En pos de la vida plena

Liahona de Agosto 1988

En pos de la vida plena
Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero la Primera Presidencia

¡Cuán emocionante es la vida que tenemos la posibilidad de vivir en esta época! Quizás no seamos como los navegantes y exploradores del pasado, cuyos viajes y descubrimientos los llevaban hasta los confines de la tierra, pero sí po­demos ser exploradores en espíritu y tener el  deseo de hacer de éste un mundo mejor, descubriendo maneras mejores de vivir y de proceder.

El espíritu de exploración, ya sea de la superficie de la tierra, de la inmensidad del espacio, o de los principios de una vida recta, requiere que desarrolle­mos la capacidad de hacer frente a los problemas con valor, a las desilusiones con buen ánimo, al triunfo con humildad.

Al crear el mundo, el Señor no lo hizo todo absolutamente, sino que dejó muchas puertas abiertas para que el hombre empleara su ingenio; dejó la electricidad en la nube, el petróleo en la tierra; no tendió puentes sobre los ríos, no taló los bosques, ni nos edificó ciudades. Dios le da al hombre la mate­ria prima en vez del producto acabado; nos deja los cuadros sin pintar, la música sin componer y los pro­blemas sin resolver, a fin de que nosotros mismos descubramos la dicha y la gloria de crear.

Sin embargo, durante el último medio siglo, se ha percibido un retroceso gradual aunque continuo en las normas que conducen a la excelencia en muchos aspectos de nuestra vida.

Nos encontramos con ejemplos de empresas sin moral, ciencia sin humanitarismo, conocimiento sin integridad, veneración sin sacrificio, placer sin con­ciencia, política sin principios y riqueza sin obras.

Tal vez sin saberlo, hace dos siglos el renombrado autor inglés Carlos Dickens describió nuestra época cuando se refería a otra. Su obra clásica Cuento de dos ciudades comienza así:

“Era el mejor de los tiempos, y el peor de los tiem­pos; era la etapa de la sabiduría y del aturdimiento, de la fe, era la época de la incredulidad, era el período de la Luz y de las Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación. Teníamos todas las perspectivas y ninguna.” (Tres obras de Car­los Dickens, Editorial Porrúa, S. A., pág. 125.)

El medir las bondades de la vida según sus deleites, sus placeres y la seguridad que ella nos ofrece es pres­tarse al engaño. La vida plena no consiste en lujos imperecederos, ni se satisface con los placeres mate­riales, a los que a menudo se confunde con el gozo y la felicidad.

Por el contrario, son la obediencia a la ley, el respeto al prójimo, el autodominio y el servicio sincero lo que compone la vida plena.

Tal vez lleguemos a entender mejor esos principios esenciales si los tratamos uno por uno.

A OBEDIENCIA A LA LEY

Vayamos de inmediato a ese código de con­ducta revelado que ha guiado a la humanidad a través de todos los disturbios que se puedan conce­bir. Al hacerlo, casi podemos escuchar el eco de la voz que partió del monte Sinaí, hablándonos a noso­tros hoy:

No tendrás dioses ajenos delante de mí.
No te harás imagen.
No tomarás el nombre de jehová tu Dios en vano.
Acuérdate del día de reposo para santificarlo.
Honra a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No hurtarás.
No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
No codiciarás. (Véase Éxodo 20:3-4, 7-8, 12-17.)

Años después de haber recibido Moisés la ley, lle­gó el meridiano de los tiempos, en el cual emergió “una magna investidura” [D. y C. 105:12], un poder mayor que el de las armas, una riqueza más perdura­ble que las monedas del César; pues el Rey de reyes y el Señor de señores añadió a los principios de la ley el concepto del amor.

¿Recordáis la punzante pregunta formulada por el intérprete de la ley? “Maestro, ¿cuál es el gran man­damiento de la ley?”

Lo que es más importante aún, ¿recordáis la res­puesta divina? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36-39).

Estas son las leyes de Dios. Violémoslas y padece­remos consecuencias interminables; obedezcámoslas y segaremos gozo eterno.

No pasemos por alto la importancia de obedecer las leyes del país. Estas no fueron creadas tanto para restringir nuestra conducta sino para garantizamos la libertad, proporcionarnos protección y salvaguardar todo lo que es de valor para nosotros.

En esta época, en que personas generalmente hon­radas hacen trampas a la ley, la tuercen y pasan por alto violaciones de la ley; en que no se penalizan crímenes cometidos; en que no se demanda el cum­plimiento de sentencias legalmente impuestas y en que las formas de proceder ilegales e irresponsables sobrepasan todo lo que se ha visto hasta ahora, existe una enorme necesidad de volver a la justicia básica que provee la ley cuando las personas honradas la sostienen.

Basándome en mi experiencia en el mundo de los negocios, debo agregar la obediencia a las leyes de la economía. Ni las personas ni las compañías pueden, en forma continua, gastar más de lo que ganan y per­manecer solventes. Esta ley se aplica tanto a las na­ciones como a los hombres, y cuando las decisiones tocantes a la economía están basadas más en la teoría que en la ley, se desemboca indefectiblemente en el caos.

Alguien de muy sano juicio declaró: “Las leyes son realidad, las leyes son mucho más que eso, puesto que la obediencia a la ley constituye un requisito esencial para que tengamos éxito en nuestra búsque­da de la vida plena.

EL RESPETO AL PRÓJIMO

Un paso fundamental en nuestro camino hacia una vida plena es sentir respeto por otras per­sonas. El hombre, por naturaleza, se ve tentado a buscar más su propia gloria que la de su prójimo o la gloria de su Dios. Nadie es una isla, no lo somos en nuestra comunidad, en nuestro país ni en el mundo; ni hay una línea divisoria entre nuestra prosperidad y la pobreza de nuestro vecino.

Hay una ley constante que demuestra que cuanto más uno da de sí, más recibe. Uno se gana la vida merced a lo que recibe, más la enriquece en propor­ción a lo que da.

Como lo dijo el apóstol Pablo en sus palabras a los ancianos de la Iglesia: “[Recordad] las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35). Se trata de una verdad mu­cho más profunda de lo que la mayoría de nosotros supone. Lo que es más, se trata de una verdad suma­mente práctica.

En la parábola del rico insensato, el Señor nos ha­bló en forma por demás específica:

“Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bie­nes que posee.

“También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho.

“Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?

“Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.

“Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pe­dirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?

“Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para Dios.” (Lucas 12:15-21.)

Nuestras vidas se ven bendecidas con felicidad cuando tenemos un respeto genuino hacia los demás. Particularmente a las personas que son solteras, les aconsejo: Quienes se casan con la esperanza de for­mar una unión permanente deben adquirir ciertas ap­titudes y ciertas actitudes. Tienen que aprender a adaptarse el uno al otro; tienen que desarrollar la ca­pacidad de resolver problemas mutuos; necesitan aprender a ser flexibles al procurar establecer armonía en su relación; y deben poseer el más alto grado de abnegación para ver que las necesidades del cónyuge se satisfagan siempre antes que los deseos propios. En esto consiste el respeto y es parte integral de nuestra búsqueda de la vida plena.

EL AUTODOMINIO

Tal vez la prueba más terminante de la integri­dad de una persona sea el hecho de que rehúse hacer o decir algo que ponga a riesgo el respeto que siente por sí misma.

Uno de los requisitos de la vida es la capacidad pa­ra tomar decisiones. Para poder hacerlo, debemos sa­ber cómo apreciar lo que nos rodea y cómo hacer in­trospección. También debemos aprender que en la vida nos es menester sortear dificultades, puesto que los problemas son una parte normal de ella, y por so­bre todas las cosas debemos evitar que nos venzan.

La batalla en pos del autodominio es posible que deje a la persona un tanto magullada y herida, pero como resultado de ella será sin duda mejor de lo que era antes. Aunque muchos de nosotros quisiéramos que el logro del autodominio no requiriera esfuerzo y no nos causara dolor, en el mejor de los casos ése es siempre un proceso riguroso.

Algunas personas, en lugar de realizar un esfuerzo, dan excusas por no hacer lo que están en condiciones de hacer, y es así que escuchamos decir: “A mí no se me dieron las ventajas que otros tienen en su juven­tud”. Otros argumentan: “Soy inválido”. Pero lo cierto es que la historia está repleta de ejemplos de personas impedidas físicamente que alcanzaron logros encomiables. El poeta griego de la antigüedad, Ho­mero; el poeta inglés del siglo diecinueve, John Milton; y el escritor argentino contemporáneo, Jorge Luis Borges, llegaron a la cumbre de las letras o con­tinuaron sus contribuciones a la literatura pese a te­ner una buena excusa para no hacerlo: la ceguera. El ateniense Demóstenes, el más célebre de todos los oradores, tenía también un excelente pretexto: sufría de un marcado impedimento en el habla. El gran compositor alemán Ludwin van Beethoven siguió componiendo música aun después de haber quedado totalmente sordo. Todos ellos tenían muy buenas ex­cusas para darse por vencidos, pero nunca se valieron de ellas.

El mundo actual se desplaza a un ritmo cada vez más acelerado. Los logros en el campo de la ciencia son fantásticos, los avances de la medicina son ex­traordinarios y los descubrimientos efectuados en cuanto a los secretos de la tierra y del espacio nos dejan a todos sin habla y llenos de asombro.

En esta era de tan enorme desarrollo tecnológico, conquistamos el espacio pero no podemos conquistar­nos a nosotros mismos, y así renunciamos a nuestra paz interior.

Gracias a los adelantos científicos, el hombre pue­de surcar el espacio a enorme velocidad, y en forma silenciosa y sin mayor esfuerzo desplazarse en las pro­fundidades del mar en submarinos atómicos. Ahora que el hombre puede volar como un ave y nadar co­mo un pez, quisiera que pudiera aprender a caminar en la tierra como un hombre.

Sí bien las conquistas espaciales han sido asombro­sas, los logros en la tierra no son menos extraordina­rios. Por ejemplo, en un artículo publicado en la re­vista estadounidense Time, dice que las computadoras “están cambiando el mundo de los negocios, ofre­ciendo nuevas oportunidades a los distintos campos de la ciencia, modificando técnicas en la educación y mejorando el grado de eficacia de procedimientos gu­bernamentales”.

¿Es acaso posible suponer que estas máquinas, que son capaces de sumar, multiplicar, dividir, procesar, eliminar y recordar, puedan algún día también pen­sar? Definitivamente la respuesta es no. Si bien la computadora supone un adelanto en los procesos mentales del hombre, no es el símbolo del Milenio ni tampoco un substituto válido del cerebro humano. El hombre puede crear las máquinas más complejas, mas no puede darles vida ni dotarlas de los poderes de ra­zonamiento y juicio.

¿Por qué? Porque esos son dones divinos, conferi­dos únicamente conforme a la voluntad de Dios.

Dios fabricó una computadora una vez, lo cual hizo con un cuidado y una precisión mucho mayores que los esfuerzos combinados de todos los hombres de ciencia. Usó el mismo polvo de la tierra para su es­tructura e instaló dentro de ella un sistema capaz de recabar continuamente información de todo tipo por medio de la vista, el oído y el tacto; un sistema circu­latorio que permita mantener todos sus canales constantemente limpios y en buen funcionamiento; un sistema digestivo para preservar su fuerza y vigor; y un sistema nervioso para mantener a todos los com­ponentes en comunicación y coordinación conti­nuas. Inerte sobre la tierra del Jardín de Edén, supe­raba claramente la más moderna y avanzada de las computadoras, aunque estaba del mismo modo muer­ta. Estaba equipada para memorizar, calcular y resol­ver la ecuación más complicada, pero le faltaba algo.

Entonces Dios se le acercó y “sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7).

Esta es la razón por la que el hombre tiene poderes que ninguna computadora moderna posee, que Dios le dio vida, y con ella el poder de pensar, de razonar, de decidir y de amar. Con todos esos poderes que nos han sido dados a todos, nos es imprescindible ejercer el autodominio si es que deseamos una vida plena.

EL SERVICIO SINCERO

Para hallar felicidad verdadera, debemos bus­carla fuera de nosotros mismos. Nadie aprenderá el significado de la vida hasta tanto no se pierda en el servicio a su prójimo. El servicio que prestamos a otras personas es prácticamente un deber, y su cristalización nos proporciona gozo verdadero.

Tal vez nuestro servicio esté dirigido a los jóvenes. De ser así, os hago la siguiente advertencia: “La ju­ventud necesita menos críticos y más ejemplos bue­nos”. Dentro de cien años no tendrá ninguna impor­tancia el tipo de casa en la que hayamos vivido, cuánto dinero hayamos tenido en la cuenta de aho­rros ni la apariencia de nuestra ropa. Pero el mundo quizás sea un poco mejor por la influencia que haya­mos tenido en la vida de un niño.

Alguien opinó atinadamente: “Ni la riqueza, ni la fuerza, ni ningún otro instrumento de poder podrá ja­más ser más confiable para el logro de nuestra seguri­dad y paz interior que el saber que somos motivo de gratitud para muchas personas” (Dr. Hans Selye, The Stress of Life, Nueva York, McGraw-Hill, 1956, pág. 287).

Tal es el gozo que deriva del servicio.

Nuestro aprendizaje, nuestra experiencia y nuestro conocimiento son todos elementos que debemos usar diestramente; los tres los hemos adquirido por medio del esfuerzo personal. Nuestra conciencia, nuestro amor y nuestra fe son instrumentos delicados y valio­sos que sirven para guiar nuestro destino; los tres los recibimos de Dios.

Es mi oración que todos podamos tener una buena medida de éxito en nuestra búsqueda individual de una vida plena por medio de la obediencia a la ley, el respeto al prójimo, el autodominio y el servicio sincero. Y al hacerlo, ruego que la paz que concede Jesucristo, el Autor mismo de la vida plena, nos acompañe siempre. □

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