El banco de ideas

Liahona julio 1960

El banco de ideas

por el élder Sterling Welling Sill

Probablemente uno de los negocios más importantes del mundo es el negocio bancario. En el banco es donde conservamos seguras las cosas para nuestro uso futuro. Aunque naturalmente se piensa en el dinero al tratarse de bancos, sin embargo, en muchas ocasiones y en distintas maneras se ha sugerido que toda persona procure tener un banco de ideas.

Una de las razones porque existen bancos en donde podemos guardar nuestro dinero, es para evitar que se nos vaya de entre las manos y se pierda. Es precisamente la misma razón por la que debe haber un banco de ideas. Nuestros bolsillos no son un lugar muy adecuado para guardar las cosas de valor, ni tampoco es nuestra cabeza un depósito muy propio para guardar ideas. En primer lugar, nunca se tuvo por objeto que el cerebro fuese un depósito; es un taller. El cerebro no es apto como banco de ideas, porque está lleno de goteras. Las ideas dentro del cerebro son como el agua en un barril que se resuma. Si no lo creemos, tratemos de contener numerosas ideas en el cerebro por algún tiempo, y veamos qué sucede.

Una de nuestras dificultades estriba en que el olvido es un procedimiento inconsciente. El acto de aprender es consciente, pero el de olvidar es inconsciente. Es parecido a lo que sucede en el momento de nacer. Nunca sabemos que hemos nacido sino hasta algún tiempo después de que aconteció. La misma cosa pasa con el olvido. No estamos conscientes de los pensamientos que se nos están escapando y, por tanto, no tomamos las precauciones necesarias para evitar la pérdida. En muchas personas las ideas viejas se están perdiendo con mucha mayor rapidez que la adquisición de las nuevas. Desde luego, podemos ver en qué parará esto.

Las Escrituras sugieren que tengamos un “libro de memorias” para ayudarnos a recordar las cosas importantes. Cuando el Señor visitó a Juan el Teólogo en la Isla de Patmos, le indicó la importancia de preservar las ideas, pues le mandó: “Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas.” Si escribimos una idea, podemos conservarla para siempre en la flor de su juventud y significado impresionante. ¡Que tragedia tan grande habría resultado si Juan hubiese querido retener el Libro de Apocalipsis en su cabeza, en lugar de escribirlo!

Cuando el Señor concedió a José Smith y Sidney Rigdon la gran revelación contenida en la sección 76 de Doctrinas y Convenio, les repitió hasta cuatro veces que escribieran las cosa que habían visto y oído. En el  versículo 28 leemos lo siguiente: “Y mientras nos hallábamos aún en el espíritu, el Señor nos mandó que escribiésemos la visión.” Se hizo la misma amonestación, en sustancia, en los versículos 49, 80 y 113. Y en cada ocasión el Señor dijo que debía escribirse “mientras estaban aún en el espíritu.”

El Señor tenía buena razón para ello. Las palabras rápidamente se borran de la memoria; las impresiones se desvanecen; las ideas pierden su significado y su facultad para impresionar con el transcurso del tiempo. La manera de evitar la pérdida de nuestro dinero es ir pronto y depositarlo en el banco mientras lo tenemos todavía. Una manera buena de conservar las ideas es escribirlas mientras están frescas en nuestra memoria y nosotros mismos estamos “aún en el espíritu”. Los grandes hombres siempre han sabido depositar y almacenar sus ideas. Los cuadernos de Hawthorne nos revelan que jamás permitió que un pensamiento o circunstancia se escapara de su pluma. Robert Louis Stevenson siempre llevaba dos libros consigo: uno  para leer y el otro para escribir. Se dice que durante una entrevista importante, Goethe repentinamente se disculpó y se retiró a un cuarto contiguo donde escribió un pensamiento para su obra Fausto, temiendo que se le fuera olvidar antes que terminara la entrevista.

Poco después que Alma fue nombrado Juez Superior del pueblo, recurrió al Señor para preguntarle qué debía hacer concerniente a ciertos asuntos. Habiéndose recibido las instrucciones, leemos lo siguiente: “Y aconteció que cuando Alma hubo oído estas palabras, las escribió para conservarlas.” (Mosíah 26:33)

Alma sabía que no iba a poder fiarse de su memoria, aun tratándose de la palabra del Señor, de modo que las escribió a fin de preservarlas, no solo para sí mismo sino también para nosotros. El Señor le mandó al hermano de Jared que escribiera las cosas que había visto (Éter 4:1). Cuando el Señor visitó este continente después de su resurrección, dijo: “Os mando que escribáis estas palabras.” (3 Nefi 16:4) Esta repetición pone de relieve el hecho de que las ideas son a la vez deleznables y de valor incalculable. De hecho, una de las diferencias más importantes entre la gente consiste en el número y naturaleza de sus ideas.

La diferencia en Saulo de Tarso antes y después de su conversión se debió a la forma en que sus ideas habían cambiado. Tomás Edison se distinguió de otras personas por motivo de la naturaleza y valor de sus ideas.

Hay algunas ideas que pueden ser de valor particular para nosotros. Pueden hallarse en prosa, en verso o en canciones; mas si buscamos las que son adecuadas y verdaderamente las inculcamos en nuestro sistema, nos inspirarán, instruirán y fascinarán. Así como hay determinadas clases de alimentos que nos vigorizan y edifican, en igual manera existe en todos una simpatía natural y susceptibilidad en lo que respecta a las ideas. Hay cierta música que posee gran fuerza para despertar el entusiasmo de algunas personas y ponen en movimientos sus deseos de vencer. Algunas ideas surten el mismo efecto. Pueden ser ideas propias, o pueden pertenecer a otras personas. Algunas veces nuestras propias ideas se ajustan un poco mejor a nuestra propia maquinaría mental y emocional, que las ideas de otros; sin embargo, aun nuestras propias ideas merman espontáneamente si no las depositamos en un lugar seguro.

Las cosa que estimulan las ideas, como los poemas, trozos de filosofía o palabras selectas tienen la habilidad para incitarnos y desarrollar nuestro entusiasmo y nuestra fe. Conviene aprender de memoria no solo las palabras de las ideas, sino también el espíritu. Esto nos ayudará a llevar nuestra obra al máximo grado. Pero, además, hemos de procurar estar seguros de conservar estas preciosas joyas del pensamiento en el banco para retenerlas permanentemente. Hay expresiones particulares de otras personas que nos sirven para un propósito especial. Debemos posesionarnos de estas ideas que tienen afinidad particular con nuestros pensamientos y ponerlas en el banco donde las podemos adaptar y encauzar para que hagan nuestra obra.

El hecho de que una idea pudo haber pertenecido originalmente a otra persona no disminuye su valor para nosotros. No componemos nuestra propia música o pintamos nuestras propias pinturas, y, sin embargo, unas y otras desempeñan un papel constructivo en nuestras vidas. Las Escrituras son las palabras de otras personas y, sin embargo, nosotros las empleamos para nuestra propia edificación. Emerson dice que después de aquel que primeramente expresa una gran verdad, debe darse crédito al que la cita o repite. También pudo haber dicho que aquel vive de acuerdo con una gran verdad sobrepuja aun al que primeramente la expresó.

Procuremos, pues, alguna clase de archivo para ideas y dediquémonos con empeño a establecer un banco para ideas. El depósito bien puede componerse de alguna carpeta, o sencillamente un cuaderno en el cual podemos escribir y pegar o depositar en alguna otra forma nuestras ideas, a fin de formar una colección permanente. De lo contrario la viveza y la fuerza de una impresión mental se opaca con el tiempo. La velocidad con que desaparece no es uniforme. Determinada sección de un pensamiento puede desaparecer completamente de vista en un instante. La velocidad con que las otras van mermando es más gradual. Como quiera que sea, nuestras vidas quedan más pobres como consecuencia de esa pérdida. “Un buen archivo y una mala memoria constituyen una combinación más útil para el que dirige, que una buena memoria y un archivo malo”. Por tanto, una de las primeras inversiones que debe hacer todo el que aspira a dirigir, es un par de tijeras y un frasco de pegamento.

Una persona podrá tener mucho conocimiento y fracasar a pesar de ello, porque es mala su memoria. Por lo general, la gente puede adquirir el equivalente de muchos años de colegio durante su vida, y a la vez nunca tener a su disposición más que la educación más limitada. Frecuentemente llegamos a determinada altura en la época temprana de la vida, más allá de la cual es poco lo que nos elevamos, porque el funcionamiento que nos hace olvidar se torna más activo que el que nos permite aprender.

Las palabras y pensamientos no son para usarse solamente una vez, sino  muchas. No se nos ocurriría escuchar una pieza emocionante de música sólo una vez y entonces tirarla, ni compraríamos una pintura hermosa para verla una vez únicamente y entonces descartarla.

Al contrario, procuraríamos tenerla donde nos pudiera inspirar muchas veces. Así también las ideas grandes pueden servirnos una y otra vez para instruir e inspirar nuestras mentes.

Un gran hombre me dijo que cuando él quiere tener un poco de inspiración, siempre se refiere a estas ideas selectas, algunas de las cuales él mismo ha escrito. Son para él como sus propios hijos o sus amigos de confianza. Las personas que llamamos amigos tienen más fuerzas para inspirarnos y deleitarnos. Sin embargo, hay ideas que también son particularmente amistosas para nosotros en lo personal. Decimos que es una tragedia grande perder un amigo y, sin embargo, se pierden grandes fortunas todos los días en ideas buenas y útiles, sencillamente porque no tenemos un sistema bancario ni hemos formado el hábito de hacer depósitos regularmente.

Con frecuencia las ideas ganan un porcentaje mayor de crédito que el dinero en el banco. Pero es preciso que primero las captemos, conozcamos y sepamos dominar. Para eso se requiere habilidad. Algunas veces las ideas vienen en un rasgo de inspiración; y en otras ocasiones posan por un momento en nuestras mentes, y entonces, como el pájaro que momentáneamente se detiene en el árbol, emprende el vuelo. Algunas veces las ideas vienen como una serie de pensamientos. En otras ocasiones vienen en grupos, como una familia. Luego hay casos en que constituyen una falange que se abre camino por la fuerza, desalojando de nuestros pensamientos todo lo demás. Hay veces en que nuestros pensamientos son de optimismo, de valor y devoción, capaces de cambiar nuestra vida.

Convendría escribir estos pensamientos “mientras estamos aún en el espíritu”, porque de las ideas viene la sustancia que constituye la vida y la habilidad para dirigir. Si perdemos una idea buena, hemos perdido parte de nosotros mismos. Cuando agregamos las ideas convenientes, hemos aumentado el volumen de nuestra vida. Debemos convertirla en propiedad permanente a fin de tener dominio sobre ella.

Vamos a suponer que se nos invita a una gran conferencia, un banquete de ideas, que va a durar una semana. ¡Que experiencia tan rica para nosotros! Supongamos que durante ese periodo de cinco días se presentan cincuenta ideas verdaderamente buenas. Sin embargo, el único lugar en que podemos depositar estas ideas es en nuestra propia cabeza. Antes que la conferencia termine, el cincuenta por ciento de estas posesiones de tanto valor habrá desaparecido de nuestra memoria. En seis meses el ochenta por ciento de estas se habrá deslizado por entre los dedos de nuestra mente. En dos años más, se habrá perdido el noventa y nueve por ciento.

Si no eran de valor, ¿para qué perder tiempo en adquirirlas? Si son de valor ¿por qué no dar los pasos para retenerlas? Un sabio filosofo dijo: “si llegas a oír una afirmación sabia o una frase adecuada, escríbela”, De este modo formará una asociación con las otras ideas que existen ya en nuestra mente, y establecerán esa unidad que proporciona la fuerza. Se ha dicho que una de las razones porque las ideas mueren tan rápidamente en algunos cerebros, es porque no pueden soportar permanecer incomunicadas.

Las “citas citables” no son de mayor valor que vuestras propias “notas notables” Otro escritor ha dicho: “Cito a otro para poder expresarme mejor”.

Sin embargo, cuando las ideas se reciben en el cerebro por primera vez, no es improbable que se sientan inseguras. Todavía no han sabido como arraigarse. Si las repasamos y recordamos frecuentemente, con el tiempo se establecerán firmemente.

Causa admiración ver un banco con sus alacenas llenas de dinero. Más impresionante es ver un banco de ideas con sus alacenas llenas de inspiración, poder y habilidad. El hecho de ganar dinero pierde gran parte de su significado si no ahorramos una parte; y el dinero que se deposita en el banco gana más crédito que el que se guarda en el bolsillo. No debemos inquietarnos porque al principio no tenemos mucho que ahorrar. Una vez inculcado en hábito, las cantidades aumentarán rápidamente. Es también cierto que las ideas, así como el dinero en el banco, dentro de poco se acumulan hasta llegar a ser una propiedad de inmenso valor.

A veces usamos las palabras “impresión” al referirnos a ciertos pensamientos que acabamos de recibir. La palabra es adecuada; recibir un pensamiento es como rayar la superficie de la mente. Cuanto más profunda, tanto más duradera.

Las ideas y los ideales, como todas las demás cosas, son pequeñas al nacer. Los niños recién nacidos no pueden trabajar como una persona grande. En igual manera, un pensamiento recién nacido que acaba de llegar a nuestra mente, requiere que lo nutramos hasta que madure.

Las civilizaciones de días pasados tenían el gran problema de la mortandad infantil. Debemos procurar que nuestra habilidad para dirigir no padezca en un alto grado de esta |plaga de mortandad infantil entre nuestras ideas, ideales y pensamientos. A fin de reducir esta pérdida, es necesario que la mente adquiera cuantas buenas ideas le sea posibles y las escriba “mientras estamos aún en el espíritu”. Entonces realmente nos hallaremos en el negocio bancario con todos sus beneficios.

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