No piensa quemar el Libro

Liahona de Junio 1988

“¡No piensa quemar el Libro”!
Por Don Vicenzo di Francesca

A continuación aparece el relato de la milagrosa conver­sión del hermano di Francesca, el cual se ha extraído de un artículo publicado en la revista Improvement Era en mayo de 1968, y de una carta escrita por él mismo. Ac­tualmente la carta se encuentra en los archivos de la Igle­sia y constituye un resumen de los cuarenta años de lucha que el autor sostuvo para poder unirse a la Iglesia. El hermano di Francesca fue bautizado en 1951 por el presidente de la Misión Suizo-austriaca, Samuel E. Bringhurst.

Al reflexionar sobre los acontecimientos de mi vida que condujeron a lo que sucedió en una fría mañana de febrero de 1910, en la ciudad de Nueva York, me convenzo aún más de que Dios estaba consciente de mi existencia. Esa singular mañana, el guarda de la capi­lla italiana me entregó una nota que me enviaba el pastor, en la cual me informaba que estaba enfermo y que deseaba que fuera a su casa para hablar de algu­nos asuntos importantes con respecto a la iglesia.

Mientras caminaba por una calle cercana al puer­to, advertí que el fuerte viento del mar movía las páginas de un libro que yacía sobre un barril de ceni­zas. Por el aspecto de las páginas y la encuaderna­ción, supuse que se trataba de un libro religioso. Mo­vido por la curiosidad, me acerqué y lo tomé, sacu­diéndole el polvo. Me di cuenta de que estaba escrito en el idioma inglés y busqué su portada, pero descubrí que ya no la tenía.

El fuerte viento continuó dando vuelta a las pági­nas y alcancé a leer rápidamente varias palabras, co­mo Alma, Mosíah, Mormón, Moroni, Isaías, lamani­tas. Excepto por Isaías, todos los otros nombres me eran desconocidos. Envolví el libro en un periódico que acababa de comprar y continué la marcha hacia la casa del pastor.

Después de llevarle unas palabras de aliento al pas­tor, decidí lo que iba a hacer por él y me retiré. En el trayecto a casa, seguí pensando en quiénes podrían ser los personajes del libro con esos nombres tan ex­traños. ¿Acaso ese Isaías era el mismo de quien se hablaba en la Biblia, o se trataba de alguien diferente?

Cuando llegué a casa, me acomodé cerca de una ventana y ansiosamente empecé a revisar el conteni­do del libro. AI darles vuelta a las páginas rotas y leer las palabras de ese Isaías, me convencí de que se tra­taba de un libro religioso que hablaba de cosas que habrían de acontecer. No obstante, no sabía cuál era la iglesia que enseñaba tal doctrina, puesto que le habían arrancado al libro la tapa y la portada. Leí la declaración de los testigos, y sentí una gran confianza de que era un libro verdadero.

Compré un líquido limpiador y algodón en una tienda cercana y comencé a limpiar las páginas. Pasé varias horas leyendo, y sentí que recibía gradualmen­te luz y conocimiento, por lo que deseé saber de qué fuente provenía esa nueva revelación. Leí una y otra vez, dos, tres y cuatro veces, y llegué al convenci­miento de que ese libro era un quinto evangelio del Redentor.

Al concluir el día, cerré con llave la puerta de mi dormitorio, me arrodillé con el libro en las manos y leí el capítulo diez de Moroni. Entonces le pedí a Dios, el Eterno Padre, en el nombre de su Hijo Jesu­cristo, que me dijera si ese libro era su palabra, si era un libro verdadero, y si al predicar podía usar sus enseñanzas, además de las de los cuatro Evangelios.

Minutos después de iniciar mi súplica, sentí un frío como el del viento del mar. Luego el corazón me empezó a latir más rápidamente y me invadió un gran sentimiento de alegría, como si hubiera encontrado algo precioso y extraordinario, y mi alma sintió con­suelo y se llenó de un júbilo imposible de describir en términos humanos. En esos momentos había recibido la confirmación de que Dios había contestado mi ora­ción y de que el libro era de sumo beneficio para mí y para todos los que quisieran escuchar sus palabras.

Continué con mis servicios en aquella iglesia, pero empecé a incorporar en mis sermones las palabras del libro que había encontrado. Los miembros de la congregación empezaron a interesarse tanto en lo que me oían decir, que ya no les satisfacían los sermones de mis colegas. A medida que advirtieron éstos que los miembros dejaban las bancas vacías cuando ellos discursaban y, por el contrario, se quedaban cuando yo estaba en el pulpito, se enojaron conmigo.

La discordia se acentuó en forma crítica la Noche­buena de 1910. En mi sermón de esa noche, les rela­té la historia del nacimiento y de la misión de Jesucristo, tal como se explicaban en mi nuevo libro. Al concluir, algunos de mis colegas contradijeron en público todo lo que yo había dicho. Me denunciaron y me llevaron ante el Comité de Censuras para que se me sancionara.

Al comparecer ante ese comité, sus integrantes me brindaron lo que a su juicio era un consejo paternal. Me aconsejaron que quemara el libro, porque consi­deraban que provenía del demonio ya que había cau­sado tanta discordia y había destruido la armonía que existía antes entre los hermanos pastores. Mi respues­ta fue: “¡No pienso quemar el libro porque tengo te­mor de Dios! Le he preguntado a Él si es verdadero, y me ha respondido de manera afirmativa y absoluta, lo cual he sentido nuevamente en mi alma en estos pre­cisos momentos en que me encuentro defendiendo su causa”. Entonces supe que llegaría el día en que yo sabría de qué fuente provenía el libro y en que podría gozar de los frutos de la fe que me había permitido resistirme firmemente ante el Comité de Censuras.

En el año 1914 se me hizo comparecer nuevamente ante el concilio eclesiástico.

Uno de los oficiales me habló en tono amigable, sugiriendo que probablemente en la audiencia anterior se me había reprendi­do muy duramente y que por esa razón yo me había revelado, y que lo lamentaba mucho puesto que todos me apreciaban.

No obstante, aclaró, yo debía recordar que la regla era obedecer y que debía proceder a quemar el libro.

Yo no podía negar las palabras del libro ni quemarlo, porque al hacerlo ofendería a Dios. Les declaré que estaba muy ansioso de que llegara el día en que yo sabría a qué iglesia pertenecía aquel libro y que entonces me uniría a ella. “¡Basta, basta!”, fue la réplica del oficial, y procedió a leer la sentencia del consejo: Se me destituía como pastor de la iglesia y de mis derechos y privilegios anteriores.

En noviembre de 1914, estando de vuelta en mi tierra natal, Italia, se me llamó para servir en el ejér­cito italiano y pelear en Francia. Encontrándome en el servicio militar, les relaté en una ocasión a los integrantes de mi tropa la historia de Ammón, seña­lándoles que su pueblo había rehusado derramar la sangre de sus hermanos y que había enterrado sus ar­mas para no ser culpable de crímenes tan grandes. Al enterarse el capellán del incidente, me denunció an­te el comandante y al siguiente día se me escoltó hasta su oficina. El me pidió que le relatara la histo­ria, y luego me preguntó cómo había obtenido el li­bro. Al informarle de mi hallazgo, me impuso un cas­tigo de estar diez días a pan y agua, ordenándome que no volviera a mencionar el libro.

Después de terminada la guerra, volví a Nueva York, y allí me encontré con un viejo amigo que era uno de los pastores de la iglesia a la que yo había pertenecido antes. El intercedió por mí ante el conci­lio eclesiástico, y por fin se me admitió en la congre­gación como miembro lego. Como prueba, se me de­signó acompañar a uno de los pastores a una misión a Nueva Zelanda y Australia.

Al encontramos en Australia, algunos inmigrantes italianos nos preguntaron acerca de los errores que existían en algunas de las traducciones de la Biblia. No habiendo quedado satisfechos con las respuestas de mi compañero, me interrogaron a mí y yo de nue­vo hablé del relato del libro sobre la aparición de Cristo a los habitantes de América. Al preguntarme en dónde había aprendido tales enseñanzas, les infor­mé que en un libro que había encontrado tiempo an­tes. A ellos les pareció aceptable el relato, pero no así a mí colega. Me denunció ante el concilio y nue­vamente me expulsaron de la iglesia.

Poco tiempo después volví nuevamente a Italia, y en el mes de mayo de 1930, mientras consultaba un diccionario de Francés en busca de alguna informa­ción, advertí repentinamente la palabra “mormón”. Leí cuidadosamente la definición y descubrí que se había establecido una Iglesia Mormona en 1830 y que esa iglesia administraba una universidad localiza­da en Provo, Utah [Universidad Brigham Young]. Escribí una carta al presidente de la universidad para solicitarle información sobre el libro y las páginas que le faltaban. Dos semanas después recibí su respuesta, en la que me informaba que mi carta había sido remi­tida al Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

El 16 de junio de 1930, el presidente Heber J. Grant dio respuesta a mi carta y me envió un ejem­plar del Libro de Mormón en italiano. Él me informó que también le remitiría mi solicitud al élder John A. Widtsoe, presidente de la Misión Europea, cuya sede quedaba en Liverpool, Inglaterra. Pocos días después el élder Widtsoe me escribió y me envió un folleto que contenía la historia del profeta José Smith, de las planchas de oro y del origen del Libro de Mormón. Por fin me fue posible averiguar el resto de la historia del libro mutilado que había encontrado sobre aquel barril de cenizas.

El 5 de junio de 1932, el élder Widtsoe llegó a Nápoles para bautizarme, pero debido a una revolu­ción que se había iniciado en Sicilia, la policía de Palermo no me dejó salir de la isla y no pude bauti­zarme. En el año siguiente, el élder Widtsoe me pidió que tradujera el folleto de José Smith al italiano y que imprimiera mil ejemplares. Llevé mi traducción a una imprenta, en donde un hombre llamado Joseph Gussio tomó el material y se lo llevó a un obispo católico. Este último ordenó a la imprenta que lo destruyera. Aunque le entablé un juicio a la impren­ta, lo único que recibí del tribunal fue una orden para que el obispo me devolviera el folleto original.

Cuando el élder Widtsoe fue relevado como presi­dente de la misión en 1934, continué intercambian­do correspondencia con el élder Joseph F. Merrill, quien lo sucedió. El hizo arreglos para que yo recibie­ra el diario The Millenial Star, el cual recibí periódica­mente hasta 1940, época en que se interrumpió la suscripción a causa de la Segunda Guerra Mundial.

En enero de 1937, el élder Richard R. Lyman, su­cesor del presidente Merrill, me escribió para comu­nicarme la fecha en que él y el élder Hugh B. Brown estarían de visita en Roma; yo podría viajar hasta allí para que me bautizaran. Pero la carta se retrasó debido a las inconveniencias de la guerra y no la recibí a tiempo.

Desde ese año hasta 1949, no recibí más noticias de la Iglesia, pero me mantuve fiel y continué predi­cando el evangelio de la dispensación del cumpli­miento de los tiempos. Como contaba con mis pro­pios ejemplares de los libros canónicos, traduje algu­nos capítulos al italiano y los envié a algunos conoci­dos con el siguiente saludo: “¡Albricias! ¡Es el romper del alba; habla Jehová!”

El 13 de febrero de 1949, le escribí al élder Widt­soe a las oficinas de la Iglesia en Salt Lake City. Sin embargo, debido a que él había estado en Noruega, no dio respuesta a mi carta sino hasta el 3 de octubre de 1950. Le envié una larga respuesta a su misiva y aproveché para pedirle que me ayudara a bautizarme cuanto antes, puesto que consideraba que ya había probado ser un hijo y siervo fiel de Dios, y que había estado observando las leyes y mandamientos de Su reino. El élder Widtsoe le pidió entonces al élder Samuel E. Bringhurst, presidente de la Misión Suizo- austriaca, que viajara a Sicilia para bautizarme.

El 18 de enero de 1951, el presidente Bringhurst llegó a la isla y me bautizó en Imerese. Aparente­mente, el mío fue el primer bautismo administrado en Sicilia. Un tiempo después, el 28 de abril de 1956, entré en el Templo de Suiza, en Berna, y recibí mi investidura. ¡Por fin me fue posible estar en la presencia de mi Padre Celestial! Supe que en aque­llos momentos se había cumplido la promesa de Dios, de que llegaría el día en que yo conocería la fuente de la cual provenía el libro y en que gozaría de los frutos de mi fe. □

(Nota del editor: El hermano di Francesca nació el 23 de septiembre de 1888 y murió el 18 de noviembre de 1966. Siempre se conservó firme en la fe y realizó la obra del templo por sí mismo y por muchos otros.)

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