Biblioterapeutica

Liahona diciembre 1960

Biblioterapeutica

por el élder Sterling Welling Sill

El otro día, unos amigos míos que son psicólogos, me enseñaron una palabra nueva la cual he tomado para título de este artículo. Es por demás buscar el vocablo en el diccionario, pues estoy seguro que pasará algún tiempo antes que encuentre lugar en los léxicos. Esta palabra híbrida, biblioterapéutica, se compone de dos vocablos griegos que significan “libros” y “tratamiento”. Da a entender, en una palabra, mejoramiento personal, remedio o curación efectuado por medio de buenos libros. ¿Y que podía ser de mayor importancia en nuestros días? Alguien ha dicho que “los libros son una de las posesiones más ricas de la vida”. Efectivamente, son la creación más notable del hombre. Ninguna otra cosa que el hombre construye permanece. Los monumentos son derribados, las civilizaciones perecen; mas los libros continúan. El estudio de un buen libro es como celebrar una entrevista con los hombres más nobles de edades pasadas que lo han escrito.

Un pensador ha dicho: “No hay cosa más admirable que un libro. Puede ser un mensaje de los muertos para nosotros, de almas humanas que jamás vimos, que quizá vivieron a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, estas pequeñas hojas de papel nos hablan, nos inspiran, instruyen, abren nuestros corazones y, a su vez, nos revelan lo íntimo de su corazón como hermanos. Si no hubiera libros, Dios estaría mudo, la justicia dormida, la filosofía tullida para la mayor parte de la gente.”

El gran poeta Juan Milton declaró: “Los libros no son cosas muertas, antes contienen cierta potencia de vida tan activa como el alma, cuya progenie son. Preservan como si fuese en un vaso sagrado, la eficacia más pura del intelecto viviente que los crio.” Entonces, como centro mismo de nuestra literatura más estimada, tenemos las Santas Escrituras, las cuales nos comunican los pensamientos del propio Dios. Pero sucede que una de las dificultades más grandes con que tropezamos estriba en que no siempre digerimos propiamente las ideas; y por supuesto, si no entendemos el mensaje, poco importa qué tan maravilloso sea. Alguien nos ha recordado que “el agua no tiene la culpa de que el nadador no sepa nadar”. También podría decirse que “la palabra del Señor no tiene la culpa de que perdamos nuestras bendiciones, porque no tomamos el tiempo suficiente para entenderla.”

El instrumento por medio del cual ponemos a nuestra disposición las grandes ideas es esa maravilla de maravillas que conocemos como la mente o el intelecto humano. Recientemente dijo un prominentes neurofísico, que sería imposible construir una máquina electrónica para hacer cálculos, de la capacidad del cerebro humano, por menos de tres millones de dólares. Pero aun así, ¿quién podría comunicar, a una calculadora electrónica la facultad inventiva de Edison, la habilidad de Sócrates para razonar, la previsión y presciencia de Jesús, quién tomaba las cosas comunes que lo rodeaban y las vertía en motivos e ideales de valor inestimable? Cuando Diógenes saltó de su baño y corrió por la calle, gritando, ‘Eureka, Eureka”, lo hizo porque estaba experimentando la más sublime de todas las experiencias humanas: el nacimiento de una idea.

La mente es más productiva cuando recibe la nutrición y estímulo adecuados, y es allí, precisamente, donde la biblioterapéutica desempeña su parte; porque aun la palabra de Dios mismo es de poco valor para nosotros si no sabemos lo que dice. A fin de llevar a cabo nuestro mejoramiento, estas ideas deben obrar eficazmente. El aparato de tres millones de dólares de nuestro Creador, que tenemos en nuestra posesión, debe aprender a convertir las ideas buenas en éxitos y hechos. No siempre se logra esto, pues así lo pone de manifiesto el hecho de que muchos de nosotros todavía estamos cometiendo los mismos errores que hemos hecho miles de veces antes.

Woodrow Wilson, en otro tiempo presidente de los Estados Unidos, se refirió a nuestro problema cuando dijo: “La habilidad principal del pueblo norteamericano es la habilidad para resistir la instrucción”. Supongo que la mayoría de nosotros reconocemos que nuestra propia falta de instrucción es parte de esa evidencia desafortunada. Aun los libros más notables no comunican a algunos de nosotros lo mismo que dicen a otros. Supongo que hay personas que podrían leer la Biblia entera, de pasta a pasta, sin que se verificara en ellos el menor cambio. Tomás Edison se refirió a un aspecto de esta debilidad cuando dijo: “No hay límites a lo que el hombre hará, para no tener que pensar.” Esto de pensar es una de las cosas más difíciles y desagradables que algunos de nosotros intentamos hacer, y sin embargo Salomón dijo: “Porque cual es su pensamiento en su alma tal es él (el hombre).”

De manera que si somos cual nuestros pensamientos, y si no pensamos, ¿en qué posición nos hallamos? Indica, por lo menos, sea que lo comprendamos o no, que tenemos frente a nosotros un problema muy importante que es menester resolver.

Hace tiempo se oyó decir a cierto hombre que en los últimos cinco años no había leído un solo libro. ¡Qué tragedia tan grande habría sido aun en los siglos de ignorancia de la Edad Media! Sin embargo, cuánto más triste lo es en nuestra propia época de maravillas y alumbramiento, a la cual solemos referirnos como la “Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos.” Otro hombre dijo que de todos los libros del mundo solamente dos lo habían beneficiado. Uno de ellos había sido el libro de recetas culinarias de su madre, y el otro el libro de cheques de su padre.

Hay muchas cosas de valor en los libros, y si logramos transportar las ideas de los libros a nosotros, podemos curar esta indisposición asfixiante indicada por el Señor cuando dijo que “tropezamos al mediodía como de noche”.

Alguien ha comparado el problema de incorporar las ideas buenas a nuestro programa diario con lo que le aconteció a Goliat. Recordaremos que David lanzó una roca que hizo blanco en la cabeza del gigante, y habiendo pasado el tiempo, alguien comentó que nunca jamás había penetrado en la cabeza de Goliat cosa semejante. Nuestra necesidad actual más urgente consiste en hacer que un número mayor de cosas penetren nuestra cabeza, nuestro corazón y nuestras actividades diarias. Necesitamos leer más, pensar más, estudiar más, entender más, creer más, y vivir más para ayudarnos a lograrlo. Esta es la función de la biblioterapéutica.

Vive un médico en la ciudad de Birmingham, Alabama, que receta a sus pacientes prescripciones que no se confeccionan en una farmacia, sino en una librería, porque él sabe -cosa que todos nosotros también sabemos- que la mayor parte de la gente que guarda cama se halla en esa condición por motivo de algún malestar mental o emocional. Los pecados, la culpabilidad, los complejos y otros pensamientos incorrectos y actividades nocivas producen tóxicos que envenenan el cuerpo. Como se ha dicho antes, las úlceras del estómago no vienen por lo que uno consume, sino por lo que lo está consumiendo a uno. Y así es como contraemos muchos de los problemas nerviosos, males de corazón y otras enfermedades orgánicas.

Por supuesto, una de las funciones más importantes de la bibilioterapéutica se relaciona con el asunto de evitar que el espíritu se enferme. En la puerta de la biblioteca de la antigua ciudad de Tebas, un rey egipcio mandó inscribir estas palabras: “Medicina para el alma”. Lo que la mayor parte de nosotros necesitamos más que cualquier otra cosa, es una buena dosis, de inspiración ocasionalmente; y la medicina más eficaz para curar a nuestro mundo y todos sus habitantes sería una receta confeccionada con la palabra del Señor. Necesitamos más de la medicina de las grandes Escrituras.

Recordemos la parte que la biblioterapéutica desempeñó en el éxito de Abrahán Lincoln. Se tiraba en el suelo frente a la chimenea de su casa y se ponía a leer la vida de Washington y la Santa Biblia. Más tarde podemos  ver cómo estas influencias lo elevaron para que llegara a ser uno de los hombres más nobles de la tierra.

Es interesante pensar en los millones de dólares que actualmente estamos gastando cada año para trasmitir mensajes de diversas clases por las redes y cadenas de las radiotransmisoras. ¿Qué dicen estos mensajes, y cuán importantes son en lo que toca el mejoramiento de nuestras propias vidas? Una vez se le preguntó a Lowell Thomas, el renombrado comentarista de radio, cuál era el mensaje más importante que él había difundido; y se le preguntó también si podía concebir cuál sería el mensaje de mayor trascendencia que pudiera comunicarse por radio a la gente de todo el mundo. El Sr. Thomas contestó que el mensaje más importante que podía concebir sería que Dios nuevamente había hablado a la gente de la tierra.

La obra entera de la Iglesia gira en tomo de este hecho importantísimo: que en la primavera de 1820, como respuesta a una pregunta que el joven José Smith tomó de la Biblia, Dios no sólo habló a la gente de la tierra, sino que también vino en persona, en la manifestación más extraordinaria que jamás se ha escrito. No sólo vino en persona, sino que hizo escribir el mensaje para nuestro beneficio, en tres importantes tomos de Escrituras nuevas, en el cual se exponen con todo detalle los principios sencillos de su plan para la salvación humana. La mayor parte de nosotros en alguna época de nuestra vida, hemos asistido a Convenciones o Conferencias de una clase u otra, y con frecuencia, cuando se hace una presentación importante alguien pide una copia escrita a fin de estudiarla más cuidadosamente para estar seguro que no pasará advertida ninguna cosa esencial. Desde este punto de vista, cuán importante es para nosotros tener una copia palabra por palabra, de las ideas que Dios considerada importancia para nosotros. Las podemos repasar cuantas veces deseemos a fin de aprender de memoria pasajes escogidos y convertirlos en parte de nuestras vidas.

El hecho de que “es imposible que el hombre se salve en la ignorancia” reviste a este concepto de la biblioterapéutica con el más importante significado. Emerson estaba hablando de nuestros problemas cuando dijo: “En las playas del océano de la vida y la verdad morimos miserablemente. Hay ocasiones en que estamos más lejos cuanto más cerca nos encontramos.” ¡Qué lástima que con tanta frecuencia esto sea cierto! Pensemos en lo cerca que se encontraban aquellos que fueron contemporáneos de Jesús. Vivió entre ellos; anduvo por las mismas calles; ellos estaban enterados de sus milagros; tenían en sus manos las Escrituras antiguas que predecían su vida. Fácilmente pudieron haber aprovechado sus preceptos salvadores, y, sin embargo, ¡cuán lejos se hallaban! En su ignorancia lo condenaron a muerte y entonces pronunciaron sobre si mismos su propio juicio, declarando: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.”

Así ha sido siempre; y así puede ser con nosotros. También nosotros nos hallamos tan cerca. Tenemos todas las Escrituras que otros poseen. Tenemos el apoyo del tiempo que ha puesto de relieve la vida de Cristo.

Se ha restablecido el evangelio con una plenitud jamás conocida en el mundo; tenemos el testimonio personal de muchos testigos, así antiguos como modernos, y, además, tenemos tres grandes tomos de Escrituras nuevas. Mas aun con todo, si no entendemos el mensaje, podremos ser semejantes a aquellos que vivieron en el Meridiano de los Tiempos: tan cerca y a la vez tan lejos.

¿No nos parece extraño cómo podemos interesarnos en algo novedoso cuyo valor se ha puesto en duda, y a la vez prestar tan poca atención a un importante tomo de Escrituras sagradas que ha llegado a nuestras manos por conducto de un ángel de Dios? ¿Qué podría ser de más valor que la idea del Sr. Thomas, al respecto de que el más importante de todos los mensajes seria que Dios nuevamente había hablado al hombre en la tierra? Sin embargo, ¿qué nos beneficiará si no nos preocupamos por saber, lo que dijo?

Se relata que el presidente J. Golden Kimball, del Primer Consejo de los Setenta, una vez preguntó a los que se hallaban presentes en una Conferencia de Estaca, a cuántos le gustaría leer la parte sellada de las planchas del Libro de Mormón, a lo cual todos levantaron la mano. Entonces preguntó cuántos habían leído la parte de los anales que no estaba sellada, y en el acto bajaron muchas de las manos que estaban en alto.

En uno de los mandamientos más vehementes de nuestra época el Señor dijo: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros”; y uno de los mejores de los “mejores libros” es el Libro de Mormón, las Escrituras de las América. El Señor mismo nos lo entregó. Refiriéndose a él, el profeta José Smith afirmó: “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 233-234)

El Libro de Mormón puede servirnos de pasaporte para entrar en el Reino Celestial. El propio libro declara que tiene como fin convencer a los hombres “de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. (Mormón 5:14)

Pensemos en el cambio benéfico que ocurriría en el mundo si todos los habitantes supieran que sobre todos los dictadores y sobre toda contingencia y circunstancia se halla un Dios al cual todo ser humano por último debe dar cuenta de su vida. Se predijo que el Libro de Mormón saldría a luz en una época en que muchos impugnarían la Biblia o se negarían por completo a aceptarla. Uno de los rasgos trágicos de nuestros días es que hasta muchos ministros de religión han abandonado la Biblia a fin de enseñar sus propias filosofías.

Hace algún tiempo me encontraba en una de las grandes ciudades de nuestro país y fui a oír a uno de los religiosos más distinguido del mundo. Terminada la reunión compré uno de sus libros y lo leí mientras volvía a casa en el tren. Tres semanas después me encontré de nuevo en la misma ciudad, y otra vez fui a escuchar a aquel hombre. Al concluir la reunión, un grupo numeroso de personas se acercó a estrechar su mano y yo me uní a ellas. Después que se hubieron despedido los demás, me presenté y le dije cuánto me había gustado oírlo hablar y leer su libro. Pero había dicho algunas cosas que yo no había podido entender, y le agradecería mucho si se molestaba en discutirlas conmigo. Me contestó que lo haría con todo gusto.

Le dije: En su libro usted ha escrito estas palabras: “Lleguen vuestras raíces hasta Dios.” No lo puedo entender. En otro lugar dice: ‘Sumergíos en Dios.” No lo puedo entender. En otro lugar dice:

“Llenad con Dios vuestros pensamientos.” Tampoco puedo entenderlo. Y le agradecería si tuviera la bondad de explicarme que es lo que usted entiende por Dios.

Su respuesta fue: “Debo contestarle con toda franqueza que no sé qué es Dios y no conozco a persona alguna que sepa qué es.” Entonces dijo algo muy parecido a lo que el Sr. Thomás había expresado, que si alguien pudiera decirnos qué es Dios y qué es lo que piensa, aquello constituiría el mensaje de mayor importancia para el mundo.

Entonces le pedí a este hombre que me interpretara los versículos del Génesis, donde dice que Dios creó al hombre a su propia imagen. Me contestó: “Hay una cosa de la que estoy razonablemente seguro en mi manera de pensar, y es que Dios no es un Dios antropomórfico.” Es decir, no es el Dios a cuya imagen el hombre fue creado.

Aquí tenemos a uno de los ministros más populares del mundo que no sabe qué es Dios, aunque con tal admisión le será imposible alcanzar la salvación, pues Jesús mismo dijo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo al cual has enviado.” (Juan 17:3)

Este gran ministro no solamente no sabe quién es Dios, sino que tampoco entiende la resurrección literal del cuerpo ni los tres grados de gloria; no cree en la preexistencia, ni en la naturaleza eterna de la asociación familiar, ni en la expiación, ni en la salvación para los muertos. No sabe qué oficiales debe haber en la Iglesia, ni cuál debe ser el nombre de ella. No entiende ni la doctrina sencilla del bautismo, pues me dijo que yo podía entrar en la Iglesia con una carta de recomendación de mi obispo o una carta de referencia de mis amigos o podía ser miembro con tal que yo mismo certificara ser persona de buen carácter. Me explicó que podía bautizarme o no, según mis deseos, y si decidía bautizarme, podía ser rociado con agua o sumergido en ella; y mi hija o esposa o cualquier otra persona que yo deseara, podía administrar la ordenanza. Esta es su manera de pensar; y sin embargo, casi las últimas palabras que pronunció  Jesús antes  de  ascender  a  los cielos fueron: “El  que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere ser condenado.” (Marcos 16:16) Según esto, parece que para Jesús el bautismo era de mucha importancia, y ¿quién ha de saber, mejor que Él, lo que será para nuestro beneficio? ¡Cuán notablemente podía cambiar la situación de este ministro por medio de un “tratamiento” tomado de los libros que contienen las revelaciones directas del Señor para nuestros días! Hemos logrado algunos descubrimientos de mucha utilidad en esta época, pero el más importante que se puede lograr es cuando el hombre descubre a Dios y sabe aprovechar las ventajas que por este medio puede alcanzar.

Jesús le dijo a Pedro: “A ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19) Está a nuestra disposición este poder en la época precisa en que algunos preguntan si se tuvo por objeto que la salvación fuera únicamente para aquellos que vivieron hace dos mil años, o si Dios ahora ha cambiado su programa o terminado su obra y clausurado todos sus asuntos. ¡Cuánto se beneficiarían las vidas de todos los que moran sobre la tierra si entendieran completamente todo lo que está comprendido en el hecho de que en nuestros propios días Dios nuevamente ha aparecido sobre la tierra para restablecer entre los hombres el conocimiento del Dios del Génesis! Nos ha comunicado la información segura de que el Dios del Génesis y el Dios del Calvario es también el Dios de la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, y que los beneficios completos están a nuestra disposición, si  tan solamente deseamos informarnos respecto de ellos.

Al principio del Libro de Mormón se halla un testimonio firmado por once hombres, además del profeta José Smith. No hay uno de nosotros que, si entendiera la situación, osaría desacreditar ese testimonio. El más trascendental de todos los mensajes es que Dios nuevamente ha hablado al hombre en la tierra; y el mayor beneficio que puede venir a nosotros es investigar lo que ha dicho y conformar nuestras vidas con esa palabra.

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