Una proclamación al mundo

Liahona Noviembre 1987
Una proclamación al mundo
presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

A principios de este año se llevaron a cabo cinco grandes conferencias en las Islas Británicas, con la participación de miembros de la Primera Presidencia, del Con­sejo de los Doce y del Primer Quórum de los Setenta, junto con los Santos de los Ultimos Días del Reino Unido. Dichas conferencias fueron la culminación de una serie de cele­braciones realizadas para conmemorar el sesquicentenario de la Iglesia en las Islas Británicas.

La apertura de la Misión Británica hace siglo y medio constituyó una proclam ación al mundo en los siguientes aspectos:

  1. Fue una proclamación; de una magnífica visión milenaria.
  2. Fue una procla­mación de una gran fe.
  3. Fue una procla­mación de valor personal.
  4. Fue una proclamación de verdad sempiterna.

El Señor resucitado había dicho en el me­ridiano de los tiempos a Sus amados discípulos antes de Su ascensión al cielo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).

Se trataba de una responsabilidad tremenda que descansaba sobre los hombros de un pequeño grupo de hombres que ni contaban con los me­dios debidos, ni poseían el prestigio necesario ante el mundo para llevar a cabo semejante misión. Pero ellos dieron su vida en su afán por hacer todo lo que estuviera a su alcance.

En estos últimos días, el Señor ha dicho: “Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros los que estáis sobre las islas del mar, oíd junta­mente.

“Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado . . . “Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días. “E irán y no habrá quién los de­tenga, porque yo, el Señor, los he mandado.” (D. y C. 1:1-2, 4-5.)

Esta misión milenaria se le asignó a un pequeño grupo de Santos de los Ultimos Días residentes de las comunidades agrícolas de Kirtland (estado de Ohio) y sus alrededores en la década de 1830 a 1840. Eran personas de escasos recursos, que con supremo sacrificio habían construido un templo. Entonces el poder del adversario empezó a infiltrarse en Kirtland, manifestán­dose a través del espíritu de codicia y atro­pelladas especulaciones, lo cual desvió la mente de mucha gente de las cosas de Dios, haciéndolos tomarse hacia las cosas del mundo. Muchos se rebelaron contra José Smith, y la Iglesia sufrió una tre­menda sacudida, cerniéndose así los fieles de entre aquellos cuyo corazón estaba puesto en las cosas mundanas. El problema se vio agravado por el hecho de que algunos miembros se encontraban en el estado de Ohio y otros en el de Misuri, separados por una distancia de aproximadamente mil trescientos ki­lómetros, a través de la cual la comunicación era ex­tremadamente escasa.

Fue en medio de estos tiempos de aflicción y zozo­bra que, el domingo 4 de junio de 1837, el profeta José Smith se dirigió al élder Heber C. Kimball, miembro entonces del Quórum de los Doce, mientras éste se encontraba “sentado enfrente del estrado, al otro lado de la mesa sacramental, en el extremo del templo representativo del Sacerdocio de Melquisedec, en la ciudad de Kirtland, y le musitó al oído: “Flermano Fleber, el Espíritu del Señor me ha susu­rrado esto: ‘Que mi siervo Heber vaya a Inglaterra y proclame mi Evangelio, para abrir las puertas de la salvación a esa nación’ ”. (History of the Church, 2:490.)

Imaginaos, pues, a un hombre que tenía muy po­cos bienes materiales, decirle al otro que práctica­mente no contaba con nada y que recientemente había vuelto de una misión, que tenía que atravesar el mar para iniciar la obra en esa parte del mundo. ¿No había ya suficiente qué hacer en su propia tie­rra?, se habrían preguntado los menos fieles. Sus ho­gares estaban en las fronteras de la nación, y el nú­mero total de miembros de la Iglesia probablemente no sobrepasaba ni siquiera los 1500 en esa época.

Pero en las mentes de estos hombres se albergaba una visión, una visión milenaria de que el evangelio debía predicarse a toda nación antes de que llegara el fin. Se había iniciado ya la obra en Canadá, pero ahora se trataba de atravesar el océano y llegar hasta las Islas Británicas.

El llamamiento del élder Heber C. Kimball y sus compañeros, de cruzar el océano para ir a Gran Bre­taña, fue una declaración del profeta José Smith so­bre el destino de esta obra restaurada. Desde ese en­tonces hasta el día de hoy, jamás se ha empañado esa visión.

Durante todos los años posteriores a aquel suceso, no obstante los incesantes esfuerzos del adversario por impedir el progreso, la obra ha crecido y se ha expandido notablemente, hasta que hoy contamos con 192 misiones, y el evangelio se está predicando en 75 naciones soberanas y en 18 territorios, colonias y propiedades.

Sin embargo, a pesar de todo lo que se ha hecho, todavía no llega el fin. En muchos lugares del mundo todavía no hemos hecho prácticamente nada, pero, a medida que se abran las puertas de todas las nacio­nes, los mensajeros de la verdad avanzarán en cum­plimiento de esa magna visión revelada en aquellos tenebrosos días vividos en Ohio y Misuri, cuando se llamó a siete hombres para que fueran a visitar las Islas Británicas.

Su aceptación del llamamiento fue una excelsa proclamación de fe. En esa época el hermano Kim­ball dijo: “La sola idea de una misión de tal naturale­za era casi más de lo que yo podía soportar. Poco faltó para que me hundiera bajo el peso de aquella gigantesca responsabilidad.

“Sin embargo, todas estas consideraciones no me desviaron del sendero del deber; en el momento que comprendí la voluntad de mi Padre Celestial, sentí la determinación de vencer todos los obstáculos, te­niendo la confianza de que El me apoyaría con su poder omnipotente y me investiría con la capacidad necesaria; y a pesar de que apreciaba mucho a mi familia, y que tendría que dejarlos casi desamparados, pensé que la causa de la verdad, el evangelio de Cris­to, vencía cualquier otra consideración. ’’ (En Or­son F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, Salt Lake City: Bookcraft, 1945, pág. 104; citado en Liahona, nov. de 1972, pág. 12.)

Los hermanos Orson Hyde, Willard Richards y Joseph Fielding respondieron con una fe similar al lla­mado del Señor, y a ellos se agregaron, en Nueva York, John Goodson, Isaac Russell y John Snyder.

El martes 13 de junio fue el día fijado para la salida de los cuatro que se encontraban en Kirtland, Ohio. Alguien que estuvo de paso por la casa de la familia Kimball esa mañana describió la oración que escuchó de labios de aquel padre que se despedía de los suyos y que “como los patriarcas, y en virtud de su oficio, impuso las manos sobre” la cabeza de sus hijos “indi­vidualmente, pronunciando una bendición paternal sobre ellos, encomendándolos al cuidado y protec­ción de Dios mientras él se ocupaba de predicar el evangelio en tierra extranjera. Mientras esto sucedía, su voz apenas si podía escucharse a causa del llanto de los que lo rodeaban, que inútilmente trataban de contenerse… La emoción que él sentía era tal, que a intervalos se veía obligado a detenerse, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas” (Whitney, Life of Heber C. Kimball, págs. 108-109).

Fe y valor eran sus únicos baluartes; no poseían ningún recurso económico. Uno de los hermanos le dio un abrigo a Fíeber, que no contaba con uno, y una mujer le dio unos centavos, con lo que él pagó su pasaje y el de Orson Hyde para ir a la ciudad de Búfa­lo, Nueva York.

Viajaron por vía del estado de Massachusetts, don­de un hermano de Willard Richards les dio otra can­tidad de dinero.

Se reunieron con sus compañeros en Nueva York, y el domingo 25 de junio ayunaron, oraron y administraron el sacramento de la Santa Cena, suplicán­dole al Señor que los guiara. Lograron reunir el dinero para pagar su pasaje a Liverpool, Inglaterra. A las diez de la mañana del día prim­ero de julio zarparon a través del océano.

¡Qué gran pronunciación de fe y de valor era aque­lla! Ese valor acarreó un espíritu de entusiasmo. Pasa­dos dieciocho días y dieciocho horas de navegar, lle­garon al Río Mersey y desembarcaron en Liverpool. Allí el Espíritu les indicó que recorrieran cincuenta kilómetros al norte, hasta llegar a la ciudad de Pres­ten. La encontraron en efervescencia política, en medio de sus elecciones para miembros del parlamen­to.

Al transitar por la calle Fishergate, en Presten, se deplegó ante ellos un pendón con las palabras: “La verdad prevalecerá”, las cuales adoptaron como lema durante su misión.

La obra que emprendieron se convirtió inmediata­mente en una proclamación de verdad sempiterna. Predicaron primero en la Capilla Vauxhall, de la cual era ministro un hermano de Joseph Fielding, de su propio grupo. A raíz de su predicación en esa ocasión y las que efectuaron posteriormente, se bautizaron once almas en el Río Ribble el domingo siguiente.

Desde ese día del mes de julio de 1837, su mensaje de verdad lo han repetido miles de misioneros que los han sucedido, y ha penetrado el corazón de cientos de miles de personas que han aceptado el evangelio en las Islas Británicas.

Yo soy uno de esos misioneros que siguieron sus pasos. Me considero muy afortunado al haber sido enviado a Presten como sitio inicial de mi misión.

No sólo trabajé en ese lugar, sino también en los pueblos de los alrededores en donde esos primeros misioneros enseñaron el evangelio. Yo no fui tan efi­caz como ellos, en cuyo tiempo evidentemente existía poco o ningún prejuicio en su contra. En el tiempo en que yo llegué a Presten parecía que todos tenían prejuicios hacia nosotros.

A mi arribo al lugar yo no me sentía bien. Debido a mi estado de salud y a la oposición que se hacía sentir, me sentí desanimado durante esas primeras se­manas, a tal punto que le escribí una carta a mi buen padre para decirle que creía que yo estaba perdiendo el tiempo y desperdiciando su dinero. El no sólo era mi padre, sino también mi presidente de estaca, y asimismo un hombre sabio e inspirado. Respondió a mi misiva con una carta muy breve, en la que decía: “Querido Gordon: Recibí tu última carta, respecto de la cual tengo sólo una sugerencia: Debes olvidarte de ti mismo y entregarte a la obra”. Horas antes, esa misma mañana, durante nuestra clase de estudio de las Escrituras, mi compañero y yo habíamos leído es­tas palabras del Señor: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Marcos 8:35).

Aquellas palabras del Maestro, seguidas por el con­sejo de mi padre, llegaron a lo más recóndito de mi alma. Con la carta de mi padre en la mano, entré al dormitorio de esa casa en la que vivíamos, me arrodi­llé e hice una promesa al Señor. Hice convenio con El de que me esforzaría por olvidarme de mí mismo y me perdería en su servicio.

Ese dichoso día de julio de 1933 fue mi día de decisión. Mi vida se vio inundada de una nueva luz y mi corazón de un júbilo antes desconocido para mí. Mi experiencia misional fue altamente satisfactoria y preciosa, y por ello guardo una eterna gratitud.

Agradezco que hayan tenido lugar esos aconteci­mientos del año 1837, y que el profeta José Smith haya llamado a esos primeros misioneros para ir a Gran Bretaña a emprender la proclamación de esa excelsa visión milenaria, como una declaración de una fe grandiosa, de valor personal y de la verdad sempiterna.

Siento un profundo agradecimiento por el hecho de que, mientras servía en la tierra que ellos consa­graron con sus esfuerzos, me sobrecogió un inmenso amor hacia esta obra de Dios y hacia su Amado Hijo, el Redentor del mundo, en cuyo nombre todos servi­mos como miembros de su Iglesia.

Gracias a Dios por el glorioso evangelio de su Amado Hijo, el cual ha sido restaurado a la tierra en esta dispensación del cumplimiento de los tiempos.

Gracias a Dios por el profeta José Smith, el instru­mento de esa restauración, y por la revelación dada sólo siete años después de la fundación de la Iglesia, de llevar el evangelio a las Islas Británicas.

Gracias a Dios por la fe de aquellos que, sin bolsa ni alforja, cruzaron el océano y emprendieron la obra que por siglo y medio no ha cesado de avanzar. Fue de ese lugar que la obra se extendió hacia Europa, y hoy día a gran parte del mundo.

En 1837 y en los años subsiguientes, la Iglesia fue fortalecida notablemente por los nuevos conversos.

De esas islas salieron miles de ellos, muchos poseedores de grandes destrezas que después fueron de gran utilidad para la construcción de Nauvoo, y posterior­mente, las comunidades de los valles del oeste. No hay ocasión en la que yo, al observar el majestuoso Templo de Salt Lake y el Tabernáculo, así como otras construcciones de la Iglesia, no me mara­ville de la obra de sus manos. Cientos de esos miembros murieron durante el tra­yecto hacia los valles de las montañas, pero tanto ellos como los que sobrevivieron para establecerse en esos lugares dejaron un legado de fe que estaba en completa armonía con la ejercida por aquel pequeño grupo de hombres que llevaron el conoci­miento del evangelio a Inglaterra en 1837.

Recordemos que cada uno de nosotros, por medio de nuestra manera de vivir, cuenta con el privilegio y la oportunidad de hacer nuestra propia proclamación de fe, valor y verdad, lo cual ayudará en el cumplimiento de esa gran misión premilenaria de que esta Iglesia y todos sus miembros han de llevar el evangelio a todo el mundo. Ojalá que todos podamos perdernos entu­siastamente en esta gran obra del Señor. □

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