Claves para fortalecer a las familias

Liahona Noviembre 1990
Claves para fortalecer a las familias
Por William G. Dyer y Phillip R. Kunz

Un estudio revela algunos de los principios básicos que sirven para fortalecer a las familias santos de los últimos días.

La mayoría de los informes actuales sobre las fami­lias señalan los proble­mas por los que éstas están pasando, tales como el divorcio, el maltrato físico, el uso de las drogas, el incesto, el suicidio, etc. En vista de todo eso, tal vez surja la pregunta: ¿quedan aún familias fuertes y estables y, si las hay, cuál es el factor que las ayuda a tener éxito?

Con el fin de determinar los puntos que las familias Santos de los Últimos Días unidas y fuertes tienen en co­mún, llevamos a efecto un estudio en el que les pedimos a varios presiden­tes de estaca de diversas partes de los Estados Unidos que nos proporcio­naran una lista de quince familias de su estaca que, a su parecer, fueran las más sobresalientes. (A pesar de que las familias utilizadas en este es­tudio residen en los Estados Unidos, los principios básicos que se manifes­taron se aplican a las familias de San­tos de los Últimos Días de todo el mundo.) Las entrevistas que se lleva­ron a cabo posteriormente demostra­ron que casi todas las doscientas familias seleccionadas participaban activamente en la Iglesia y había fuertes lazos entre padres e hijos.

El estudio se limitó a aquellas fami­lias que tenían por lo menos un hijo que aún vivía en el hogar paterno, y por lo menos otro más en edad de casarse, o para ir a una misión o a la universidad. Después de analizar las encuestas y entrevistas, encontramos que todas las familias que participa­ron en el estudio tenían doce prácti­cas en común y, no obstante que diferían de muchas otras maneras, manifestaron semejanzas extraordi­narias en ciertos aspectos básicos.

  1. Se dedican al Evangelio de Jesu­cristo.

Es obvio que, en un momento de­terminado, estas parejas tomaron la resolución de que su familia sería ac­tiva en la Iglesia.

La resolución que estos padres han tomado se manifiesta en tres aspec­tos: (a) asistencia a las reuniones de la Iglesia, (b) el pago de un diezmo íntegro, (c) la voluntad de aceptar llamamientos en la Iglesia. Estos fac­tores formaban parte de casi todas las familias entrevistadas.

Una de ellas comentó: “Lo más im­portante para nuestra familia es el amor que sentimos por el evangelio. Sabemos cuál es el propósito de la vida, y sabemos que nuestros hijos son importantes. Nuestro Padre Ce­lestial es nuestro socio, y contamos con su ayuda una vez que hayamos hecho nuestra parte. Vivimos sin mu­chas de las comodidades de las que gozan los vecinos porque sabemos que el ayudar a un hijo es mucho más importante que tener una casa grande u otras posesiones materiales. Lo más importante en la vida son las misiones, el casamiento en el templo y el mantenernos unidos”.

El setenta y tres por ciento de estas familias indicó que siempre, o por lo general, efectuaba la oración fami­liar por la mañana y por la noche. Muchos de los que dijeron que la lle­vaban a cabo sólo de vez en cuando recalcaron que a causa de los hora­rios de los miembros de la familia a veces les era imposible reunirse todos al mismo tiempo. Un padre de familia dijo: “Tenemos nuestras oraciones familiares tan frecuentemente como nos es posible, pero es difícil hacerlo por la mañana y por la noche ya que algunos de nuestros hijos trabajan y tienen diferentes horarios. Raras veces nos encontramos todos en casa al mismo tiempo, pero los domingos siempre oramos juntos”.

Este mismo problema, el de los horarios, hizo difícil que todas las familias llevaran a cabo la noche de hogar o leyeran juntos las Escrituras. Sin embargo, el sesenta y seis por ciento afirmó que siempre, o por lo general, efectuaba la noche de hogar todas las semanas. El tercio restante se reúne sólo de vez en cuando.

Con respecto a la lectura diaria de las Escrituras, sólo un treinta por ciento lo hace, mientras que el otro setenta por ciento indicó que lo podían hacer de tiempo en tiempo. Según los antecedentes de estas parejas, su dedi­cación religiosa no se puede atribuir a una sola cosa; por el contrario, han llevado vidas muy variadas. Muchos son conversos a la Iglesia. A causa de la Segunda Guerra Mundial y la guerra con Corea, menos de la mitad de los padres que participaron en este estudio sirvieron en mi­siones; menos de la mitad se graduaron de seminario; más del veinte por ciento se bautizaron después de los ocho años de edad. Naturalmente, muchos de ellos provenían de familias Santos de los Últimos Días activas, que habían sido miembros de la Iglesia por varias generaciones y habían gozado de tradiciones que para ellos eran impor­tantes al criar a sus propios hijos. Otros provenían de familias menos activas o donde sólo algunos eran miem­bros de la Iglesia, o se criaron en hogares donde nadie era miembro y más tarde se unieron a la Iglesia.

  1. Muestran amor y unidad familiar.

Aparte de la poderosa influencia que la Iglesia tiene en sus vidas, estas familias señalan que el amor y la unidad son los factores más importantes en su éxito como familia. Una de ellas declaró: “Nos encanta estar juntos; una de las cosas que más nos gusta hacer es sentarnos a conversar y gozar de la compañía mutua. Verdaderamente desea­mos estar juntos por la eternidad”.

Para la mayoría de estas familias, el tener ese amor, ese apoyo y esa unidad familiar no fue algo automático, sino que fue el resultado de la buena enseñanza y el esfuerzo. Los padres alentaban a sus hijos a que se apoyaran mu­tuamente, como por ejemplo asistiendo a actividades en donde participara un hermano o una hermana.

Además de demostrarse apoyo mutuo en las actividades fuera del hogar, estas familias trabajan y se divierten juntas. Las vacaciones familiares, siempre que sea posi­ble, se convierten en una experiencia unificadora.

  1. Se fijan metas.

Estas familias parecen tener una visión clara del curso que deben seguir y las metas que desean alcanzar. Todos los participantes indicaron que deseaban lo mismo para sus hijos: una buena educación, que se casen en el templo, que reconozcan su propia estimación y tengan una imagen positiva de sí mismos, que sientan amor por la familia y dedicación hacia la Iglesia, que sirvan en una misión y tengan buen comportamiento.

Los miembros de la familia se reúnen regularmente para hablar en cuanto a lo que desean lograr como fami­lia; su plan es estar juntos para siempre, de manera que se fijan metas específicas que mencionan con regularidad cuando los niños son pequeños, y más tarde cuando em­piezan a hacer planes para sus misiones, su educación y el casamiento en el templo. Incluso los miembros peque­ños de las familias podían mencionar estas metas de ma­nera clara y concisa.

  1. Enseñan y conversan.

Los padres de estas familias dedican una porción con­siderable de tiempo para hablar con sus Hijos, enseñarles y ayudarles a hacer frente a los problemas o preocupacio­nes que puedan tener. Una pareja lo expresó de la si­guiente manera:

“Ha sido una gran ventaja para nuestra familia el poder hablar libremente el uno con el otro, así como con nuestros hijos, en cuanto a sentimientos, problemas, metas, disgustos y gozos. Lo hacemos mientras trabaja­mos o jugamos juntos. Algunas veces permanecemos sentados alrededor de la mesa después de terminar de comer para continuar conversando. A veces estudiamos juntos libros de consulta, leemos en voz alta o contamos chistes.”

Una parte de esta experiencia de aprendizaje requiere la lectura frecuente de buenos libros: literatura clásica, biografías, poesía. Además, el noventa y siete por ciento de estas familias se suscribe regularmente a las revistas de la Iglesia.

Estas familias pasan el cincuenta por ciento menos tiempo viendo la televisión que el promedio nacional. Cuando preguntamos si en sus hogares controlaban el tipo de programas que veían en la televisión, la mayoría respondió afirmativamente, haciendo la aclaración de que gran parte de ese control consistía en imponer pautas y confiar en que los hijos las siguieran. Un padre declaró: “Recientemente, cuando en una encuesta escolar les pre­guntaron a nuestros hijos cuál era su programa de televisión favorito, respondieron: ‘las noticias’. Proba­blemente fue porque toda la familia las mira y luego hablamos sobre los acontecimientos actuales.”

  1. Establecen pocas regías pero esperan elevadas nor­mas de conducta.

Casi todas las familias establecen tres reglas: (a) tratar a todos los miembros de la familia con respeto; (b) avisar a los padres a dónde van y la hora a que regresarán; (c) ser honrados y dignos de confianza.

Al ir creciendo, los hijos han sabido lo que sus padres esperan de ellos. Un joven declaró: “Recuerdo una oca­sión en que uno de mis amigos me preguntó si me gustaría acompañarlo al cine un domingo por la tarde. Le dije que no, y él quiso saber la razón. Me preguntó si ésa era una de nuestras reglas. Me puse a pensar en ello y de pronto me di cuenta de que sí era una de nuestras reglas, pero nunca nadie lo había expuesto en esas palabras. Simple­mente era una de las cosas que nuestra familia nunca haría”.

Los padres que se interesan por saber dónde están sus hijos les comunican un mensaje que dice: “Eres impor­tante para nosotros y nos interesa tu bienestar”.

  1. La disciplina es firme pero justa.

La forma en que estos padres disciplinan es principal­mente mediante el diálogo. Cuando los hijos no hacen lo que se espera de ellos, los padres se sienten presionados a actuar de alguna manera. El noventa y siete por ciento mencionó que el tratar de razonar con el hijo o la hija era su primer recurso; si esto no daba resultados positivos, por lo general le negaban algunos privilegios. Algunos acababan por darle unas palmadas, aunque eso sólo ocu­rría en el caso de los niños pequeños. Sin embargo, el cuarenta y cinco por ciento reveló que nunca disciplina­ban a sus hijos por media del castigo físico. La mayoría de estos padres trataban de utilizar tácticas positivas, tales como las alabanzas y recompensas, a fin de que los hijos hicieran lo debido, en vez de castigarlos por su comportamiento negativo.

  1. Expresan su amor.

Estas familias expresan abiertamente su amor y sus elogios. A continuación se enumeran las maneras más frecuentes de hacerlo:

  • Decírselo personalmente.
  • Ayudarles.
  • Acariciarlos.
  • Escribirles o hablarles por teléfono.
  • Besarlos
  • Proveerles lo necesario.

Entre las familias que participaron en nuestro estudio, la manera más común de demostrar amor o aprobación es mediante expresiones verbales de elogio o amor, o mediante el servicio.

Las entrevistas realizadas indican que estas familias varían en las formas en que expresan su amor y aproba­ción; no obstante, la evidencia es bastante ciara de que abunda la comunicación, el contacto y el cariño.

  1. Se apoyan mutuamente en tiempos de tribulación.

Quizás una de las características más importantes de estas buenas familias es la forma en que se apoyan mutua­mente frente a las tribulaciones. Todas estas familias habían tenido dificultades y aflicciones, pero en vez de dejarse vencer por la adversidad, era como si algo los hubiese unido más. La mayoría en realidad no se refirie­ron a sus problemas como adversidad. Un padre declaró: “Mi hijo mayor se fue de casa; a nuestra hija menor le diagnosticaron cáncer; uno de nuestros hijos empezó a beber y a usar drogas. Cuando mi negocio empezó a decaer, mi socio me abandonó, dejándome con todas las deudas”. La reacción de este hombre frente a la adversi­dad fue semejante a la de muchos de los participantes en el mencionado estudio: acudieron al Señor en oración y ayuno, ejercieron su fe, se “ciñeron los lomos”, desarro­llaron paciencia, reunieron a sus hijos y juntos buscaron la solución a los problemas.

  1. Extienden apoyo familiar.

En estas familias, el apoyo mutuo va más allá de los miembros de la familia inmediata. Los integrantes de estas familias —ya sea que aún vivan en casa o no — continúan gozando de los lazos familiares con tíos, tías, abuelos y primos.

El ochenta y cinco por ciento de los padres indicaron que los amigos de sus hijos surtían también una influen­cia positiva. Señalaron que ellos habían tenido algo que ver en la selección de esos amigos, ya que invitaban a las amistades de sus hijos a las actividades que efectuaban en el hogar y de esa forma llegaban a conocerlos: veían cómo se comportaban y qué hacían.

  1. Saben que el hogar es un lugar donde todos están bastante ocupados.

Los miembros de estas familias participan activamente en diversas actividades tanto en el hogar como en el trabajo, la escuela y la Iglesia. Estas familias no se man­tienen alejadas del mundo; se esfuerzan por ayudarse mutuamente en estas diferentes actividades.

Los hijos por lo general participan en actividades de escultismo o trabajan fuera de la casa, además de las actividades deportivas y escolares.

  1. Trabajan.

Casi sin excepción, estos padres indicaron que sus hijos tenían que realizar quehaceres en el hogar. Casi todas las respuestas manifestaban una preocupación por los hábi­tos de trabajo de los hijos; el setenta y siete por ciento de las familias indicaron que los hijos llevaban a cabo que­haceres domésticos. El grupo que hacía la menor cantidad de quehaceres eran los hijos mayores (por lo general ex misioneros) que vivían en casa y que trabajaban o estu­diaban. Cabe mencionar que el sesenta por ciento indicó que los hijos hacían su trabajo de buena gana. En cambio, para el otro cuarenta por ciento, el lograr que los hijos hicieran los quehaceres en el hogar algunas veces era un problema bastante difícil.

En lo que respecta a dar a los hijos cierta remunera­ción, el cuarenta y tres por ciento de los padres lo hacía, mientras que el cincuenta y siete por ciento no. Estas familias creen firmemente que el trabajo es algo bueno y de gran valor. Más del cuarenta por ciento señaló que requerían que los hijos trabajaran por el dinero que recibían, y la mayoría de estos hijos empezaron a trabajar en algún trabajo sencillo, fuera de casa, tan pronto como tuvieron la edad suficiente para hacerlo.

  1. Los padres se aman y apoyan mutuamente.

Entre las doscientas familias había una aceptación ge­neral del papel tradicional de los cónyuges. Por lo gene­ral, los hombres eran los que proveían para la familia; no obstante, algunas de las mujeres también trabajaban fuera del hogar. Estas se encargaban principalmente de la responsabilidad del hogar, pero ambos enseñaban y disciplinaban a los hijos.

Una pareja hizo la siguiente observación: “Hace mucho tiempo nos enamoramos e hicimos la promesa de que nos esforzaríamos por estar juntos en esta vida y la venidera. Algunas veces hemos tenido dificultades, pero las hemos superado y, a medida que los años pasan, nuestro amor se fortalece. El período más difícil fue cuando los hijos llegaron a la edad de la adolescencia, pero salimos ade­lante. En realidad nos amamos y nuestros hijos lo perci­ben. Hablamos y expresamos lo que sentimos; oramos juntos y hacemos muchos planes en cuanto a nuestra familia. Creemos firmemente que el Señor nos ayuda en nuestra familia y con nuestros hijos”.

Todos estos padres tenían como meta principal la de criar una buena familia; reconocen que tienen debilidades y faltas, y ninguno afirma ser perfecto. Muchos confiesan que no están seguros de que hayan logrado el éxito. Declaran: “Esperemos hasta que crezcan nuestros nietos”. Pero claramente se manifiesta que lo más importante en ,su vida es que están tratando de vivir guiándose mediante las normas y los valores del evangelio.

Asimismo, desean estar unidos como familia. Parecería que, en general, al tratar de lograr estas metas, los padres de estas familias son felices en su matrimonio y creen que están logrando algo bueno y valioso en sus vidas. □

Williarn G. Dyer, decano emérito de la Facultad de Administración de Empresas de la Universidad Brigham Young, es presidente de la Estaca BYU First. Phillip R. fíunz, profesor de sociología de la Universidad Brigham Young, reside en el Barrio F.dgemont F.ighl, Estaca Provo Edgemont South.

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