Lo que podemos darle al Señor

Liahona Diciembre 1987
Lo que podemos darle al Señor
Por el presidente Ezra Taft Benson

Al comenzar esta época de dar y recibir por acercarnos a la Navidad, me gustaría hablar de algunos de los muchos dones (o “regalos”) que hemos recibido de nuestro Señor Jesucristo, y de lo que nosotros podemos darle a Él.

Primero, estableció para nosotros un modelo per­fecto —El mismo— que debemos tomar como ejem­plo para nuestra vida. Él dijo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus ami­gos” (Juan 15:13). No sólo nos dio el ejemplo de una vida terrenal perfecta, sino que por nosotros dio tam­bién su vida, pasando tanto en cuerpo como en espíritu por una agonía que no podemos siquiera con­cebir, para darnos la gloriosa bendición de la expia­ción y la resurrección (véase D. y C. 19:15-19).

Hay personas que están dispuestas a morir por su fe, pero no a vivir por ella. Cristo vivió y murió por nosotros. Si seguimos sus pasos, por medio de su ex­piación podemos obtener el don más grande de todos —la vida eterna— que es la que vive el Gran Eterno, nuestro Padre Celestial.

Jesucristo hizo esta pregunta a los nefitas: “¿Qué clase de hombres debéis ser?”, y luego El mismo la respon­dió diciéndoles que debían ser así como Él es (véase 3 Nefi 27:27).

Aquel cuya vida se aproxime más al modelo de la de Cristo es el más grande, más bienaventurado y más lleno de gozo. Pero esto no tiene nada que ver con riqueza, poder o prestigio terrenal. La única prueba verdadera de grandeza, bienaventuranza y go­zo es el grado hasta el cual podamos ser como el Maestro, Jesucristo. Él es el camino verdadero, la plena verdad y la vida en abundancia.

Segundo, además del don de la vida de Cristo, está el de su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra” (D. y C. 1:30). No hay salvación ni exaltación para nosotros fuera de la Iglesia; mediante ella recibimos el bautismo, el sacerdocio, el matrimonio celestial y otras ordenanzas vitales; ella es el medio organizado que Dios emplea para establecer y expandir Su obra. Debemos trabajar con la Iglesia y en ella, edificarla y hacerla avanzar.

Debemos estar dispuestos a dedicarle generosamen­te nuestro tiempo, talento y bienes. Pase lo que pase con el mundo, la Iglesia crecerá y se fortalecerá y estará intacta cuando el Señor venga otra vez.

Dios nos ha asegurado que jamás volverá la Iglesia a desaparecer de la tierra por causa de apostasía, y ha dicho que está complacido con ella, hablando colec­tiva y no individualmente (véase D. y C. 1:30).

La Iglesia es verdadera; obedeced sus preceptos, asistid a sus reuniones, sostened a sus líderes, aceptad sus llamamientos, disfrutad de sus bendiciones.

Tercero, además de los dones de la vida de Cris­to y de su Iglesia, tenemos el don de las Escri­turas y, en particular, del Libro de Mormón.

El profeta José Smith declaró que “el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus precep­tos que los de cualquier otro libro” (Enseñanzas del profeta José Smith, págs. 233-234).

El Libro de Mormón fue escrito para nuestros días. Mormón, el Profeta que lo compiló, vio nuestra épo­ca en una visión, y se le dirigió para que pusiera en él todo aquello que Dios consideraba que sería especial­mente necesario para nosotros; por lo tanto, debemos conocerlo mejor que cualquier otro libro.

No solamente debemos conocer la historia y los relatos inspiradores que contiene, sino también com­prender sus enseñanzas. Si realmente cumplimos nuestro deber estudiando concienzudamente la doc­trina que encierra, podremos encontrar las verdades que pongan al descubierto los errores y combatan las falsas teorías y filosofías de los hombres, que están en boga en nuestros días.

Ahora bien, la vida de Cristo, su iglesia y el Libro de Mormón son sólo parte de los dones con que Jesu­cristo nos ha bendecido para toda la vida. Por lo tan­to, os pregunto, mis hermanos, ¿qué podríamos darle al Señor en esta Navidad? Considerando todo lo que Él ha hecho y hace por nosotros, nos daremos cuenta de que hay algo que podemos darle a cambio.

El grandioso regalo que Cristo nos hizo fue su vi­da y su sacrificio. ¿No debería ser entonces ése mismo nuestro pequeño regalo para El: nuestra vida y sacrificio ahora y en el futuro?

Los hombres y mujeres que se dedican a obedecer la voluntad de Dios descubren que Él puede hacer de sus vidas mucho más de lo que ellos harían; Él les hace más profundo el gozo, les expande la visión, les vivifica el entendimiento, les fortalece los músculos, les eleva el espíritu, les multiplica las bendiciones, les aumenta las oportunidades, los consuela, les pro­vee amigos y derrama Su paz sobre ellos. Cualquiera que pierda su vida en el servicio de Dios encontrará la vida eterna (véase Mateo 10:39). Pero además, al perder la vida en Su servicio, se encuentra la vida en abundancia y, cuando lo sacrificamos todo por Dios, El, a su vez, comparte todo lo que tiene con noso­tros.

Por mucho que nos esforcemos, nunca podremos tener al Señor por deudor, pues cada vez que trata­mos de hacer su voluntad El derrama más bendicio­nes sobre nosotros; a veces quizás parezca que tardan en llegar —tal vez como prueba de nuestra fe—, pero llegarán, y en abundancia.

El presidente Brigham Young dijo:

“He oído a muchas personas hablar de lo que han sufrido por causa de Cristo, y me siento feliz de poder decir que yo nunca he tenido que sufrir. He pasado por mucho, pero si vamos a hablar de sufrimiento, lo he comparado muchas veces, para mí mismo y ante congregaciones, con un hombre que teniendo un abrigo viejo, sucio y andrajoso recibiera de otro uno nuevo, hermoso e inmaculado. Esa es la comparación que hago cuando pienso en lo que he sufrido por cau­sa del evangelio: que he tirado a la basura un abrigo viejo y me he puesto uno nuevo.” (Discourses of Brigham Young, pág. 348.)

Los santos no sufren jamás como los pecadores.

Una joven que había sacrificado sus planes y pasado largas y tediosas horas en el trabajo pa­ra criar a su hermanito al quedar ambos huér­fanos, yacía en su lecho de muerte e hizo llamar al obispo; mientras le hablaba, él sostenía entre las suyas una de las manos de la joven, ásperas y encalle­cidas por el trabajo. Ella le hizo esta pregunta: “¿Có­mo sabrá Dios que yo soy suya?” El obispo le levantó suavemente la muñeca y le contestó: “Muéstrale tus manos”.

Algún día veremos esas manos que sacrificaron tanto por nosotros. ¿Están las nuestras limpias y muestran las señales de estar al servicio del Señor?

¿Es nuestro corazón puro y estamos llenos de los pen­samientos de Cristo?

Todas las semanas hacemos un convenio solemne de ser como El, recordarlo siempre en todo y guardar Sus mandamientos; a cambio, el Señor nos promete su Espíritu.

Hubo una época en que conocíamos muy bien a nuestro Hermano Mayor y a su (y nuestro) Padre Ce­lestial; nos regocijábamos ante la perspectiva de una vida terrenal que nos permitiera tener una plenitud de gozo, y estábamos ansiosos por demostrarles, a nuestro Padre y a nuestro Hermano, el Señor, cuánto los amábamos y que seríamos obedientes a pesar de la oposición del adversario en la tierra.

Ahora estamos acá y nuestra memoria está cubier­ta por un velo. Acá demostramos, a Dios y a nosotros mismos, lo que podemos hacer. Y nada nos sorpren­derá más que, al pasar al otro lado del velo en la eternidad, poder damos cuenta de lo bien que cono­cemos a nuestro Padre y lo familiar que nos es su rostro.

Dios nos ama y nos cuida. Él quiere que tengamos éxito, y algún día sabremos que no ha dejado nada por hacer en cuanto al bienestar eterno de cada uno de nosotros. Y si pudiéramos saberlo, nos enteraríamos de que en los cielos tenemos amigos a quienes no recordamos que anhelan nuestra victoria. Este es el momento de demostrar lo que podemos ha­cer y hasta qué punto estamos dispuestos a vivir y sacrificarnos por Dios diariamente, hora a hora, al instante. Si lo damos todo en su servicio, recibiremos de Él, que es el más grande de todos, todo lo que tiene.

Dad a Dios lo mejor de vosotros y recibiréis lo mejor de Él.

Ruego que el Señor esté con vosotros en esta épo­ca y siempre. □

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