Lo único que me salvó

Liahona de Julio 2017

Lo único que me salvó

Por Shuho Takayama, según lo relató a Ana-Lisa Clark Mullen
El autor vive en Tokio, Japón.

Una amistad inesperada me ayudó a cambiar mi vida de la oscuridad a la luz.
men playing golf

El golf es un deporte muy popular en Japón, así que empecé a jugarlo cuando tenía 14 años como una manera de pasar tiempo con mi padre. Fue divertido desde un comienzo y finalmente comencé a practicarlo por mí mismo y jugué en el equipo de golf de la escuela secundaria. Me hice amigo de mis compañeros de equipo y entrenadores, quienes me alentaban a seguir mi sueño de llegar a ser jugador profesional.

Me esforcé mucho, no solamente en el juego sino también en mis estudios, graduándome cerca de los primeros de mi clase en la escuela.

Cuando ingresé a la universidad, tuve una gran relación con mis compañeros y entrenadores de golf. Ellos eran mejores que yo, así que hice todo lo que pude para mantenerme a la par de ellos. Algunos miembros del equipo comentaban sobre mi excepcional primer nombre, Shuho. Les dije que mi abuela materna coreana me llamó así y que en coreano significa “montaña hermosa”. Desde ese momento sentí que su actitud hacia mí había cambiado, manchada por una tensión de varias generaciones entre Japón y Corea.

Comenzaron a llamarme “el niño coreano” y dijeron que dañaría el buen nombre de la universidad. En lugar de permitirme practicar golf con ellos, me hacían limpiar los baños.

Se volvió cada vez más estresante estar entre ellos. Al estar lejos de casa, sentí que tendría que arreglármelas solo. Intenté sujetarme a mi sueño y recuperar la aprobación de mi entrenador y equipo, pero después de dos años, ya no podía tolerar su trato tan duro, así que volví a casa.

Esta fue una época oscura para mí. El estrés estaba causando efectos psicológicos y físicos. Mi autoestima había sufrido mucho durante dos años. Mi sueño de ser golfista profesional había concluido. No sabía qué hacer con mi vida; y estaba enojado. Estaba enojado con todos: el entrenador, mis compañeros de equipo y mis padres. Estaba tan enojado que mis pensamientos me asustaban. No tenía amigos y sentía que no podía confiar en otras persona ni relacionarme con ellas. Por seis meses, solo salía de la casa para hacer ejercicio en el gimnasio.

Durante esta época oscura de mi vida, me hice amigo de Justin Christy, a quien conocí en el gimnasio. Cuando lo vi por primera vez, pensé que era estudiante de intercambio internacional. Dudaba en hablar con él hasta que lo vi conversando con alguien en el gimnasio y me sorprendió escuchar que hablara japonés. Aún me sentía inseguro de confiar en otras personas, pero él me sugirió que entrenáramos juntos. Había algo diferente en él que no entendía en ese momento. Me sentía tranquilo cuando estaba cerca de él. Comencé a esperar con anhelo nuestro tiempo para entrenar. Había encontrado a alguien en quien sentía que podía confiar como amigo.

Después de entrenar juntos varios meses, Justin me invitó a una cena con un grupo al que él iba de manera regular. Estaba indeciso, pero después de varias invitaciones decidí ir a lo que terminó siendo una cena de jóvenes adultos solteros en la casa de Richard y Corina Clark. Ellos me saludaron cálidamente cuando entré en su casa, el hermano Clark en japonés y la hermana Clark en inglés. No entendí lo que decía ella, pero intenté responderle. Incluso cuando varias personas allí no hablaban japonés, ellos eran un grupo divertido y además cordial y amistoso. Nos reímos mucho.

Comencé a asistir a otras actividades de jóvenes adultos solteros y nunca me había divertido tanto con otras personas en mi vida. Me preguntaba qué pasaba con ellas que los hacía tan amables y amigables.

En esa época Justin me preguntó qué quería hacer con mi vida. Me sorprendió descubrir que mis metas habían comenzado a cambiar. Le dije que quería aprender a hablar inglés y que quería ser amigo de todos, tal como él. Él me contó de las clases gratuitas de inglés en su capilla. Fui a la clase de inglés y conocí a los misioneros. Incluso cuando nunca antes había pensado en Dios, sentí que debía escuchar a los misioneros. Me enseñaron los principios básicos del Evangelio y me llamaban casi todos los días. Se convirtieron en buenos amigos, lo cual me hizo muy feliz porque yo aún no tenía muchos.

Comencé a conocer a varios miembros de la Iglesia que iban a las lecciones misionales conmigo y nos hicimos buenos amigos. Me enseñaron el Evangelio y me dieron el ejemplo. Justin me habló del Libro de Mormón y me contó historias sobre él para que yo quisiera leerlas por mí mismo. Otro amigo, Shingo, quien es muy detallista, analizaba doctrinas conmigo de una manera que me era fácil entenderlas. Él siempre compartía su testimonio al final de nuestras conversaciones.

Había encontrado algo en lo que creía y un lugar al que sentía que pertenecía. Después de ser bautizado y confirmado, comencé a pensar en servir una misión, pero me preocupaba dedicarle dos años. Hablé con muchas personas acerca de servir una misión, en especial con mis amigos exmisioneros. Pensé mucho en ello y me di cuenta de que el Evangelio era lo único que pudo haberme salvado.

Sé que Dios me ha dado todo: mis sueños, esperanza, amigos y, en especial, amor. El Evangelio me ha ayudado a salir de la oscuridad a la luz.

Cómo compartí el Evangelio con Shuho

Por Justin Christy

men at the gym
Cuando conocí a Shuho en el gimnasio, él dijo que quería aprender inglés e ir a un programa de intercambio de golf. Le hablé de las clases de inglés en la capilla, pero fueron algunas semanas hasta que pudimos asistir. Mientras tanto, como ejercitábamos juntos, hablamos mucho sobre temas del Evangelio, sobre el Libro de Mormón y sobre la vida en general.

Las amistades y los ejemplos de los miembros de la Iglesia que conoció le llamaron la atención y le ayudaron a aprender del Evangelio. Es el Espíritu el que lleva a la conversión; todo lo que hacemos es entregar el mensaje y apoyar a las personas mientras deciden por ellas mismas.

Solía ser estresante para mí pensar en compartir el Evangelio; pero me he dado cuenta de que si solo abrimos la boca en el momento correcto, tendremos oportunidades misionales. Todo lo que necesitamos hacer es invitar a las personas a una actividad o reunión de la Iglesia. Si tenemos una mentalidad abierta, siempre habrá oportunidades para compartir el Evangelio.

Sean un ejemplo

“Cada uno de nosotros vino a la tierra habiendo recibido la luz de Cristo. Al seguir el ejemplo del Salvador y vivir como Él vivió y enseñó, esa luz arderá en nosotros e iluminará el camino para los demás…

“Estoy seguro que en nuestra esfera de influencia hay aquellos que están solos, enfermos y aquellos que se sienten desanimados. Tenemos la oportunidad de ayudarlos y de levantarles el ánimo”.

Presidente Thomas S. Monson, “Sean un ejemplo y una luz”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 86.

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