Hoy se ha cumplido esta escritura

Liahona Diciembre 1987
El ungido, el gran Rey
“Hoy se ha cumplido esta escritura”
Por Keith H. Meservy

En Jesucristo se cumplieron las antiguas profecías acerca del Mesía prometido, el cual murió para que tuviéramos vida.

Nuestra fe está cimentada en el testimonio de que Jesús es el Cristo o, en otras palabras, el Mesías. Según Pablo lo declara, esto signifi­ca “Que [el Mesías] murió por nuestros pecados, con­forme a las Escrituras;

“y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día. . .” (1 Corintios 15:3-4.)

Para ayudar al lector a comprender la idea hebrea más claramente, he sustituido en este artículo la pa­labra hebrea “Mesías” en corchetes por la palabra griega “Cristo”.

La mayoría de la gente que vivió durante la época de Cristo no esperaba, sin embargo, que el Mesías fuera a sufrir y finalmente morir. Aun los Apóstoles se hallaban confusos acerca del papel sacrificador del Mesías.

¿Eran los anuncios proféticos acerca del papel que desempeñaría el Mesías tan poco claros que causaron que se difundiera un concepto erróneo del mismo? ¿Estaba la gente tan poco familiarizada con las Escri­turas que sus creencias en cuanto al Mesías eran in­fundadas?

El Ungido, el gran Rey

El título hebreo mesías y su equivalente en griego cristo significan el ungido y se podía utilizar para un gran número de llamamientos. El título mashia (el un­gido) se aplicaba a cualquiera —a un sacerdote, a un rey o a un profeta— que fuera ungido con aceite para ministrar en nombre de Dios. (Véase Éxodo 29:29; 1 Samuel 10:1; 1 Reyes 19:16.) Jesús fue todo eso: Profeta, Sac­erdote y Rey.

Su ungimiento se llevó a cabo en el cielo, debido a que Dios, sabiendo de antemano que tendría lugar la caída de Adán, sabía también que se necesitaría un redentor. Fue allí que Jesús se convirtió en “el Hijo de Dios, ungido desde antes de la fundación del mun­do” (Enseñanzas del profeta José Smith, compilación de Joseph Fielding Smith, Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1975, pág. 324). Fue por esa razón que Juan identificó a Jesús como el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8).

Aun cuando el papel principal del Hijo de Dios fue conquistar la muerte física y espiritual, muchas profecías, al hablar del Ungido, lo hacen concen­trándose principalmente en su papel de rey. Una an­tigua profecía declaraba: “No será quitado el cetro de Judá,

“Ni el legislador de entre sus pies,

“Hasta que venga Siloh;

“Y a él se congregarán los pueblos.” (Génesis 49:10.)

Cuando David, de la tribu de Judá, ascendió al trono, el Señor le prometió que su posteridad heredaría el trono eternamente. (Véase 1 Crónicas 17:11-14.) De esa manera, el Mesías ocuparía el tro­no de David. Isaías escribió sobre Él lo siguiente:

“Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, dis­poniéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. . . ” (Isaías 9:7.)

Por lo tanto, el título Hijo de David llegó a tener el mismo significado que Mesías, y cualquiera que lla­mara a Jesús por ese nombre demostraba que conside­raba al Señor de esa manera.

Cuando por fin llegó el momento de mostrarse co­mo el Rey de Israel, lo hizo siguiendo el antiguo ejemplo establecido por Salomón quien, después de haber sido ungido rey en Gihón, su séquito real lo montó en una mula y lo acompañó a Jerusalén donde fue recibido con gran alegría y alboroto por el pueblo que gritaba “¡Viva el rey Salomón!” (Véase 1 Reyes 38-45.) Con seguridad a otros sucesores también se les debe haber ungido de manera similar. De ese mo­do, Dios les reveló a los judíos que de esa manera podrían reconocer a su Rey cuando éste viniera a ellos:

“Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.” (Zacarías 9:9.)

Al elegir entrar en Jerusalén montado en un asno, Jesús —su nombre mismo que significaba que salvaría a su pueblo— anunció que Él era el Rey del cual se había profetizado que traería la salvación. Por consi­guiente, los judíos creyentes lo recibieron emociona­dos, diciendo “¡Hosanna!”, que significa ¡sálvanos!, y gritaban “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor, paz en el cielo, y gloria en las alturas!” (Marcos 11:7-10; Lucas 19:35-38.)

El Heredero real del trono había llegado a la ciu­dad real. Sus enemigos pronto lo crucificarían —pen­sando haber logrado una victoria— pero por el mo­mento, el Dios de salvación hacía su entrada triunfal en Jerusalén, dejando bien claro su mensaje de que Él era el Mesías real.

El Legislador

Después que Moisés estableció el con­venio de Dios y la ley en Israel y se pre­paró para dejar a su pueblo, les acon­sejó que se prepararan para aceptar a otro profeta como él. Porque Dios ha­bía prometido que: “Profeta les levan­taré de en medio de sus hermanos, co­mo tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare.

“Más a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta.” (Deuteronomio 18:18—19.)

Al igual que Moisés, ese profeta haría un nuevo convenio e impondría nuevas leyes. Jeremías escribió sobre ese nuevo convenio con la casa de Israel, di­ciendo que, según las palabras de Dios, no sería “co­mo el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto”, sino que sería como una ley escrita “en su corazón”. (Jeremías 31:31-33.)

Pedro declaró que Jesús era el profeta mesiánico que todo Israel estaba esperando:

“Porque Moisés dijo a los padres; El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os ha­ble. . .

“A vosotros primeramente, Dios habiendo levan­tado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.” (Hechos 3:22, 26.)

La ley de Moisés dada a Israel suplantaba la anti­gua ley del evangelio conocida en la época de Abraham, haciendo que todo fuera nuevo. (Véase Gálatas 3:8, 19; D. y C. 84:19-27.) De una manera similar, Jesús también hizo que todo fuera nuevo bajo su ley cuando cumplió con la ley mosaica y le restau­ró a Israel la plenitud del evangelio. (Véase Hebreos 7-10.) Sabiendo que eso ocurriría, Nefi instó a su pueblo a que observara la ley de Moisés hasta que viniera el nuevo legislador, luego de lo cual debían estar preparados para dejarla porque “. . . Las pala­bras que él os hable serán la ley que observaréis” (2 Nefi 26:1; cursiva agregada). Solamente Alguien con una autoridad similar a la de Moisés podría reemplazar la ley de Moisés. (Véase 3 Nefi 15:8-9.)

Tanto por la palabra como por los hechos Jesús mismo les dio a los judíos mensajes muy claros de que un nuevo legislador habría de reemplazar a Moisés.

En el Sermón del Monte el Señor volvió a definir las leyes mosaicas del adul­terio, el divorcio, los juramentos, la retribución y el amor. (Véase Mateo 5:27-47.)

Su nuevo convenio y su nueva y divina legislación demostró a los judíos que Alguien como Moisés se había levantado para cumplir la profecía, y a todo aquel que la rechazara, tal como Moisés lo había dicho, Dios lo haría responsable.

Emanuel, o Dios con nosotros

Dos pasajes del libro de Isaías hablan del divino niño que nacería. El pri­mero promete que una “. . . virgen concebirá y dará a luz un hijo y lla­mará su nombre Emanuel”, que sig­nifica Dios con nosotros. (Isaías 7:14.)

El segundo, que enfoca el futuro nacimiento como si ya hubiera sucedido, dice: “Por­que un niño nos es nacido, hijo nos es dado. . . y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Al utilizar estos títulos, Isaías no solamente anuncia el nacimiento del Dios Todopoderoso, sino que tam­bién muestra la gloria y la reputación que tendría el divino Mesías y la obra que llevaría a cabo. Aun cuando Jesús vino a la tierra como un indefenso bebé, de todas maneras seguía siendo “el Gran Yo Soy”, Jehová, el Hijo del Eterno Padre, de quien proclamaban las huestes celestiales.

En Isaías 61:1-2, el profeta predijo que el Mesías sería ungido para ayudar a los débiles de cuerpo, mente y espíritu a triunfar sobre sus enemigos. Esta profecía está tan repleta de promesas que deja ver claramente por qué Jesús la usó para anunciar su mi­nisterio mesiánico en la sinagoga de Nazaret.

A continuación El mismo describe su unción:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de cora­zón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos;

“A predicar el año agradable del Señor.” (Lucas 4:18-19; cursiva agregada.)

En algunas ocasiones, Jesús afirmó que era verda­deramente el Hijo de Dios, pero tuvo mucho cuidado en la manera como lo decía. No obstante, durante su juicio, cuando se convirtió en un asunto público y Jesús no deseaba dejar ninguna duda sobre su identi­dad, respondió a la pregunta del sumo sacerdote “¿Eres tú el [Mesías], el Hijo del Bendito?” con las firmes palabras: “Yo soy”.

Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: “¿Qué más necesidad tenemos de testigos? “Habéis oído la blasfemia” (Marcos 14:61—64)- Irónicamente, la única persona que podía testificar de su divini­dad y no ser culpable de blasfe­mia era el propio Jesús.

El Mesías que sería sacrificado

Aun cuando los judíos esperaban la salvación por medio del gran Mesías y practicaban el sacrificio de animales como un rito principal religioso, por algu­na razón no consideraron que su propia salvación estuviera basada en el sacrificio del Mesías.

No obstante, las Escrituras eran claras en cuanto al sacrificio del Mesías. De hecho, desde el comienzo se enseñó acerca de Su sufri­miento y sacrificio. Después de la caída de Adán y Eva, Lucifer supo que llegado el momento, él en verdad le heriría en el calcañar pero que el Mesías le heriría en la cabeza. (Véase Génesis 3:15.) Un ángel les enseñó a Adán y Eva que sus sacrificios rituales eran a “… se­mejanza del sacrificio del Unigénito del Padre”, el cual redimiría a la humanidad de la Caída y haría posi­ble que el hombre volviera a ver a Dios en la carne. (Moisés 5:7, 9-10.)

Adán y Eva conocían también el nombre del Uni­génito, porque Dios le dijo a Adán: “. . . mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad, el cual es Jesucristo [el Mesías], el único nombre que se dará debajo del cielo, mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres… ” (Moisés 6:52.)

Desde ese momento se conoció entre los hombres el papel sacrificador y salvador de Jesús. El Antiguo Testamento está repleto de referencias sobre el Mesías que habría de ser sacrificado.

Aun así, llegó la época en que todas esas referen­cias acerca del Salvador se malinterpretaron, tal co­mo el rey Benjamín lo dijo al hablar de los judíos: “Y les mostró muchas señales, y maravillas, y símbolos, y figuras, concernientes a su venida; y también les hablaron santos profetas referente a su venida; y sin embargo, endurecieron sus corazones, y no compren­dieron que la ley de Moisés nada logra salvo que sea por la expiación de su sangre.” (Mosíah 3:15.)

Más que cualquier otro, fue Isaías quien describió al siervo justo y sufrido que padecería para poder sal­var a muchos.

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y su­frió nuestros dolores. . .

“Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados… y por su llaga fuimos noso­tros curados. …

“Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos y llevará las iniquidades de ellos.” (Isaías 53:4-5, 11; véase también Isaías 50:5-7; 52:13-15.)

Los siguientes versículos del capítulo 22 de Salmos describen también las circunstancias de la crucifi­xión:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desampara­do?” (Versículo 1; compárese con Mateo 27:46.)

“. . . Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horada­ron mis manos y mis pies.” (Versículo 16; compárese con Juan 20:25.)

“Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes.” (Versículo 18; compárese con Juan 19:23-24.)

Uno se pregunta cómo es que Pedro y los demás Apóstoles no pudieron comprender profecías tan grá­ficas como éstas sino hasta después de la Resurrec­ción, cuando pudieron testificar de la magnitud del sacrificio eterno del Mesías.

El Mesías Milenario

La tumba no pudo detener a Jesús, el Mesías. Los antiguos profetas espera­ban con gran gozo la resurrección de Jesús y el gran día de la resurrección: “Tus muertos vivirán; sus cadáve­res resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muer­tos.” (Isaías 26:19.)

El testimonio jubiloso de Job nos demuestra lo que debió haber sido una profunda convicción para mu­chos antiguos israelitas:

“Yo sé que mi Redentor vive, Y al fin se levantará sobre el polvo;

“Y después de deshecha esta mi piel, En mi carne he de ver a Dios.” (Job 19:25-26.)

Job, Abraham, Adán, Enoc, Ezequiel y todos los demás Santos de la antigüedad conocían la promesa de la Resurrección y esperaban con ansiedad la veni­da del Salvador, ya que Su conquista sobre la muerte sería también un triunfo para ellos.

Las señales de la humillación y la manera terrible en que trataron a Jesús permanecerían con El después de su resurrección, como señal inequívoca de su identidad como el verdadero Mesías. Cuando se apa­reció a sus discípulos en Jerusalén, dijo: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved.” (Lucas 24:39.)

Esas marcas se harán nuevamente evidentes cuan­do Jesús, el Mesías, venga y se presente ante los aco­sados judíos y se pare en el monte de los Olivos, que se partirá por en medio. Será entonces, que con ho­rrorizada fascinación lo reconocerán, “Y le pregunta­rán: ¿Qué heridas son estas en tus manos? Y él res­ponderá: Con ellas fui herido en casa de mis amigos.” (Zacarías 14:3-4; 13:6.)

Finalmente el Salvador tomará control de todo, incluyendo de la muerte. Luego le entregará triunfal­mente el reino a su Padre. (1 Corintios 15:24-26.)

En ese día, cuando definitivamente se le llame Rey de reyes, Señor de señores y Mesías de mesías, se habrán cumplido todas las cosas que de Él se sabían. □

Keith Meservy es profesor adjunto de escrituras antiguas en la Universi­dad Brigham Young, en Provo, estado de Utah, Estados Unidos; escribe para el departamento de cursos de estudio de la Iglesia y enseña la clase de Doctrina del Evangelio en la Escuela Dominical del Barrio Tercero Pleasant Viera, Estaca Sharon Utah East.

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