El Libro de Mormón en español

El Libro de Mormón en español
La primera traducción y cómo llegó a México
por LaMond Tullis

Después de un sueño asombroso que giró su vida, Melitón González Trejo, un ofi­cial militar español asignado a las Filipinas, vendió la propiedad que allí tenía, renunció a su cargo y viajó a Salt Lake City, Territorio de Utah, Estados Unidos. Poco después de su llegada, a principios de la primavera de 1875, caminaba por las calles buscando a alguien con quien hablar, cuando se encontró con Henry Brizzee. ¡Una afortunada coincidencia!

Brizzee, quien tenía un somero conocimiento del español, se había estado pregun­tando cómo él y Daniel W. Jones, cuyo titubeante español se reducía a lo que había apren­dido como soldado en un campamento militar en México, podrían traducir el Libro de Mormón y otros documentos en este idioma y así responder al llamado que les hizo Brigham Young en 1874: “prepararse para una misión en México a través del estudio de dicha lengua hispana y co­menzar la traducción del Libro de Mormón y otros docu­mentos”.

Melitón González Trejo, traductor de Trozos Selectos del Libro de Mormón

Brigham Young admiraba al Presidente Benito Juá­rez y su Reforma, y había estado esperando una oportunidad para llevar el evangelio a México y también para establecer colonias allí. Gracias a la Reforma, la ventana de la oportu­nidad estaba ahora abierta; sin embargo, primero se necesi­taba que alguien aprendiera bien el español y luego tradujera el Libro de Mormón. Había una clara urgencia en hacerlo.

¿Cómo lograrlo? El español González Trejo era jus­tamente el hombre; la respuesta a las fervientes oraciones de Brizzee y Jones. Bien educado, dominaba el inglés, leía la Biblia y no tendría problemas en traducir la no siempre fácil prosa del Libro de Mormón; las complicadas conjugaciones verbales y las formas de los pronombres del español.

Mientras se encontraba en las Filipinas, lejos de su natal España, González Trejo a menudo meditaba sobre los avatares filosóficos de la vida, y por lo tanto había estado orando para encontrar solución a sus inquietudes religiosas. Se le informó en un sueño que encontraría respuestas en Salt Lake City, preguntándoles a los mormones.

De inmediato, Brizzee lo llevó a ver a Jones y de común acuerdo los dos, consultaron a Brigham Young. Justo después de eso lo eligieron para traducir los documentos que el Presidente Young había ordenado2. Claramen­te, esta unión se había hecho con anterioridad en los cielos. González Trejo encontró la res­puesta del porqué había renunciado a todo para viajar a Salt Lake City.

Como se tradujo y se publicó el Libro de Mormón

Pese a lo celestial de la unión, seguía habiendo problemas prácticos cuyas soluciones reque­rían integridad humana, trabajo duro y una gran dosis de fe. Aunque González Trejo esta­ba bien instruido académicamente y le gustaba leer, no era un traductor profesional. Además, cualquier ayuda de revisión que Brizzee pu­diera haberle dado, se esfumó cuando para fines de mayo de 1875, éste se retiró del pro­yecto. Por otro lado, era cierto que Jones estu­diaba sus escrituras, pero sus habilidades en el español eran cuestionables y probablemente no dedicaba mucho tiempo para estudiar con minuciosidad documentos literarios en cual­quier idioma. Aparte de eso, por un tiempo había tenido problemas con cierto uso del voca­bulario y expresiones demasiado coloquiales.

Lugar de nacimiento de Melitón González Trejo en Garganta de la Olla, España

En lo que a González Trejo se refería, Brigham pensaba que era bueno, pero sus ap­titudes no habían sido confirmadas y no podría hacer una traducción sin la debida supervi­sión, por mucho que él fuera la respuesta a las oraciones de Jones y Brizzee.

¿Quién debería supervisar el trabajo de traducción? Las autoridades generales no te­nían ni pizca de destreza en el español. Si alguien más en el Territorio de Utah poseía conocimiento de este idioma, Brigham, o no lo sabía, o no estaba convencido de su confiabilidad. La solución del Profeta era simplemente delegar la responsabilidad de la autenticidad de la traducción en Jones. El cómo lo hiciera era asunto de éste; aunque más tarde el Presi­dente Young haría una prueba.

Esto no representó un problema para Jones. Como casi en todas las asignaciones di­fíciles que había aceptado después de convertirse a la Iglesia, estaba seguro de que en ésta también recibiría ayuda divina. Meses después, mientras él y González Trejo estaban revisando por última vez3 la traducción de todo el Libro de Mormón, Jones dijo: “Tuve la sensación de que alguien jalaba con suavidad una fina hebra desde el centro mismo de mi fren­te; cuando había un error, esta suavidad se interrumpía como si un nudo la detuviera”4. En­tonces los dos hombres ajustaban la traducción hasta que dicha “suavidad” regresaba.

Todo esto no convenció totalmente a Brigham Young; es más, tenía que estar bien seguro antes de pedir a las autoridades generales que aprobaran la publicación de la traducción; así que le preguntó a Jones cómo podría asegurarles que ésta era correcta:

Mi propuesta consistía en que tomáramos un libro que ni González Trejo ni yo conociéramos, pedirle que lo tradujera al español, y después sin siquiera verlo, tomar la traducción, escribirlo en inglés y compararlo con el original. Al hermano Brigham le pareció bien la idea. Me preguntó si conocía Las cartas de Spencer. Le dije que no y que nunca las había leído. Me mandó a la oficina del historiador, hermano G. A. Smith, que le prestara a González Trejo una copia de las cartas, para que hiciera lo anteriormente propuesto. Al terminar nuestras traducciones tal como acordamos, el hermano Smith dijo sin dejar de reír:

“me gusta más el estilo del hermano Jones que el del hermano Spencer. En sustancia es lo mismo, pero el lenguaje se entiende más fácilmente”5.

Jones, Brizzee y después González Trejo trabajaron varios meses sin ningún ingre­so. Luego de que Brizzee    se retiró del proyecto, los dos restantes se apretaron el cinturón y trabajaron meses extras usando sus propios y cada vez más escasos recursos, hasta que finalmente los de Daniel W. Jones se agotaron, y lo mismo pasó con lo que Melitón González Trejo había traído de las Filipinas.

Aun los hombres dedicados deben comer y encontrar alojamiento; Jones y González Trejo todavía tenían trabajo de traducción por delante y aún faltaban los costos de impresión. Desanimado, en junio de 1875, Jones visitó al Presidente Young para explicarle lo que ambos habían hecho y por qué no podían continuar.

Portada de Trozos Selectos del Libro de Mormón. En 1875-76 se transportaron a lomo de caballos y mulas 1500 ejemplares del libro de noventa y ocho páginas, desde Salt Lake City a la Ciudad de Chihuahua.

Ya sea por falta de  dinero o porque así se  acostumbraba en aquellos días, la Iglesia no financiaba la publicación de libros, ni siquiera tra­tándose de algo tan importante como la primera edición del Libro de Mormón en español. Lo que se hacía era tomar por adelantado los depósitos de las compras o solicitar cuotas para la causa. El Presidente les autorizó que pidieran donaciones para financiarla y si eso no funcionaba, utilizaría sus fondos personales.

Llegaron donaciones desde diez centavos hasta diez dólares. Congregaciones completas, incluidas algunas particulares, contribuyeron al fondo que Brigham autorizó. Cuatrocientos once personas donaron dinero; entre ellos: Feramorz Little, Erastus Snow, J. P. Ball, William Hyde, Orson Hyde, George Q. Cannon, George Teasdale, Mathias Cowley, Anson Call, y varios miembros de la familia Martineau. De todos estos, Little, Snow, Hyde, Teasdale, Cowley, Call y la familia Martineau figuraron de manera prominente en la futura expansión de la Iglesia en México.

Jones y González Trejo recolectaron suficiente dinero (alrededor de 500 dólares), para terminar la traducción; pero no lo suficiente para publicar el libro completo. Brigham Young al parecer no ayudaría con más fondos, por lo que, con desagrado, los traductores tuvieron que reducir el total de su trabajo a sólo ciertas secciones cuidadosamente escogi­das con el título de Trozos Selectos del Libro de Mormón. Basándose en la edición inglesa de 1852, incluyeron la página del título de El Libro de Mormón, así como el testimonio de los tres testigos; el testimonio de los ocho testigos; todo el libro de 1 Nefi6; el capítulo doce de 2 Nefi (ver nota 7); Omni; los capítulos 5-9 del Libro de Nephi: Nieto de Helaman y el capítulo 3 de Mormón (ver nota)7. Como apéndice, añadieron las “Instrucciones para Prac­ticar las Primeras Ordenanzas de la Iglesia; Manera de Administrar los Sacramentos; y, Or­ganización y Fundación de la Iglesia”8.

El viaje a México

Con mil quinientas copias de Los Trozos Selectos del Libro de Mormón en la mano, a fines del verano y principios del otoño de 1875, Brigham Young llamó a otros cinco élderes: He­laman Pratt, James Z. Stewart, Anthony W. Ivins, Robert H. Smith y Ammon M. Tenney para que acompañaran a Daniel W. Jones a México. Éste también decidió llevar con él a su hijo Wiley. Sólo dos de los misioneros, Daniel W. Jones y Ammon M. Tenney, hablaban español. A pesar de que no se incluyó a Melitón González Trejo en este primer esfuerzo, después, y más allá de su obra como traductor, jugaría un papel transcendental en la expan­sión de la Iglesia en México.

Ésta debió haber sido una experiencia desconcertante, ya que justo antes de que los misioneros tomaran el tren a California (lo cual era posible desde 1869), y de allí un barco a la costa oeste de México, Brigham Young los contactó para pedirles que en lugar de hacer eso, viajaran a caballo a través de Arizona, rumbo al estado mexicano de Sonora. El Presi­dente Young les pidió que buscaran en el camino lugares para establecerse y pre­dicar el evangelio a los indígenas. La combinación de exploración, proselitismo y colonización había funcionado bien en el Territorio de Utah; ahora lo probarían en México. Así que los misio­neros cambiaron sus planes de inmedia­to.

Brigham Young estaba preocu­pado nuevamente por la protección, ya que durante los primeros meses de 1875 había habido una intensa persecución por parte del gobierno federal de los Estados Unidos. En marzo el Presidente Young fue encarcelado por desacato al tribunal. En abril, George Reynolds fue declarado culpable y sentenciado a pri­sión; su apelación aún estaba pendiente cuando Jones y su comitiva salían de Utah. James Z. Stewart más tarde recordó que cuando Orson Pratt (hermano de Parley P. Pratt) les dio formalmente una bendición a los misioneros antes de partir, tuvo un presenti­miento al decirles: “Desearía que buscaran lugares donde nuestros hermanos pudieran ir y estar seguros de cualquier daño, en caso de que la persecución hiciera necesario que emigraran por un tiempo”9 .

Cinco de los siete misioneros que llevaron a México los Trozos Selectos del Libro de Mormón Al fondo: Wiley C. Jones, Anthony W. Ivins; al frente: Helaman Pratt, Daniel W. Jones, James Z. Stewart. No aparecen Robert H. Smith y Ammon M. Tenney.

En septiembre de 1875 Jones, su hijo Wiley, Robert H. Smith, James Z. Stewart y Helamán Pratt (hijo de Parley P. Pratt) cargaron sus treinta caballos y mulas con provisio­nes y su preciada literatura traducida y partieron de Nephi, Territorio de Utah. Ammón M. Tenney y Anthony W. Ivins (más tarde, miembro de la primera presidencia) se unieron a la expedición en Toquerville y Kanab, Territorio de Utah, respectivamente. La jornada duró diez meses y recorrieron más de cuatro mil kilómetros ¡Y todo el trayecto a caballo!

Los miembros de la Iglesia que se encontraban en los poblados a lo largo de la ruta hacia el sur, saludaban a los misioneros viajantes con entusiasmo y contribuían con comida, ropa, provisiones y más animales; asimismo, les daban consejo, consuelo y ánimo. En for­ma manifiesta, los santos consideraban particularmente significativo este esfuerzo.

Pero Brigham Young todavía tenía algo más que decir acerca de la naturaleza de la misión. En un telegrama entregado por un corredor indígena que alcanzó al grupo de mi­sioneros en las afueras de Kanab, al sur del Territorio de Utah, les pedía que exploraran el Valle del Río Salado (Salt River Valley) de Arizona (hoy en día Phoenix, Arizona), como un posible lugar para colonizar. Los misioneros exploraron y reportaron; uno de los sitios se­leccionados fue Mesa, Arizona, que los santos colonizaron más tarde. También visitaron y predicaron a los indios Pueblo y Zuñi de Arizona y Nuevo México.

Tenney era tan capaz como Jones para realizar este tipo de trabajo misional, ya que había estado en el tren de mormones de 1851, el cual había colonizado de manera perma­nente San Bernardino, California, por lo que aprendió español allí y durante años estuvo sirviendo como intérprete entre los indígenas y Jacob Hamblin10.

Cuando estaba en Tucson, Arizona, los misioneros se ente­raron de las recientes y feroces guerras de los indígenas yaqui en Sonora.11 Los yaqui, quienes por más de dos siglos habían resisti­do, primero a los españoles y ahora a los mexicanos, simplemente no se rendirían. Se les había dicho a los misioneros que no era se­guro para nadie pasar por esa área y esto les preocupó, ya que ha­bían intentado explorar y predicar en Sonora. Mientras reflexiona­ban sobre el asunto por varios días, aprovecharon la cordial invita­ción que les dio el gobernador de Arizona, Anson Pacely Killen Safford, de predicar en el juzgado de Tucson. Safford les alentó a traer colonizadores mormones a Arizona.

“Deseamos ir a México a ver qué se puede hacer”, escribió Jones. “Los reportes que escuchamos de allí son terribles. La gente nos dice que allá nuestra vida no tiene valor por la guerra que está ocurriendo. Avanzaremos y confiaremos en que Dios nos protegerá y su Espíritu nos dirá cuándo detenernos”12.

Tanto la evidencia como los susurros del Espíritu les indica­ron evitar Sonora, por lo que regresaron rumbo al este, hacia Franklin, Texas, para finalmente cruzar de allí hacia El Paso del Norte (hoy en día Ciudad Juárez, Chihuahua), después de casi cuatro meses de viaje, exploración y proselitismo entre los indígenas y otras personas a lo largo del camino.

Los oficiales de la aduana mexicana amablemente y sin hacerlos esperar mucho, re­cibieron a los misioneros (gracias a La Reforma), lo que alegró mucho a los viajeros. No fue tanto la facilidad para cruzar lo que los animó, sino el pensar que habían traído una vez más el evangelio al Israel del hemisferio occidental, y con esto terminar con una pausa de veinticinco años, desde que Parley P. Pratt había estado predicando en Chile13. Ahora era un hecho, estaban seguros de que la fe echaría raíces y daría frutos entre los descendientes de Lehi.

Problemas en El Paso del Norte

No obstante, se avizoraban problemas futuros. La euforia de los misioneros se desvaneció cuando empezaron a sentir las tensiones religiosas y políticas en El Paso del Norte. Los sacerdotes locales pedían a sus congregaciones que no escucharan a los mormones y que les llevaran, antes de leerla, la literatura que estos les dieran para destruirla. Dada la pequeña cantidad de literatura que los caballos y mulas podían llevar, tal procedimiento habría deja­do rápidamente sin carga a los misioneros. Pero Jones dio instrucciones a sus compañeros de que no repartieran sus selecciones del Libro de Mormón hasta que encontraran una me­jor manera de llegar a las personas.

Daniel W. Jones como parecía varios años después de su viaje a México.

Tres días después de llegar a El Paso del Norte, los misioneros decidieron asistir al servicio dominical católico. Ésta no fue la mejor manera de acercarse a la gente, ya que terminada la misa, el sacerdote que la ofició, el Padre Borajo, con vigor y fuerza advirtió a la gente sobre los mormones. Desde el punto de vista de Borajo, el mismo Satanás había entrado a México:

De todas las plagas que han visitado la tie­rra para maldecir y destruir al género humano, nos ha llegado la peor y allí, de pie, están sus represen­tantes. Mírenlos. Sus rostros muestran lo que son.

Gracias a Dios que hemos sido avisados a tiempo por el Santo Papa de que llegarían falsos profetas y maestros. Estos hombres representan to­do lo que es bajo y depravado. Han destruido la mo­ral de su propio pueblo y ahora vienen a contaminar a la gente de este lugar. No poseen virtudes… ¡los denuncio! ¡Si, frente a la imagen de la virgen María, los denuncio como bárbaros! Y quiero que todos ustedes me den sus libros y yo los quemaré.”14

Los Liberales de Juárez no sólo ha­bían atacado políticamente a la Iglesia Cató­lica, sino que ahora también habían abierto la frontera a gente como los Santos de los Últimos Días para contaminar la religión del país.

Durante la exhortación del sacerdote, una multitud se juntó en la entrada y el atrio para escuchar. Cuando los élderes quisieron partir de la catedral, la gente se interpuso en su camino. El momento era tenso. Jones escri­bió: “empecé a sentir que sería mejor salir de allí antes de que se enardecieran los ánimos, ya que algunos fanáticos podrían intentar encajarnos un cuchillo en las costillas. Como pu­dimos, poco a poco escapamos de la multitud aglomerada en la puerta de entrada. Ya afue­ra, caminamos directamente a nuestros alojamientos”15. Una vez allí, los élderes prepararon un reporte para Brigham Young. Se sentían tristes por no haber llegado a la gente.

Todo mundo en el pueblo sabía ahora quiénes eran los mormones. Cuando los élderes caminaban por las calles, las mujeres los veían de reojo o con sospecha desde las miri­llas de la puerta de su casa. Ocasionalmente, la gente les lanzaba piedras o les gritaban las mismas frases con las que reciben a los mormones en otras partes.

Robert H. Smith y Ammon M. Tenney pronto concluyeron que muy pocas preciosas almas se unirían a la Iglesia en El Paso del Norte. A pesar de que Brigham Young ya les había dicho que todavía no bautizaran, sino que se dedicaran a explorar y a predicar, pronto se sintieron desanimados con México. Las tensiones político-religiosas de La Reforma y las guerras de los indios en el oeste de Sonora no eran un buen presagio para la obra.

Descorazonados, Smith y Tenney también empezaron a estar molestos con Jones. Los otros élderes también dijeron a Jones que sentían que los estaba tratando duramente y le pidieron que fuera más considerado16.

Las tensiones personales y políticas se exacerbaron. Según algunos, a Tenney y a Smith también les preocupaba que algo les pudiera pasar en México. Aunada al rudo estilo de liderazgo de Jones, su ansiedad los llevó a empacar; finalmente, solicitaron ser relevados de la jurisdicción de Jones para terminar su misión entre los nativos Pueblo y Zuñi de Nue­vo México17. Los habitantes de estos lugares habían expresado su interés por el mensaje mormón, por lo que la obra se veía más prometedora allí que con la gente de El Paso del Norte. Debido a la partida de Tenney, Jones se quedó como el único misionero que podía comunicarse en español con los mexicanos.

En relación con el tenso y hostil ambiente mexicano, Smith y Tenney tenían razón sólo en parte. Como percibieron que los misioneros no habrían de lograr nada en El Paso del Norte, asumieron erróneamente que correrían con la misma suerte en el resto del país. Por el contrario, Jones acertó en suponer que les iría mejor en el sur.

Ya que la condición de los animales no era buena, consideraron que no era prudente dirigirse al sur de inmediato. sí que Helaman Pratt y James Z. Stewart regresaron a pasar el invierno a Franklin, Texas, en donde el forraje era más barato. El hermano Jones, su hijo Wiley e Ivins, quienes se habían quedado en México, decidieron abrir una talabartería, un servicio que la ciudad obviamente necesitaba y oficio en el que Jones era diestro. Antes que los élderes partieran del Territorio de Utah, Brigham Young le había regalado a Jones un juego de herramientas para hacer monturas, sin duda previendo que lo necesitaría.

Los tres misioneros se ganaban la vida con la talabartería. Incluso el Padre Borajo, impresionado con el fino trabajo de las monturas, encargó que le hicieran dos.

Los misioneros hicieron amigos, incluyendo al alcalde Pablo Paladio, un liberal quien controlaba el acceso de los habitantes del pueblo y con quien fue difícil tratar, ya que también tenía la autoridad para autorizar reuniones religiosas. Al principio se negó a dar permiso a los élderes, pero quedó tan impresionado con su conducta ejemplar que, final­mente, les expidió una carta de recomendación para ver al gobernador de Chihuahua, Anto­nio Ochoa Carrillo.

En resumen, durante su estancia en El Paso del Norte, los misioneros asumieron un bajo perfil, estudiaron español y se prepararon para la obra futura en México.

Casualmente, se dieron cuenta de que los ataques políticos de los liberales contra la iglesia católica habían afectado a mucha gente. Todo esto era nuevo para Jones, a pesar de su experiencia previa en México. Los visitantes estadounidenses pronto descubrieron que aunque no existían muchos liberales en El Paso del Norte, aquellos que había, buscaban a los élderes y les deseaban buena suerte.

A través de estos contactos, los misioneros encontraron una alianza natural con los liberales, ya que ambos estaban interesados en la libertad religiosa, en el desarrollo de Mé­xico y los indígenas; y ambos consideraban a la iglesia mayoritaria como un serio impedi­mento. Los misioneros pronto aprendieron que los individuos que no se arrodillaban o no se quitaban el sombrero cuando pasaban frente a una iglesia (una insolente omisión que oca­sionaba protesta popular y quizá aún el encarcelamiento, como solía hacerse veinticinco años atrás) podían ser considerados como amigos 18. “Nos mantenemos alertas para encon­trarlos,” escribió Jones, “ya que siempre estamos seguros con ellos”19.

A principios de marzo de 1876, casi dos meses después de que Jones y sus compa­ñeros habían entrado a México, recibieron una carta de Brigham Young quien les daba su aprobación y ofrecía consejo:

Creo que sería sabio para vosotros si os concentraseis en visitar a los indígenas. No os metáis con la iglesia católica; si sus miembros quieren escuchar la verdad, enseñadles justo como lo harían con cualquier otra persona, pero no debatáis con ellos. Sed cautelo­sos en vuestras labores y movimientos; no presentéis oposición, más sed prudentes, y pre­sentad las verdades del evangelio a aquellos que los escuchen, e invitándoles a que sean partícipes del evangelio del Hijo de Dios. Vosotros tenéis la fe y las oraciones de todos para que podáis realizar una buena obra. No tengo duda que nos veremos en la carne muchas ve­ces más. 20

Después de recibir esta carta, los misioneros visitaron algunas de las haciendas y ranchos vecinos que empleaban a quienes ellos denominaban indios. Pero el clérigo seguía de cerca sus pasos, aun fuera de El Paso del Norte; es más, los dueños de los ranchos les dijeron a sus trabajadores que despedirían a cualquiera que escuchara a los mormones21. A pesar de la Reforma, el “matrimonio por conveniencia” del clérigo con los terratenientes seguía intacto en el norte de México. Aunque los indígenas querían ser libres, no había nada que ellos mismos o los misioneros pudieran hacer para lograrlo. Así que, mientras tanto, los misioneros cuidaban de sus animales, estudiaban español y trabajaban para ganarse la vida.

La carta de Brigham Young también contenía una nota preocupante: seguían aumen­tando las presiones federales sobre los líderes en el Territorio de Utah. El Presidente Young mencionó que había sido llevado preso una vez más por un corto período de tiempo, y que muchos de sus compañeros estaban bajo severa presión22. También puso énfasis en la im­portancia de explorar bien para localizar lugares que pudieran ser colonizados, para que si los santos eran echados otra vez, supieran dónde ir.

La salida para el interior de Chihuahua

Después de haber pasado el invierno en Franklin, Texas con sus animales, a mediados de marzo James Z. Stewart y Helaman Pratt se reunieron con Ivins, Jones y su hijo Wiley en El Paso del Norte, como lo habían planeado. El 20 de marzo de 1876, todos partieron hacia el interior de Chihuahua, distribuyendo varias copias de las selecciones del Libro de Mormón, mientras predicaban el evangelio en varios pueblos a lo largo del camino. El 12 de abril, antes de llegar a la Ciudad de Chihuahua, pasaron por Carrizal y El Carmen, localiza­dos en un valle grande con agua abundante, tierras fértiles; aptas para la colonización23.

Las autoridades de la Ciudad de Chihuahua les permitieron usar el Teatro Zaragoza que, aparte de la catedral, era el centro de reuniones públicas más grande del lugar. Los misioneros tenían folletos impresos para anunciar su reunión del domingo por la tarde. Tan pronto como terminó la muy popular pelea de gallos, Jones se puso de pie para dirigirse a una audiencia de aproximadamente quinientas personas, algunas de las cuales habían asisti­do por su anuncio, y otros porque la curiosidad les movía a permanecer después de las pe­leas. Debido a que ésta fue la primera reunión pública mormona en México; la cobertura de los medios es de gran interés:

Hace algunos días un evento de importancia llamó la atención de la opinión pú­blica de este lugar. Daniel W. Jones, un prominente apóstol mormón, había impreso y dis­tribuido volantes anunciando que predicaría un sermón sobre el mormonismo en el Teatro Zaragoza. Los rumores de que el señor Jones y sus colaboradores serían apedreados, nos incitaron a acudir a la reunión. La audiencia presente era grande y al principio reinaba un completo orden. El sermón comenzó en medio de un absoluto silencio, lo cual era señal de que la concurrencia estaba interesada. Después de un rato algunas personas desconten­tas comenzaron a lanzar piedrecillas y pedazos de madera hacía donde estaba el orador; pero pocos los siguieron y fueron desaprobados por el buen juicio de la mayoría. La char­la, aunque no fue muy interesante; entretuvo a la audiencia, principalmente al ver como el orador luchaba con tesón ante las dificultades del idioma español. Su participación termi­nó con una mezcla heterogénea de aplausos y silbidos24.

A pesar de todo, los contactos aumentaron cuando los misioneros hablaban con aquellos que no se quitaban el sombrero al pasar por la iglesia25. Casi sin excepción, los liberales mostraban mucho interés en el Libro de Mormón. Jones atribuía esto al renovado orgullo de la herencia indígena de México, estimulado por La Reforma y Benito Juárez, el creador e infatigable defensor de dicho movimiento, quien era indígena zapoteca que había aprendido español a la edad de trece años.

Con la amable ayuda de los trabajadores de correos de la Ciudad de Chihuahua (al­gunos de los cuales donaron su tiempo para empacar las selecciones del Libro de Mormón), los élderes enviaron quinientas copias de los Trozos Selectos a hombres prominentes de casi cien de los principales poblados de México. La carta que Jones escribió para acompañar dichos libros, notificaba a los destinatarios dónde podrían encontrar mayor información y les invitaba a analizar cuidadosamente el contenido del libro. Los misioneros esperaban que su mensaje fuera bien recibido, pues se pretendía que la mayoría de los libros cayera en manos de los liberales. Pasaron el resto de sus tres semanas en la ciudad de Chihuahua predicando el evangelio a quien quisiera escuchar, e investigando acerca de posibles lugares para colonizar.

Mientras los misioneros estaban predicando y distribuyendo literatura, el goberna­dor Ochoa los invitó varias veces a su oficina, ya que había escuchado de los logros de los mormones en el desierto del Territorio de Utah y los veía como potenciales colonizadores de Chihuahua. Estaba al pendiente de su bienestar y quería que estuvieran completamente informados acerca de la disponibilidad de buenas tierras. Era cierto, dijo, que el gobierno mexicano ofrecía tierras a posibles colonizadores, pero había un problema: el gobierno realmente no tenía buenas tierras que ofrecer. Las mejores extensiones estaban ya asegura­das por garantías antiguas con escrituras legales. El gobernador dijo que si los mormones quierían colonizar Chihuahua deben hacerse a la idea de comprar tierras a particulares; que no deben dejarse influir por ninguno de los oficiales del gobierno federal. Las ofertas se ven bien en el papel, y el gobierno pudiera actuar de buena fe, pero tengan cuidado26.

Ruta del primer viaje de exploración y proselitismo a México, 1875-76. Las gráficas piramidales indican la ubicación (después de 1885) de subsecuentes colonias de los santos mormones en Chihuahua y Sonora. La cartografía por B. Kelley Nielsen. El mapa cortesía de LaMond Tullis, Mormons in Mexico (Utah State University Press, 1987), p. xii.

El viaje hacia las faldas de las montañas de la Sierra Madre

Al partir de la Ciudad de Chihuahua y habiendo escuchado que había muchos lamanitas27 en las montañas, el grupo de misioneros viajó rumbo al oeste, hacia las faldas de las mon­tañas de la Sierra Madre. Cuando llegaron a Concepción de Guerrero seis días después, no encontraron oposición del clero. El único sacerdote del pueblo cooperaba con ellos, la gente no era católica devota y el alcalde les dio permiso para predicar, y aun les ofreció protec­ción si fuera necesario. Los misioneros rentaron una casa que estaba al lado de un salón grande y empezaron a preparar reuniones. En la primera que se llevó a cabo en Guerrero, el domingo 23 de abril de 1876, Jones predicó sobre la “Orden Unida” lo cual se refería a un intento único de la Iglesia, pero al final abandonado, por llevar un modelo de vida comuni­taria.

Francisco Rubio, un hombre originario del lugar y que se había familiarizado con los misioneros y su mensaje; habló acerca del Libro de Mormón a los que asistieron ese día y les relató sobre la visita de Cristo a las Américas. Jones escribió después: “Rubio real­mente entendió y creyó en el Libro de Mormón; una vez que estaba en la reunión tomó el libro en su mano y lo explicó de la manera más lúcida que nunca antes haya yo escuchado, especialmente la parte que se refiere a la aparición del Salvador en este continente. Recibí una nueva luz del nativo de Guerrero”28.

Los élderes sostuvieron más reuniones, y a la gente de Guerrero le gustaba lo que escuchaba. Algunos de los élderes visitaron Arisiachi, un poblado grande, principalmente indígena, situado entre las montañas, al oeste de Guerrero. Después de haber comunicado su mensaje al líder, éste juntó a su gente para que los escuchara. Los lugareños se mostra­ron complacidos con la doctrina que acababan de escuchar y les pidieron a los misioneros que regresaran. Éstos dejaron varias copias de los Trozos Selectos y el líder asignó a dos hombres jóvenes que sabían leer para que los estudiaran. Jones estuvo tan impresionado con esta visita (la cual reafirmó su convicción concerniente a la misión de la Iglesia con los lamanitas), que diez años después escribió:

Por lo que he visto una y otra vez entre los nativos, a veces pienso que la gente que se hace llamar Santos de los Últimos Días está convertida a medias. He visto y sentido más calidez de espíritu y fe manifiesta en los nativos de lo que jamás haya percibido entre los miembros blancos. Incluso los apaches me dijeron que no esperarían más a que llegaran los últimos días para actuar en Su nombre; una vez que tuvieran el poder y la autoridad de Dios. Esa fe, que inclusive quitará los poderes del maligno de entre los santos, provendrá en gran medida de sus antepasados. Creo que los necesitaremos en nuestra obra, y deberíamos cuidarlos un poco más y no siempre dedicarnos sólo a buscar dinero.

Durante tres semanas los misioneros permanecían en el día con los indígenas ta­rahumaras y regresaban a su base en Guerrero por las noches. Encontraron a mucha gente quienes les expresaron su profunda fe en la autenticidad del Libro de Mormón y también su fuerte deseo de que los santos fueran a vivir con ellos29.

Con los lamanitas prácticamente clamando por su mensaje y su asociación ¿debe­rían los élderes permanecer más tiempo allí? Algunos de ellos pensaron que no. Después de varias discusiones enérgicas, Jones decidió de mala gana reducir la misión y regresar a Utah.

Varios factores pudieron haber influido en su decisión30. Primero, los recursos fi­nancieros de los misioneros eran casi nulos; durante toda la misión habían dependido de pequeñas cantidades de dinero que Brigham Young les enviaba. Aun con el trabajo de tala­bartería de Daniel Jones, no pudieron pagar sus deudas en El Paso del Norte y habían retra­sado su viaje hacia el sur hasta que recibieran dinero adicional del Presidente Young. La estancia de Pratt y Stewart durante el invierno en los Estados Unidos, donde el forraje para sus caballos era más barato, sólo les dio más tiempo. En la Ciudad de Chihuahua, vivieron de un amplio crédito otorgado por los liberales. Incluso antes de partir de Guerrero se vie­ron obligados a vender uno de sus caballos para pagar sus deudas. Allí, el amigable dueño de una tienda, Eselso González, al ver sus dificultades económicas, se rehusó a aceptarles dinero por la renta de un salón y por artículos que le habían comprado y hasta insistió en darles provisiones extras para su viaje, justificando su espléndida actitud al querer hacerles creer que esa mercancía, de todos modos, no se vendería.

Segundo, todavía había conflictos entre los élderes; de hecho, durante una parte del trayecto de su regreso a Utah, Jones viajó sólo, rehusándose aun a compartir las horas de comida con sus compañeros. Por su parte, ellos reportaron que Jones era tirano e injusto. Y ya que Jones era el único que hablaba el suficiente español para predicar, hablar con los oficiales del gobierno, o aun sostener una conversación común con los mexicanos, la ineficacia de los otros élderes pudo haber contribuido a la impaciencia y frustración de Jones y de ellos mismos. Jones continuaba pidiéndoles que efectuaran las guardias nocturnas, cosa que los mantenía constantemente cansados y a veces incluso exhaustos. Su actitud fue justi­ficada cuando éstos perdieron dos días buscando sus caballos robados mientras acampaban en un abrevadero (Cantarracio) entre El Paso del Norte y la Ciudad de Chihuahua.

Una tercera razón por la cual los compañeros de Jones lo presionaron para partir pronto de Guerrero, fue que al recibir la sugerencia de última hora de Brigham Young de no bautizar o fundar ramas, sintieron que debían continuar con su prédica ambulante. Creían que ésta era la época de proclamaciones populares, de reuniones masivas y anuncios públi­cos, no de referencias o de establecer contacto con grupos o familias individuales tocando puertas. Estos élderes se veían a sí mismos como embajadores de toda una nación, más que como maestros de una sola persona. Se consideraban emisarios del Señor, preparando el camino para otros a través de la prédica, entrega de literatura y de hacer amigos. Ni siquiera los quinientos investigadores en Guerrero fueron razón suficiente para quedarse31.

La última razón y quizá la más importante para dejar Guerrero, era la urgencia de los misioneros para reportarle a Brigham Young acerca de la posibilidad de fundar colonias en México. No sólo habían encontrado lugares prometedores, sino que habían concluido al unísono que antes de que la Iglesia pudiera progresar significativamente entre los mexica­nos, los santos tendrían que establecer colonias en México para poder enseñar a los nuevos miembros el estilo de vida de los miembros32. También tenían en mente el asunto del refu­gio, el cual era de algún modo urgente, debido a todo lo que estaba pasando en el Territorio de Utah. Algunos de los élderes no sólo creían que se formarían colonias en México, sino que realmente toda la Iglesia sería llevada allí para que se cumpliera la profecía del Libro de Mormón referente a que los gentiles conversos serían contados entre los descendientes de Lehi. Con las presiones en Utah, los arrestos recurrentes de Brigham, y otros hermanos que eran hostigados, la idea se hacía cada vez más atractiva para los misioneros. La aproba­ción que Brigham Young le dio a su informe les confirmó que era correcto regresar a casa33.

La partida a casa

Cuando partieron de Guerrero cerca del primero de mayo de 1876, viajaron rumbo al norte hacia Tejolócachi y de allí a los poblados de las montañas de Mátachi y Temósachic (ambos cuentan con congregaciones mormonas hoy en día), donde los lugareños los recibieron amablemente y con gusto aceptaron copias de los Trozos selectos del Libro de Mormón.

Anthony W. Ivins Tenía veintitrés años cuando desempeñó un papel principal en traer los Trozos Selectos del Libro de Mormón a México. Más tarde, trabajó incansablemente para difundir el Evangelio Restaurado por toda la tierra. En esta foto tenía veinte años. Cortesía de Utah State Historical Society.

Tomás Tribosa de Mátachi hizo los arreglos necesarios para que una congregación se reuniera en su casa, y en Temósachic aun el sacerdote, que estaba buscando nueva in­formación acerca de Jesucristo, les dio la bienvenida y reunió a un número grande de per­sonas para que les predicaran. Muchas de ellas recibieron el mensaje del Libro de Mormón con gusto. Al regresar a Tejolócachi, los misioneros encontraron audiencias igual de entu­siastas. Cuando los élderes partieron, los vecinos les dieron más maíz y frijol del que sus animales podían llevar.

Dos días más tarde, los misioneros lle­garon a lo que llamaron Namaquipe y acam­paron afuera de la casa de un rancho grande, donde compraron carne y dejaron una copia de los Trozos Selectos. Esa noche, el caporal del rancho visitó a los élderes en su campa­mento. En su narración, Jones lo menciona como Francisco Vásquez, quien tenía 103 años de edad y cuya esposa le había dado el libro que los élderes le habían dejado. “He estado leyendo este libro” les dijo, “lo entien­do y sé quiénes son ustedes. También sé que este libro es verdadero”. Volviéndose a su esposa que lo había acompañado al campa­mento, continuó: “Esposa, ¿no les he estado diciendo por dos años a los vecinos que unos apóstoles con el evangelio verdadero vendrían a esta tierra y que yo viviría para verlo?”34 Vásquez les solicitó que lo bautizaran, pero ellos se rehusaron, convencidos de que no deberían hacerlo hasta que algunas colonias mormonas se establecieran entre la gente (los élderes consideraban inminente tal coloniza­ción).

Después de dejar las laderas y monta­ñas de la Sierra Madre con su gente tan ansio­sa de escuchar el Evangelio, los misioneros se dirigieron al norte, hacia El Valle, y después en dirección al valle de Casas Grandes, el cual hoy en día abarca las comunidades mormonas de Colonia Dublán y Colonia Juárez.

Entre más avanzaban hacia el norte, menos quería la gente escucharlos y a medida que se acercaban a Casas Grandes, percibían cada vez más la influencia negativa de las advertencias sobre la llegada de los misioneros; así que una vez más, la prioridad de los élderes fue explorar posibles lugares de colonización.

Al llegar a Casas Grandes el 12 de mayo de 1876, se encontraron con que los apa­ches estaban en guerra contra la gente del pueblo35. Aun así, estudiaron el área cuidadosa­mente, preguntando sobre diversos terrenos y sus problemas de escrituración, así como so­bre los derechos de agua asociados con éstos; tomando muchas notas de las cuales proven­drían los informes dados a Brigham Young. Llegaron a la conclusión que el área de Casas Grandes era el mejor lugar que habían visto para establecer las colonias.

El 15 de mayo, tres días después de su arribo a Casas Grandes, los misioneros com­praron provisiones y continuaron con su viaje, acampando aquella noche en Corralitos. Al siguiente día cruzaron la frontera hacia los Estados Unidos y de allí hasta Salt Lake City, explorando y haciendo anotaciones de sus observaciones a lo largo del camino.

En México, los poblados de las montañas recibieron bien el mensaje de los misione­ros, mucho mejor que en las ciudades. Por más de tres generaciones, se recibiría de ese mo­do el Evangelio; muy al contrario del patrón que se desarrolló en otros países Latinoameri­canos. Las tres décadas de pugnas entre los liberales y los conservadores en las ciudades de México habían endurecido la posición y actitud de los conservadores, haciéndolos prácti­camente inalcanzables para los misioneros. Por su parte, los liberales, miembros de una naciente clase media reformista, buscaban su propia religión política y estaban interesados en los mormones más como aliados y desarrolladores políticos que como portadores de un mensaje espiritual intrínsecamente valioso. Pero aquellos de origen indígena, que habían estado mucho tiempo bajo el yugo del México tradicional, ahora estaban influidos por la ideología reformista de Benito Juárez que los dotaba de dignidad y esperanza. Muchos de ellos se animaron con las promesas a los lamanitas contenidas en el Libro de Mormón.

En su debido momento, algunos de los Trozos selectos del Libro de Mormón llega­ron a manos de gente influyente en el centro de México que pedían les enviaran misioneros para predicarles. Esto sucedió en 1879 cuando Melitón González Trejo, el traductor de la primera edición en español del Libro de Mormón, estuvo entre los nuevos misioneros que vinieron del norte.

La nueva traducción del Libro de Mormón

Después de haber regresado a Utah al final de su misión en 1879, y diez años después de que se publicó su extraordinaria traducción bajo el título de Trozos selectos del Libro de Mormón, Melitón González Trejo se dedicó a mejorar la traducción entera del Libro de Mormón en la que Daniel W. Jones y él habían trabajado en 1875 y 1876. González Trejo, con la ayuda y colaboración de James Z. Stewart, otro de los primeros misioneros, terminó su trabajo a finales de 1885.

Con esta traducción, la Iglesia no retuvo fondos institucionales como lo había hecho con los Trozos Selectos diez años atrás, sino que en esta ocasión financió el costo de la pu­blicación del libro completo. En 1886 estuvo disponible para investigadores y miembros de habla española en México. Los santos mexicanos compartían unos con otros las escasas copias disponibles, para que todo aquel que quisiera, pudiera leer las porciones del Libro de Mormón que hasta entonces no habían tenido.

La traducción del Libro de Mormón de 1885 es­tuvo vigente durante más de 100 años. Sin embargo, cuando la Iglesia pudo contar con traductores más califi­cados, hubo interés en hacer mejoras adicionales. Existía una pareja sobresaliente para realizar esta titánica y deli­cada labor: Eduardo Balderas y Antoine R. Ivins.

Eduardo Balderas Traductor formidable del Libro de Mormón.

Quizá desde 1950 los singulares hermanos Balderas e Ivins comenzaran a pensar en esta mejora de la tra­ducción. Cuando llegó el momento se encontraban bien preparados. Antoine R. Ivins estaba profundamente in­merso en la cultura y el idioma de México. Su padre,

Anthony W. Ivins, quien había servido en la misión en México en 1875, y más tarde llegó a ser apóstol y conse­jero de la Primera Presidencia, le dio a su hijo Antoine todas las oportunidades posibles para desarrollar su habi­lidad y sensibilidad en el idioma español. De hecho, ayu­dó a su hijo en el pago de sus estudios de leyes en la Ciudad de México, en los cuales salió sobresaliente.

Aparte de su interés por las leyes mexicanas, Antoine R. Ivins tenía un apego intrín­seco y un gran respeto por el idioma español, del cual tenía una profunda educación formal, siendo al mismo tiempo un experto en su gramática y las principales obras literarias de al­gunos períodos.

Eduardo Balderas era un mexicano de nacimiento que aprendió inglés en El Paso, Texas, donde su familia se había mudado cuando él aún era joven. A pesar de que tenía po­cas esperanzas de desarrollar conocimientos sobre gramática y literatura en su lengua ma­terna, en ocasiones rebasó todas las expectativas. A su debido tiempo atrajo la atención de Ivins, quien entonces era miembro del Primer Quórum de los Setenta de la Iglesia.

Antoine R. Ivins

Ivins deseaba que la Iglesia invirtiera más en expandir sus publicaciones en español, que eran lamentablemente insuficientes. En 1939 reclutó a Balderas como el primer traduc­tor de la Iglesia que recibía paga. Como este trabajo puso a Balderas bajo la supervisión de Ivins, los dos hombres tenían reuniones diariamente, lo que proporcionó a Balderas mucha guía al respecto.

Estas pláticas sobre el Libro de Mormón entre Balderas e Ivins se desarrollaron durante los años mil novecien­tos cincuenta hasta los setenta. Después de su jubilación en el otoño de 1977, Balderas consagró su formidable expe­riencia en trabajar de tiempo completo en la nueva traduc­ción, que terminó en 1980, nueve años antes de que fallecie­ra, a la edad de ochenta y dos años. La Iglesia publicó la traducción en 1993; y es la que usamos actualmente. En esta traducción, Balderas destacó, tanto en su maestría técnica, como en su sensibilidad literaria y espiritual.

¿Habrá otras traducciones? Los idiomas evolucionan y sin duda siempre habrá lugar para mejoras. Es más, existe un reto interesante; ya que a medida que el español común se populariza cada vez más de país en país, surgen singularidades en el momento de tradu­cir que no siempre se asocian a un español formal y literario, lo cual puede causar risa o consternación, por ejemplo, entre mexicanos y argentinos que a veces se acostumbran a usar palabras muy diferentes. En algún punto durante los siguientes cien años quizá tendrán que hacerse algunas “aclaraciones regionales” a la traducción que esté vigente, para que se pueda mejorar el entendimiento del libro según el pueblo que lo lea.

A pesar de que los Trozos Selectos plantaron las semillas de forma imperceptible; el libro entero, en sus traducciones cada vez más cuidadosas y pulidas (1886 y 1993), ahora se ha expandido para tocar vidas en casi todo lugar de la república mexicana. Llevado por más de dos mil kilómetros a caballo y mula y enviado a gente desconocida a través del servicio postal mexicano, el poder del mensaje del libro acerca de las ordenanzas salvadoras y los principios que el Señor enseñó ha sido confirmado por la respuesta de la gente. Más de un millón de mexicanos han entrado a las aguas del bautismo y el Evangelio restaurado se ha extendido a través de México, sin mencionar el resto del hemisferio oeste de habla hispana y otros países como España y Guinea Ecuatorial. Además, existen otros países de Europa, el Pacífico y África, donde el español es común, aunque no como idioma oficial. Trescien­tos cincuenta millones de personas hablan español como su lengua dominante, convirtién­dolo en el cuarto idioma más hablado en el mundo.

Es muy acertado decir que en sus cada vez mejores traducciones, un tercio de billón de personas pueden leer el libro que en el inicio se transportó a México en caballos y mulas. Los traductores realizaron un servicio maravilloso. La prédica mundial del Evangelio de Jesucristo ha dependido de su inspirado y esmerado servicio en esta, la obra de Dios.

Notas

  1. El primer caso de un posible intento oficial de traducir el Libro de Mormón al español del que este autor tiene referencia, ocurrió entre 1852 y 1857 después de que Parley P. Pratt regresara a la ciudad de Salt Lake City de su misión en Chile. A su regreso, declaró que tal traducción era su meta. Si llegó a iniciar el proyecto, no hay evidencia de que lo haya terminado o que haya asignado a alguien a hacerlo. Ver “California and Chile in 1851 as Experienced by the Mormon Apostle Parley P. Pratt” [“California y Chile en 1851 según la experiencia del apóstol mormón Parley P. Pratt”], Southern California Quarterly 67:3 (Fall 1985), 291-307.
  2. K. E. Duke, “Meliton Gonzalez Trejo, Translator of the Book of Mormon into Spanish” [“Melitón González Trejo, Traductor del Libro de Mormón al español”], Improvement Era 59 (Octubre 1956):714.
  3. Ver la nota del editor en Los trozos selectos del Libro de Mormón (Salt Lake City, Territorio de Utah, 1875) la cual habla de la traducción del libro entero, pero sólo una porción de éste se publicó.
  4. Daniel W. Jones, Forty Years among the Indians: A True Yet Thrilling Narrative of the Author’s Experience among the Natives [Cuarenta años entre los indígenas: una emocionante, pero veraz narración sobre la experiencia del autor entre los nativos] (Salt Lake City: Juvenile Instructor Office, 1890), 232.
  5. Jones, Cuarenta años entre los indígenas, 231.
  6. En el texto original escribieron Nefi a la manera inglesa, es decir, “Nephi”.
  7. Los capítulos y versículos listados corresponden a la versión inglesa de 1852 de El Libro de Mor­món. En la versión inglesa de 1981, que forma la base de El Libro de Mormón actual, los capítulos y versícu­los se encuentran enumerados de una manera diferente. Entre ellos, “El capítulo doce de 2 Nefi” es 2 Nefi:28- 30; “los capítulos 5-9 de el Libro de Nephi: Nieto de Helaman” son ahora 3 Nefi:11-21; y “el capítulo 3 de Mormón” ya es Mormón 6-7. Véase Matthew G. Geilman, “Taking the Gospel to the Lamanites: Doctrinal Foundations for Establishing The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints in Mexico,” Master’s Thesis, Department of Religion, Brigham Young University, August 2011, 54-57.
  8. La ortografía en el original fue así: Instrucciones para practicar las Primeras ordenzas de La Igle­sia, Manera de Administrar los Sacramenttos; Organización y fundación De la Iglesia.
  9. James Z. Stewart, Journal, LDS Church Archives, Salt Lake City, Utah [Diario de James Z. Stewart, archivos de la Iglesia SUD, Salt Lake City, Utah].
  10. Andrew Jenson, Latter-day Saint Biographical Encyclopedia [Andrew Jenson, Enciclopedia Bibli­ográfica Santo de los Últimos Días] (Salt Lake City: Andrew Jenson History Co., 1901), 4:348.
  11. Por lo menos desde las rebeliones masivas de 1830, los yaqui habían estado en guerra con el estado mexicano. La resistencia de la que más orgullosos están (1875-1885), ocurrió precisamente cuando la expedi­ción misional iba en camino (1876), y era de entender que en aquel tiempo la gente en Tucson hablara de las feroces guerras de los yaqui en Sonora. El alcalde yaqui, José María Leyva Cajeme había tenido éxito en consolidar un control político sobre los ocho pueblos yaqui que habían quedado desde la época de los Jesui- tas, y lograr finalmente la existencia de un estado separatista yaqui que antes otros líderes habían fracasado en obtener. Durante diez años la “República Yaqui” construyó fuertes y acopió material para defender sus comu­nidades de inminentes ataques del ejército mexicano; sus líderes también asistían a reuniones religiosas y de otra índole para crear una solidaridad social que trajera consecuencias duraderas entre ellos. Sin embargo, todo esto no impidió que un segundo grupo de misioneros entrara a Sonora en 1878. Por el mejor entendi­miento de los Yaqui desde un punto de vista histórico, social y político, ver dos obras por Evelyn Hu-DeHart: “Sonora: Indians and Immigrants on a Developing Frontier,” in Other Mexicos:Essays on Regional Mexican History , 1876-1911, edited by Thomas Benjamín and William McNellie (Alburquerque: University of New Mexico Press, 1984), 177-211; y, Yaqui Resistance and Survival: the Struggle for Land and Autonomy (Madi- son: University of Wisconsisn Press, 1984).
  12. Daniel W. Jones, “A Letter to R.W. Driggs”, 18 November 1875, Daniel W. Jones Papers, LDS Church Archives, Salt Lake City, Utah [“Una carta a R.W. Driggs”, 18 de noviembre de 1875, Documentos de Daniel W. Jones, archivos de la Iglesia SUD, Salt Lake City, Utah].
  13. Tullis, “California and Chile in 1851.”
  14. Como lo reportó Daniel W. Jones en Cuarenta años entre los indígenas, 257.
  15. Ibídem
  16. Anthony Woodward Ivins, anotación en su diario hecha el 11 de noviembre de 1875, que registra las tensiones y su consejo a Jones de considerar los sentimientos de Smith y Tenney. Anthony Woodward Ivins Papers, LDS Church Archives, Salt Lake City.
  17. Blaine Carmon Hardy, “The Mormon Colonies of Northern Mexico: A History, 1885-1912” [Las colonias mormonas del norte de México: una historia, 1885-1912], Ph.D. diss., Wayne State University, 1963.
  18. Hardy, “The Mormon Colonies”, 45
  19. Jones, Cuarenta años entre los indígenas, 274.
  20. Citado en el documento académico que no se publicó de Paul Thomas Mouritzen, titulado: “Mor­mon Beginnings in Mexico: The 1876 Missionary Expedition” [“Los comienzos del mormonismo en México: la expedición misional de 1876”], Universidad de Brigham Young, 1977.
  21. Daniel W. Jones, Helaman Pratt y James Stewart, “Mission Report,” 5 October 1876, Manuscript History of the Mexican Mission, LDS Church Archives, Salt Lake City, Utah.
  22. Jones, Cuarenta años entre los indígenas, 260-262.
  23. Ivins, Journal entry of 28 March 1876. Ver también Barney T. Burns y Thomas H. Naylor, “Colo­nia Morelos: A Short History of a Mormon Colony in Sonora, Mexico,” Smoke Signal 27 (Spring 1973): 142­80, Tucson: The Westerners.
  24. El Semanario Oficial (fecha y traductor desconocidos), citado en Deseret Evening News el 30 de junio de 1876, registrado en Journal History of the Church [el Diario Histórico de la Iglesia], 30 de junio de 1876, 2.
  25. Hardy, “The Mormon Colonies”,45
  26. Como lo reportó Hardy en “The Mormon Colonies”, 277.
  27. El término “lamanita” tiene muchas connotaciones. Para saber más del tema ver: Terrence L. Szink’s review of Josué Sánchez, El Libro de Mormón ante la crítica (Provo, Utah: Maxwell Institute, 1993), publicado en FARMS Review, 5:1:223-30.
  28. Jones, Cuarenta años entre los indígenas, 282.
  29. Ibídem, 284.
  30. El documento “Mormon Beginnings in Mexico” [Los inicios del Mormonismo en México] de Mouritzen nos permite conocer mejor varios de los factores.
  31. Diario de James Z. Stewart, 1 de mayo de 1876, citado en el Manuscrito de la Misión Mexicana, Archivos de la iglesia SUD, Salt Lake City, Utah.
  32. Ver “Cultural ‘Encystment’ as a Cause of the Mormon Exodus from Mexico in 1912” [“El ‘en- quistamiento’ cultural como causa del éxodo mormón de México en 1912] de Blaine Carmon Hardy, 41.
  33. Hardy, “Las colonias mormonas,” 41, y Jones, “Cuarenta años entre los indígenas ”, 283.
  34. Jones, Cuarenta años entre los indígenas, 287.
  35. Ver el documento de Lucile Pratt de las feroces guerras de los Indios en el área entre 1877 y 1882 en su tesis para maestría de la Universidad de Columbia ,“A Keyhole View of Mexican Agrarian Policy as Shown by Mormon Land Problems”, ca.1960.

 

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