Las cosas pequeñas son importantes

Liahona Junio 1988
Las cosas pequeñas son importantes
Por el élder Joseph B. Wirthlin
Del Consejo de los Doce

Extracto de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, en Provo, Utah, el 26 de octubre de 1986.

No se trata de cómo vamos a administrar el tiempo, sino de cómo vamos a conducirnos personalmente para usar provechosamente el tiempo de que disponemos. Las llamadas pequeñeces son realmente importantes si queremos obtener la vida eterna.

Últimamente me he percatado más profunda­mente del hecho de que la vida se compone de cosas pequeñas: esos pormenores que son muy importantes. Yo considero que las pequeñeces son importantes en nuestra relación con nosotros mismos, en nuestra relación con los demás y en nues­tra relación con Dios.

El Señor ha dicho: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C, 64:33).

A menudo he pensado que algunas de las cosas pequeñas más comunes de la vida son los minutos que pasan cada hora del día. El tiempo es un recurso necesario para todo ser humano. No se puede pasar inadvertido ni tampoco se puede cambiar. Tenemos que usar exactamente los sesenta minutos de cada hora que pasa. No nos es posible agregar ni substraer al número de minutos que transcurren en un día.

No se trata, por lo tanto, de cómo vamos a admi­nistrar el tiempo, sino de cómo vamos a conducimos personalmente para usar provechosamente el tiempo de que disponemos. Cada minuto es una pequeñez, pero aun así, en lo que respecta a productividad per­sonal, el minuto bien utilizado es el secreto del éxito.

Nuestra relación con nosotros mismos

Pensemos primero en la relación que tenemos con nosotros mismos. Debemos asegurarnos de llevar una vida tal, que todo aquello que sea pequeño con res­pecto a nuestra vida personal se encuentre en orden. Debemos aprender a cuidar de nuestra salud y de nuestro bienestar mental. ¿Llevamos un régimen apropiado de ejercicios físicos que nos permita contar con la energía y fuerza necesarias para las labores co­tidianas? ¿Observamos un régimen alimenticio ade­cuado? ¿Consumimos alimentos benéficos para el cuerpo? ¿Mantenemos ocupada nuestra mente con ideas que elevan nuestro espíritu y alimentan una ac­titud positiva?

Nuestros cuerpos son realmente el resultado de lo que comemos y pensamos, y son un reflejo de la can­tidad de ejercicios físicos que realizamos. Si no obra­mos con sabiduría, estos pormenores pueden dar ori­gen a problemas de salud mayores que limitarán nues­tro éxito y nuestra capacidad de servir.

Nuestra relación, con los demás

Con respecto a nuestra relación con los demás, siempre me asombro del perfecto ejemplo que da nuestro Señor Jesucristo en todos los aspectos de nuestra existencia. Si pudiéramos hablar con Él per­sonalmente, nos daríamos cuenta de que es muy afa­ble y de la perfección que existe en todas Sus relacio­nes y tratos con cada uno en forma individual.

¿Tomamos tiempo para ofrecer esos simples gestos de cortesía que son tan importantes en nuestras rela­ciones con los demás? ¿Nos acordamos de brindar una sonrisa, de decir un cumplido, de hacer un co­mentario positivo y de dar una palabra de aliento? Deberíamos practicar sin vacilar todos estos pequeños e importantes gestos.

La paciencia y la longanimidad, consideradas in­significantes en la vida por algunos, son dos de los atributos más grandes que podemos cultivar cuando nos relacionamos con nuestro prójimo. El desarrollar esos dos grandes atributos en el ámbito de los depor­tes, los negocios o en nuestra actividad en la Iglesia nos demostrará que podemos llevarnos bien con las personas y ejercer una buena influencia en su vida.

Otras pequeñeces importantes que merecen nues­tra atención son esos sencillos actos de bondad hacia nuestro prójimo, a los cuales el presidente Spencer W. Kimball se refirió de la manera siguiente:

“Mi experiencia me ha demostrado que mediante el servicio [mismo] es como aprendemos a servir. Cuando nos embarcamos en el servicio a nuestros se­mejantes, el beneficio resultante es dual, ya que no solamente ayudamos a aquellos que nos necesitan, si­no que en el proceso de hacerlo vemos nuestros pro­pios problemas bajo una nueva perspectiva.

“Cuanto más esfuerzos dedicamos a nuestro próji­mo, menos tiempo nos queda para preocuparnos de­masiado por nosotros mismos… Dios nos tiene pre­sentes y nos vigila, más es a menudo a través de otro mortal que satisface nuestras necesidades; por lo tan­to, es [imperioso] que nos sirvamos mutuamente en su reino” (“Esos actos de bondad”, Liahona, dic. de 1976, pág. 1).

Nuestra relación con Dios

Cuando nuestro Padre Celestial creó nuestros cuerpos espirituales, con sumo cuidado colocó en ca­da uno de nosotros los potenciales de carácter, de compasión, de gozo y de conocimiento que necesitaríamos para nuestro progreso personal. En ca­da uno de nosotros yace el embrión de cada uno de los atributos divinos. Confiando en esto, realmente somos capaces de convertimos en dioses, tal y como Él nos lo ha mandado. ¿Recuerdan las palabras que el Salvador dirigió a los nefitas al respecto? Esto fue lo que dijo: “¿Qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27).

Debemos prestar atención a las cosas pequeñas que nos ayudarán a crecer y a desarrollar nuestra relación con Dios. Debemos tener presente el mensaje de las palabras que el profeta Alma dirigió a su hijo Hela­mán: “Más he aquí, te digo que por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas; y en muchos casos, los pequeños medios confunden a los sabios” (Alma 37:6).

El deseo de cultivar cualidades espirituales nos ayudará a olvidarnos de nuestros deseos injustos. Nos instará a orar con mayor fervor y a perdonar con mayor facilidad las faltas de nuestro prójimo. Au­mentará nuestro amor hacia los demás y tendremos menos deseos de criticar. Si queremos alcanzar un crecimiento personal a la manera cristiana, debemos lograr que el propósito de nuestra vida sea el de desa­rrollar esas virtudes espirituales.

No cabe duda que uno de los mensajes principales que Satanás trata de transmitirnos en el mundo de hoy es que no debemos preocupamos por los asuntos sin importancia. Él es un maestro del engaño paulati­no. Él tiene poder para hacer parecer las cosas peque­ñas totalmente insignificantes, cuando en realidad esas cosas capturan rápidamente el alma y destruyen el espíritu. Él tiene poder para persuadimos de que la inmodestia en el vestir y el comportamiento sugesti­vo son perfectamente aceptables. Él puede hacernos creer que las pequeñas indiscreciones en nuestro ha­blar y los pequeños deslices de conducta no nos des­merecen en nada. Pero no pasará mucho tiempo an­tes de que esas faltas se repitan una y otra vez, hasta hacernos descender a niveles jamás imaginados.

A fin de protegernos contra aquello que destruye el espíritu, sugiero que nos mantengamos alertas a toda oportunidad de vencer al mal y aumentar nuestra fuerza espiritual. Debemos dejar “que la virtud enga­lane [nuestros] pensamientos incesantemente; enton­ces [nuestra] confianza se hará fuerte en la presencia de Dios” (D. y C. 121:45).

Esas cosas pequeñas que, en realidad, se convier­ten en grandes nos ayudan a comprender más clara­mente mientras aprendemos a vencerlas una a una en nuestro esfuerzo por fortalecernos cada vez más. Para ello siempre es necesario tener un espíritu de humil­dad y gratitud hacia nuestro Padre Celestial.

Nuestro profeta de la actualidad, el presidente Ezra Taft Benson, observó cómo Apóstol del Señor que todas las cosas de que hemos hablado son posibles.

En cierta ocasión él expresó: “Los hijos de nuestro Padre Celestial son en esencia buenos. Creo que to­dos, sin excepción, poseen un destello de divini­dad. .. y en el fondo desean hacer lo que es correc­to” (Seminario de Representantes Regionales, 4 de octubre de 1973, pág. 3).

Debemos tratar de vivir cada día de nuestra vida con absoluta fe, porque hemos aprendido por expe­riencia propia que el Señor guarda sus promesas y vela por los que confían en El. Él ha sido tan benig­no con todos, que no deberíamos dudar jamás que Él nos ama realmente, a pesar de nuestros defectos.

Testifico que las llamadas pequeñeces son real­mente importantes si queremos obtener la vida eter­na en la presencia de nuestro Padre Celestial. □

Extracto de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, en Provo, Utah, el 26 de octubre de 1986.

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