Casi

Liahona Marzo 1961

Casi

por el élder Sterling Welling Sill

Existe en nuestro idioma una pequeña palabra en la cual se puede encerrar tanta tragedia como la que podríamos hallar en cualquier otra.

Es una palabra al parecer muy inocente, “casi”; pero hallamos una ilustración de su potencialidad trágica en algo que aconteció durante el ministerio del apóstol Pablo.

Éste había sido aprehendido en Cesarea, y era de la incumbencia de Festo, Procurador de judea, presidir el juicio de Pablo. El Gobernador estaba sumamente interesado en el Apóstol y su mensaje. Aprovechando la visita de Agripa, Festo le comunicó la noticia del destacado misionero cristiano que se hallaba preso bajo su cargo. Agripa expresó el deseo de oír el testimonio de Pablo. Fue traído el prisionero y se le dijo: “Se te permite hablar por ti mismo.” Entonces Pablo les relató su extraordinaria visión por el camino de Damasco. Refirió exactamente lo que había acontecido dio un testimonio firme y convincente de la verdad. Agripa quedó interesado e impresionado. ¿Cómo podía dudar de la sinceridad de Pablo o de la certeza de su afirmación? Pero rechazó la oportunidad valiéndose de un método que, aún es sumamente común entre nosotros. No quiso llegar a una determinación que correspondiera con la evidencia presentada. Salvó el inconveniente diciendo meramente a Pablo: “Por poco me persuades a ser cristiano.”

Por supuesto, Pablo sabía qué significaba este “por poco.” Quería decir que aun cuando Agripa tenía a su alcance su propia salvación, no iba a hacer nada al respecto. Pablo le contestó al rey: “¡Pluguiese a Dios que por poco o mucho, no solamente tú, mas también todos los que me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas prisiones!” Si Agripa hubiera sido como Pablo, no habría parado en ser “casi” persuadido. En lo que concernía al apóstol Pablo, no había ningún por poco” para él. Siempre había sido una cosa o la otra; nunca un punto intermedio. Una de dos, el cristianismo era verdadero o no. “Conversión parcial” o “devoción fragmentaria” deben haber sido conceptos ininteligibles para Pablo. Él era íntegro; su determinación, completa. ¿Qué clase de lógica nos sugeriría claudicar en medio de dos opiniones?

Pero hay muchas personas que, como Agripa, “casi” son algo. El Rey “por poco” quedó persuadido; pero no llegó hasta ese grado; “casi” se puso a reflexionar el asunto y decidir sobre él. Pero no llegó a realizarse y por consiguiente, las grandes bendiciones que pudo haber recibido murieron aun antes de nacer. “Casi” da la impresión de estar uno tan cerca de la consumación; y sin embargo, a veces nos hallamos tan lejos, que realmente ni vale la pena. Los judíos contemporáneos de Jesús se hallaban tan cerca, y sin embargo, quedaron tan lejos. Con cuánta frecuencia uno se aproxima tanto a la realización, que puede decir: “Casi dejé de fumar”; “casi fui a la Iglesia”; o “por poco me arrepiento” o “por poco logro el éxito.”

Hace poco oí a un agente de ventas decir que, “casi” había logrado una venta muy importante. Le fue preguntado cuánto le faltó, y dijo que el 98 por ciento: estaba hecho. Entonces se le preguntó cuánta comisión le pagaba la compañía por las ventas que “casi” efectuaba. Pensemos en la tremenda importancia del dos por ciento faltante, cuando se agrega al 98 por ciento ya realizado. Este mismo principio opera en la mayor parte de nuestras actividades. Una línea divisoria, sutil en extremo, separa el fracaso del éxito, y cuando nos detenemos “casi” al llegar a la línea, frecuentemente no hemos logrado mucho más que si nunca hubiésemos empezado. Ese 2 por ciento adicional es lo que lleva la obra hasta su conclusión y es de suma importancia.

Probablemente una de la más lamentable de todas nuestras faltas, en lo que respecta a la habilidad para dirigir, es que tan a menudo nos falta esa pequeña fuerza restante que nos llevaría a la realización. Con tanta frecuencia dejamos de esforzarnos cuando falta tan poco para llegar al éxito, después de haber hecho tanto trabajo. El mundo está lleno de obras a medio terminar y problemas a medio resolver. Nos hallamos rodeados de personas medio indecisas. Somos principalmente hombres en parte. Hay una gran cantidad de aves íntegras y flores integras. Es decir, cumplen con el cien por ciento del objeto de su creación. Pero en lo que toca al hombre, la obra maestra de la creación, con cuanta frecuencia distamos tanto de nuestras posibilidades. A menudo el punto vulnerable de nuestro éxito es este hábito malo de conformarnos con el “casi”. Hacemos las cosas fragmentariamente; empezamos mucho y nunca lo acabamos. Podremos hacer muchas cosas con mediocridad, pero nunca llegamos a perfeccionarnos en determinada cosa.

Un joven con varias cartas de recomendación, se presentó una vez ante el gerente general de una negociación de Nueva York para solicitar cierto puesto. ¿Qué puede usted hacer -le preguntó el gerente- en que se especializa?” El joven contestó: “Casi todo, señor,” El ingeniero concluyó la entrevista, comentando: “Para nada me sirve una persona que casi puede hacer todo. Prefiero alguien que sepa hacer una cosa bien.”

¡Qué bendición tan grande para nuestra civilización los hombres y mujeres que pueden llevar a cabo las cosas, que completan lo que inician y no dejan nada medio proyectado o medio resuelto o medio terminado!

Pensemos en todos los que empiezan a ir a la escuela y la abandonan antes de terminar; peor aún, pensemos en aquellos que empiezan el viaje hacia el reino celestial y entonces se desvían antes de perseverar hasta el fin.”

Algunos de los problemas más serios del mundo son estas “obras fragmentarias” y “negocios medio concluidos.” Las grandes recompensas de la vida son para aquellos que terminan lo que empiezan. Es interesante ir a las carreras de caballos y notar cómo se  aglomera  la  gente  en  el  sitio  donde  termina.  Todos  están interesados en ver cómo empieza la carrera, pero tienen mucho más interés en saber los resultados finales.

Se escribió un artículo sobre el primer caballo de carrera que ganó para su dueño más de un millón de dólares en premios. En la carrera particular con la cual sus ganancias alcanzaron esa cifra, corrió otro caballo que llegó en segundo lugar. Este segundo caballo constantemente le había “pisado los talones” al vencedor en un gran número de carreras, pero la suma total de lo que había ganado no pasaba de setenta y cinco mil dólares. Era “casi” tan veloz como el campeón, y sin embargo, éste había ganado trece veces más dinero. No porque fuera trece veces más ágil, ni dos veces, ni siquiera un dos por  ciento más  rápido; de hecho, apenas lo sobrepujaba lo suficiente para adelantarlo de uno a tres metros en una carrera de kilómetro y medio.

Vemos ilustraciones de esto por todas partes. Si la obra por efectuar es producir vapor, se hace necesario calentar al agua con un buen fuego hasta que alcance la temperatura de 100 ó 212 grados (según el termómetro que se esté usando). Es en ese punto donde ocurre la expansión. Si la temperatura del agua dentro de los cilindros de la locomotora solamente llega a 210 ó 98 grados, se ha desperdiciado el combustible y el fuego, no ha sido de ninguna utilidad, porque si “casi” produjimos vapor, realmente no hicimos cosa que valiera la pena.

Resulta igual cosa con el éxito; y también se puede decir lo mismo en lo que concierne al desarrollo de nuestra habilidad para dirigir. Aquel que camina la segunda milla, que hace más de lo requerido, es el que tiene mayor probabilidad de llevar a efecto la obra. Este es el que puede generar esos gramos adicionales de fuerza, el que puede transformar un débil “casi” en potente consumación.

La efectuación es más fácil cuando trabajamos con mas empeño; y más difícil cuando le dedicamos menos trabajo. El que obra con doble ahínco realiza cuatro veces más. Si trabaja con triple fuerza, descubrirá que lo efectuado es nueve veces mayor, y en el ínterin, indudablemente disfrutará nueve veces.

Si vimos a ser directores en la obra del Señor, seamos directores en todo el sentido de la palabra, o de lo contrario, no aceptemos una tarea de mucha responsabilidad. Cierto es que Dios no verá con buenos ojos a los que son desidiosos en posiciones de importancia. Probablemente no hay lugar donde este peligroso “casi” descuelle más o resulte más costoso, que en la obra de la Iglesia. Hay tantas personas que “casi” llegan a tiempo a las reuniones. “Casi” llegan preparadas, “Casi” entienden sus responsabilidades. “Por poco” se deciden. “Por poco” tienen fe. Esto de “casi” haber logrado el éxito en la obra del Señor es asunto de ~bastante seriedad. ¿De qué aprovecha “casi” haber salvado las almas de aquellos por quienes tenemos que responder?

Judas “casi” se arrepintió antes que fuera demasiado tarde.  Ya había caído la noche cuando salió y traicionó a Jesús, y a la mañana siguiente, muy temprano, volvió y se arrepintió. Mateo dice en su evangelio: “Y venida la mañana, entraron en consejo todos los príncipes y los sacerdotes, y los ancianos del pueblo, contra Jesús, para entregarlo a muerte… y le entregaron a Poncio Pilato Presidente. Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado volvió arrepentido las treinta piezas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos diciendo: Yo he pecado entregando la sangre inocente. Mis ellos dijeron: ¿Qué se nos da a nosotros? Viéraslo tú, y arrojando las piezas de plata en el templo, partióse; y fue y se ahorcó.” (Mateo 27:1-5)

El remordimiento y el arrepentimiento de Judas ciertamente fueron sinceros, pero debieron haberse llevado a cabo más pronto. Si su arrepentimiento hubiese ocurrido la noche anterior, otro habría sido su destino. Hay muchas personas que pecan durante la noche y se arrepienten antes que amanezca. Son parte del grupo que “casi” hace lo que debe. ¿Cuánto nos beneficia “casi” tener la fuerza suficiente para no caer en el pecado?

Lo que necesitamos más que otra cosa es esa pequeña porción adicional de fuerza, esa pequeña resolución adicional, esa poca preparación, esa poca devoción extra; y la necesitamos un poco más pronto a fin de que podamos salir de la categoría del “casi” y entrar en la de “íntegro”.

El apóstol Pablo “casi” tuvo un compañero en la misión. Se llamaba Demas. El apóstol escribió su historia completa en siete palabras: “Demas me ha desamparado, amando este siglo.” Demas “casi” fue fiel. Tuvo la fuerza suficiente para “entrar en la órbita”, pero le faltó cuando se trataba de conservarse en esa posición.

Cuando un buen ingeniero diseña un puente, lo construye tres veces más fuerte de lo necesario para soportar el peso acostumbrado. Se le da a la construcción la fuerza suficiente para soportar la carga máxima y entonces se le agrega más. ¡Qué confianza siente uno cuando en un puente o en un buen director se percibe una fuerza invariable y segura! Desagrada la sensación de que un puente o un director están casi a punto de venirse abajo. Queremos tener la confianza de que aun cuando se aumentara la carga que tuviese que soportar cualquiera de los dos, continuarían firmes, fuertes y seguros sin ninguna muestra de desintegración aun en sus puntos más débiles. ¡Qué emoción tan grata sentir que aun en las pruebas más severas uno tiene la fuerza necesaria para hacer frente a la crisis!

Esta fuerza adicional necesaria puede desarrollarse.

Durante el juicio de Jesús, Pedro negó al Maestro tres veces. En ese tiempo no tenía la fuerza suficiente para resistir la carga sin ser vencido. Más tarde, cuando lo sentenciaron a ser ~crucificado, la tradición nos dice que no sólo aceptó su martirio valerosamente, sino que hizo aun mas. Pidió que fuese crucificado con la cabeza hacia abajo, porque se sentía indigno de ser crucificado en la misma manera que el Señor. Para entonces Pedro había acumulado un extraordinario depósito de fuerza. Podía soportar cualquier carga que se le impusiera.

Somos nosotros los que diseñamos nuestras propias habilidades para dirigir. Conviene que hagamos un cálculo de la fuerza que necesitamos y dónde se ha de aplicar, y entonces indicar en el proyecto que debemos fortalecernos para poder llevar y soportar tres veces más de la carga calculada. Esta fuerza probará ser una bendición importante para nosotros y beneficiará a todos aquellos con quienes tengamos que trabajar. Nuestra obligación es colocarnos en la categoría de “íntegros” junto con los apóstoles Pedro, Pablo y otros grandes hombres.

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