El dolor y el gozo ¿Que podemos aprender de Lehi?

Liahona Agosto 1988
El dolor y el gozo
¿Que podemos aprender de Lehi?
Por Keith K. Hill

Hace ya varios años, mientras visitaba a un querido amigo, lo noté muy desalentado.

Él es maestro de escuela, su esposa se dedica a las labores del hogar, y con los nueve hijos que tienen, sus recursos económicos se veían bastante limitados.

Al preguntarle cómo estaba, trató de evadir la res­puesta demostrando no tener deseos de hablar sobre sus problemas; pero finalmente, con lágrimas en los ojos, me contó sus preocupaciones familiares. Uno de sus hijos había abandonado los estudios en la escuela secundaria y se había ido a vivir a otra casa; se pasaba la mayor parte del tiempo bebiendo, mascando taba­co y en fiestas con sus amigos. La hija de dieciocho años había transgredido y planeaba casarse, pero no en el templo. El hijo de dieciséis años tenía serios problemas de alcohol y drogas. El hijo mayor de mi amigo servía en una misión, pero con los gastos del tratamiento para ayudar al que tomaba drogas, peli­graban los fondos misionales y la estabilidad econó­mica de la familia.

Mi amigo me dijo que se sentía culpable e indigno, dado que por toda la tensión que experimentaba la familia, él y su esposa se culpaban mutuamente de los problemas de los hijos, lo que hacía que el matrimonio viviera bajo mayor presión. Era notorio que se debatía ante una pregunta: ¿Por qué le sucedían esas cosas a su familia cuando él trataba de vivir el evangelio?

Muchos Santos de los Últimos Días entran al sen­dero del evangelio con ahínco, disfrutando anticipa­damente de la felicidad en que esperan vivir; sin em­bargo, por el contrario, se encuentran afligidos ante dificultades y desafíos inesperados. Algunas de las personas que enfrentan esos problemas se vuelven amargadas, poniendo en duda el amor de Dios y olvi­dándose de los compromisos que han hecho; otros llegan a perder la fe totalmente y buscan alivio a sus dolores en el pecado.

Aquellos que sufren este tipo de dolores pueden aprender de la experiencia que Lehi tuvo en el de­sierto. Lehi emprendió con ahínco la aventura que le asignó el Señor, pero años más tarde reveló el dolor y sufrimiento que había experimentado en la jornada, cuando dijo: “Te hablo a ti, José, mi postrer hijo. Tú naciste en el desierto de mis aflicciones; sí, tu madre te dio a luz en la época de mis mayores angustias” (2 Nefi 3:1).

Al igual que Lehi, mucha gente se encuentra en lo que muy bien podemos llamar el “desierto de la aflic­ción”. Se encuentran aislados de aquellos que aman debido a circunstancias totalmente ajenas a su volun­tad; desean paz, pero sólo sienten desesperación.

Y sin embargo, este tipo de experiencias puede ayudarnos a progresar. El élder Marvin J. Ashton ex­plica que “la grandeza de una persona se mide por la manera en que ésta reaccioné ante los sucesos que parecen ser totalmente injustos, desmedidos e inmerecidos” (Liahona, enero de 1985, pág. 18).

Al igual que Lehi, nosotros también debemos empezar bien

Lehi había logrado tener un hogar confortable en Jerusalén para su familia, pero cuando escuchó la voz del Señor, su corazón y su alma se llenaron de paz y gozo. Sus pertenencias materiales pasaron a ser me­nos importantes que el gozo y la esperanza que sintió ante la idea del amor que se le ofrecía por intermedio de la expiación de Jesucristo. Ese amor fue para su alma como un fruto delicioso.

Si el hombre empieza su vida en forma recta y siempre procede igual, lo más probable es que termi­ne bien. Igual les sucede a aquellos que empiezan mal y persisten en seguir así: terminarán mal. Lehi empe­zó bien; mantuvo su fe en el Señor Jesucristo y se arrepintió sinceramente de sus pecados, actuando sin hipocresía; el arrepentimiento le trajo como recom­pensa el perdón y la compañía del Espíritu Santo. Y luego de haber vivido rectamente, Lehi estaba preparado para “el desierto de sus aflicciones”.

Lehi tuvo fe y estaba agradecido

El viaje de Lehi fue una prueba de fe en el Señor. Leemos que “salió para el desierto; y abandonó su casa, la tierra de su herencia, y su oro, su plata y objetos preciosos, y no llevó nada consigo, salvo a su familia, y provisiones y tiendas, y se dirigió al desier­to” (1 Nefi 2:4).

Cuando la familia hubo viajado tres días por pa­rajes deshabitados, se detuvo y levantó sus tiendas en un valle a orillas de un río. Aquí leemos que Lehi “erigió un altar de piedras y ofreció un sacrificio al Señor, y dio gracias al Señor nuestro Dios” (1 Nefi 2:6-7). Durante el transcurso de su viaje siempre re­cordó al Señor y guardó Sus mandamientos. En cualquier lugar o situación en que se encontrara, era humilde, adoraba a Dios y agradecía al Señor su miseri­cordia y bendiciones. Aun cuando algunos pensaban que era un anciano extraviado, él siempre confió en nuestro Padre Celestial, reconociendo que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28).

La visión de Lehi del plan de Dios para su familia

Aun cuando Lehi empezó bien, ejercitando su fe en Dios con un espíritu de gratitud, no se vio libre de dolores. Aun cuando ofreció un sacrificio de agrade­cimiento, Laman y Lemuel reclamaban contra él lla­mándolo un “hombre visionario” que “los había saca­do de Jerusalén, abandonando la tierra de su heren­cia, y su oro, y su plata y objetos preciosos, para pe­recer en el desierto. Y decían que había hecho esto por motivo de las locas imaginaciones de su corazón” (1 Nefi 2:11). Al igual que los judíos en Jerusalén, Lamán y Lemuel rechazaron las palabras de su padre.

Lehi no era de piedra, sino que tenía sentimientos como cualquier hombre y necesitaba el amor y apoyo de su familia. Se había enfrentado solo a la gente de su época, pero la rebelión de sus dos hijos mayores seguramente tiene que haberle causado un dolor muy profundo.

Con un esfuerzo extraordinario, disipó) las dudas de sus hijos mayores y los persuadió a que regresaran con Nefi y Sam hasta Jerusalén para llevarse las planchas de bronce. Al demorar el regreso de éstos, Sariah, pensando que sus hijos habían muerto, también se quejó contra Lehi acusándolo de ser un viejo visiona­rio: “Tú nos has sacado de la tierra de nuestra heren­cia, y mis hijos ya no existen y nosotros pereceremos en el desierto” (1 Nefi 5:2).

Existen pocas cosas que sean más dolorosas que cuan­do nuestro cónyuge, la persona de quien siempre espe­ramos apoyo, se aleja de nosotros por medio de la con­tención y la falta de comprensión. Lehi amaba a su es­posa y a sus hijos y deseaba que entendieran las vías de Dios como él las entendía. El hecho de ver que sus hi­jos se rebelaban debe de haber sido muy doloroso, pero el que su esposa haya expresado las mismas acusaciones y temores probablemente le debe de haber causado un dolor mayor aún. Circunstancias como éstas pueden crear el temor y la duda, y hacer que una persona no esté segura de sí misma, o quizás ni siquiera de Dios.

Con tales sufrimientos, Lehi pudo haberse alejado fácilmente de Dios; no obstante, por el contrario, se acercó a Él con fe y confianza. Más tarde recibió lo que llamamos ahora el “sueño de Lehi”; en esa visión se le mostró que sus hijos tenían el libre albedrío y que se podían rebelar contra él y Dios y perder el Espíritu del Señor, o podían confiar en Dios y gustar los mismos deliciosos frutos del evangelio que él disfrutaba. Ellos tenían la libertad de decidir.

El hecho de que Lehi comprendiera este problema probablemente no mitigara el dolor que sentía, pero seguramente eliminó cualquier sentimiento de culpa­bilidad y a la vez le reafirmó la bondad de Dios y el interés personal que Él tiene en la vida de todos Sus hijos.

La experiencia de Lehi nos recuerda que las prue­bas y sufrimientos pueden ser instrumentos en las ma­nos de un Dios misericordioso con los cuales forja a sus hijos para que se ajusten a los requisitos de la exaltación. John Taylor, quien vio su propia fe puesta a prueba, mencionó que el profeta José Smith dijo en una oportunidad: “Dios os cuidará, y tomará vues­tro corazón y lo retorcerá hasta sus mismas fibras; y si no podéis resistir estas pruebas, no tendréis parte en la herencia del Reino Celestial de Dios” (Liahona, agos­to de 1973, pág. 37).

En la actualidad, el élder Marvin J. Ashton ha he­cho notar que la mano de Dios está en todas partes, diciendo: “Cuando tenemos que enfrentar el dolor, la tragedia y las tribulaciones, sería un gran consuelo .si al oír a Dios preguntarnos: ‘¿Sabes por qué pasa esto?’, pudiéramos contestarle llenos de paz: ‘Yo no, pero tú sabes’.

“La paz es lo opuesto al temor. Es una bendición que reciben aquellos que confían en Dios, y que se establece por la rectitud individual”. (Liahona, enero de 1986, pág. 53.)

Lehi perseveró

Así como el acero fino se debe calentar y enfriar, para luego volver a calentarlo, así también los hijos de Dios que llegarán a la exaltación deben ser mu­chas veces templados en el fuego y probados en las aguas de la adversidad. A Lehi se le había dicho que heredaría una tierra prometida; sin embargo, parecía que en cambio había recibido aflicción, pena y dolor.

Cuando a Nefi se le rompió el arco y su familia se enfrentó a la amenaza del hambre por varios días, tanto Laman y Lemuel como los hijos de Ismael se enfurecieron. Aun Lehi empezó a quejarse del Señor; las murmuraciones de sus hijos, la fatiga, su edad avanzada, los interminables días de andar errantes y la amenaza del hambre deben de haber afligido su alma.

El Señor respondió a las quejas de Lehi; leemos que “la voz del Señor habló a [Lehi]; y verdadera­mente fue reprendido por haber murmurado en con­tra del Señor, a tal grado que sintió una intensa aflic­ción” (1 Nefi 16:25). Luego de haber sido reprendido por el Señor, Lehi se arrepintió y agradeció a Dios. Después se repuso, se fortaleció y continuó adelante con fe.

Luego de una corta permanencia en la tierra de Abundancia, él y su familia abordaron el barco que los llevaría a través de los mares. Una vez en el bar­co, Lehi padeció nuevamente por las acciones de algunos de sus hijos. Laman, Lemuel y los hijos de Is­mael, junto con sus esposas, “empezaron a holgarse” y “se entregaron a una rudeza desmedida”. Cuando Nefi trató de hablar con ellos, Laman y Lemuel lo amarraron, tras lo cual se desencadenó una gran tor­menta que amenazó con hundir la embarcación.

Leemos que Lehi y Saríah, “siendo de una edad muy avanzada, y habiendo padecido mucha aflicción a causa de sus hijos, cayeron enfermos, sí, aun tuvie­ron que guardar cama.

“Y a causa de su dolor y mucha pena, y la iniqui­dad de [Lamán y Lemuel], llegaron casi al punto de ser llevados de esta vida para volver a su Dios; sí, sus cabellos blancos estaban a punto de ser depositados en el polvo; sí, por poco fueron sepultados con dolor en las aguas” (véase 1 Nefi 18:8-18).

Muchos de nosotros esperamos con anhelo el mo­mento de poder vivir tranquilos y descansados, y pensamos que el Señor “nos debe un final feliz”. Sin embargo, puede que para muchos de nosotros ese fi­nal feliz no llegue en esta vida. El desafío que enfren­tamos entonces es resistir en medio de nuestras aflic­ciones hasta que éstas terminen.

Mientras tanto, el refinamiento de nuestras almas continúa llevándonos a experimentar el perdón de Dios y recibir el consuelo que viene del Espíritu. Es interesante notar que las mismas cosas que tratan de separarnos de Dios son las que a menudo nos acercan más a Él. Después que el Apóstol Pablo pasó casi toda su vida sufriendo persecuciones y pruebas, exclamó:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribu­laciones, o angustia, o persecución, o hambre, o des­nudez, o peligro, o espada?. . .

“Antes, en todas estas cosas somos más que vence­dores por medio de aquel que nos amó.

“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,

“ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 8:35, 37-39.)

También Lehi descubrió la paz. Luego de vagar en medio de las tribulaciones en el desierto y llegar a la tierra prometida, poco antes de su muerte, escribió:

“El Señor ha redimido a mi alma del infierno; he visto su gloria, y estoy para siempre envuelto entre los brazos de su amor” (2 Nefi 1:15).

El “desierto de la aflicción” había hecho su obra, como lo hace con aquellos que empiezan bien y con­tinúan de la misma forma. El alma de Lehi se había purificado, había resistido las pruebas y ya estaba pre­parado para recibir la recompensa que el Señor le había prometido.

Al igual que Lehi, mi amigo también llegó al final de su “desierto” personal. Sus hijos han regresado a la fe de los padres y están tratando de ceñir sus vidas al ejemplo que dejó Cristo. No fue fácil enfrentar los problemas, pero todos los han soportado bien.

Por supuesto que no todas las historias terminan como nos gustaría. Es digno de considerar el serio hecho de que los dos hijos de Lehi jamás reconocie­ron la virtud de su padre; sin embargo, eso no fue una razón para que Lehi, Saríah, Nefi, Sam, Jacob o José se apartaran del amor de Dios.

Después de todo, la exaltación nos llega en forma individual cuando “nos ocupamos de nuestra salva­ción con temor y temblor” (véase Filipenses 2:12).

Quizás, en medio de nuestro “desierto de aflicciones”, nos ayude el recordar estas palabras:

Y cuando torrentes tengáis que pasar,
los ríos del mal no os pueden turbar;
pues yo las tormentas podré aplacar,
salvando mis santos, salvando mis santos,
salvando mis santos de todo pesar.

(“¡Qué firmes cimientos!”, Himnos de Sión, 144.) □

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