La obra que tenemos que realizar

Liahona Junio 1988
La obra que tenemos que realizar
por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

“Sed celoso en vuestra misión de salvar almas. Toda alma es preciosa. El evangelio ha de extenderse hasta que llene toda la tierra.”

Deseo invitar a los miembros de la Iglesia a pensar nuevamente en el gran mandamiento que ha dado el Señor a todos los que quieren ser conocidos como sus discípulos. Se trata de un mandamiento que no se puede pasar por alto y del cual no podemos desentendemos. Ese mandamiento es el de enseñar el evangelio a las naciones y pueblos de la tierra.

Esa fue la última instrucción que el Señor dio en el período después de su resurrección y antes de su as­cención y, al iniciarse esta dispensación, lo reiteró.

Después de organizarse el primer Quórum de los Doce en 1835, Oliverio Cowdery, uno de los consejeros de la Primera Presidencia, dio una responsabilidad espe­cial a los miembros del quorum. Desde entonces, las palabras que él declaró se han convertido en un reglamento para todos los Apóstoles que han sucedido al primer grupo. Uno de los consejos que se dan en él es:

“Sed celosos en vuestra misión de salvar almas. Toda alma es preciosa. . . El evangelio ha de exten­derse hasta que llene toda la tierra. .. Se os ha con­fiado una obra que nadie más puede realizar; sois vo­sotros los que debéis proclamar el evangelio en toda su sencillez y pureza; y os encomendamos a Dios y a la gracia de Su palabra.” (History of the Church, 2:196-198.)

Después de haber dado esas instrucciones, el Señor dio la revelación que se conoce como la sección 112 de Doctrina y Convenios, la cual va dirigida específicamente a los Doce y dice lo siguiente:

“Contiende, pues, mañana tras mañana; y día tras día hágase oír tu voz amonestadora; y al anochecer no dejen dormir tus palabras a los habitantes de la tierra. . .

“Y yo estaré contigo; y sea cual fuere el lugar donde proclames mi nombre, te será abierta una puerta eficaz para que reciban mi palabra” (D. y C. 112:5, 19).

“Un hombre tardo en el hablar”

En los primeros días de la Iglesia, se enviaron mi­sioneros a otros estados de los Estados Unidos de Norteamérica y a Canadá, y, en 1837, a Inglaterra, al otro lado del océano. En el Templo de Kirtland, el profeta José Smith le dijo al élder Beber C. Kimball: “Hermano Heber, el Espíritu del Señor me ha indicado lo siguiente: ‘que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame mi evangelio y abra las puertas de la salvación a esa nación’

Aunque el hermano Kimball era un hombre de gran fe, sentía temor de no poseer la habilidad para predicar. Y en tono humilde dijo:

“Oh, Señor, soy tardo en el hablar, y soy total­mente incompetente para realizar tal obra. ¡Cómo podré yo predicar en esa tierra, que es tan conocida en todo el mundo cristiano por ser tan versada, ilus­tre y piadosa; que es la cuna de la religión misma; y a gente cuya inteligencia es universalmente reconoci­da?” (Citado por Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, Salt Lake City, Bookcraft, 1945, pág. 104.)

No obstante tales temores, él y sus compañeros co­laboradores partieron para Inglaterra. Aunque el idioma era esencialmente el mismo que ellos habla­ban, muchas de las costumbres de la gente eran dife­rentes. Sin embargo, no se preocuparon por esos por­menores. El mensaje que ellos llevaban era el evan­gelio de salvación y ningún otro tema era más impor­tante que ése. La historia da un notable testimonio sobre el éxito de la labor que realizaron. En los años posteriores, el mensaje del evangelio restaurado se llevó a las islas del mar, en donde se encontraron con culturas y civilizaciones completamente distintas y peculiares. Tal fue el caso de los países de Europa, con tantos idiomas nuevos que aprender y tantas cos­tumbres distintas a las cuales ajustarse.

Después de que los miembros de la Iglesia partie­ron hacia el oeste de los Estados Unidos, aunque tu­vieron que enfrentarse a las arduas tareas de colonizar el desierto y de establecer una nación, no descuida­ron su responsabilidad de llevar el evangelio a otras naciones. En una conferencia celebrada en 1852, se llamó a varios hombres de entre la congregación para ir no sólo a las naciones de Europa, sino también a la China y a Siam [hoy Tailandia]. Es conmovedor ad­vertir que en esos primeros días se enviaron misione­ros a la India, en donde hoy, después de muchos años, se está plantando nuevamente la semilla del evangelio.

El empuje de los pioneros

Me quedo maravillado de la valentía —o mejor dicho la fe— de los líderes y demás miembros de la Iglesia de esa primera época de esforzarse al grado de llegar a lugares tan distantes para llevar el evangelio, a pesar del reducido número de miembros de ese en­ tonces y de los recursos tan limitados con que conta­ban. No se puede leer el relato de los viajes del élder Parley P. Pratt a Chile sin reconocer con gratitud el valor y la fe de esos primeros misioneros, que toma­ron tan seriamente la responsabilidad que les enco­mendó el Señor de llevar el evangelio a todas las naciones de la tierra.

Los largos viajes que realizaron a través del océano se llevaron a cabo bajo condiciones extremadamente difíciles; cabe advertir que cuando llegaban a la na­ción designada, no había nadie, ni siquiera un amigo o compañero, que estuviera esperándolos para recibirlos. Ellos no recibían ninguna capacitación u orientación anticipada con respecto a las condiciones que encontrarían al viajar o al encontrarse lejos en otras naciones, ni tampoco aprendían con antelación el idioma del país al que viajarían. Aun cuando mu­chos de ellos enfermaban al tratar de adaptarse a la comida y a otras circunstancias de vida, estaban muy conscientes de su misión: de su responsabilidad de enseñar el evangelio de salvación a los pueblos de la tierra. Aunque las diferencias de costumbres e idio­sincrasias representaban ciertos obstáculos para ellos, éstos carecían de importancia ante la gran responsa­bilidad que descansaba sobre sus hombros.

Un mundo que se ha hecho “más pequeño”

Pensad en la forma en que han cambiado las cir­cunstancias desde mediados del siglo diecinueve has­ta nuestros días. Gracias a ello, se ha facilitado la difusión del evangelio a través del mundo.

Primero, es obvio que vivimos en un mundo que se ha hecho “más pequeño” por causa de los medios modernos de transporte. Antes se requerían semanas, y aun meses, para viajar a través del Océano Pacífico. Hoy en día podemos volar en una lujosa y gigantesca nave desde un punto a otro, dentro de un solo país o internacionalmente, en cuestión de minu­tos u horas, y hasta disfrutar de una buena comida durante el vuelo. No podemos restarle importancia al hecho de contar hoy con un vasto tráfico aéreo, en constante movimiento a través de todo el globo, ni al efecto de tal interacción entre las naciones en lo que se refiere a diferencias culturales.

Segundo, a medida que se eleva el nivel educacio­nal en todas las naciones, crece la comprensión y aprecio por otros pueblos y culturas. Existe tanta in­formación actualmente al alcance del público que desea visitar otras tierras que no hay razón para ignorar las circunstancias que allí prevalecen. Además, es in­teresante descubrir que la gente de la mayoría de los países que se visitan tiene un conocimiento bastante amplio de las costumbres y lugar de origen del visi­tante. Las noticias internacionales y otros servicios de información existentes en esta época ponen al día a todos los habitantes del planeta acerca de los últi­mos acontecimientos de los distintos puntos de la tie­rra. Hoy es fácil escuchar noticias sobre París, Fran­cia; Washington, EE.UU.; Pretoria, República Suda­fricana, etc., en nuestros propios hogares. Casi de inmediato se nos informa de importantes aconteci­mientos acaecidos en Nueva Delhi, India; Buenos Aires, Argentina, y muchos otros países del mundo.

Tercero, el aprendizaje de idiomas ha adquirido un auge nunca antes visto entre todas las naciones de la tierra. Hoy no sólo se habla inglés en casi todas las ciudades principales, sino que nuestros misioneros sa­len a servir en otros países llevando un conocimiento suficiente para anunciar las buenas nuevas a los habi­tantes del país que se Ies ha asignado, en el propio idioma de éstos. Uno de los pasos más grandes que ha dado la Iglesia en la enseñanza del evangelio en el mundo ha sido el establecimiento de varios centros de aprendizaje de idiomas. La capacitación que se im­parte en dichos centros no ha sido igualada aún por ningún otro en ninguna parte.

Otro de los factores que constituye sustancialmen­te una bendición para que los misioneros sean efica­ces en su sagrado servicio es el del calibre de los hombres que presiden las distintas misiones. Tanto ellos como sus esposas poseen una amplia experiencia y madurez para el cargo; su misión consiste en ser líderes y consejeros, en instruir a los jóvenes misione­ros y en aconsejar a los matrimonios mayores que lle­gan a servir, protegiéndolos y preparándolos a todos para vencer las piedras de tropiezo que pudieran en­contrar a su paso.

Una mayor comprensión

Por último, advierto que hoy es mayor la compren­sión que existe en muchas partes de la tierra con res­pecto a lo que nos une como hijos de nuestro Padre Celestial. La gente que veo en una parte del globo me parece muy semejante a la que veo en otras partes del mundo y la forma de actuar de ésta y de aquélla es similar. Es decir que la gente es esencialmente igual en todas partes aunque sus costumbres y su idio­sincrasia sean diferentes. Por ejemplo, hay denomi­nadores comunes entre todos los pueblos, tales como: el amor entre los cónyuges, el amor entre los padres y los hijos, el aprecio de la belleza en sus distintas ma­nifestaciones, el interés por el sufrimiento ajeno, el reconocimiento de la autoridad y dirección, la acep­tación de un poder superior al que podemos recurrir en busca de ayuda y ante el cual comparecemos para ser juzgados, la naturaleza universal de la conciencia y la facultad de distinguir el bien del mal.

Hace varios años me preguntaron si las lecciones misionales que se utilizaban en los países llamados “no cristianos” eran las mismas que las que se usaban en los países cristianos. Mi respuesta fue que utiliza­mos básicamente las mismas lecciones debido a que las personas a las que enseñamos son iguales en todas partes; son personas cuyo corazón es conmovido por las verdades eternas. Los seres humanos de todo el orbe terrestre responden a los mismos estímulos de maneras esencialmente parecidas. Todos buscan ca­lor cuando sienten frío; sufren los mismos tipos de dolor; padecen de las mismas tristezas y también ex­perimentan el mismo tipo de alegrías. Y en todas par­tes, la gente busca un poder superior; lo denominan de varias formas y lo describen de modos diferentes, pero todos creen en él y lo buscan cuando necesitan consuelo y fortaleza mayores.

“Son edificados y se regocijan juntamente”

Cuando las diferencias —que existan entre noso­tros y nuestros vecinos u otros pueblos— parezcan representar dificultades al principio al tratar de dar a conocer el evangelio, se desvanecen normalmente mediante la afabilidad y la cortesía. Testifico que cuando guardamos el mandamiento del Señor de ha­cer conocer el evangelio a otras personas, Su Espíritu ayuda a vencer las diferencias que existan entre el que está enseñando y el que está recibiendo la ins­trucción. El Señor indicó claramente el proceso que tiene lugar cuando dijo: “De manera que, el que. .. predica [por el Espíritu] y el que. . . recibe [por el Espíritu] se comprenden uno a otro, y ambos son edi­ficados y se regocijan juntamente” (D. y C. 50:22).

Estoy convencido de que el medio más eficaz con que contamos en nuestro llamamiento para predicar el evangelio es el Espíritu del Señor. Lo hemos visto en otras personas y, al cumplir con la obra del Señor, también lo hemos sentido nosotros mismos. En tales circunstancias, las diferencias superficiales que pue­dan existir entre nosotros y los que enseñamos pare­cen desprenderse de nuestros ojos como escamas. En­tonces surge un sentimiento cálido de acercamiento y comprensión mutuas que es plenamente grato, y lite­ralmente nos entendemos los unos a los otros, y lite­ralmente también somos edificados y nos regocijamos juntamente.

En verdad estamos embarcados en una obra mara­villosa y en un prodigio. Hemos llegado a tener 211 misiones y más de 35.000 misioneros en diversas par­tes del mundo. Hemos llegado a los países de Norte, Centro y Sudamérica, a todos los países de Europa del lado occidental de la Cortina de Hierro, a mu­chas naciones de Asia y a las islas del Pacífico. Actualmente el evangelio restaurado está llegando a otras tierras más, y los resultados son muy favorables. Cualquiera que sea la nación en donde se encuen­tran, los Santos de los Ultimos Días hablan con la misma voz y dan testimonio de las mismas verdades eternas con el mismo fervor y espíritu. El precio ha sido grande en términos de sacrificio, devoción y tra­bajo, pero los resultados son verdaderamente mila­grosos.

El Señor abrirá las vías

Mayores desafíos nos esperan en el futuro. No es posible pensar en los miliares de personas que nunca han sabido nada de esta obra sin preguntarnos a la vez cómo vamos a cumplir con nuestra responsabili­dad de enseñar el evangelio a toda la humanidad.

Hay algunas naciones en donde actualmente no se nos permite entrar. Honrarnos y respetamos las leyes de esas naciones. Y si nos mantenemos alertas y so­mos pacientes, el Señor abrirá la vía en el debido tiempo. El es quien determina el momento. Mientras tanto, nos queda mucho que hacer con los que nos rodean. A medida que nos esforcemos y oremos hu­mildemente para pedir inspiración, se nos bendecirá en nuestro deseo de compartir el evangelio con nues­tra familia, nuestros amigos, vecinos y conocidos.

El progreso de la Iglesia en esta época es realmente impresionante. El Dios del cielo ha obrado este mila­gro de los últimos días y lo que hemos visto no es más que un preámbulo de acontecimientos más grandes del futuro. Llevarán a cabo la obra hombres y muje­res humildes de corazón, jóvenes y mayores, que la realizarán porque creen en la palabra del Señor, que nos ha declarado:

“Y ningún hombre que salga y predique este evan­gelio del reino, sin dejar de continuar fiel en todas las cosas, sentirá fatigada su mente, o entenebrecida, ni su cuerpo, miembros o coyunturas; y ni un cabello de su cabeza caerá a tierra inadvertido. Y no padecerá hambre ni sed” (D. y C. 84:80).

La obra saldrá adelante, porque el Señor mismo lo ha prometido:

“Y quienes os reciban, allí estaré yo también, por­que iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

Conscientes de esa responsabilidad que se nos ha dado, de las bendiciones divinas que se nos han pro­metido, sigamos adelante con fe, porque el Señor re­compensará nuestros esfuerzos. Cumplamos con nuestro deber de dar a conocer el evangelio a los que nos rodean, primero por medio de nuestro ejemplo y después por el inspirado precepto.

La piedra cortada del monte, no con mano, conti­nuará rodando hasta que haya llenado la tierra (véase Daniel 2). Os doy mi testimonio de esta verdad y de que cada uno de nosotros puede ayudar, por medios adaptados a nuestras circunstancias, si buscamos la guía e inspiración de nuestro Padre Celestial. Es la obra de Dios la que estamos realizando y, con su ben­dición, tendremos éxito. □

Vivimos en un mundo que se ha hecho “más pequeño” por causa de los medios modernos de transporte. No podemos restarle importancia a tal interacción entre las naciones.

Los misioneros de todo el mundo tienen la bendición de contar con la guía de los presidentes de misión y sus respectivas esposas, quienes aportan a su llamamiento la gran experiencia que tienen en el liderato de la Iglesia.

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