No tengáis miedo… De hacer lo bueno

Liahona Febrero 2000

“No tengáis miedo… De hacer lo bueno”
Por el presidente Gordon B. Hinckley

Estamos agradecidos por la fe profunda y la fidelidad de los miem­bros de la Iglesia. Nos consideramos los unos a los otros hermanos y hermanas, no importa el país en el que viva­mos. Pertenecemos a la que puede ser considerada como la más grandiosa comunidad de amigos sobre la faz de la tierra.

En la alborada de este año 2000, nos llena de maravi­lla el testimonio de José Smith en cuanto a las pala­bras que le fueron dirigidas cuando era un jovencito de diecisiete años de edad. Durante la noche recibió la visita de Moroni, y José relata; “Me llamó por mi nombre, y me dijo que era un mensajero enviado de la presencia de Dios, y que se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para mí, y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría mi nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien y mal de mí entre todo el pueblo” (José Smith—Historia 1:33). Y así ha sucedido.

Esta se ha convertido en una gran iglesia cosmopolita. Nos complace el tremendo progreso de la obra por todo el mundo. Estamos agradecidos por la fe profunda y la fidelidad de los miembros de la Iglesia. Nos consideramos los unos a los otros hermanos y hermanas, no importa el país en el que vivamos.

Pertenecemos a la que se puede considerar la más grandiosa comunidad de amigos sobre la faz de la tierra.

El hermanamiento de los santos

Cuando el emperador de Japón se encontra­ba de visita en los Estados Unidos hace algunos años, asistí a un banquete que se celebró en su honor en San Francisco. A nuestra mesa se sentaron otras tres parejas que habían tenido amplia ex­periencia en Japón y que habían residido allí por un tiem­po mientras trabajaban para el gobierno, en el mundo de los negocios o en el campo de la educación. Uno de los ca­balleros me dijo: “Jamás he visto algo semejante a su gente. Muchos norteamericanos llegaron a Japón durante nuestra estancia allí y para la mayoría el adaptarse a la cultura les fue dificilísimo; además, sufrían mucha soledad y nostalgia, pero siempre que llegaba una familia mormona, se hacían amigos al momento. Tanto ellos como sus hijos se integraban de inmediato en el ambiente social al igual que en la congregación religiosa de ustedes. En mu­chas ocasiones mi esposa y yo hablamos en cuanto a ello”.

Así es como debería ser. Debemos ser amigos;

debemos amamos, honrarnos, respetarnos y ayudamos los unos a los otros, A dondequiera que van, los Santos de los Últimos Días son bien recibidos porque comparten las mismas creencias sobre la divinidad del Señor Jesucristo, y juntos están embarcados en Su gran causa.

Nos referimos a la hermandad de los santos, la cual es y debe ser algo muy real. Nunca debemos permitir que este espíritu de hermandad se debilite; debemos culti­varlo constantemente, ya que es un aspecto importante del Evangelio.

Una declaración básica de nuestra teología

Ahora bien, hermanos y hermanas: “Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo cre­emos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo vir­tuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alaban­za, a esto aspiramos” (Artículos de Fe 1:13).

Este artículo de nuestra fe es una de las declaraciones básicas de nuestra teología. Debemos meditar en él una y otra vez. Entonces, siempre que seamos tentados a hacer algo mezquino, o fraudulento o inmoral, esta declaración grandiosa y que todo lo abarca, relativa a la ética de nuestra conducta, acudirá a nuestra mente de manera poderosa. Así habría menos intentos de justificar algunos elementos de nuestra conducta personal, los cuales tra­tamos de exculpar con una excusa u otra.

Algunas personas tratan de convencernos de que el espacio que hay entre lo bueno y lo malo es mayormen­te de color gris, y que es difícil determinar lo que es co­rrecto y lo que no lo es. Para todo aquel que piense de esa manera, le recomiendo esta maravillosa declaración de Mormón, a la que hizo referencia su hijo Moroni: “Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que in­vita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sa­bréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios” (Moroni 7:16).

Establezcamos en nuestra vida el hábito de leer aquellas cosas que fortalecerán nuestra fe en el Señor Jesucristo, el Salvador del mundo. Él es la figura principal de nuestra te­ología y de nuestra fe. Todo Santo de los Últimos Días tiene la responsabilidad de saber por sí mismo, con una certeza sin lugar a dudas, que Jesús es el Hijo resucitado y viviente del Dios viviente.

“No tengáis miedo… De hacer lo bueno”

Hermanos y hermanas, no tenemos nada que temer si permanecemos del lado del Señor. Hace mucho tiempo, el Señor dijo estas maravillosas y consoladoras palabras a este pueblo:

“No tengáis miedo, hijos míos, de hacer lo bueno, por­que lo que sembréis, eso mismo cosecharéis…

“Así que, no temáis, rebañito; haced lo bueno; aun­que se combinen en contra de vosotros la tierra y el in­fierno, pues si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer…

“Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no te­máis” (D. y C. 6:33-34, 36).

Si oramos con fervor, buscando sabiduría de Dios, quien es la fuente de toda la verdadera sabiduría; si cul­tivamos un espíritu de amor, de paz y de armonía en nuestros hogares; si cumplimos con entusiasmo y fideli­dad las responsabilidades que nos han sido asignadas en la Iglesia; si tendemos una mano de ayuda a nuestros ve­cinos y demás personas en un espíritu de amor y de agra­decimiento cristianos, ayudando a los necesitados en dondequiera que los encontremos; si somos honrados con el Señor en el pago de nuestros diezmos y ofrendas, seremos bendecidos como Dios lo ha prometido. Nuestro Padre ha hecho convenios específicos con Su pueblo y está en posición de guardarlos; y testifico que lo hace. □

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