El libro de Mormón y la familia de hoy

Liahona de Junio 1988

El libro de Mormón y la familia de hoy
Por Darwin L. Thomas

Aunque el Libro de Mormón se haya escrito hace mucho tiempo y trate acerca de otra gente, su mensaje es muy importante tanto para los padres como para los hijos de esta época.

Existen muchas familias que corren peligro hoy en día. Se nos ha amonestado que, a menos ‘que se fortalezca a la familia, la propia sociedad enfrentará grandes desastres.

No obstante tales predicciones, me consuela enor­memente el mensaje del Libro de Mormón. Aunque se haya escrito hace tanto tiempo atrás y acerca de otra gente, y aunque su propósito principal sea el de testificar de Cristo, el mensaje que contiene para pa­dres e hijos sobre la manera de relacionarse entre sí es de suma importancia.

Para empezar con un ejemplo, en la primera parte del Libro de Mormón se encuentra una importante lección para los matrimonios. Lehi y su familia habían abandonado Jerusalén, pero sus hijos habían vuelto a esa ciudad para obtener las planchas de La­bán. Tanto él como su esposa pasaron mucho tiempo afligidos por sus hijos (véase 1 Nefi 5:6-7), pero Saríah llegó al punto de quejarse contra él por las condiciones tan penosas que estaban viviendo. Es de comprender que se haya sentido así después de no haber visto a sus hijos por un largo tiempo; estaba preocupada por el bienestar de ellos, y el vivir en el desierto le parecía insoportable sobre todo al considerar las comodidades con que habían vivido antes. Tres eran las acusaciones que tenía en contra de su marido: (1) que estaba desorientado y era un “hombre visionario”, (2) que habían perdido la tierra de su “herencia” e iban a “[perecer] en el desierto” y (3) lo peor de todo, decía: “Mis hijos ya no existen”.

Ante tales acusaciones, no podía esperarse sino una gran discusión entre ambos, puesto que Lehi pu­do haber defendido sus actos y procedido a quejarse de las faltas que hubiera podido cometer Saríah.

A pesar de todo, aunque podríamos suponer que seguirían el patrón normal de ataque y contraataque, Lehi procedió a consolar a su esposa. Vemos que re­conoce que era un “hombre visionario”, pero luego le asegura que ha obedecido el mandamiento del Señor de enviar de vuelta a sus hijos a obtener las planchas, que sabe con certeza que el Señor lo ha guiado y que El en verdad les ha prometido una herencia mayor que la que acaban de perder. Le hace ver que si se hubieran quedado en Jerusalén, realmente habrían perecido, y finalmente le reafirma su fe en que Dios protegerá a sus hijos.

En otras palabras, el Libro de Mormón nos indica con claridad el comportamiento que debe seguir un cónyuge ante una actitud similar, es decir, dar con­suelo y no buscar excusas ni defenderse con un con­traataque. Cuando alguien se queja, se le debe dar consuelo. De modo que, para los matrimonios Santos de los Últimos Días, el mejor consuelo debe ser el conocimiento de la guía de Dios y la fe en su protección. Si todas las familias Santos de los Últimos Días siguieran esta regla, los hijos verían a sus padres resolver conflictos por medio de la expresión de su creencia en Dios y la manifestación de interés por los demás, en lugar de verlos justificar su comportamiento con distintas excusas. ¡Y en verdad es eficaz! Cuando damos consuelo a un ser querido, éste responde devolviéndonos también consuelo una y otra vez.

La fe de una mujer en su marido

Mientras que, por un lado, el caso de Lehi y Saríah ilustra el interés del esposo por su mujer, el de la conversión del rey Lamoni representa el ejemplo de una esposa amorosa que demuestra fe en su esposo e interés en su bienestar.

Como se recordará, Ammón, el gran misionero e hijo del rey Mosíah, predicó entre los lamanitas y logró la conversión del rey Lamoni. El rey, dominado por el Espíritu, cayó al suelo, y su pueblo pensó que estaba muerto. Sin embargo, la reina creyó que todavía vivía y le suplicó a Ammón que lo fuera a ver para hacer algo por él.

Ammón le aseguró que todo marcharía bien y le preguntó a la reina si le creía. Ella le respondió que sólo contaba con su palabra, pero añadió: “No obs­tante, creo que se hará según lo que has dicho” (Al­ma 19:9). Ammón la bendijo debido a su gran fe.

La reina veló a su marido toda la noche hasta el día siguiente. Cuando él despertó, “extendió su ma­no hacia [ella], y dijo: ¡Bendito sea el nombre de Dios, y bendita eres tú!” (Alma 19:12).

Así como sucedió al principio con el rey Lamoni, existen muchos maridos en nuestra época que se comportan como si estuvieran muertos espiritual­mente. A las esposas de esos hombres les debe servir de consuelo y fortaleza el ejemplo de la reina lamani­ta que creyó en su esposo, buscó consejo de una fuen­te espiritualmente confiable, tuvo fe en ésta y, con gran devoción, veló junto a su compañero durante las largas noches en que estuvo como muerto.

El deber de enseñar

El Libro de Mormón está lleno de ejemplos que ilustran principios importantes en las relaciones entre padres e hijos. Nefi habla con respeto de sus padres refiriéndose a ellos como a sus “buenos padres” y al hecho de que recibió “alguna instrucción en toda la ciencia de [su] padre” (1 Nefi 1:1; cursiva agregada).

Enós también brinda información sobre la relación que existe entre los buenos padres y la enseñanza. Estas son sus palabras: “He aquí, aconteció que yo, Enós, sabía que mi padre era un varón justo, pues me instruyó en su idioma y también en el conocimiento y amonestación del Señor —y bendito sea el nombre de mi Dios por ello—” (Enós 1).

Tanto por medio de los ejemplos mencionados, como por muchos otros del Libro de Mormón, se ha­ce evidente que los padres “justos” y “buenos” deben enseñar a sus hijos. Ahora bien, ¿qué es lo que deben enseñar los padres a sus hijos? En aquellos días, les enseñaban idiomas, historia y el debido modo de comportarse en el medio social, pero la lección que más se repitió, según lo indica el libro, fue la de la divinidad y expiación de Cristo.

La instrucción que Alma dio a sus hijos sobre el importante papel de Jesucristo posee un valor particular para nosotros en esta época por motivo de la forma en que lo hizo. A Helamán, fe dijo: “Y ahora, ¡oh mi hijo Helamán! he aquí, estás en tu juventud, y te suplico, por tanto, que escuches mis palabras y aprendas de mí” (Alma 36:3; cursiva agregada). El propósito que persigue Alma es enseñar acerca de Jesucristo y su expiación, pero lo hace enseñándole a su hijo sobre él mismo como padre: sobre su conversión y la redención de sus pecados. Si nosotros también lo ponemos en práctica como padres, nos asombraremos y nos sentiremos muy humildes al aplicar el poder sencillo que hay en la lección de Alma. Nuestros hijos estarán más dispuestos a obedecernos y nosotros, a cambio, volveremos a sentir el fuerte deseo de conocer a Cristo como nuestro Salvador indivi­dual, tal como lo conoció Alma.

Las últimas instrucciones escritas de Mormón a su hijo son, en varios aspectos, similares a las de Alma. Mormón ve el terrible acecho del pecado a su alrede­dor y para contrarrestarlo enseña sobre Jesucristo y su expiación. Empieza su carta a Moroni describiendo a los maridos, a los padres, a las madres y a los hijos. Una de las señales de la degradación total del pueblo fue el rechazo y perversión de las virtudes familiares.

Después de describir la espantosa iniquidad de la sociedad en que vivía, Mormón da sus últimas ins­trucciones: “Hijo mío, sé fiel en Cristo; y que las cosas que he escrito no te aflijan, para apesadumbrar­te hasta la muerte; sino Cristo te anime, y sus padeci­mientos. . . y la esperanza de su gloria y de la vida eterna, reposen en tu mente para siempre” (Moroni 9:25).

¡Cuán necesario es que todos los padres de Sión en estos últimos días aprendamos y pongamos en prácti­ca las palabras de Mormón! Ahora, cuando nuestra sociedad rechaza violentamente lo que es más sagrado acerca de la familia, debemos reunir a nuestros hijos a nuestro alrededor y enseñarles sobre Jesucristo, que fue crucificado.

La responsabilidad de los hijos

Si la responsabilidad principal de los padres es en­señar, ¿cuál es la responsabilidad de los hijos, según el Libro de Mormón?

Lehi y su hijo Nefi nos proporcionan parte de la respuesta a esta pregunta. Cuando Nefi escucha las enseñanzas de su padre sobre la venida del Mesías, expresa: “Y aconteció que después que yo, Nefi, hube oído todas las palabras de mi padre… yo, Nefi, sentí deseos de que también yo pudiera ver, oír y saber de estas cosas, por el poder del Espíritu Santo, que es el don de Dios para todos aquellos que lo buscan diligente­mente” (1 Nefi 10:17; cursiva agregada).

Nefi está sumamente impresionado con las enseñanzas de su padre; cree en las palabras de éste, pero no le basta solamente con creer, puesto que desea saber por sí mismo lo que sabe su padre.

Desea ver, oír y saber por el poder del Espíritu Santo. Se dirige al Señor en oración, y es arrebatado en el Espíritu hasta la cima de una montaña muy alta en donde recibe la respuesta.

De este incidente aprendemos dos principios: Pri­mero, los hijos tienen la responsabilidad de creer en las palabras de los padres. Segundo, no se deben con­formar con sólo creer; deben desear saber por sí mis­mos, por medio de los susurros del Espíritu Santo, si las enseñanzas de los padres son verdaderas.

Consideremos los ejemplos que a continuación se refieren de hijos que se han convertido al Evangelio de Jesucristo al recordar las enseñanzas que sus padres les han impartido muchos años antes.

Alma, hijo, les enseña a sus hijos acerca de Cristo contando a éstos la experiencia que él mismo tuvo de ser redimido de sus pecados. A Helamán le describe los tres días del terrible tormento que padeció a causa del recuerdo de sus pecados y le dice que hubiera querido “ser desterrado y aniquilado en cuerpo y al­ma” (Alma 36:15). En esos precisos momentos, cuando estaba al borde de la desesperación, recuerda “haber oído a [su] padre profetizar al pueblo concer­niente a la venida de un Jesucristo, un Hijo de Dios, para expiar los pecados del mundo” (Alma 36:17; cursi­va agregada). Y, al fin, el gran dolor causado por sus pecados se convierte en alivio por medio del poder de la redención.

Al igual que Alma, Enós, otro de los profetas del Libro de Mormón, siente gran motivación en las palabras de su padre. Nos dice: “He aquí, salí a cazar bestias en los bosques; y las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar, en cuanto a la vida eterna y el gozo de los santos, pene­traron mi corazón pro­fundamente.

“Y mi alma tuvo hambre; y me arrodillé ante mi Hacedor, y clamé a él con potente oración y súplica por mi propia alma” (Enós 3-4). Después de orar to­do el día y hasta la noche, oyó una voz que decía: “Enós, tus pecados te son perdonados, y serás bende­cido. … Tu fe en Cristo. .. te ha salvado” (Enós 5, 8).

¡Qué gran significado tiene el hecho de que, en el momento de la conversión de Alma y de Enós, hayan sido sus propios padres quienes les ayudaron a recor­dar a Jesucristo, sí, padres que les habían enseñado la importancia de la Expiación!

La meta de un hijo debe ser llegar a saber por sí mismo si el testimonio de sus padres es verdadero o no. La promesa que se les da a los hijos es que las enseñanzas justas de sus padres les ayudarán durante las épocas de tribulación y que, si recuerdan y aplican esas enseñanzas, se allegarán a Jesucristo. Al conside­rar este ciclo repetitivo —padres que enseñan a sus hijos e hijos que siguen a Cristo— las palabras del Salvador cobran un mayor significado: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre” (Juan 5:19).

Mensaje de especial importancia para los padres de familia

El Libro de Mormón contiene un mensaje trascen­dental para los padres de familia, particularmente los de esta generación. Al igual que Mormón, nosotros también vemos que nuestra sociedad rechaza violen­tamente los valores familiares por medio del maltrato de los niños, el divorcio, el maltrato físico de las es­posas y el desvergonzado pecado sexual.

¿Qué debemos hacer, entonces? Del mismo modo que Alma, debemos reunir a nuestros hijos a nuestro alrededor y contarles la forma en que conocimos la libertad del pecado por medio de la Expiación. Así como lo hicieron Alma y Mormón, nosotros también debemos orar incesantemente por el bienestar espiri­tual de nuestros hijos. Al igual que procedieron Lehi y Mosíah, cuando nuestros hijos acudan a nosotros para que los guiemos en la vida, debemos dirigirnos al Señor en potente oración, deseando saber sincera­mente Su voluntad con respecto a las decisiones de nuestros hijos. De la misma forma que el rey Benjamín, tenemos que obedecer el mandamiento de enseñar a nuestros hijos. Tal como lo hizo Lehi, no­sotros también debemos enseñar con todo el senti­miento de un padre tierno. Así como actuó Jacob, debemos hablarles de los gozos de la vida eterna; y como Nefi, debemos meditar sobre las Escrituras y escribir acerca de nuestras experiencias espirituales para el beneficio de nuestros hijos.

Para defendernos de los ataques de la sociedad contra la familia, el Libro de Mormón da el siguiente consejo: padre, enseña a tus hijos. Desde el registro de las palabras de introducción de Nefi hasta el de la carta de despedida de Mormón, todos los padres de familia enseñan e instruyen a sus hijos. No se trata simplemente de un accidente. Ante la realidad de que actualmente en muchos hogares Santos de los Últimos Días imparten la enseñanza las madres, los padres deben pensar seriamente sobre este importante mensaje. No hay ningún otro mensaje que sea más apropiado que éste. El Libro de Mormón, que Dios ha sacado a luz para nosotros en esta época, habla con tal claridad a los padres de familia que no hay lugar a ninguna mala interpretación. □

La conversión del rey Lamoni es un ejemplo de una esposa amorosa que tenía fe en su esposo y se preocupaba por el bienestar de él.

En el Libro de Mormón encontramos muchos ejemplos acerca de la importante responsabilidad que tienen los padres de enseñar a sus hijos en rectitud.

El Libro de Mormón, que Dios ha sacado a luz para nosotros en esta época, habla con tal claridad a los padres de familia que no hay lugar a ninguna mala interpretación.

 Danoin Thomas, director de un instituto de investigaciones familiares y profesor de desarrollo del niño y relaciones familiares de la Universidad Brigham Young, es obispo del Barrio 14 de Spanish Fork, de la Estaca Spanish Fork, Utah.

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