Una Fe imperturbable

Liahona de Septiembre 1988

Una Fe imperturbable
Por el élder James E. Faust

Hace varios meses visité, en compañía de otra Autoridad General, la hermosa isla de Tahití. El avión llegó al aero­puerto de Papeete alrededor de las cuatro de la mañana. Un grupo de líderes locales, precedido por el Representante Regional, Víctor Cave, nos estaba esperando. Rápidamente recogimos nuestro equipaje y fui­mos al hotel para descansar lo que el tiempo nos lo permitiera, antes de comenzar las actividades del día.

Mientras conducíamos por las solitarias calles, en las primeras horas de la mañana, un hombre cruzó la calle frente al auto del hermano Cave, quien aminoró la marcha para darle tiempo y nos dijo:

—Ese hombre pertenece al ba­rrio de esta zona. Va de prisa ha­cia el templo. Si bien la primera sesión no comienza hasta las nue­ve de la mañana, siempre prefiere estar allí mucho más temprano.
— ¿Vive lejos de aquí? —le preguntamos.
—A dos o tres cuadras.

Entonces el hermano Cave nos explicó que los custodios abren los portones del templo temprano, y que este hermano va y observa el amanecer desde los sagrados terrenos que rodean el hermoso templo.

No pude menos que maravillarme ante la fe de aquel hombre que sacrificaba horas de sueño o la oportunidad de hacer otras cosas a cambio de ir a los terrenos del templo y dedicar ese tiempo a la meditación y la contemplación. Sin lugar a dudas ha­brá quienes dirán: “¡Qué tontería!, ¡qué manera de perder el tiempo que podría dedicar a dormir o estudiar!” Espero que durante esas horas especiales de medi­tación y contemplación, ese fiel hom­bre esté aprendiendo a conocerse a sí mismo y conocer a su Creador.

Es importante que desarrollemos esa clase de fe, sencilla e imperturbable. Deseo recalcar la importancia de que debemos aceptar totalmente los aspectos fundamentales de nuestra propia fe y, al mismo tiempo, os insto a que no os preocupéis demasiado por los pequeños detalles y las aparentes contradicciones que parecen perturbar a mu­chos. A veces nos dedicamos a satisfacer nuestro orgullo intelectual y tratar de encontrar todas las respuestas sin aceptar antes ninguna de ellas.

Todos buscamos la verdad y el conocimiento. El desa­rrollar una fe sencilla e imperturbable no limita nuestro progreso y nuestros logros. Por el contrario, hasta es posible que nos ayude a prosperar cada vez más rápida­mente, porque el desarrollo y el conocimiento están siempre mejorando los dones y poderes naturales que tenemos para lograr las cosas.

Nefi explicó que sus hermanos se habían vuelto tan inicuos e insensibles hacia el Espíritu que habían “dejado de sentir”, aun cuando habían visto a un ángel y la voz del Señor les había hablado de un modo suave y apacible (véase 1 Nefi 17:45). En contraste con esto, Nefi nos dice: “Deleitaos en las palabras de Cristo. . . porque las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Leyó, estudió y releyó el manual

Tengo un amigo al que quiero mucho. Él y yo nos criamos juntos. Si bien es inteligente y capaz, no se destacó como un buen alumno. Los problemas y las necesidades de la familia le impidieron continuar con sus estudios, y no terminó la escuela secundaria. Se las arre­gló para comprarse un camión viejo y comenzó a trans­portar arena y grava para unos constructores. El trabajo que hacía era por temporadas y no le daba muy buenos resultados; el viejo camión se rompía con frecuencia y tenía que hacerlo arreglar.

Se casó con una mujer muy buena, lo que le dio estabilidad a su vida. Su situación económica era difícil, pero de todas maneras se las arreglaron para construir su casa propia.

En esa época yo era el obispo de ellos y lo llamé como asesor del Sacerdocio Aarónico. Tomó muy seriamente el llamamiento y leyó, estudió y releyó el manual de instrucciones; tenía un cuaderno donde anotaba las fe­chas en que todos los jovencitos del barrio debían ser avanzados en el Sacerdocio Aarónico; se mantenía infor­mado sobre la vida y los asuntos de ellos y mantenía al obispado informado de sus actividades.

Años después, cuando fui relevado como obispo, este hermano fue llamado como miembro del obispado, cargo que cumplió con gran fidelidad. Luego pasó a ser obispo, desempeñando esta labor también en forma maravillosa.

Mientras tanto, él y un compañero aprendieron a tra­bajar con ladrillos y se asociaron para hacer trabajos de construcción relacionados con esta especialidad. Hacían un trabajo de buena calidad y pronto se hicieron de muchos clientes. El prosperó y era muy respetado en la comunidad en que vivía.

Después de tener el cargo de obispo por varios años, fue llamado como miembro del sumo consejo de estaca, y nuevamente sirvió en forma devota y fiel. Si bien había dejado de estudiar antes de terminar la secundaria, este hermano se convirtió en un respetable y honorable hombre de negocios, y no cabe la menor duda de que, si hubiera realizado estudios universitarios, habría llegado a mucho más.

¿A qué se debió el éxito alcanzado? ¿A su espíritu emprendedor y laborioso?, ¿a qué era frugal y ahorra­tivo?, ¿a la confianza que tenía en sí mismo? Sí, todo eso es muy importante, pero hubo algo más: Fiel y diligente­mente se esforzó por saber “la disposición y la voluntad del Señor” (D. y C. 133:61); tenía una fe sencilla e imperturbable.

No hay mejor maestro

El presidente Stephen L. Richards lo explicó de la siguiente manera:

“El alma inmortal, la cual es la unión del cuerpo y el espíritu, pasa a ser investida de la naturaleza divina de nuestro Padre eterno y nuestro hermano mayor, Jesucristo” (Conferencia General de abril de 1945).

Esa investidura divina intensifica y magnifica nuestros dones y habilidades. Por lo tanto, no hay mejor maestro ni mayor fortaleza que la naturaleza divina del Padre Eterno y Jesucristo.

El profeta viviente y los otros líderes de la Iglesia también son grandes maestros. Antes de ser llamado como Autoridad General y, por lo tanto, tener el privi­legio de asistir a todas las conferencias generales, siem­pre traté de escuchar por radio o ver en la televisión todas las sesiones de las mismas. En una oportunidad, en su clase de seminario, mi hijo recibió la asignación de analizar los mensajes de la conferencia. Juntos escucha­mos atentamente todas las sesiones del sábado, después de lo cual mi hijo, con aire pensativo, dijo: “¿Qué nos están diciendo las Autoridades Generales?” En resumen, estaba tratando de determinar el tema básico de los men­sajes impartidos.

Pienso que todos deberíamos preguntamos a nosotros mismos: “¿Qué nos están diciendo las Autoridades Generales?” Los profetas modernos pueden darnos una visión de la eternidad. Nos aconsejan acerca de la forma en que podemos superar al mundo, pero no podemos saber cuál es su consejo si no los escuchamos; no pode­mos recibir las bendiciones que se nos han prometido si no seguimos la senda que ellos nos indican.

Cuando era presidente de estaca, hace muchos años, tuve la oportunidad de conocer personalmente a muchas de las Autoridades Generales que iban a hablar a nues­tras conferencias de estaca, lo que significó una expe­riencia maravillosa para mí. Una semana antes de ser llamado y sostenido miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, el presidente Hugh B. Brown vino a una de ellas. Todos disfrutamos de su cálido espíritu y buen sentido del humor. Mientras lo ayudaba a ponerse el abrigo y caminaba junto a él hacia el automóvil, le pregunté:

—Élder Brown, ¿tiene algún consejo para mí?
—Sí, siga a las Autoridades —contestó.

No me dio explicaciones ni una respuesta compleja, pero me dejó este poderoso mensaje: tenga la fe sencilla para seguir a las Autoridades Generales.

Maud Wetzel Faust, mi abuela, solía contarles a sus nietos acerca de los tiempos en que iba a la conferencia general cuando Brigham Young era el Profeta. Con la excepción de José Smith, había conocido a todos los Profetas de la Iglesia hasta Heber J. Grant. De acuerdo con la experiencia que había adquirido a través de los años, decía: “Los que han rechazado el consejo de las Autoridades Generales no han prosperado”.

Cesad de atormentaos

Los críticos de la Iglesia tratan de desacreditar esta obra maravillosa basándose en las debilidades humanas de sus líderes. Nosotros sabemos perfecta­mente que todos los líderes de la Iglesia, tanto del pa­sado como del presente, con la sola excepción de Cristo mismo, están sujetos a las imperfecciones y defectos del ser humano. Pero, tal como lo dijo el presidente Gordon B. Hinckley hace algunos años: “Puntualizar los errores y pasar por alto las cosas buenas es como dibujar una caricatura. Estas son graciosas, pero con frecuencia son feas y engañosas. Por ejemplo, un hombre puede tener una verruga en la mejilla y sin embargo reflejar en su rostro las virtudes que posee, pero si se acentúa exageradamente la verruga, la caricatura no refleja los rasgos positivos del individuo” (Church News, 3 de julio de 1983, pág. 11).

Además, el presidente Hinckley agregó: “Si algunos [de los líderes de la Iglesia] cometieron errores, o si su carácter se ha torcido levemente de una manera u otra, es aún más sorprendente que hayan logrado tanto”. Lo mismo sucede en la actualidad.

El presidente Wilford Woodruff dio el siguiente con­sejo a los miembros de la Iglesia, suplicándoles a los santos que se preocuparan más de las cosas sencillas:

“Cesad de atormentaos acerca de quién es Dios, quién es Adán, quién es Cristo, quién es Jehová. ¡Dejad esto en paz! ¿Para qué habéis de mortificaros con estas co­sas?.. Dios es Dios; Cristo es Cristo; el Espíritu Santo es el Espíritu Santo, y esto debería ser suficiente para nosotros. Si queremos saber más, esperemos hasta que veamos a Dios en persona. Y os digo. . . humillaos ante Dios; buscad la luz, la verdad y un conocimiento de las cosas sencillas del reino de Dios.” (The Discourses of Wilford Woodruff, editado por G. Homer Durham, Salt Lake City, Bookcraft, 1946, págs. 135-136.)

Para tener un “conocimiento de las cosas comunes del reino de Dios”, debéis conservar vuestra inocencia espiritual, evitando el cinismo y la crítica. Esta es la época de los cínicos y los críticos. El presidente Hinckley dijo: “La crítica precede a la división, cultiva la rebeldía y a veces es el agente que conduce al fracaso.

En la Iglesia, siembra la semilla de la inactividad que conduce a la apostasía” (Church News, 3 de julio de 1983, pág. 10).

Algunos principios básicos

A fin de tener inocencia espiritual, o sea, una fe sencilla e imperturbable, debemos aceptar ciertos principios básicos. Esto significa que debemos creer que:

  1. Jesús, el Hijo del Padre, es el Cristo y el Salvador y Redentor del mundo.
  2. José Smith fue el instrumento por el cual el evange­lio se restauró plena y completamente.
  3. El Libro de Mormón es la palabra de Dios y, tal como lo dijo el profeta José Smith, es la clave de nuestra religión.
  4. Ezra Taft Benson, al igual que todos los Presi­dentes de la Iglesia que le precedieron, posee las lla­ves y la autoridad restauradas por medio de José Smith.

Es posible que os preguntéis: “¿Cómo puedo adquirir una fe sencilla e imperturbable y tener la seguridad de que cada uno de estos principios es verdadero?” Este tipo de fe se puede lograr por medio de la oración, el estudio y el humilde deseo de cumplir con los mandamientos de Dios.

Pero seamos más específicos. El primer principio, que Jesús es el Cristo, se ha enseñado y se han guardado sus tradiciones durante dos mil años, lo que nos ayuda a aceptarlo como nuestro Salvador y Redentor. De modo que este principio, al menos para comenzar, podría ser el más fácil de aceptar después de estudiar, orar y procurar seguir las enseñanzas de Él.

Con respecto al segundo, el llamamiento de José Smith como Profeta de la Restauración, pienso que el investigador sincero puede tener más dificultades para aceptarlo. Pero para tener una apreciación más justa de la grandeza de la misión de José Smith, debemos retroce­der y captar el panorama en general. Para mí, la única explicación lógica de la grandeza y del éxito de su obra es que él vio lo que dijo que vio y que fue lo que dijo que era. Los frutos de su labor, tan claros que todos los pueden ver, son también un testimonio de la divinidad de esa obra.

La certeza de la veracidad del tercer principio, o sea, un testimonio de la veracidad del Libro de Mormón, se recibe, en mi opinión, como lo especifica Moroni, por medio del poder del Espíritu Santo: preguntándole a Dios, el Eterno Padre, en el nombre de Jesucristo, si el libro es verdadero. La promesa dice así: “Y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo” (Moroni 10:4).

El cuarto principio es fundamental para tener una fe imperturbable. Se trata de la tesis de que el presidente Ezra Taft Benson es el heredero de las llaves restauradas, al igual que todos sus predecesores, desde José Smith.

Hay quienes aceptan al Salvador, la misión divina de José Smith y el Libro de Mormón, pero creen que des­pués de la Restauración las Autoridades se alejaron del verdadero camino. Muchos de los que creen en esto han arrastrado a otros consigo, pero no han prosperado.

La transferencia de las llaves

A través de las épocas, ha existido un poderoso precedente que respalda el principio de la sucesión de autoridad. Después de la crucifixión del Salvador, Pedro, el Apóstol de más antigüedad en el quorum, pasó a ser el Presidente de la Iglesia. Este sistema de la suce­sión al oficio de Presidente de la Iglesia se ha continuado desde que a José Smith se le restauraron las llaves del sacerdocio.

Todos los Apóstoles que han sido ordenados al apos­tolado y al Quórum de los Doce han recibido todas las llaves del reino de Dios sobre la tierra. Algunas de estas llaves deben mantenerse inactivas hasta la muerte del Presidente de la Iglesia, oportunidad en que descansan sobre el Quórum de los Doce como un sólo cuerpo. Cuando se ordena y se aparta al nuevo Presidente, los miembros del Quórum de los Doce, todos juntos, impo­nen las manos sobre su cabeza y ponen en vigencia las llaves que él ha poseído desde que fue ordenado Apóstol. Este procedimiento se ha llevado a cabo desde que Pe­dro, Santiago y Juan otorgaron las llaves al profeta José Smith, y lo mismo sucedió con el presidente Ezra Taft Benson.

Debido a esta transferencia de llaves y autoridad, po­demos decir que, ya que la autoridad del sacerdocio existe sobre la tierra en la actualidad, el presidente Ben­son es quien tiene las llaves de esta autoridad.

Cuando aceptamos estos cuatro principios, junto con las ordenanzas que administra la Iglesia, y obedecemos los mandamientos, tenemos la seguridad de disfrutar de la promesa del Salvador: “… la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (D. y C. 59:23).

Os doy mi testimonio, cómo uno de los testigos espe­ciales de Cristo, de que en verdad el Padre y el Hijo se aparecieron a José Smith, y que le dieron instrucciones para volver a establecer la Iglesia en su plenitud sobre la tierra. También testifico que el mensaje del Libro de Mormón es verdadero y de origen divino; sé que el presi­dente Ezra Taft Benson tiene todas las llaves y la autori­dad para administrar los asuntos del reino de Dios sobre la tierra.

Al igual que el hombre que apresuradamente cruza la calle a las cuatro de la madrugada para ir al templo, del mismo modo nosotros podemos gozar de una conciencia limpia en los templos de Dios. Si tenemos una fe sencilla e imperturbable, podemos elevarnos sobre los aspectos egoístas, bajos y mezquinos del mundo hacia la paz y la vida eterna. □

Adaptado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, Provo, Utah

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