De vuelta al redil

Liahoma Mayo 1987
De vuelta al redil
por el élder Hartman Rector, hijo
del Primer Quorum de los Setenta

En una publicación fechada el 22 de diciembre de 1985, la Primera Presidencia extendió una invitación especial a todas las personas que estuvieran inactivas, o a las que les hubieran sido suspendidos sus derechos o excomulgadas, para que se reintegrasen a una completa actividad en la Iglesia. El propósito de esta invitación es proveer mayor gozo a todos los miembros de la Iglesia, porque la única forma que un miembro de ella puede ser verdaderamente feliz es guardando los mandamientos. El Señor dijo: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17).

El Señor espera que cada uno de nosotros trate de ayudar a aquellos que se encuentran alejados de la hermandad de la Iglesia, cualquiera sea la razón. La reactivación de sus miembros es uno de los problemas más importantes que la Iglesia ha enfrentado en esta dispensación y en cualquier otra.

A los tres testigos del Libro de Mormón realmente se les mostraron las planchas por intermedio de un ángel de Dios, y escucharon la voz de Dios que les mandaba dar testimonio de lo que habían visto y oído. Sin embargo, incluso después de estas experiencias espirituales, cada uno de ellos con el tiempo se ofendió y apostató de la Iglesia. Dos regresaron más tarde. De los doce miembros originales del Quorum de los Doce Apóstoles, siete apostataron y fueron excomulgados. Tres regresaron por medio de las aguas bautismales continuando su actividad en la Iglesia; cuatro no lo hicieron.

Aparentemente Jesús enfrentaba este mismo problema al principio de su ministerio. En el capítulo 15 de Lucas describe tres formas distintas de cómo surge la inactividad, o la falta de participación de los miembros, y sugiere por lo menos tres formas diferentes de lograr la reactivación. Este es el tema de tres parábolas: (1) la oveja perdida (Lucas 15:4-7), (2) la moneda perdida (Lucas 15:8— 10) y (3) el hijo pródigo (Lucas 15:11-32).

La oveja perdida

En la parábola de la oveja perdida parece ser que la oveja se perdió porque se desvió. Probablemente no tenía la intención de perderse, pero se distrajo y no puso atención hacia dónde iba.

¿Cómo se consigue que una oveja perdida regrese al rebaño? Se va en su busca, se le encamina y se le trae hasta el rebaño. Generalmente la oveja se siente tan feliz de encontrarse a salvo en el rebaño que corre y salta de alegría.

La moneda perdida

En la parábola de la moneda perdida, la moneda se perdió por la negligencia de la dueña. Al darse cuenta de lo que ha hecho, el dueño tiene la responsabilidad de buscar en forma diligente hasta encontrar lo que ha perdido.

Recuerdo una oportunidad en que un joven padre, miembro de la Iglesia, siguiendo una tradición de los Estados Unidos, compró una caja de puros para regalarles a sus amigos para anunciar el nacimiento de su primer hijo. Ingenuamente le ofreció uno al bispo, quien al recibirlo lo destrozó y tiró al basurero, enfrente de él. Este acto desconsiderado ofendió tanto al nuevo padre que nunca más regresó a la Iglesia. De hecho, ha criado a toda su familia de hijos y nietos fuera de la Iglesia.

En mi opinión, el obispo era parcialmente responsable por la pérdida de esa alma y debió haber buscado esa “moneda” hasta encontrarla y regresarla a donde correspondía. Si inmediatamente se hubiera disculpado por su falta de tacto, posiblemente el joven padre hubiese regresado y hasta se hubiese hecho más fuerte.

Esta parábola nos enseña que cuando ofendemos a alguien, tenemos la responsabilidad de enmendar la situación o de buscar hasta encontrar lo que perdimos.

El hijo pródigo

En la tercera parábola sobre la reactivación, el hijo menor se perdió porque quiso perderse. No se desvió del camino sin intención, ni se perdió debido a la negligencia de su padre. Planeó su partida y seguramente no habría sido fácil convencerlo de que regresara. A menudo este tipo de personas no regresa sino hasta que han acarreado sobre sí mismos un gran sufrimiento por causa de sus transgresiones. En la parábola, el hijo decidió regresar cuando “volvió en sí” (Lucas 15:17), cuando su sufrimiento lo hizo recapacitar en lo que había hecho.

En este tipo de situación, nuestra responsabilidad es estar allí, siempre listos para aceptar a la persona que regresa al rebaño y ayudar a hacer el regreso lo más fácil posible. No debemos permanecer sin caridad, insistiendo en que “se pague hasta el último cuadrante” (véase Mateo 5:26) como retribución por el privilegio de hacer uso del arrepentimiento.

Cuando en la parábola el padre vio a su hijo “cuando aún estaba lejos”, pudo haber pensado que venía por más dinero. Sin embargo, fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó (Lucas 15:20). En este simple acto se manifiesta la completa ausencia de condenación. Desesperadamente necesitamos demostrar caridad el uno hacia el otro. Esto lo demuestra vividamente nuestro Padre Celestial al “extender su mano casi todo el día” (véase Jacob 5:47). El ha prometido:

“Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).

Algunas personas han llegado a la conclusión de que el fiel hijo mayor estaba en una situación mucho mejor que el hijo pródigo dado que el padre le dijo: “Todas mis cosas son tuyas” (Lucas 15:31). Sin embargo, su actitud no había sido de caridad, y sin caridad “no somos nada” (véase Moroni 7:46). No creo que el Maestro dio esta parábola para mostrar los méritos relativos de esos hijos, ya que ambos dejaban bastante que desear. Creo que la parábola se dio principalmente para poner de manifiesto la bondad del Padre, sin la cual todos estamos perdidos.

Espero que el relato de Lucas no sea la historia completa. Quisiera que el hijo mayor le dijera a su padre algo así: “Padre, dividamos nuestras posesiones nuevamente y da a mi hermano una porción otra vez”. El padre quizás le diría: “Hijo mío, matemos otro becerro gordo- esta vez para tí, porque ahora tú también has revivido” (véase Lucas 15:32).

El más grande de todos

Sí, la caridad, “el amor puro de Cristo”, es el más grande de todos y “nunca deja de ser”, sino que “permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien.” (Véase Moroni 7:46-47.)

La mayor caridad que podemos ofrecer es abstenernos de juzgar a nuestros hermanos y hermanas, y sólo entonces podemos llegar hasta ellos e integrarlos en la actividad en la Iglesia.

En las palabras de Santiago: “Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5:19-20).

Parte de la multitud de pecados que yacen escondidos serán los nuestros y todos podríamos beneficiarnos de esa bendición en el postrer día.

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