Élder Charles Didier

Liahona de Septiembre 1988

Élder Charles Didier
Un hombre que goza haciendo lo justo
por Edwin O. Haroldsen

El viajero no aceptó la mayor parte de la comida que sirvieron durante el cansador viaje de trece horas entre Miami, Estados Unidos, y Buenos Aires, Argentina, en octubre de 1983.

Tenía más interés en saciar la mente que el estómago; leía el libro que uno de sus hijos le había regalado para su cumpleaños: In Search of Excellence (La búsqueda de la excelencia).

El élder Charles Didier, del Primer Quórum de los Setenta, viajaba a Sudamérica como Administrador Ejecutivo de la Iglesia, responsable de Argentina, Uruguay y Paraguay. Antes de llegar a Buenos Aires, ya había leído casi todo el libro y había tenido tiempo para descansar y meditar so­bre el trabajo que le esperaba allí.

Esto era usual en él. Desde que se bautizó en la Iglesia a los veintidós años, en su tierra natal, Bélgica, todo lo que ha hecho para la Iglesia se ha caracte­rizado por el entusiasmo y la de­dicación con que lo ha emprendi­do. Es un hombre que goza haciendo lo justo.

Charles Didier nació en Ixelles, Bélgica, el 5 de octubre de 1935. Este hermano recuerda que su padre, André, un oficial del ejército belga, fue capturado durante la Segunda Guerra Mundial. Pero consiguió escaparse y vivía escondido; su familia lo veía sólo de vez en cuando, durante vi­sitas inesperadas. Recuerda que una vez, cuando tenía nueve años:

“La policía secreta alemana andaba buscando a mi padre y nosotros apenas tuvimos tiempo de marchar­nos de nuestra casa antes de que nos encontraran. Nos fuimos a donde estaba mi padre, en la provin­cia de Amberes, y de allí a vivir con mi bisabuela en Flandes.” De la liberación de Bélgica, dice: “Re­cuerdo con toda claridad a los soldados alemanes escapando en bicicletas, la venida de los aviones, el tiroteo y la llegada de las tropas aliadas a nuestro pueblo”.

Al igual que a los demás niños de su pueblo, al hermano Didier lo educaron en el catolicismo. Era el único de su familia que iba a misa casi todos los domingos.

En 1950, cuando la familia vivía en Namur, Bélgica, y él tendría unos quince años, dos misione­ros de la Iglesia Mormona, estadounidenses, fueron a visitarlos. Su madre, Gabrielle, los hizo pasar y los escuchó. Durante las vacaciones de la Pascua de Re­surrección del año siguiente, ella se bautizó en una pequeña pila bautismal en Bruselas. El élder Didier no pudo estar presente porque se encontraba en Roma, visitando al Papa, como parte de una excur­sión organizada por la Iglesia Católica.

Aunque se resistía a las invitaciones de ir a la ca­pilla “mormona”, iba a las clases de inglés que ense­ñaban los misioneros, y en seguida se marchaba, an­tes de que empezaran las actividades de los jóvenes, porque temía que lo “atraparan”. Pero un día le pi­dieron que actuara en una obra de teatro en la capi­lla, y luego su madre lo convenció de que fuera a la iglesia con ella un domingo. Poco después se bautizó su hermana Jacqueline.

De cuando estaba en Lieja, estudiando en la uni­versidad, recuerda: “Yo iba a las actividades de los jóvenes de vez en cuando, y casi siempre participaba en alguna cosa, pero no quería comprometerme a hacerlo siempre. Era muy tímido y no me gustaba hacer nada en público”.

Entonces, uno de los misioneros, Dewitt Paul, le preguntó por qué no se bautizaba, ya que cumplía con todo, lo mismo que un miembro de la Iglesia.

“Le contesté que no veía la necesidad de hacerlo. Me gustaba la vida que llevaba. Podía asistir a la iglesia sin tener responsabilidades. El me propuso que oráramos sobre la veracidad del Libro de Mormón y sobre José Smith, pues si yo tenía un testi­monio, sabría que tenía que bautizarme.

“Así lo hicimos, y cuando terminamos de orar, ya sabía con seguridad que debía bautizarme. Esa fue la contestación a la oración: no vi una luz ni escuché una voz; simplemente me vinieron a la mente las palabras: ‘Bautízate; en eso hay sabiduría; éste es mi mandamiento’.”

El élder Paul bautizó al hermano Didier en una piscina de Bruselas en noviembre de 1957.

En 1959 se graduó de la Universidad de Liege de experto en economía. Después se alistó en el pro­grama de capacitación de la reserva de la Fuerza Aérea de Bélgica, terminando ese período de servi­cio con el grado de teniente y supervisor de radar.

Un tiempo después, estando a pocos kilómetros de Lieja, empezó a salir con una joven llamada Lucie Lodomez, que había conocido en la rama mormona de esa ciudad. Ella había sido compañera de misión en Francia de su hermana Jacqueline.

Cuando el élder Didier finalizó el servicio militar, se casaron y fueron a vivir en un pequeño aparta­mento. En 1962 se sellaron en el Templo de Suiza. Charles progresó en su trabajo en una compañía maderera de importación, y ambos progresaron en la Iglesia a través del servicio que prestaban en ella. El recibió cada vez más responsabilidades en la peque­ña rama de Lieja, hasta llegar a ser el presidente.

Después de trabajar cinco años en esa ciudad, no se sentía muy conforme, y no estaba seguro de lo que quería hacer en el futuro. Había comenzado a investigar la posibilidad de emplearse como maestro y también había considerado volver a la universidad cuando recibió una oferta como respuesta a sus ora­ciones. Se le pidió que se mudara a Francfort, Alemania, para tomar el puesto de ayudante de John E. Carr, el director de asuntos temporales de la Iglesia en Europa.

A los nueve meses de estar allí, le pidieron que volviera a Lieja para encargarse del centro de distri­bución de la Iglesia. En seguida que regresó volvie­ron a llamarlo como presidente de la rama de Lieja.

En marzo de 1970 se llevó una gran sorpresa cuando lo llamaron por teléfono de Salt Lake City:

“Me habló el presidente N. Eldon Tanner: ‘El Señor lo llama para ser presidente de misión.

¿Podría estar listo para salir dentro de tres meses e ir adonde el Señor quiera mandarlo?’ Le contesté que sí.”

Las llamadas telefónicas inesperadas continuaron haciendo impacto en su vida. Tres años después, poco antes de ser relevado de presidente de la Misión Francia-Suiza, recibió otra llamada de una Autoridad General; esta vez se trataba del presiden­te Marión G. Romney. Lo llamaron como Repre­sentante Regional y a la vez le dieron el puesto de gerente de área encargado de traducciones y distri­bución de materiales de la Iglesia en toda Europa.

En octubre de 1975, mientras estaba en Salt Lake City asistiendo a la conferencia general, recibió una llamada diciendo que el presidente Spencer W. Kimball quería verlo; era para darle el cargo de miembro del Primer Quórum de los Setenta que iba a organizarse.

“Hay ciertas cosas que uno planea para el futuro; ciertas cosas que uno se imagina que le pasarán. Pero, cuando llega el llamamiento de ser Autoridad General, uno cierra la puerta y dice: ‘Ahora estoy cien por ciento en las manos de Señor, y haré lo que El me pida’. ”

Después, localizado en Bruselas, fue el Adminis­trador Ejecutivo de Europa y tenía bajo su jurisdic­ción catorce misiones. Más tarde se le asignó la su­pervisión de la Iglesia en Canadá y, en 1981, la supervisión de las misiones y las estacas de Argenti­na, Paraguay y Uruguay. En 1984, la Iglesia llamó a trece Presidencias de Area y él fue de Presidente del Area Norte de Sudamérica, que originalmente com­prendía al Brasil, pero que ahora se compone de Ecuador, Venezuela, Colombia, Perú, Bolivía, Suriname, Guyana y la Guayana Francesa.

A pesar de que sus deberes como Autoridad General requieren mucha dedicación y tiempo, siempre emplea unos momentos para trabajar en el huerto, pescar, pintar con acuarelas, cocinar o leer, porque piensa que la vida debe estar bien equilibra­da. Su interés en la lingüística le sirve de mucho ya que además de hablar francés, su idioma natal, ha­bla inglés, alemán, holandés y español.

El élder Didier es delgado y ágil, y se mantiene en buena aptitud física. Piensa que el cuidado que le da a su salud le ayuda a soportar la cantidad de viajes que tiene que hacer como Autoridad General. El y el élder Gene R. Cook, también del Primer Quórum de los Setenta, juegan juntos a la pelota de frontón. El hermano Cook comenta:

“El hermano Didier se mantiene en muy buenas condiciones: nada con toda facilidad de treinta a cuarenta veces el largo de la pileta y hace ejercicios todos los días.”

El trabajo físico constituye parte del ejercicio que hace. El y sus hijos construyeron su propia casa, y su obispo, Reed Heywood, recuerda que, además de eso, llevaron a la casa piedras para construir una cerca de retención para embellecer los alrededores.

“Creo que el trabajo físico es de mucho valor. Yo lo necesito”, dice el hermano Didier. “Trabajo en una oficina o estoy en reuniones ocho o nueve ho­ras diarias, tanto cuando me encuentro en Salt Lake City como cuando estoy en Sudamérica. Y como tengo mucha energía, me gusta gastarla jugando a la pelota, nadando o pintando, como también traba­jando en el huerto durante el verano. Creo en lo que dijo el presidente Kimball, que es bueno tener un huerto. Nosotros plantamos veintitrés árboles frutales. A mí me encanta estar cerca de la natura­leza y trabajar la tierra.”

Este hermano va a pescar porque le gusta la natu­raleza, pero su método es típico de muchas otras co­sas que hace en la vida. Va a pescar con personas que sepan más que él para poder aprender de ellas. “Creo que tengo mucho que aprender v que puedo aprenderlo de cualquier persona.”

De su madre aprendió mucho. Ella era, entre otras cosas, una gran cocinera, y un postre de cho­colate que hacía sigue siendo tradicional en la familia.

En noviembre de 1983 fue a California para asis­tir a la conferencia de la estaca Fair Oaks. Como llegó temprano a la casa del presidente de estaca, lo llevaron a ver el huerto.

“Vi que tenían puerros, una verdura muy popular en Bélgica. El presidente nunca los había plantado antes y no estaba seguro de cómo utilizarlos en la comida. Yo le dije: ‘Hagamos una sopa’. Ese sábado de tarde, después de las reuniones de la conferencia, él y yo hicimos sopa de puerros para servir a veinti­dós personas al día siguiente: los miembros del sumo consejo y otros líderes de la estaca. Me parece que allí me recordarán como cocinero más que como Autoridad General.”

Otra de las cosas que hace con placer es servir al prójimo. Su hijo Patrick dice: “Siempre está dis­puesto a ayudar a alguien que lo necesite”.

Venice Rogers, una vecina, agrega: “Es muy cari­ñoso con los niños”.

Una vez, cuando la familia Rogers estaba de vacaciones, el hermano Didier y su esposa empape­laron el dormitorio de la hija de esa familia, Elizabeth, para darle una sorpresa. Como es de esperar, la jovencita quedó encantada.

El élder Didier juega con los niños de otra familia vecina a su propia versión del juego que llama “del ascensor”: Cuando los niños tocan el botón de arri­ba de su chaqueta los levanta en brazos; cuando to­can el botón de abajo, vuelve a dejarlos en el suelo.

Otra de las maneras en que sirve al prójimo es haciendo “la obra misional” por sus antepasados. Durante los últimos años, ha pasado muchas horas en la biblioteca genealógica haciendo investigación por sus antepasados y por los de su esposa. “Todavía tengo mucho por hacer, pero he conseguido hacer bastante. Tengo toda la información para llenar las hojas de las cuatro generaciones y después presentar­las en el templo.”

A pesar de todo lo que ha hecho, piensa que to­davía puede progresar en muchos aspectos. Dice que cuando se es Autoridad General la persona “se en­cuentra bajo el escrutinio diario de la gente, tanto ella misma como su familia. Uno representa oficial­mente a la Iglesia, y los miembros piensan que tiene que saberlo todo, lo que no es verdad. Siempre es necesario vivir de acuerdo con el llamamiento que se tenga y con lo que espere la gente de uno, al igual que con lo que espera el Señor, lo cual es mu­cho más importante. No es nada fácil hacerlo”.

Teniendo esto en cuenta, ¿cuáles son sus metas?

La primera es poder dar a su familia lo mejor de sí mismo. Y la segunda, “representar al Señor de la forma en que El quiera que lo haga, y establecer su reino de acuerdo con Su voluntad”. □

Edwin Haroldsen era periodista antes de formar parte del personal docente de la Universidad Brigham Young de Provo, Utah. Actualmente está jubilado pero sigue teniendo algunas cátedras de periodismo en dicha Universidad. Vive con su esposa en Provo, Utah, en los Estados Unidos.

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