Fe, Esperanza y Caridad

Liahona de Junio 1988

Fe, Esperanza y Caridad
Por Arthur R. Bassett

Los principios de la fe, la esperanza y la caridad se mencionan a menudo en el Libro de Mormón.

Los principios eternos de la fe, la esperanza y la caridad por lo general nos recuerdan las enseñanzas del apóstol Pablo en el Nuevo Testamento (véase 1 Corintios 13). Sin embargo, también aparecen con mucha frecuencia en el Libro de Mormón.

LA FE

La confrontación entre Alma y Korihor, el anti­cristo, sirve de preámbulo al principio de la fe, en el capítulo 30 de Alma. Korihor acusa a este profeta de basar su vida en una fe que no puede probar, insi­nuando así que su propia vida se basa en algo más substancioso. Esta confrontación presenta una idea importante que debe considerarse cuando se habla de la fe.

Me he preguntado si la fe puede existir completa­mente independiente de todo o si es algo como el amor que necesita de un objeto que lo reciba. No se puede decir que se ama si ese amor no se dirige hacia una persona o hacia un objeto; por el mismo consi­guiente, es inútil decir que se tiene fe si esa fe no está puesta en alguien o en algo. Todos tenemos fe en algo; puede que algunos no tengan fe en Dios ni en Jesucristo, que es la clase de fe de que hablan los profetas, pero tienen fe en sí mismos o en otras per­sonas. Todos confiamos en alguien o en algo, aunque sea en un concepto vago que tengamos. Digamos que confiar en algo y tener fe es casi lo mismo.

Cuando los profetas hablan de la fe, se podría agre­gar “en Cristo” para captar mejor el significado. Co­mo lo dijo el profeta José Smith en el cuarto Artículo de Fe, tener fe en el Señor Jesucristo es el primer principió que debe obedecer un miembro de la Iglesia.

A medida que tratamos de conocer a Cristo, nos damos cuenta de lo que tenemos que hacer para ser como El. Él es el modelo que debemos seguir: Él nos guía por la senda correcta, toda la verdad se centra en El, nos da la luz que ilumina nuestra obra como cristianos y en El confiamos plenamente.

Si al leer lo que sucedió entre Alma y Korihor te­nemos presente lo antedicho, comprenderemos mejor el relato. Es interesante notar que todos los argumen­tos que presenta Korihor contradicen su propia posi­ción. Ambos tenían fe; pero Alma tenía fe en Cristo en tanto que Korihor creía en sí mismo. Según él,

“todo hombre prosperaba según su genio, todo hom­bre conquistaba según su fuerza” (Alma 30:17).

Como lo sugiere Nefi, siempre es conveniente aplicar las Escrituras a nuestra propia situación (véase 1 Nefi 19:23). Al leer relatos como el mencionado anteriormente, podríamos examinar nuestra vida y preguntarnos: ¿En qué tenemos fe? ¿En qué o en quién confiamos? ¿Buscamos satisfacción o felicidad prestando ayuda en la obra del Señor o en nuestro trabajo, o en lo que poseemos? ¿Vivimos como Alma o tenemos demasiada confianza en nosotros mismos y nos olvidamos de confiar en Cristo?

Alma tiene mucho que decir sobre la fe. Por ejem­plo, cuando les habla a los zoramitas (véase Alma 32), pareciera dar a entender que ninguno de noso­tros llegará a un punto en el que no necesitaremos más la fe. Esta parece ser un principio eterno que nos acompañará toda la eternidad. Cuando lleguemos al más allá y estemos en la presencia de Cristo, sabien­do a ciencia cierta que existe, nuestra relación con El aún estará parcialmente determinada por la fe que tengamos en El. Porque conocerlo no es suficiente, como nos dice Santiago. También los demonios creen y tiemblan, pero no siguen a Jesucristo (véase Santiago 2:19).

Pero, si seguimos a Cristo, veremos que el conoci­miento y la fe se apoyan mutuamente.

Alma les dice a los zoramitas que la fe en algo puede sustituirse por el conocimiento en ese algo. Al poner en práctica la palabra de Dios y al comprobar que es verdadera, podemos decir que sabemos que es cierta. “¿Es perfecto vuestro conocimiento?”, pre­gunta; y al contestar nos hace ver que este conoci­miento tiene límites: “Sí, vuestro conocimiento es perfecto en esta cosa, y vuestra fe queda inactiva” (Alma 32:34; cursiva agregada).

Además, Alma da a entender que tardaremos en conocer todos los aspectos de nuestra existencia. “¿Es perfecto vuestro conocimiento después de haber gus­tado esta luz? He aquí, os digo que no; ni tampoco debéis dejar a un lado vuestra fe” (Alma 32:35-36).

Ninguno de nosotros, incluso los más educados, alcanza un punto en el que puede actuar sólo en base al conocimiento que posee, excluyendo por completo la fe.

Los discursos de Alma, al igual que los de Moroni (véase Eter 12) y los de Mormón (véase Moroni 7), nos ayudan a entender el principio de la fe. Pero, la vida de otros hombres de Dios nos ayudan aún más a comprenderlo; por ejemplo, otro hombre llamado también Moroni, el capitán de los ejércitos nefitas durante más de una década (véase Alma 43:16); Ne­fi, el hijo de Helamán, al que Dios le dio poder para controlar la naturaleza por motivo de la gran fe que tenía en Cristo (véase Helamán); Samuel el Lamani­ta, el que para ayudar a los enemigos de su pueblo a volver a Dios corrió el riesgo de que lo mataran (véa­se Helamán 16:2, 6-7); Nefi, el hijo de Nefi, nieto de Helamán, que no se inmutó ante las amenazas de muerte de los enemigos de la iglesia que iban a ma­tarlo si no se cumplían las profecías de Samuel (véase 3 Nefi 1:5-15); y el hermano de Jared, que es un gran ejemplo de fe, el profeta que estuvo en la pre­sencia de Dios y que movió montañas por medio de su fe en Cristo (véase Eter 3:13; Helamán 12:30).

Teorías y sermones explican muy bien la fe, pero la vida ejemplar de muchas personas la ilustra mucho mejor. El Libro de Mormón está lleno de relatos so­bre la vida de hombres y mujeres fieles. Si nosotros, los miembros de la Iglesia, reflexionamos sobre el va­lor que han tenido estas vidas y nos esforzamos por basar nuestra fe en el Señor, sin duda alguna, al estu­diar el Libro de Mormón, sentiremos con intensidad el espíritu del Maestro.

LA ESPERANZA

La vida de los personajes del Libro de Mormón también ilustra el segundo principio, la esperanza, que es la compañera inseparable de la fe. Cuando se tiene fe en Cristo, también se siente una paz tan pro­funda que sobrepuja toda comprensión y, además, una esperanza que no da lugar a la desesperación y que llena el alma. Como dice Mormón: “¿Cómo po­déis lograr la fe, a menos que tengáis esperanza?” (Moroni 7:40). A medida que crece nuestra fe en Cristo, también aumenta nuestra esperanza, una es­peranza que Moroni describe así:

“De modo que los que crean en Dios pueden espe­rar con seguridad un mundo mejor, sí, un lugar a la diestra de Dios; y esta esperanza viene por la fe, pro­porciona un ancla a las almas de los hombres y los hace seguros y firmes, abundando siempre en buenas obras, siendo impulsados a glorificar a Dios” (Eter 12:4).

Esas palabras de Moroni nos ayudan a comprender mejor el principio de la esperanza, la cual es la segu­ridad que nos da Dios cuando tenemos fe en El. Es como un ancla que ayuda a las personas a ser leales y fieles al servir a su prójimo. Es más fácil ver lo pode­roso de este principio si fijamos la atención en lo opuesto: la desesperación. En nuestros días vemos por todos lados sus efectos paralizantes. Muchas personas que no saben dónde pueden encontrar una guía se han dado por vencidas, ya sea aislándose de la socie­dad o siguiendo en pos de cualquiera que se proclame a sí mismo “mesías”. Esa fe, puesta en algo sin valor, pronto los arrastra al desconsuelo y a la desespera­ción. Podemos observar muchos de esos casos a nues­tro alrededor.

Una vez que pierden la fe en los demás o en la vida que llevan, muy pronto pierden la fe en sí mis­mos. Pareciera que la esperanza se relaciona con la fe que uno tiene en uno mismo. Cuando no se tiene esperanza, se pierde la voluntad de seguir luchando. Los manicomios están llenos de gente así. Al no te­ner esperanza en Dios, esos hombres y mujeres tien­den a perder su asidero en la vida y les parece que ya no tienen valor como personas. Los consume la preo­cupación por su propia condición y no pueden ayudar a otras personas, y, en muchos casos, a quienes así padecen ni siquiera les importan los problemas de los demás. Se vuelven impotentes en cuanto a las rela­ciones sociales y quedan muertos en vida. Algunos se refugian en el alcohol o en las drogas para escapar de la imagen que tienen de sí mismos.

¡Qué enorme contraste hay entre estas personas y las que viven con esperanza en Cristo! Estas últimas están dispuestas a aliviar la carga de los que las ro­dean, con la ayuda de Dios. Miran la vida con opti­mismo y confían en que el destino del hombre es alcanzar el gozo prometido. La vida de Alma, hijo, ilustra muy bien este punto. Cuando relata su vida de joven rebelde, hace hincapié en la ansiedad que ex­perimentó, el gran choque que recibió cuando el án­gel lo dejó paralizado, el martirio que sufrió su alma y el intenso deseo de ser aniquilado en cuerpo y alma. Entonces, mientras se sentía vencido, atormentado y solo, se acordó de las palabras de su padre acerca de Jesucristo, y este pensamiento bastó para calmarlo:

“Y he aquí que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados.

“Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor.

“Sí, hijo mío, te digo que no podía haber cosa tan intensa ni tan amarga como mis dolores. Sí, hijo mío, y también te digo que por otra parte no puede haber cosa tan exquisita y dulce como lo fue mi gozo” (Alma 36:19-21).

¿Cuántas personas actualmente necesitarían tener una experiencia similar? Nosotros podríamos ayudar a muchos simplemente con hablarles de lo que sabemos de nuestro Salvador y de lo que Él nos ha enseñado sobre el propósito de la vida. Encuentro interesante que Alma haya usado tan a menudo la palabra gozo.

Es una palabra con mucho significado que se utiliza con frecuencia en el Libro de Mormón y que también aparece en todos los evangelios del Nuevo Testamen­to, especialmente en el de Lucas. Yo creo que desem­peña un papel importante en el principio de la espe­ranza, y pareciera estar relacionado con otros concep­tos como la paz: la paz que sobrepasa todo entendi­miento, y que se recibe como un don del Príncipe de Paz. También tendría relación con el consuelo que prometió el Maestro a sus discípulos cuando les dijo que les daría otro Consolador. Todas estas cosas vie­nen a mi mente cuando reflexiono sobre la palabra esperanza dentro del contexto del evangelio.

El Libro de Mormón contiene numerosos ejemplos de personas que tenían fe en dioses falsos e impoten­tes, y las vemos caer indefectiblemente en la desespe­ración mientras que los santos gozaban de paz y bie­nestar. En la última parte del libro, se mencionan casos de casi todas las desgracias humanas que pue­dan ocurrir. En el registro jareditas abundan los casos de genocidio y problemas familiares, además de pe­leas entre vecinos, prejuicio racial, persecución reli­giosa, guerras, corrupción en el gobierno, desastres naturales y prácticamente todos los problemas pro­pios de la condición humana.

Para los Santos de los Últimos Días de todo el mundo, estos relatos deben tener mucho significado. Un sinnúmero de ellos podrían comparar las expe­riencias de su propia vida con las que se relatan en el Libro de Mormón, ya que muchos conocen personal­mente la destrucción y el terror de la guerra; algunos sufren debido a la discriminación religiosa y racial; otros han pasado por el pánico de tener que huir de un terremoto o de una inundación y ver sus casas destruidas.

Para los que han tenido que pasar por esas pruebas, las palabras del Libro de Mormón son lazos que los unen a esos hermanos y hermanas de otra época y que les dan esperanza, paz y optimismo. Y este senti­miento de bienestar los hace enfrentarse a la adversi­dad sabiendo que el bien prevalecerá y que los cuida un Padre compasivo. El pesimismo y la desesperación hace que muchos se den por vencidos, pero los miembros de la Iglesia saben que todo sufrimiento tiene un propósito, aunque no sea inmediato, y que ese sufrimiento no dura para siempre. Por eso siguen luchando aunque sea en contra de dificultades apa­rentemente invencibles.

La esperanza es lo que sostiene a los padres que tienen hijos que se han apartado de la buena senda y es también lo que sostiene a los obispos y a los presi­dentes de estaca en los momentos de desánimo. Es lo que hace que los miembros de la Iglesia de todo el mundo vean la vida de una forma positiva y aguarden con buen ánimo el día en que puedan vivir con el

Señor. La narración de la experiencia que tuvieron los nefitas con el Señor nos ayuda a imaginarnos el gozo que sentiremos en el momento de su segunda venida y durante su reino en la tierra.

LA CARIDAD

Según Mormón, en algunos aspectos la caridad es el principio más importante de los tres (véase Moroni 7:44). Este profeta también define la caridad como “el amor puro de Cristo”, y agrega que “permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien” (Moroni 7:47). La definición “el amor puro de Cristo” puede interpretarse de dos formas distin­tas: o es el amor que emana de Cristo o es el amor que uno siente por El. Ambas interpretaciones tienen la misma aplicación, pues estas dos clases de amor se manifiestan de la misma manera. Por ejemplo, al sentir el amor que Cristo tiene por nosotros, nos vol­vemos más parecidos a Él y nos interesa más el bien­estar de los demás, por lo que ponemos de manifiesto este amor sirviendo a nuestros semejantes.

Mormón dice que si uno no tiene caridad, la fe y la esperanza que uno tenga pierden valor. Santiago, en el Nuevo Testamento, dice lo mismo en su ser­món sobre la fe sin obras (Santiago 2).

Unas de las mejores demostraciones de amor se en­cuentran en la segunda mitad del Libro de Mormón. Los padres encuentran los mejores ejemplos de amor en los discursos de despedida de Alma a sus hijos (Alma .36-42). Los misioneros perciben ese amor en la obra misional de Alma y en las oraciones de éste (véase especialmente Alma 31:26-35). Los líderes de la juventud lo advierten en la carta de Helamán, en la cual cuenta sus experiencias con los dos mil jóve­nes guerreros a los que consideraba como hijos (Alma 56-58). Los líderes de la Iglesia en general perciben el amor que inspira a Nefi, el hijo de Helamán, a servir a su pueblo a pesar del desaliento. Los secreta­rios y las personas que trabajan en genealogía notan el amor con que Mormón y Moroni trabajan pacien­temente en la compilación de los registros sagrados.

Todas estas experiencias nos dan una idea de los distintos aspectos del amor, pero tal vez la más elocuente sea la breve descripción de la visita del Salva­dor al pueblo nefita (véase 3 Nefi 11-28).

De sus enseñanzas emanaba la compasión. Oró al Padre por el bienestar de su pueblo. Lloró por la mal­dad de los de su pueblo y por los enfermos. Alivió el sufrimiento de los nefitas y les dio la Santa Cena. Bendijo a los niños. En todo esto podemos apreciar la clase de amor que fluye de Él. Nos damos cuenta de que la vida puede ser mucho más noble y elevada de lo que lo ha sido para nosotros. Y tal vez resolvamos mejorarla. En el Maestro vemos cristalizados los tres principios: la fe, la esperanza y la caridad.

Si estudiamos detenidamente la visita del Salvador a los nefitas, podremos comprender mejor la clase de amor que define Mormón (Moroni 7:45). Podremos entender con mayor amplitud lo que quiere decir ser sufrido y benigno, no tener envidia y ser realmente humilde. Los que son verdaderamente Santos de los Últimos Días no se enojan con facilidad ni piensan en cosas malas ni se alegran con la maldad. El que ama de verdad siente gozo en la verdad, todo lo su­fre, todo lo cree, todo lo espera y porque ama es ca­paz de soportar todas las cosas.

Mormón dijo de la época que siguió a la visita de nuestro Salvador: “Y ocurrió que no había contencio­nes en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.

“Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lasci­vias de ninguna especie; y ciertamente no podía ha­ber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios.

“No había ladrones, ni asesinos, ni lamanitas, ni ninguna especie de itas, sino que eran uno, hijos de Cristo y herederos del reino de Dios.

“¡Y cuán bendecidos fueron!” (4 Nefi 15-18.)

Nosotros debiéramos seguir ese ejemplo, y sólo po­dremos lograrlo haciendo lo que ellos hicieron, forta­leciendo en nosotros la fe, la esperanza y especial­mente la caridad. El consejo de Mormón a su pueblo también se aplica a nosotros:

“Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo, Jesucris­to; que lleguéis a ser hijos de Dios; que cuando él aparezca, seamos semejantes a él, porque lo veremos tal como es; que tengamos esta esperanza; que poda­mos ser purificados así como él es puro” (Moroni 7:48; cursiva agregada).

Al leer el Libro de Mormón, podríamos preguntar­nos cómo podemos adquirir fe, esperanza y caridad.

Es fácil leer sobre estos principios e intercambiar opi­niones acerca de ellos; lo difícil es incorporarlos en nuestra vida diaria. Comprenderlos completamente nos puede llevar toda una vida, y, para muchos, po­nerlos en práctica es todavía más difícil.

Primero, tenemos que darnos cuenta de que nece­sitamos poseer esas cualidades, y, a medida que se vaya intensificando nuestra conciencia de este he­cho, tendremos más “energía” en nuestro corazón pa­ra pedir a nuestro Padre con humildad que nos ayude a poseerlas, ya que son dones del Espíritu que El da a los que los buscan. Además, nos ayudará a tener más deseos de poseerlas si nos relacionamos con personas que sean ejemplos de estas cualidades. También podemos buscar evidencias de ellas en nuestra propia vida a medida que vayamos progresando en el evangelio.

Moroni dice en sus últimas palabras:

“Por tanto, debe haber fe; y si debe haber fe, tam­bién debe haber esperanza; y si debe haber esperanza, debe haber caridad también.

“Y a menos que tengáis caridad, de ningún modo podréis ser salvos en el reino de Dios; ni podréis ser salvos en el reino de Dios si no tenéis fe; ni tampoco, si no tenéis esperanza. . .

“Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y abste­neos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda im­piedad, y amáis a Dios con todo vuestro poder, alma y fuerza, entonces su gracia os es suficiente” (Moroni 10:20-21, 32).

Este parece ser el resumen del mensaje de los nefi­tas para nosotros; todas las verdades del evangelio es­tán encerradas en la amonestación de allegarnos al Maestro y seguir su ejemplo en la aplicación de la fe, la esperanza y la caridad. □

Arthur R. Bassett es profesor de humanidades de la Universidad Brigham Young, en Provo, Utah.

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