia y la ineficiencia.

Todo buen director, como todo médico experto, debe saber diagnosticar inteligentemente. Necesitamos ser capaces de determinar cuándo nuestro paciente está realmente enfermo y qué es lo que habrá de curarlo. También debemos saber —en un sentido similar— cuándo tal o cual organización o equipo están siendo administrados ineficazmente, y qué es preciso para mejorar su condición. Una organización está enferma, cuando sus estadísticas son bajas, cuando muchos de los jóvenes agrupados en ella están casándose fuera de la Iglesia, cuando sus miembros no asisten a la Reunión Sacramental, no pagan diezmos o no cumplen fielmente sus llamamientos como maestros orientadores.

Muchos son los síntomas que ponen de manifiesto la marcha indebida de una organización. Algunas veces, aquellos que están encargados de un grupo en el Sacerdocio Aarónico, la Primaria o los Jóvenes Adultos Solteros, no saben siquiera cuántos son los jóvenes alistados o cuál es el porcentaje de los que están obteniendo sus diplomas individuales o sus logros. Dicha situación sería desastrosa en asuntos financieros. ¿Es acaso menos importante la obra del Señor? Si administramos nuestros negocios de la misma forma en que realizamos nuestro trabajo en la Iglesia ¿cuál sería el resultado?

Cierto director de un grupo de jóvenes poseía un hato de ganado de buena raza. Sabía exactamente cuántos animales lo integraban, dónde pastaba cada uno de ellos, qué comían y cuál era su crecimiento y rendimiento diario. Su actividad dentaba que era muy diestro en la cría de ganado. Pero sabía muy poco acerca de los jóvenes a su cuidado. No es que careciera de habilidad. Su problema era mucho más grave: había perdido el interés. Y cada componente del grupo —director a su vez— iba siguiendo sus huellas y sus ejemplos. A poco, no tenían ya propósitos o planes dignos de compararse en eficacia a los que su director estaba utilizando en la cría de ganado. Cuando se realizó una reunión de líderes y maestros, de dicho grupo hubo un 33% de asistencia; y de éstos, únicamente la quinta parte contaba con manuales. Por consiguiente, ellos no sabían su programa. No habían aprendido su deber, ni estaban obrando con toda diligencia en el oficio al cual fueran nombrados. Olvidaron que el Señor había declarado que “no serían contados dignos de permanecer”. Esta era una situación bastante seria, ya que siendo que ni el mismo director se había “presentado aprobado”, el resto del equipo corría el riesgo de perder también sus bendiciones, puesto que ninguno de los jugadores puede aventajar al capitán. Todos estos problemas derivan de la falta de eficiencia en la labor administrativa.

¡Cuán diferente fue el cuadro ofrecido por un grupo cuya asistencia superó al 80% y en el que los diplomas y logros estaban alcanzando un porcentaje comparativo!

Si nuestra estaca o distrito cuenta con 2.500 miembros y gracias a nuestra habilidad para dirigir y administrar nuestra mayordomía, logramos mejorar la asistencia y la actividad general en un diez por ciento, ¡cuán grande será nuestro gozo al comprobar que hemos llevado al Señor, no una sola alma, sino 250!

El hacer una buena obra o magnificar nuestro llamamiento, es siempre más satisfactorio y agradable que ser inactivos o ineficaces, y es también mucho más fácil. Cuando el porcentaje de la actividad es alto, tenemos la ventaja de estar trabajando con el “poder de la mayoría” y contamos con el espíritu del entusiasmo. Nada puede derivar de esto, sino el éxito, y el trabajo resulta más placentero haciéndolo con el máximo de nuestra potencialidad.

Quizás los dos grupos —el eficaz y el ineficaz— creen en el evangelio. Ambos pueden estar viviendo comparativamente igual. Pero ser buenos no es suficiente para nuestra habilidad para dirigir: necesitamos ser también fuertes. No basta que un director sobresaliente sea un “santo”; debe ser, asimismo, un buen administrador. Un buen director no debe conformarse con estar calificado para el reino celestial; debe tratar de que cada uno de los componentes de su organización o equipo también lo consiga. El éxito de su obra no será completo si una sola alma que él podría haber ayudado a salvar, ha quedado atrás.

No es suficiente creer en la necesidad de habilitarnos para dirigir. Tenemos que prepararnos para adiestrar a otros y hacer que dicha habilidad fructifique en ellos. Y para habilitarnos, nada mejor que aprovechar las mejores informaciones provenientes de toda fuente disponible.

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