Busca el Espíritu del Señor

Liahona de Septiembre 1988

Busca el Espíritu del Señor
Por el presidente Ezra Taft Benson

Una de las formas más seguras de determinar si estamos en la senda correcta del evangelio es observar si sentimos la influencia del Espíritu del Señor.

Cuando gozamos de la compañía del Espíritu Santo producimos ciertos frutos.

El apóstol Pablo dijo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23).

Lo más importante en nuestra vida es gozar de la compañía del Espíritu. Siempre he pensado esto. Siempre debemos ser sensibles a la inspiración del Espíritu Santo.

Los presidentes David O. McKay y Harold B. Lee solían relatar algo que le sucedió hace tiempo al obis­po John Wells y que puede servimos de enseñanza:

“Mamá, no sufras más”

Este hermano era responsable de muchos informes de la Iglesia y dedicaba gran parte de su tiempo fijándose en los detalles y en las estadísticas. Uno de sus hijos murió en un accidente ferroviario debajo de las ruedas de un tren de carga. La hermana Wells no podía consolarse. No encontró alivio du­rante el funeral y siguió muy apenada después del entierro. El obispo Wells estaba preocupado por su salud, ya que se encontraba sumamente deprimida.

Un día, poco después del funeral, ella estaba re­costada orando cuando se le apareció el hijo muerto y le dijo: “Mamá, no sufras más; no llores, que estoy bien”.

Entonces, él le contó cómo había ocurrido el ac­cidente y le aseguró que había sido tal, porque apa­rentemente tenían dudas de que su muerte realmen­te hubiera sido accidental ya que el joven tenía mucha experiencia en su trabajo con los ferrocarriles.

Y ahora fíjense en esto: También le dijo que tan pronto como se dio cuenta de que había perdido la vida, había tratado de comunicarse con su padre sin poder lograrlo. Su padre estaba siempre tan ocupado con su trabajo que no respondía a los lla­mados del Espíritu. Por eso el hijo se había apareci­do a su madre.

Entonces le pidió: “Dile a papá que estoy bien, y no quiero que sigas lamentándote” (David O. McKay, Gospel Ideáis, Salt Lake City, Improvement Era, 1953, págs. 525-526).

El presidente McKay y el presidente Lee contaban esta experiencia para recalcar que siempre debemos ser receptivos a la inspiración del Espíritu. Estamos más alerta a esta influencia cuando no tenemos la presión de tener demasiadas entrevistas y cuando no nos dejamos atrapar por las preocupaciones de todos los días.

Es necesario dedicar tiempo para meditar. Medi­tar sobre un pasaje de las Escrituras fue lo que con­dujo al joven José Smith a la arboleda para tratar de comunicarse con su Padre Celestial. Y de esa forma se abrieron los cielos en esta dispensación.

La meditación sobre un pasaje del libro de Juan en el Nuevo Testamento logró la gran revelación sobre los tres grados de gloria.

La meditación sobre otro pasaje de la Epístola de Pedro permitió al presidente Joseph F. Smith tener la revelación sobre el mundo de los espíritus. Esa re­velación, conocida como la “Visión de la redención de los muertos”, ahora forma parte del libro Doctri­na y Convenios.

Vosotros que sois padres y abuelos debéis reflexio­nar sobre lo que significa la responsabilidad que Dios os ha dado: “Reposen en vuestra mente las so­lemnidades de la eternidad” (D. y C. 43:34). Y esto no es posible si uno está obsesionado con las preo­cupaciones de la vida diaria.

“A fin de que puedas conocer los misterios”

Las Escrituras deben estudiarse en el hogar, y los padres deben dar el ejemplo. Las Escrituras se com­prenden por medio del poder del Espíritu Santo, porque el Señor ha dado esta promesa a los fieles y obedientes: “… a fin de que puedas conocer los misterios y las cosas apacibles” (D. y C. 42:61).

El presidente Kimball nos dio una sugerencia de cómo podemos aumentar nuestra espiritualidad:

“Me doy cuenta de que cuando descuido mi rela­ción con Dios, me parece que Él no me escucha ni me habla y me siento muy alejado de Él. Pero, si me abismo otra vez en la lectura de las Escrituras, la distancia se acorta y la espiritualidad retorna. Me encuentro así más capaz de amar a los que debo amar con todo mi corazón, mi alma y mi fuerza, y, al amarlos más, me resulta mucho más fácil escuchar sus consejos.” (Discurso dado al personal docente de Seminarios e Institutos, el 11 de julio de 1966, Universidad Brigham Young.)

Sé por experiencia que este es un consejo muy sabio.

Cuanto más familiarizados estamos con las Escri­turas, más nos acercamos a la voluntad del Señor y más queremos a nuestro cónyuge y a nuestros hijos. Os daréis cuenta de que leyendo las Escrituras repo­sarán en vuestra mente las verdades de la eternidad.

Reflexionad sobre lo que no podáis comprender. Como el Señor le mandó a Oliverio Cowdery: “De­bes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien” (D. y C. 9:8; cursiva agregada).

¿Os dais cuenta de la última frase? “Sentirás que está bien.”

La mayoría de las veces “oímos” las palabras del Señor mediante nuestros sentimientos o emociones. Si somos humildes y sensibles, Él nos inspirará de esa manera. Es por eso que muchas veces la inspira­ción espiritual nos llena de gozo o trae lágrimas a nuestros ojos. Muchas veces me he emocionado al recibir la influencia del Espíritu.

Irradiad la influencia del Espíritu

El Espíritu Santo nos hace sentir más compasión y amor por los demás. Tratamos a otras personas con más calma y amamos con más intensidad. Las demás personas se sienten cómodas a nuestro lado porque irradiamos la influencia del Espíritu, y nos parecemos más a Cristo. A la vez, nos volvemos más sensibles a la influencia del Espíritu Santo y po­demos comprender mejor las cosas espirituales.

Debemos tomar en serio las palabras del Salvador: “Atesorad constantemente en vuestras mentes las pa­labras de vida” (D. y C. 84:85; cursiva agregada).

Mi suegra, Bárbara Smith Amussen, fue obrera en el Templo de Logan durante veinte años. Era una mujer excelente, cándida y sincera. Yo la quería mucho y pasaba mucho tiempo con ella porque es­tuvo viuda cuarenta años y no había sacerdocio en su casa.

Esa señora supo exactamente cuándo iba a dejar esta vida. Su esposo, un converso danés, y el primer joyero y relojero que tuvo Utah, Cari Christian Amussen, se le apareció en una visión o en un sue­ño. Ella admitía:

—No estoy segura de qué manera fue, pero fue tan real que parecía que estaba en el cuarto conmi­go. Él dijo que venía a decirme que mi vida mortal estaba llegando al final y que el jueves siguiente [ese día era viernes] pasaría al más allá.

—Debe de ser que has estado preocupada por al­go y que no te sientes muy bien —le dijo su hija mayor, Mabel.

—Me siento muy bien y no hay nada de qué preocuparse. Simplemente sé que el jueves me voy — le contestó ella. Luego agregó:

—Mabel, cuando llegue el momento, me gustaría morirme en tu casa, en el dormitorio de la planta alta donde solía contarles a los niños las historias del Libro de Mormón y de la historia de la Iglesia cuando eran pequeños.

Ese domingo fue a la reunión de testimonios y dio el; suyo. El obispo comentó que habló como si fuera a emprender un largo viaje.

“Se estaba despidiendo de nosotros”, dijo, “y ade­más, nos dijo cuánto nos quería y lo mucho que ha­bía gozado trabajando en el templo” (que estaba a pocos metros de la capilla). Y después dio un fer­viente testimonio.

Durante los días siguientes fue al banco, sacó sus pequeños ahorros, pagó todas sus cuentas y fue a la funeraria a elegir un cajón. Después cortó la luz y el agua en su casa y se fue a la casa de Mabel. El día antes de morir, su hijo fue a verla y conversaron to­mados de la mano.

El día de su fallecimiento, Mabel entró al dormi­torio donde su madre estaba acostada descansando.

—Mabel, tengo un poco de sueño; no me des­piertes, aunque duerma hasta la tardecita.

Esas fueron sus últimas palabras; pasó pacífica­mente de esta vida a la otra.

Tener espiritualidad, o sea, ser receptivos al Espí­ritu del Señor, es lo que más necesitamos. Debemos esforzarnos por tener la compañía constante del Es­píritu Santo toda nuestra vida. Cuando tenemos la influencia del Espíritu, gozamos sirviendo en la obra, amamos al Señor, amamos a las personas con las que servimos y también a las que servimos.

Varios años después que José Smith murió, se le apareció al presidente Brigham Young y le dijo:

“Di a los miembros que sean humildes y fieles, y que traten de mantener con ellos el Espíritu del Se­ñor porque los guiará por el camino correcto. Que se cuiden de no rechazar la voz suave y apacible, pues les dirá lo que deben hacer y adonde deben ir; dará los frutos del reino. Diles a los líderes que mantengan sus corazones abiertos a la convicción, para que cuando el Espíritu Santo trate de influen­ciarlos, su corazón esté preparado para recibirlo” (Manuscrípt History of Brígham Young, 23 de febrero de 1847, 2 volúmenes, corregido por Élden Jay Watson, Salt Lake City, 1968, 1971, 2:529).

El Señor ha hecho progresar esta obra y seguirá dándole impulso. Él se mantiene cerca de sus sier­vos, apenas a un susurro de distancia.

La obra de estos últimos días es de naturaleza es­piritual, y se necesita espiritualidad para compren­derla, para amarla y para discernirla. Por lo tanto, buscad la inspiración del Espíritu en todo lo que ha­gáis, y mantenedla con vosotros continuamente. Es­te es nuestro cometido.

Ruego que el Espíritu del Señor os acompañe a cada uno de vosotros y a vuestras familias. □

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