Apartados

Liahona noviembre 1960

Apartados

por el élder Sterling Welling Sill

Tenemos un método sumamente interesante para instalar en su puesto al que va a obrar en nuestra Iglesia. Después que ha sido seleccionado, juzgado digno e instruido con respecto a sus deberes, llega el momento en que es “apartado”. Este rito es una combinación de delegar la responsabilidad, hacer un traspaso de la autoridad para llevarla a efecto y conferir una bendición. Esta manera de proceder se ha practicado por mucho tiempo. Leemos en el Antiguo Testamento que:

Y Jehová dijo a Moisés: Toma a Josué hijo de Nun, hombre en el cual hay espíritu, y pon tu mano sobre él; y lo pondrás delante del sacerdote Eleazar, y delante de toda la congregación, y le darás el cargo en presencia de ellos.

Y pondrás de tu dignidad sobre él, para que toda la congregación de los hijos de Israel le obedezca. (Números 27:18-20)

De conformidad con este modelo, todo obrero es “apartado” para su puesto particular, en esta Iglesia. A cada uno se impone una responsabilidad definitiva de efectuar determinada parte de la obra de la misma. Cuando somos apartados, la posición es nuestra; no pertenece a ningún otro. Nadie más tiene el derecho de hacer aquella obra mientras ocupemos ese puesto. Es cuando llega a ser nuestra la responsabilidad de proveer la iniciativa, el entusiasmo, los planes y la industria necesarios para lograr los resultados más eficaces. Si no hacemos estas cosas, no se llevarán a efecto.

Pero también somos “apartados” en un sentido muy literal. Con nuestra nueva autoridad y bendición, somos diferentes de lo que fuimos antes. Nuestra conducta debe tener la misma excelencia que la importancia de nuestra responsabilidad. Somos “apartados” para pensar, actuar, y vivir en un nivel más elevado. Debemos apartarnos del pecado, la debilidad, el error y el descuido. Mediante nuestra aceptación de la autoridad, prometemos cumplir en todo respecto con la responsabilidad.

Hace un tiempo un joven me dijo que el Presidente de su rama le había pedido que aceptara cierto llamamiento en la Iglesia. Me propuso varias razones por que no quería aceptar. Pude ver claramente que la tarea no se efectuaría debidamente si le era dado el puesto. Me preguntó qué debía hacer. Le contesté que convenía que le dijera a su Presidente francamente que no aceptaría. Mi respuesta lo sorprendió mucho. Me contestó que se le había enseñado a nunca pasar por alto un nombramiento en la Iglesia. Le relaté la parábola de Jesús sobre el señor de la Viña y sus dos hijos. El viñador dijo a cada uno de ellos: “Id hoy a trabajar en la viña”. El primero dijo: “No quiero; mas después, arrepentido, fue”. El segundo le respondió: “Yo, señor, voy. Y no fue”. Póngase usted en el lugar de cada uno de ellos. El Presidente le ha pedido que acepte una posición en la rama. Si se niega, el Presidente buscará a otra persona para que haga lo que usted debería haber hecho, y nadie resultará perjudicado más que usted. Ahora consideremos el otro Caso. Supongamos que usted le dice al Presidente: “Yo, señor, voy, pero no va. Si le dice al Presidente de la rama que acepta, le serán dadas la posición y las bendiciones; y entonces si usted no cumple, muchos resultarán perjudicados como consecuencia. Si usted no tiene la intención de cumplir con el puesto un cien por ciento, más vale que no lo acepte en primer lugar.

Jesús comparó la gente a la que hablaba con el hijo que respondió, “Yo, señor, voy; y no fue”; y por eso les dijo: “De cierto os digo, que los publicanos, las rameras van delante al reino de Dios.” (Mateo 21:20-31) Estas palabras son algo severas. Claro está que nos conviene evitar semejante situación. Una de las cosas que nos llena de espanto, respecto de esta comparación, es que también se aplica a nosotros, si las circunstancias coinciden. Uno de los más graves de todos los pecados es la devoción “parcial”. Es cuando no somos “ni fríos ni calientes.” (Apocalipsis 3:15, 16) Manifestamos solamente una fe “parcial”. Andamos por camino indeseable de una actuación mediocre y esfuerzos mínimos.

En una ocasión un renombrado entrenador canadiense dijo que la mayor parte de la gente dentro y fuera del atletismo, carecía de resolución. Lo que quiso decir fue que con demasiada frecuencia no nos entregamos de lleno a lo que estamos haciendo. Tenemos muchas reservas respecto de esta cosa o aquélla. Así es como muchas veces emprendemos nuestro llamamiento. Hay irresolución en nuestro entusiasmo, en nuestra determinación y en nuestra industria. Sin embargo, cuando somos irresolutos con la vida, la vida es irresoluta con nosotros. Debemos evitar a toda costa esta irresolución cuando se trate de servir a Dios. Una vez que se nos ha “apartado” no debemos esperar a que se nos impulse, recuerde o inste a cumplir con nuestro deber. La responsabilidad es nuestra, no de ningún otro; y debemos obrar como si nuestra vida misma dependiera de ello, como de hecho depende.

Nuestra tarea ahora no consiste meramente en hablar de la fe, sino en ponerla por obra en la vida de la gente. La fe no puede existir en un vacío. La fe sin obra es muerta. Si aislamos la fe de su tarea apropiada, siempre muere. No hay tal cosa como una fe envasada. Nuestra responsabilidad no es meramente discutir problemas, sino cómo resolverlos. Fuimos “apartados” para garantizar la obra de nuestra organización. La obra debe hacerse efectivamente. Ni la “fe”, la “oración”, la “conversación” o el “conocimiento”, pese a la cantidad que sea, pueden jamás a llegar a ser un sustituto satisfactorio de la actuación efectiva. Sin una buena proporción de industria no es posible el éxito. Debe disgustar mucho a Dios cuando profanamos el puesto y la bendición que poseemos, llenando nuestras mentes de indiferencia, desidia e irresponsabilidad.

Los enemigos mortales del alma son: la flaqueza, la irresolución, la irreflexión y el desánimo. Estos van aquí y allá por toda la Iglesia, no sólo destruyendo la obra del Señor, sino estorbando a los que obran por El. Una obra torpe produce hombres torpes. Según Shakespeare, “maldice al que la da y maldice al que la recibe”.

Demóstenes dijo en cierta ocasión: “Ningún hombre puede tener un carácter alto y noble mientras se dedique a una obra mezquina o ruin. Porque cualquiera que fuere la ocupación de los hombres, su carácter será semejante a ella”. Es imposible comunicar un gran mensaje sin un gran mensajero. Somos “apartados” para ser una gran obra. Debe ocupar el puesto un gran obrero. Se nos ha impuesto la obligación de ser fieles. No debemos descuidar o desatender nuestro llamamiento. Esto se aplica a todo grado de responsabilidad.

¿Qué opinaríamos de un ejército, de cuyo general no se pudiera depender completamente? Antiguamente cuando un soldado se daba de alta en las legiones del César prestaba juramento de que consideraría la vida de César de mayor valor que todo lo demás. Tal acto lo “apartaba”. Desde ese momento en adelante no escatimaba esfuerzo alguno o evitaba el riesgo que fuera si la vida de César se hallaba en peligro. Esta misma devoción hacia el deber caracteriza a la grandeza. Por ejemplo, un comandante llamado Treptow murió en la batalla de Chateau-Thierry en 1918. En el diario que más tarde hallaron sobre su cuerpo se había escrito estas palabras: “Trabajaré, ahorraré, sacrificaré, aguantaré, lucharé con gusto y me esforzaré cuanto pueda, como si todo el conflicto dependiera solamente de mí.” Esta manera de pensar “aparta” a cualquiera como persona de distinción, no importa cuál sea su posición, Nosotros podemos apartarnos con el más emocionante de todos los conceptos del éxito. Ciertamente, no es más importante servir fielmente en el reino de César que en el reino de Dios.

Pero hay ocasiones en que nos convertimos meramente en “cristianos bíblicos”. En esta situación el cristianismo está principalmente dentro de la Biblia y muy poco dentro de nosotros. Se necesita que el cristianismo entre en nosotros. Es menester que el espíritu de efectuar llegue a ser parte de nuestros hábitos. Es preciso apartarnos a nosotros mismos con un deseo ferviente y una industria indefectible. Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10)

La cosa de mayor valor en la vida es la propia vida. En los días de Job se solía decir: “Todo lo que el hombre tiene dará por su vida.” (Job 2:24) No hay inconveniente que no soportaríamos, ni gasto que no haríamos a fin de prolongar la vida por una semana o por un mes, aun cuando supiésemos que durante ese período nos veríamos llenos de dolor y congojas.

De modo que si esta vida terrenal vale tanto, ¿cuánto valdrá la vida eterna? ¿Y qué importancia se atribuye a la obra de los que ayudan a realizarla? Uno de los pecados mayores consiste en destruir la vida terrenal del hombre. Pero, ¿cuánto más grave no será el pecado del que es causante de que se pierda la vida eterna? Supongamos que uno es negligente con su responsabilidad en la Iglesia. Vamos a suponer que porque dice, “Yo, señor, voy”; pero no va, un hermano pierde la vida eterna. ¿Cuál será su situación? Sea que la tragedia venga por intención o por descuido, la pérdida es igual.

El presidente Jhon Taylor dijo: “Si no honráis vuestro llamamiento, Dios os tendrá por responsables de aquellos que pudisteis haber salvado si hubieseis cumplido con vuestro deber”. (journal of Discourses 20:23) ¡Qué concepto tan grave e impresionante! Comparativamente pocas personas llegarán a ser hijos de perdición o derramarán sangre inocente; sin embargo, corren peligro de perder sus propias bendiciones y las bendiciones de muchos que están bajo su responsabilidad, por el simple hecho de haber uno descuidado su deber de honrar su llamamiento. Si el gozo mayor consiste en la satisfacción de salvar un alma, ¡cuán terrible será el remordimiento de aquellos que permitirán que se pierdan!

Las Escrituras mencionan la posibilidad de que lleguemos a ser “salvadores sobre el Monte de Sión”. Es la categoría más alta que podemos alcanzar; pero la única manera en que se puede ser un salvador es salvar a alguien. ¿Cómo nos sentiríamos, si fuéramos doctores y hubiéramos dedicado nuestra vida a la práctica de la medicina, pero nunca hubiésemos salvado a nadie? La experiencia más emocionante que cualquier médico conoce es ver a otra persona recobrar su salud completa bajo su cuidado.

Imaginemos cómo se sentirá uno, sabiendo que muchas personas vivirán para siempre en el reino celestial, por motivo de la habilidad y devoción con que hemos cumplido la obra para la cual fuimos apartados. Jesús dijo: “¡Cuán grande no será vuestro gozo con ellos en el reino de mi Padre!” (Doctrinas y Convenios 18:15) No podemos sino tratar de imaginar este gozo; pero todo el que obra en la Iglesia debería conocer, lo más pronto posible, esta emocionante experiencia de salvar a alguien. Debemos estar capacitados para ello; debemos poder garantizar nuestro propio éxito.

El negocio principal de la vida consiste en lograr el éxito. No se nos colocó aquí para que desperdiciemos nuestras vidas fracasando. Es fácil decir: “yo, señor, voy”. Es la cosa más sencilla prometer; e igualmente es la cosa más fácil fracasar. Refiriéndose a los esfuerzos de cierta persona, el gran estadista inglés, Winston Churchill, los describió de esta manera: “Tímidos, tardíos, torpes, tediosos y titubeantes.” Cuando nuestra obra se encamina en esa dirección, nos estamos apartando para el fracaso.

Supongamos que tenemos un empleado irresponsable, el cual está causando el fracaso de nuestra empresa vital. ¿Cómo nos sentiríamos hacía él? ¿O supongamos que la vida eterna de nuestros hijos estuviera en sus manos? ¿Qué pensará nuestro Padre Celestial de aquellos que son causantes de que sus hijos pierdan sus bendiciones porque dicen, “Yo, señor, voy ” y no van? La peor blasfemia no consiste en maldecir, sino en servir únicamente de boca”. La pérdida más grande del mundo es que los seres humanos, como vosotros y yo, vivimos tan distantes del nivel de nuestras posibilidades. Comparado con lo que podríamos ser, sólo estamos medio despiertos.

Ningún fracaso es glorioso. Todo fracaso es un pecado, no sólo por el propio hecho, sino por lo que representa. El fracaso es señal de un defecto en nosotros; es señal de que no nos hemos “apartado” para el  éxito. Es malo fracasar en nuestro propio negocio, pero cuando fracasamos en el negocio de nuestro Padre Celestial, quiere decir que muchas personas perderán las bendiciones de la vida eterna.    No  debemos  fracasar;  más  aún,  ¿por  qué  hemos  de fracasar? Si hacemos lo que es correcto, casi no hay posibilidad del fracaso.

Somos hijos de Dios, creados a su imagen e investidos con sus atributitos. Simplemente recordemos quiénes somos. Es  de tremenda importancia conocer nuestro origen y reafirmarlo constantemente en nuestra vida. Hemos heredado la potencia y la prudencia del Creador. Estamos trabajando en la obra a la cual Dios mismo dedica su tiempo entero. Nunca nos apartemos de nuestra herencia, y desarrollemos nuestras facultades hasta el máximo grado.

No son muchas las personas consideradas grandes por lo que actualmente son; pero todos son grandes por lo que pueden llegar a ser. Considerados como obra ya terminada, ninguno de nosotros podrá impresionar particularmente, ni aun a nosotros mismos; pero considerado como posibilidad eterna, el ser humano es espléndido. Podernos ser salvadores sobre el monte de Sión; poseemos enormes posibilidades. No permitamos que ninguna excepción nos desvíe del éxito. Toda persona logra el éxito o fracaso, de acuerdo con lo que cree, lo que busca con su trabajo o lo que rige su vida. Podemos creer en las cosas más importantes del mundo y luchar por ellas. Para ese fin hemos sido “apartados” y bendecidos.

Además de todo esto, sin embargo, uno mismo puede bendecirse y apartarse para realizar la grandeza por medio de sus energías, su fe, entusiasmo y determinación. Uno puede apartarse a sí mismo para considerar la obra de Dios de mayor estima que todo lo demás. ¡Qué cosa tan admirable es ser “apartado” para la obra del Señor!

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