Magnífica estructura

Liahona Noviembre 1990
Magnífica estructura
Por El Élder Joseph B. Wirthlin
Del Consejo de los Doce

Si seguimos al Salvador, cada uno de nosotros podrá edificar su vida como si fuera una

Se cuenta el relato de un joven constructor que se estaba iniciando en el negocio de construcción cuando un hombre muy adinerado, amigo de su padre, fue a hablar con él y le dijo: “Para ayudarte a establecer tu negocio, te voy a pedir que construyas una casa para mí. Acá tienes los planos; no te preocupes por los gastos, pues lo que quiero es que emplees los mejores materiales y que contrates la mejor mano de obra que encuentres. No repares en el costo. Envíame las cuentas y yo las pagaré sin objeciones”.

Al joven constructor le obsesionó el deseo de enrique­cerse por medio de aquella oferta tan generosa y amplia y, en lugar de emplear la mejor mano de obra y los materiales más finos, buscó lo más barato engañando así a su benefactor en toda forma que le fue posible.

Finalmente, el último clavo ordinario se clavó en la última pared endeble y el constructor entregó al amigo de su padre las llaves y una cuenta por una cantidad exorbitante. El caballero le hizo un cheque por la cantidad total y luego le devolvió las llaves, diciéndole con una afable sonrisa: “Hijo, esta casa que acabas de construir es un regalo que quiero hacerte. ¡Espero que vivas en ella con gran felicidad!”

Si el joven de este relato hubiera reflexionado sobre las consecuencias de sus pensamientos y actos deshonestos, quizás habría podido entender claramente lo que Jesús enseñó hace ya mucho tiempo:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca.

“Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.

“Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;

“y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue

En otra ocasión, Jesús dijo: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo” (Apocalipsis 3:20); pero, a menos que abramos la puerta y le demos entrada en nuestra vida, El no podrá entrar. Sólo si aceptamos al Salvador y hacemos su voluntad, tendremos siempre la inclinación a hacer lo correcto.

La buena inclinación es una parte esencial de los prime­ros principios del evangelio: la inclinación a amar a Dios y al prójimo “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). Cada uno de nosotros debe obrar en armonía con la voluntad de Dios y crear un ambiente espiritual que traiga a Jesús al centro mismo de nuestra vida; después debemos continuar viviendo “con la única mira de glorificar a Dios” (D. y C. 4:5).

En esta Iglesia maravillosa, no hay diferencias entre nosotros a causa de nuestra edad, sino que nos unen los principios eternos. A medida que vosotros, jovencitos, edificáis vuestra vida, vuestra creencia en Jesucristo y su evangelio os guiará en la misma forma que guía a aquellos de nosotros que todavía estamos por terminar la cons­trucción de nuestra estructura.

Tal como se encuentra registrado en las Escrituras, Cristo hizo un impresionante compendio de algunos de estos principios: “…vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo 19:16).

¿Quién no desearía saber, o daría todo lo que poseyera, por recibir la respuesta a esa pregunta, especialmente por boca del Señor mismo?

Esta es la respuesta: “…Más si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:17). Fijaos en las palabras mágicas: “…si quieres entrar en la vida”. ¡Sí, entrar en la vida! ¿No es ése nuestro verdadero propósito? En verdad, ¿hay algún otro?

Cuando le preguntaron qué significaba “guardar los mandamientos”, Jesús respondió: “…No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio”, y luego la positiva y gloriosa exhortación: “Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19).

¡Qué planos tan sublimes para edificar la mejor vida! Estos mandamientos, y todo lo que encierran, constituyen un baluarte glorioso e inexpugnable contra la maldad. Requieren que utilicemos nuestro tiempo de la mejor manera posible, lo cual nos servirá para mantener nues­tra integridad y moralidad y ser buenos ejemplos. Esa es la clase de vida que los Santos de los Últimos Días deben edificar.

Durante la época de José Smith, los miembros de la Iglesia se sentían preocupados; deseaban saber si debían construir hogares permanentes o simplemente tempora­rios, ya que con frecuencia habían tenido que mudarse de un lugar a otro, pero el Profeta les dijo: “Construyan como si fueran a permanecer aquí para siempre”.

El estudio minucioso de nuestra historia nos enseña a todos una gran lección. El éxito de nuestra Iglesia se debe a nuestra fe en Dios, a la guía inspirada de líderes firmes y dedicados que nunca tomaron el camino fácil, y al hecho de poner en primer lugar en nuestra vida las enseñanzas divinas de Jesús.

Si edificamos nuestra vida siguiendo el ejemplo del Señor y dedicándonos a Él, lo haremos con los mejores materiales y con el máximo esfuerzo. No escatimaremos el estudio, la diligencia ni la obediencia. No engañaremos en cuanto a la calidad de lo que estamos edificando ni trataremos de aprovecharnos de la bondad de nuestro benefactor, que nos ha concedido una maravillosa opor­tunidad. Desearemos edificar algo noble y firme, algo que sea digno de la confianza que Él ha depositado en noso­tros.

Al hacerlo así, no sólo nos beneficiaremos a nosotros mismos sino a los demás. Y al terminar la construcción, tendremos una magnífica estructura. □

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