Daniel Webster Jones

Liahona Junio 1988
La Traducción del Libro de Mormón
Daniel Webster Jones
Por Jack McAIlister

Un jovencito huérfano, de Misuri, Estados Unidos, inició la gran obra de traducir el Libro de Mormón al español.

Cinco de los siete misioneros que llevaron a México los Trozos Selectos del Libro de Mormón Al fondo Wiley C Jones, Anthony W Ivins al frente Helaman Pratt, Daniel W. Jones, James Z Stewart No aparecen Robert H Smith y Amm

 

Habiendo quedado huérfano a la edad de once años, Daniel Webster Jones viajó desde Misuri, su suelo natal, hasta el oeste de los Es­tados Unidos de Norteamérica en 1847, con una compañía de soldados voluntarios para pelear en la guerra entre su país y México. “El juego, las palabro­tas, el combate y otros modales bruscos” formaban parte de su vida cotidiana, tal y como él lo indicó en su autobiografía Forty Years among the Indiam (Salt Lake City, Utah, Juvenile Instructor Office). De mo­do que, conociendo a Daniel Webster Jones en su juventud, era difícil concebir que se uniera a la Igle­sia, que pasara cuarenta años ganando prosélitos en­tre los indios americanos y que, contando apenas con conocimientos básicos de español, contribuyera a que se publicara la primera traducción del Libro de Mormón a ese idioma. Sin embargo, eso sucedió; ese buen hombre hizo todas esas cosas.

Aunque Daniel Webster Jones no habla en su libro de sus primeros años de vida, se deduce que en algún momento llegó a creer fuertemente en Dios. Durante los tres años que pasó en México en el ejército de voluntarios, participó “en distintas formas, en la vida salvaje y desenfrenada que predominaba en el ejérci­to”, pero aun así no tomaba, como dice él, “bebidas fuertes ni poseía esos vicios más serios que estaban destruyendo la vida de mis amigos”.

Debido al estilo de vida que llevaba, dice: “Sentía que ya estaba condenado y con frecuencia le pedía seriamente a Dios que me ayudara a encontrar el ca­mino recto y a aprender a servirle, insistiendo en que quería saber la verdad, sin ser engañado”. En su sen­cillo modo de pensar, él sentía que la gente de su época también tenía derecho a contar con la guía de un profeta; que no era justo “que tuvieran únicamen­te el conocimiento de la Biblia”.

En 1850, Daniel salió de México con una gran em­presa comercial cuyo destino era Salt Lake City, Utah. Durante el viaje, por accidente, fue herido gravemente con un arma, pero sobrevivió hasta que sus compañeros lo llevaron a un poblado de Santos de los Últimos Días cerca de Provo, al sur de Salt Lake City.

En aquellos días, los viajeros ridiculizaban a menu­do a los miembros de la Iglesia, más cuando él oyó por casualidad a uno de sus amigos leer Doctrina y Convenios en tono jocoso, se detuvo a pensar en sus propias oraciones y en su súplica por que hubiera re­velación en su época. De manera que abandonó a sus compañeros y se trasladó a vivir con una familia de Santos de los Últimos Días, y así empezó a indagar sobre el evangelio mientras se recuperaba de su herida. “Todos eran muy amables conmigo y me tenían mucha confianza”, recuerda él. “Cuando escuché a los élderes predicar, pronto llegué a la conclusión de que, o eran honestos y sabían con certeza lo que decían, o eran unos mentirosos y farsantes. Estaba resuelto a no dejarme engañar, de ser eso posible; de modo que empecé a observarlos cuidadosamente.” Daniel Webster Jones quedó particularmente impre­sionado al notar que los Santos de los Últimos Días no se ensañaban con los indios, a pesar de las batallas libradas con ellos.

Cuando escuchó hablar del Libro de Mormón, ex­presó: “Me parecía natural creer en lo que decía. No recuerdo haber dudado jamás de la veracidad del Li­bro de Mormón, o de que José Smith fuera profeta.

Lo que me inquietaba saber era si los mormones eran sinceros, y si yo podía ser uno de ellos”. Cuando se dio cuenta de que sí podía serlo, le habló a Isaac Morley, uno de los primeros conversos de la Iglesia en Ohio (EE.UU.). Era el 27 de enero de 1851, épo­ca de invierno. El hermano Morley “acababa de salir a buscar leña, y llevaba el hacha bajo el brazo”; al ver llegar a Daniel, dijo suavemente: “He estado es­perando que viniera a pedir el bautismo”. El herma­no Morley utilizó su hacha para cortar la gruesa capa de hielo que se había formado sobre el lago cercano, y así se bautizó Daniel, convirtiéndose en miembro de la Iglesia.

Los siguientes veintitrés años fueron bastante agi­tados. Daniel se dedicó a la agricultura, intercambia­ba artículos con los indios de la tribu Ute, fue orde­nado setenta, contrajo matrimonio con Harriet Emily Colton, sirvió de intérprete a Brigham Young cuando éste tuvo que comunicarse con algunos mexicanos del condado Sanpete en el centro de Utah, ayudó a rescatar a los pioneros que quedaban atascados con sus carros de mano por causa de las tormentas invernales, y conservó siempre una relación amistosa con los indios, como miembro de la Iglesia y como fun­cionario del gobierno.

En el año 1874 se le invitó a ir a la oficina de Brigham Young y allí fue llamado para cumplir una misión en México. “Por algún tiempo había estado esperando este llamamiento”, dijo, agregando con franqueza: “Lo había deseado y, a la vez, lo había temido”, puesto que sabía lo difícil que era ir a una misión a México. También se llamó a Harry Brizzee y a ambos se les dijo que se prepararan. Como el presidente Young había dicho que deseaba que se tra­dujeran al español algunas partes del Libro de Mormón, ellos empezaron a estudiar y a prepararse para traducir.

Aunque ambos hablaban español, Daniel pensaba a menudo en lo útil que sería que les ayudara alguien que tuviera este idioma por lengua materna. A los pocos meses, el hermano Brizzee conoció a un hom­bre que hablaba español, llamado Melitón G. Trejo, quien, al oír hablar de la Iglesia en las Islas Filipinas, había llegado a Utah para indagar más. Muy pronto este hombre se bautizó y empezó a traducir seleccio­nes del libro al español, con la ayuda y el apoyo de Daniel.

En 1875, Daniel le informó al presidente Young que ya estaban listos para empezar a servir en su mi­sión. Con la autorización del Presidente, Daniel re­colectó dinero para pagar la impresión del primer jue­go de selecciones del Libro de Mormón en español.

En una conversación que sostuvieron más tarde el presidente Young y Daniel, el Presidente le pidió a éste que sugiriera una forma de demostrar la exacti­tud de la traducción a las Autoridades Generales de la Iglesia, ninguna de las cuales hablaba español. Da­niel sugirió entonces que seleccionaran una parte del libro para que la tradujera el hermano Trejo, luego él (Daniel), sin ver el original del libro en inglés, tomaría la traducción vertida al español y, a su vez, la traduciría otra vez al inglés. El presidente Young aceptó la sugerencia y cuando las Autoridades reci­bieron una copia de la traducción de Daniel del espa­ñol al inglés, el presidente George A. Smith, que entonces era miembro de la Primera Presidencia, “se­ñaló sonriente: ‘Me gusta más el estilo del hermano Jones [que el original]… Se entiende mejor’

Pero ésa no fue la única experiencia excepcional que Daniel tuvo relacionada con la traducción. En otra ocasión, expresó:

“Cuando se empezó la impresión de la traducción al español, el hermano Brigham me dijo que yo era responsable de cuidar de que no hubiera errores. Me afligí tanto, que le pedí al Señor que si había errores, me lo manifestara [cuando le diéramos la lectura final a las páginas impresas].

“El manuscrito del hermano Trejo reflejaba un es­tilo de lenguaje de nuestros días. Cuando le señalaba yo algún error, él indefectiblemente lo aceptaba. A menudo comentaba que yo era un crítico muy meti­culoso y que comprendía el español mejor que él. Yo no le decía la forma en que discernía los errores.

“Tenía la sensación de que en el centro de mi frente había un hilo fino del cual alguien tiraba sua­vemente hacia afuera. Cuando en medio de la lectura pasaba por un error, se interrumpía el suave flujo y sentía como si un nudo pequeño estuviera atravesán­dome la frente con dificultad. Ya sea que viera o no el error, siempre estaba totalmente seguro de que el error existía y que debía mostrárselo a mi compañero y pedirle que lo corrigiera. De esa manera procedíamos, hasta que yo volvía a sentir la misma sensación.”

En el mes de septiembre de 1875, Daniel salió ha­cia México con su hijo Wiley, y con James Z. Stewart, Helaman Pratt, Robert H. Smith, Ammon M. Tennev y Anthony W. Ivins. Viajaron a caballo llevando consigo dos mil ejemplares de la publicación, cuyo título era: “Trozos Selectos del Libro de Mormón”.

Después de pasar muchas dificultades al tratar con las autoridades locales, obtuvieron permiso para reali­zar una reunión pública en Chihuahua. El 8 de abril de 1876 predicaron a un grupo de aproximadamente quinientas personas en la primera reunión de la Igle­sia realizada en el interior de la República Mexicana. Después de varios intentos adicionales por predicar el evangelio, volvieron a los Estados Unidos de Nortea­mérica y llegaron a Salt Lake City, Utah, el 5 de julio de 1876. Daniel sirvió en una segunda misión en México, de 1876 a 1877, nuevamente con los hermanos Trejo, Pratt y Stewart. También fueron Louis Garff y George Terry. Bautizaron a cinco personas.

En 1879, el élder Moses Thatcher, del Quórum de los Doce, inauguró la primera misión de México, acompañado por los hermanos Stewart y Trejo. Salvo durante las interrupciones causadas por las condicio­nes políticas del país en 1913 y 1926, la misión ha funcionado desde entonces.

Los hermanos Trejo y Stewart terminaron la pri­mera traducción completa del Libro de Mormón en 1886. Rey L. Pratt, presidente de la misión desde 1907 hasta 1931, revisó la traducción con la ayuda de Eduardo Balderas. El hermano Balderas se encargó más tarde de dirigir la traducción al español de las publicaciones de la Iglesia y alrededor del año 1949 corrigió la edición de Pratt para una nueva impre­sión. En 1969 se inició una segunda revisión, la cual el hermano Balderas terminó en 1980, que es la ver­sión que se utiliza actualmente en todas las misiones de habla hispana de la Iglesia.

La obra que inició en México un fiel y obediente siervo del Señor, Daniel Webster Jones, un niño huérfano de Misuri, ha llegado a convertirse hoy en un factor fundamental de la vida de miles de personas de habla hispana del mundo entero. □

 

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