La compañía el Espíritu Santo

Liahona Agosto 1988
La compañía el Espíritu Santo
Por el élder Carlos E. Asay
Del Primer Quórum de los Setenta

Es un compañerismo que sana la soledad, nos motiva a alcanzar la excelencia y da significado a la vida. Es un compañerismo que os asegura que no estáis solos, y que nunca lo estaréis.

Para muchos Santos de los Últimos Días solte­ros, particularmente para algunas de las hermanas que no se han casado, el cortejo y el compañerismo eterno son sueños que aún no se hacen realidad. Es algo que anhelan, saben que tal compañerismo eterno es una parte clave del evangelio y, sin embargo, se sienten frustrados por motivo de no encontrar un compañero digno.

Es una tentación muy grande para mí desear poder juntaros al instante con compañeros perfectos y en­viaros unidos en matrimonio a las eternidades. Pero tal solución sería satánica. Como recordaréis, Sata­nás deseaba dirigir el curso de nuestra vida, abolien­do nuestras pruebas y elecciones, y de esta manera frustrando el plan de nuestro Padre Celestial y dete­niendo nuestro progreso.

El cortejar a un compañero mortal no es algo que podáis dirigir o planear solos; más existe un tipo de compañerismo de gran importancia eterna sobre el cual vosotros tenéis pleno y completo control; es un compañerismo que todos podemos obtener y gozar, sean cual sean la edad o el sexo; es un compañerismo que sana la soledad, nos motiva a alcanzar la exce­lencia y da significado a la vida. Se trata del compa­ñerismo de uno de los miembros de la Trinidad: el Espíritu Santo, el Consolador, el Revelador, el Santificador, el Espíritu del Señor. Es un compañerismo que os asegura que no estáis solos, y que nunca lo estaréis.

El compañerismo de mortales —el de una persona con otra— es importante y esencial, y si se mantiene unido con amor y respeto mutuo, puede convertirse en una camaradería celestial y brindar un gozo indes­criptible. Sin embargo, este tipo de relación se vuel­ve vacía y sin significado si no tiene la influencia del Espíritu Santo. Ningún compañerismo de personas mortales sobrepasará en importancia a la unión de una persona con el Espíritu del Señor.

“Oraron por lo que más deseaban”

Es importante observar que mientras Cristo ense­ñaba a los nefitas y oraba con ellos, “oraron por lo que más deseaban; y su deseo era que les fuese dado el Espíritu Santo” (3 Nefi 19:9). Los miembros de la Iglesia hemos completado los pasos necesarios de fe, arrepentimiento y bautismo y hemos tenido manos autorizadas puestas en nuestra cabeza para otorgarnos el don del Espíritu Santo. Pero, así como el amor entre amigos o compañeros se debe cultivar y nutrir como una tierna planta, de la misma manera debe­mos cultivar nuestro compañerismo con el Espíritu Santo.

Cuando muchacho me enamoré de una hermosa joven. Más que cualquier otra cosa en el mundo aspi­raba a tener su amor y compañerismo eternos. Por lo tanto, me esforzaba por que mi comportamiento fuera el mejor, mi hablar superior y trataba en lo posible de dar lo mejor de mí cuando estaba con ella a fin de que gustara de mí. Incluso, después de estar compro­metidos, reconocí la necesidad de continuar cor­tejándola. Mi deseo era, y aún es, complacerla y evi­tar ofenderla en lo más mínimo. Ella es mi fuente de inspiración, mi motivación para vivir en un nivel más alto y más noble.

El compañerismo del Espíritu Santo se cultiva en forma muy similar. Para obtener su influencia y compañía constante, debemos tratar de ser lo mejor, debemos ser dignos de su presencia. Veo cinco cosas que debemos hacer para atraer y retener al Espíritu Santo:

  1. Debemos mantener nuestro cuerpo limpio.

No debemos contaminar nuestro tabernáculo mor­tal de ninguna manera. Debemos obedecer la Palabra de Sabiduría; no debemos usar mal nuestros poderes de procreación; debemos hacer todo lo posible por evitar las enfermedades y otros enemigos de nuestro cuerpo físico. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16-17).

  1. Debemos mantener nuestra mente limpia.

Debemos defendernos de toda idea indecente y sensual y de otras influencias satánicas. Del libro Doctrina y Convenios recibimos este consejo y pro­mesa: “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se hará fuerte en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo. El Espíritu Santo será tu compañero constante” (D. y C. 121:45-46).

Hay muy pocas cosas que son más repulsivas que una mente maligna, generadora de inmundicia. ¿Pue­de alguien aspirar a gozar de la compañía del Espíritu Santo si es de doble ánimo, si su mente divide su tiempo entre el Espíritu Santo y el Maligno? Yo creo que no.

  1. Debemos ejercer la fe y reservar un lugar en nuestro corazón para el Espíritu Santo.

Se nos ha dicho que cuando no tenemos fe, perde­mos el derecho a recibir manifestaciones del Espíritu de Dios. Moroni habló abiertamente con respecto a los dones del Espíritu, incluso el de sanidades y el de lenguas, y luego advirtió: “Y. . . todos estos dones de que he hablado, que son espirituales, jamás serán su­primidos, mientras permanezca el mundo, sino por la incredulidad de los hijos de los hombres” (Moroni 10:19).

Es sumamente importante que comprendamos que “a fin de que el Espíritu Santo pueda tener cabida ‘en [nuestros] corazones” debemos tener fe en Cristo (Moroni 7:32). ¿Cómo podemos ser aceptables ante el Espíritu Santo si no reconocemos ni admitimos a aquellos a quienes El representa, de quienes El testifi­ca? La verdadera adoración se demuestra por medio de nuestro amor y por llevar una vida como la de Cristo; es el tipo de adoración que abre nuestra vida al poder del Espíritu Santo.

  1. Debemos evitar toda iniquidad, toda forma de maldad.

Como se explicó previamente, los dones del Señor cesan cuando la fe no está presente. Lo mismo se aplica, y el problema se acrecienta, cuando la iniqui­dad se halla presente.

Alma dijo: “Ninguna cosa impura puede heredar el reino del cielo” (Alma 11:37). De la misma forma, ninguna persona impura puede desarrollar una rela­ción duradera con el Espíritu de Dios.

  1. Debemos orar, deleitarnos en las palabras de Cristo y andar rectamente ante Dios.

El Espíritu del Señor enseña e insta al hombre a orar. (Véase 2 Nefi 32:8-9.) Las palabras de Cristo nos ayudan a comprender quién es el Espíritu Santo y cómo podemos invitarlo a nuestra presencia. (Véase vers. 1-3.) El Espíritu de Dios persuade a los hom­bres a hacer el bien y a creer en Cristo. (Véase Eter 4:11-12; Moroni 7:16-17.) De manera que la ora­ción, el estudio de las Escrituras y el llevar una vida recta son imperativos.

El escéptico y la persona novata en el evangelio podrían preguntar: “¿Para qué procurar la compañía del Espíritu Santo? ¿Para qué esforzarse por obtener su compañía? ¿Cuál es el beneficio?” Las respuestas son abundantes si somos receptivos a los testimonios de quienes saben y tienen una asociación con el Espíritu del Señor. Algunos de estos testimonios ayu­dan a responder a preguntas acerca del valor de la relación con el Espíritu Santo.

¿Desearíais poseer una perfecta presciencia, el po­der perfecto para anticipar lo que se debe hacer bajo ciertas circunstancias? Si es así, debéis hacer lo que Nefi aconsejó: “Si entráis por la senda y recibís al Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que de­béis hacer” (2 Nefi 32:5).

¿Desearíais tener el poder de discernimiento?

¿Desearíais tener el poder de discernimiento, el poder para distinguir la verdad? Si es así, debéis leer la palabra de Dios, reconocer la bondad de Dios, me­ditar y pedir a Dios. Si hacéis eso, Moroni testifica que “por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).

Cuando servía como presidente de misión en Te­xas, se me informó que cierto misionero había perdi­do su testimonio y que deseaba irse a casa. Por medio de consultas me enteré de que un investigador había plantado dudas en la mente del joven misionero con respecto a la divinidad de su llamamiento. En una entrevista con el seudo investigador, experimenté la manifestación especial del poder de discernimiento que me permitió saber que aquel hombre era un mi­nistro de otra fe, que se hacía pasar por estudiante universitario y sincero investigador del mormonismo.

Confrontado con el conocimiento que se me había revelado, se confundió y admitió su mentira. Con el engañador fuera del escenario y con un conocimiento de la verdad, el misionero permaneció y completó una honorable misión.

En una ocasión se me acercó un misionero que es­taba en la última semana de su misión y me recordó que hacía dos años yo le había dado el visto bueno para servir en una misión. Le había otorgado el per­miso con algo de reserva por motivo de que con ante­rioridad a su misión había cometido una cantidad de transgresiones. Él me dijo: “Élder Asay, usted me dio permiso para cumplir una misión después del debido arrepentimiento y de haberle prometido que obedecería estrictamente las reglas misionales y que trabajaría diligentemente. Le aseguro que he trabaja­do duramente y he obedecido todas las reglas”. Luego dijo algo muy importante: “Siento que mis pecados me han sido perdonados. Me siento perfectamente lim­pio”. Él había sido limpiado por medio del servicio dedicado y el desarrollo de su relación con el Espíritu Santo. Había pasado por el fuego purificador, que había quemado sus impurezas.

¿Desearíais recibir revelaciones de Dios?

¿Desearíais tener el poder para escuchar, sentir y conocer personalmente las revelaciones de Dios? Por medio del profeta José Smith, el Señor prometió: “Hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo. . . éste es el espíritu de revelación” (D. y C. 8:2-3).

En una reunión en el templo escuché al presidente Marión G. Romney decir al final de su testimonio: “Es posible que ustedes no tengan necesidad de escu­char lo que he dicho hoy y es probable que no hayan aprendido nada nuevo. Sin embargo, yo aprendí algo mientras hablaba y necesitaba escuchar estas palabras”. Este es un hermoso y sincero reconocimiento de la influencia del Espíritu Santo.

¿Desearíais gozar de dones espirituales, por ejem­plo, del poder para sanar o para ser sanado, o de ha­blar en lenguas? De ser así, obedeced lo que dice el profeta Moroni: “Y todos estos dones vienen por el Espíritu de Cristo; y vienen a todo hombre, respecti­vamente, de acuerdo con su voluntad” (Moroni 10:17).

¿Desearíais tener el poder de la palabra convincen­te, el poder para hablar como un ángel? Si es así, dad oídos a la pregunta de Nefi: “¿No os acordáis que os dije que después que hubieseis recibido el Espíritu Santo, podríais hablar con lengua de ángeles?” (2 Nefi 32:2).

Treinta años atrás, mientras servía como misione­ro en el Cercano Oriente, mi compañero y yo recibimos la asignación de visitar una rama dividida por diferencias y apostasía entre los miembros. Acepta­mos nuestra asignación con mucha humildad y espíritu de oración. Se llevó a cabo una reunión con las personas descontentas y mi compañero dio un ser­món del cual dependía que pudiésemos unir nueva­mente a todos. Después de haber ayunado y orado fervientemente los dos, él se levantó con confianza y efectuó el milagro. Habló con lengua de ángel. Las palabras de ese joven élder sin mucha experiencia sa­naron heridas enconadas en el corazón de hombres mucho mayores que él, incitaron confesiones y lite­ralmente salvaron una rama de la Iglesia.

¿Desearíais tener el poder para resistir las tentaciones?

¿Desearíais tener el poder para defenderos de las tentaciones y resistirlas? De ser así, haced lo que Al­ma y Pablo sugirieron: Orad “incesantemente… y así [sed] guiados por el Espíritu Santo” (Alma 13:28).

¿Desearíais obtener paz y seguridad perfectas en to­do lo que hacéis? De ser así, haced del Espíritu Santo vuestro compañero y recibiréis el tipo de confianza que Nefi y Lehi tuvieron: “¡Paz, paz a vosotros por motivo de vuestra fe en mi Bien Amado, que ha existido desde la fundación del mundo!” (Helamán 5:47).

Y por último, ¿desearíais tener el poder para reali­zar cosas que vayan más allá de vuestras habilidades naturales? ¿Desearíais tener la ayuda de poderes invi­sibles en todo lo que hacéis? Me refiero al poder de hablar con autoridad convincente, incluso el poder de recibir revelaciones que os permitan decir cosas que no teníais planeadas decir. Hablo del poder de recibir impresiones, las cuales, si se les presta aten­ción, brindarán bendiciones a vosotros y a las demás personas.

Los mortales hemos sido investidos con maravillo­sas habilidades y un gran potencial. Pero, por más maravillosos que estos poderes mortales sean, son tan sólo una sombra de aquellos poderes que pueden reci­birse por medio de nuestra relación con el Espíritu Santo.

Ruego que no os engañéis diciendo que estas pala­bras acerca del compañerismo con el Espíritu son pa­ra otras personas y no para vosotros. Dios no hace acepción de personas. Sus bendiciones y dones no están reservados para unos pocos. No importa si se trata de un apóstol o de un diácono, de una hermana líder de la Sociedad de Socorro o de una maestra de la Primaria; a todos se nos da la promesa de obtener los dones del Espíritu si nos colocamos en la posición de recibirlos.

Si vuestra introducción a este compañerismo divi­no parece incompleta, repasad vuestro bautismo y confirmación y determinad si verdaderamente lo ha­béis recibido como se os mandó. Prestad atención a la limpieza física, a la pureza de vuestros pensamien­tos, a vuestra fe en Cristo, al deseo de evitar todo tipo de pecado y a los hábitos de oración y estudio.

De vez en cuando es prudente meditar y determi­nar si realmente conocéis al Espíritu Santo. Deteneos lo suficiente para poder ver cuán bien conocéis los dones y poderes espirituales. Observad si son eviden­tes en vuestra vida los dones y poderes como la previ­sión, el discernimiento, la santificación, la revela­ción, los dones espirituales, el hablar como con len­gua de ángeles y la paz interior. Determinad si las experiencias espirituales son parte regular de vuestra vida diaria. Y si encontráis que estáis faltando en al­gún aspecto, tened la firmeza de carácter para cam­biar y poner en orden vuestra vida.

Si hacéis estas cosas, nunca estaréis solos, porque tendréis el compañero más importante de todos: el Espíritu Santo. □

¿Desearíais poseer una perfecta presciencia? ¿Desearíais tener el poder de discernimiento? ¿Desearíais tener el poder para escuchar, sentir y conocer personalmente las revelaciones dé Dios?

El  compañerismo de mortales —el de una persona con otra— es importante y esencial. Sin embargo, ningún compañerismo de personas mortales sobrepasará en importancia a la unión de una persona con el Espíritu del Señor.

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Una respuesta a La compañía el Espíritu Santo

  1. Leticia Vidaurre dijo:

    Gracias queridos hermanos, qué mensaje más inspirador, siento que me ha edificado y sí tengo ahora el propósito, de entrar en una relación más íntima con el Espíritu Santo, lo amo mucho, pero conscientemente necesito sentirlo.

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