Angosto es el camino

Liahona octubre 1960

Angosto es el camino

por el élder Sterling Welling Sill

Uno de los secretos más importantes de la feliz habilidad para dirigir, bien sea en la Iglesia o cualquier otro lugar, se ha expresado adecuadamente en la bien conocida afirmación de Jesús: “Entrad por la puerta estrecha… porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. (Mateo 7:13-14)

Se reconoce que todos desean ser felices y lograr el éxito; y sin embargo, cuántas son las personas de nobles ideales y ambiciones finas que llegan a un destino indeseable e imprevisto. Se debe a que el camino por el cual llegamos al éxito y la felicidad es tan angosto, que la mayor parte de las personas no pueden permanecer dentro de sus confines por mucho tiempo. Las tendencias naturales de la gente demandan un camino más amplio del que permite el éxito verdadero. Es más fácil andar por un camino ancho; hay más lugar en él para desvíos y rodeos. El camino ancho no limita a uno a pensar rectamente ni a disciplinarse. Existe en nosotros la tendencia de querer más laxitud de la que podemos hallar en un camino angosto. ¿Hemos oído alguna vez de alguien que se haya desviado del camino angosto en ángulo recto? El fracaso empieza simplemente por querer hacer más ancho el camino. Nuestras inclinaciones nos incitan con tanta frecuencia a que exploremos los caminos laterales que nunca nos conducen a donde deseamos ir.

El viajero común desperdicia mucho tiempo del que debe, en desviaciones y callejones sin salida. Hay miles de caminos que conducen a todo destino concebible. Algunos son fáciles y agradables porque no tienen muchas restricciones. Son de amplitud suficiente para permitir muchas clases de actividades incompatibles con el éxito.

En nuestro viaje hacia el éxito, deben considerarse muchas cosas. Un objetivo noble es importante; una ambición digna es loable; el gran entusiasmo es útil. No obstante, también debemos considerar con cuidado el camino por el cual vamos a transitar. Se llega a toda gran realización, sea intelectual, social, física, espiritual o económica, por el camino angosto precisamente de acuerdo con el significado que Jesús aplicó a este término.

Por ejemplo, sabemos que la concentración es importante para lograr el éxito. Cuando se le preguntó a William Gladstone, el destacado político inglés, el secreto de su feliz carrera, su respuesta fue una sola palabra: “Concentración”. Emerson dijo la misma cosa. A eso se estaba refiriendo Jesús cuando manifestó: “…si tu ojo fuere bueno…” (Mateo 6:22) “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”. (Santiago 1; también 4:8)

La concentración no es una ancha carretera y se adquiere limitando el capo de acción, ampliando la visión, descartando las distracciones y enfocando la mente.

La decisión es otro de los componentes importantes del éxito, pero también es angosta. La decisión constituye la puerta y la actuación es la vía. Debemos resolvernos, en lo que respecta a determinada cosa, entonces enfocar nuestra atención y guiarnos por la brújula, no por nuestros caprichos. Si uno desea ser preciso y exacto, debe abandonar la indeterminación y la generalidad. El éxito requiere que lleguemos a una determinación; que establezcamos nuestras normas. Debe restringirse la laxitud y eliminarse las cosas que no concuerdan.

La autodisciplina es también estrecha. Consideremos, por ejemplo, las personas que padecen de obesidad o gordura. El principio que está causando su problema es el camino ancho. Si se va a rebajar de peso, sencillamente quiere decir ceñirse a un camino más angosto. Será menester proscribir ciertas cosas, imponer restricciones, limitar la cantidad de alimentos, refrenar con más severidad el apetito. Cuanto mayor sea la reducción deseada, tanto más angosto debe ser el camino.

En la Palabra de Sabiduría el Señor no hizo más que estrechar el camino que conduce a la salud, prohibiendo el uso de ciertas cosas. Los millones de alcohólicos que hay en todo el mundo eran gente sin ese vicio en otro tiempo. Ninguno de ellos intencionalmente se encaminó hacia el terrible lugar donde fue a parar. Probablemente tenían nobles ideales y buenas intenciones. Ciertamente querían llevar vidas felices, útiles y respetables. Cayeron en error sólo porque quisieron hacer demasiado extenso su camino.

¡Con cuánta frecuencia tenemos en nuestras mentes grandes propósitos y nobles ideales precisamente en el momento que nuestras manos buscan las cosas prohibidas y nuestros pies nos llevan por el ancho camino que nos conduce a la destrucción!

Algunas personas se hacen llamar “liberales”. Pero con frecuencia amplían sus pensamientos a tal grado que se introducen en su programa muchas cosas indeseables. Nos valemos de un rasgo interesante llamado tolerancia, que con frecuencia significa ceder terreno. Modificamos y transigimos.

La sociedad se ha vuelto tolerante en extremo en lo que respecto al uso del alcohol, la delincuencia, el pecado, el menosprecio de los mandamientos religiosos. Nosotros nos hemos tornado tolerantes hacia las cosas que causan el fracaso, y aun hemos aprendido a ser tolerantes con el propio camino ancho y espacioso. Tenemos la tendencia de creer demasiado en el “desenlace feliz”, sea cual fuere el camino que tomemos. La liberalidad puede compararse a un río sumamente ancho pero de poca profundidad. Es el torrente de cauce angosto y profundo el que tiene fuerza para abrirse paso entre la montaña.

Hay algunas organizaciones religiosas que atribuyen poca importancia a la iglesia a la cual uno pertenece o a lo que rehace en ella. Afirman que toda la gente tiene algo de bueno en sí, y que al fin y al cabo todos llegarán al mismo lugar.

Oímos decir que no es de mucha importancia lo que creamos o lo que hagamos; y agrada a muchos adoptar un camino muy ancho y espacioso, en el cual puede haber cabida para cualquier cosa.

A pesar del concepto que tengamos del Dios de salvación ¿no es interesante observar que el Dios de la naturaleza es muy estrecho? A nivel del mar, el agua hierve a 100 grados, según el termómetro Centígrado, o 212, según el Fahrenheit; pero nunca a 98 o 210 respectivamente. El agua se congela a 0 y 32 grados respectivamente; pero nunca a 2 o 34. El Dios de la ciencia es estricto. Los objetos más pesados que el aire no pueden resistir la atracón de la tierra. No hay excepciones; nos parecerá intransigente en extremo, pero así es.

Se puede predecir al minuto la vuelta de un planeta en una órbita de 500 millones de millas. A estos astros no les es dada ninguna laxitud para desviarse. La electricidad es estrecha. La brújula siempre indicará hacia el norte, nunca hacia el oriente o poniente; de modo que la brújula no es muy “liberal”. Las matemáticas son muy rígidas. Dos y dos son cuatro, nunca tres y medio. El que ha pasado por la experiencia de hallarse en medio de una fuerte tormenta, en un avión que tuvo que aterrizar por medio de los instrumentos, ¡cómo ha orado que el corazón del piloto no se desvíe ni un ápice! Un momento de “liberalidad” por parte de él puede resultar en muerte instantánea para todos.

Así como la ciencia y la naturaleza son estrechas y angostas, en igual manera lo es el evangelio. Por ejemplo, dice: “El que creyere y fuere bautizad, será salvo; más el que no creyere, será condenado.” (Marcos 16:16) “Un Señor, una fe, un bautismo.” (Efesios 4:5)

Quizá esto parezca muy estrecho, pero también parece razonable, correcto y seguro. La verdadera habilidad para dirigir es también intransigente. Si hacemos estas cosas, logramos el éxito; si hacemos aquellas, fracasamos. No hay más alternativa y empezamos a fracasar precisamente en el momento en que nos convertimos en demasiado liberales.

El elemento principal del éxito en cualquier campo consiste en seguir el camino estrecho. Es la vía de la salvación, la vía del éxito, de la felicidad, de la habilidad para dirigir con éxito, de contener nuestro peso, de dominar nuestra actitud. Es lo contrario del camino que tiene amplitud suficiente para decisiones vagas, pensamientos desenfrenados y actos licenciosos.

Pensemos en lo angosta que es la vía de la lealtad. Nos ciñe a una devoción definitiva. El éxito y la felicidad en el matrimonio también son un camino recto. Dos personas, de su propia voluntad, se entregan el uno al otro y a nadie más. No están por más tiempo irresponsablemente libres para andar aquí y allá donde el capricho pasajero pueda atraerlos. El matrimonio no es una ancha avenida de tránsito en dos direcciones; tampoco lo es la habilidad para dirigir con éxito, ni la vida. La gloria mayor de una persona consiste en la rectitud de su puerta y la estrechez de su camino. Los infieles y desleales andan por el camino ancho. Podrán tener una gran variedad de intereses o ninguno; podrán sentir devoción hacia muchos o nade; podrán vivir sin restricción, de acuerdo con la filosofía del “liberalismo”. No obstante, sabemos que esa vía particular ha sido designada el “camino ancho”, y todos deben saber de antemano a dónde conduce.

Los Diez Mandamientos son estrechos. Las leyes que tiene que ver con el reino celestial también lo son, y son pocos los que se conservan en el camino. Nos alejamos del camino principalmente porque nosotros mismos quitamos el cerco que lo rodea y derribamos las indicaciones y letreros que prohíben el paso, y así, ningún malestar sentimos al apartarnos del camino recto.

En cuanto empezamos a conceptuar la vida como una carretera que permite el tránsito en dos sentidos, empiezan a desarrollarse la hipocresía y la confusión, y nos hallamos envueltos en dificultades. A esta norma doble se debe la discordia que existe que existe entre el hecho y el credo, lo cual es la causa de los innumerables males de nuestra civilización. No basta con fijar una meta elevada; es también necesario que no nos apartemos del camino que conduce allí.

A pesar de la razón y del conocimiento científico de que nos preciamos, aun creemos más o menos subconscientemente, en una especia de magia negra, que pese al camino que tomemos, de una manera u otra nos irá bien. A un pecador empedernido le parece imposible que al fin se vaya a perder.

Tratamos de sostener nuestros nobles ideales con una mano en el momento preciso que cruzan por nuestra mente pensamientos impíos o leemos literatura indebida o hacemos cosas malas. Cuando fijamos nuestros pensamientos en fines o propósitos correctos, mas permitimos que nuestros pies vayan por el camino incorrecto, no sólo nos calificamos de pecadores, sino también de necios; porque ninguna cosa que viaja por el camino errado podrá llegar al destino correcto.

En el sermón más importante que jamás se ha predicado, el Hombre más noble que jamás ha vivido dijo: “Ven, sígueme.” (Lucas 18:22) También: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6) Esto señala un camino angosto en extremo; no tiene desvíos, no hace excepciones, no admite transigencias. Sin embargo, al andar por él tendremos la seguridad de que llegaremos a donde deseamos ir.

Consideremos algunos de los elementos que son parte de la habilidad para dirigir dentro de nuestra propia Iglesia, y midámoslas para ver si están de conformidad con lo que especificó Jesús.

Conducta personal. El hábil director se gloría en conservar su conducta en línea recta con la estrella polar de su fe. Debe ser fiel a lo mejor que hay en él. Otros andarán errantes aquí y allá por todo el territorio, pero él será fiel, no porque alguien podrá verlo, ni porque sea “lo más conveniente”, sino porque es lo recto.

Actitud mental. Si los pensamientos de una persona se desvían por el camino ancho, no hay mucha probabilidad de que sus pies se conserven por el camino angosto. El psicólogo William James dijo: “Aquello que conserva la atención, determina el hecho”. Por donde conduce la mente, allí andan los pies.

La sensación de responsabilidad es un camino estrecho en extremo y, como todas las demás cosas, nuestra limitación es nuestra gloria mayor. El presidente norteamericano Lincoln dijo que la nación no podía existir siendo la mitad esclavos y la otra mitad libres. Tampoco puede existir la habilidad para dirigir si el director es medio responsable y medio irresponsable.

El concepto de Jesús respecto del camino estrecho se aplica a todo elemento que forma parte de nuestra habilidad para dirigir. La integridad personal es estrecha; lo es el deber y también la preparación.

El propio Maestro nos ha dado la fórmula: “entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta, y angosto son los que la hallan.” (Mateo 7:13- 14)

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