La verdad os hará libres

Septiembre 1998

“La verdad os hará libres”

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

La restauración del Evangelio de Jesucristo y todo lo que esto significa para nosotros es el resul­tado de que José Smith, un joven de 14 años de edad, decidiera preguntar sobre la verdad guiándose por el versículo que dice: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5).
Todo aquel que mediante el Espíritu de Dios pregunte con sinceridad disfrutará de la compañía, no sólo del Espíritu, sino también de la de otras personas que procuran obtener la verdad.

Pilato preguntó: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38). La gente ha estado luchando por encontrar la respuesta a esta pregunta durante siglos. Todo hombre y toda mujer tiene la responsabilidad de encontrar la verdad.

Otra pregunta adecuada es: “¿Dónde puede encontrarse la verdad?” Quizás la clave de la respuesta se encuentre en el siguiente relato.

Ali Hafed, un hombre de la antigua Persia, era dueño de grandes tierras y campos con huertos y jardines muy productivos, y también contaba con inversiones que le producían dinero. Tenía una hermosa familia y “se sentía muy feliz porque era rico y se consi­deraba rico porque era muy feliz”.

Un anciano sacerdote fue a visitar a Ali Hafed y le dijo que si tuviera un diamante del tamaño de su dedo pulgar, podría adquirir muchos terrenos más de los que poseía. Ali Hafed entonces le preguntó: “¿Puede decirme usted dónde he de encontrar diamantes?”

El sacerdote respondió: “Si encontrase usted un río que corra por arenas blancas entre altas montañas, allí descubrirá diamantes”.

Y Ali Hafed dijo: “Pues bien, allí iré”.

Vendió entonces sus tierras, retiró el dinero que había invertido, encargó a un vecino el cuidado de su familia y salió en busca de diamantes, viajando a través de muchas regiones.

El hombre que le compró las tierras a Ali Hafed llevó su camello al jardín para que bebiera y, tan pronto como el animal puso el hocico en el agua, el granjero notó un curioso reflejo en las arenas blancas del arroyo. Estirando la mano, el hombre recogió una piedra negra que irra­diaba un extraño rayo de luz. Poco tiempo después, el anciano sacerdote llegó a visitar al sucesor de Ali Hafed y constató que aquella piedra negra era, en realidad, un diamante. Juntos corrieron al jardín, agitaron con las manos las blancas arenas del arroyo y encontraron muchas otras gemas de inestimable valor. Así fue que se descubrieron las minas de diamante de Golconda [vetusta ciudad del sur de la India], las cuales llegaron a ser las más valiosas del mundo antiguo. Si Ali Hafed hubiera permanecido en su hogar y excavado sus propias tierras en vez de viajar hacia lugares lejanos, habría podido tener grandes cantidades de diamantes (relato adaptado de Acres of Diamonds, 1915, págs. 4-8, por Russell H. Conwell).

La búsqueda de la verdad es, con frecuencia, muy similar a la que hizo Ali Hafed al buscar los diamantes. La verdad no se encuentra en regiones distantes, sino a nuestros pies. Sir Winston Churchill dijo una vez, comentando acerca de un conocido: “En ocasiones, él solía tropezar con la verdad, pero se incorporaba en seguida y se alejaba rápidamente como si nada hubiera ocurrido” (tomado de The Irrepressible Churchill Stories, editado por Kay Halle, 1966, pág. 113).

Uno de los juicios legales de gran trascendencia de la historia fue el de Sócrates. La corte de Atenas lo acusó de dos delitos: en primer lugar, que era ateo y que no creía en los dioses decretados por el gobierno, y, segundo, que estaba corrompiendo a los jóvenes al ejercer su influencia sobre ellos e incitarlos a investigar por sí mismos en cuanto a la sabiduría que la sociedad ateniense recla­maba poseer. La mayoría del jurado sentenció entonces a Sócrates y dispuso que debía morir por envenenamiento.

A fin de que puedan encontrar la verdad, los líderes de la Iglesia alientan a los miembros a que piensen y la descubran por sí mismos. Se les exhorta a que mediten, investiguen, evalúen y alcancen así a obtener tal conoci­miento de la verdad por medio de su propia conciencia y de la inspiración del Espíritu.

Brigham Young dijo: “Me preocupa que esta gente confíe tanto en sus líderes y que no trate de preguntar a Dios por sí misma si tales líderes están siendo dirigidos por Él. Temo que se conformen con vivir en un estado de ciega certidumbre… Todo hombre y toda mujer debe saber, mediante la inspiración que el Espíritu de Dios les conceda, si sus líderes están o no andando por el camino que el Señor les señala” (Discourses of Brigham Young, seleccionados por John A. Widtsoe, 1941, pág. 135). De esta manera, nadie habrá de ser engañado.

El escudriñar y el investigar son modos de obtener un conocimiento de la verdad, ya sea en lo espiritual, en lo científico o en lo moral. La restauración del Evangelio de Jesucristo y todo lo que esto significa para nosotros es el resultado de que José Smith, un joven de 14 años de edad, decidiera preguntar sobre la verdad guiándose por el versículo que dice: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundante­mente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5).

Las experiencias que por muchos años tuve en las cortes de justicia me han enseñado que la verdad, en cuanto a la obtención de la justicia, sólo se consigue haciendo preguntas a manera de investigación.

A los miembros de la Iglesia se les exhorta a procurar obtener conocimiento de los mejores libros y de toda fuente provechosa, porque “si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspi­ramos” (Artículos de Fe 1:13).

La reina de Sabá, oyendo acerca de la fama de Salomón, fue a visitarlo para saber si su renombrada sabi­duría, su enorme riqueza y su espléndida mansión eran tan grandes como se le había informado. En las Escrituras se nos dice que “vino… para probar a Salomón con preguntas difíciles” (2 Crónicas 9:1). Salomón respondió a esas preguntas y, satisfecha, ella le dijo: “Verdad es lo que había oído en mi tierra acerca de tus cosas y de tu sabiduría” (2 Crónicas 9:5).

La pregunta más importante que cada uno de nosotros debe contestar por sí mismo es aquella a la que Amulek, en el Libro de Mormón, se refirió al decir: “Y hemos visto que el gran interrogante que ocupa vuestras mentes es si la palabra está en el Hijo de Dios, o si no ha de haber Cristo” (Alma 34:5).

Sin embargo, en su investigación, algunas personas no están procurando la verdad sino inclinándose a la controversia. No buscan aprender sinceramente, sino que desean discutir, demostrar una supuesta sabiduría y provocar disputas. El apóstol Pablo dijo a Timoteo: “Pero desecha las cuestiones necias e insensatas, sabiendo que engendran contiendas” (2 Timoteo 2:23).

Dado que cada uno tiene su propio albedrío, la deter­minación final de lo que viene inspirado por el Señor, de lo que está bien o está mal, de lo que es verdadero o falso, descansa en nosotros mismos. El presidente J. Reuben Clark, hijo (1871-1961), declaró lo siguiente: “Los miembros de la Iglesia sabrán por sí mismos si, cuando expresan sus puntos de vista, las Autoridades Generales lo hacen ‘conforme los inspire el Espíritu Santo’; y en el debido momento recibirán ese conocimiento” (“When Are Church Leader’s Words Entitled to Claim of Scripture?”, Church News, 31 de julio de 1954, pág. 10). Toda persona tiene la responsabilidad de aceptar o rechazar por sí misma los valores de la verdad, los cuales, si se obedecen, le producirá su mayor felicidad.

Al hacernos la misma pregunta de Pilato, podemos considerar la sabiduría de Sir Francis Bacon, quien dijo que la verdad consta de tres partes: primero, la pregunta, “que es… buscarla”; segundo, el conocimiento, “que es la presencia de ella”; y tercero, la creencia, “que es disfrutar” la verdad (“Of Truth”, en Essays [fecha desco­nocida], pág. 18).

En muchas ocasiones, el presidente Harold B. Lee (1899-1973) aconsejó a los líderes de la Iglesia que dedi­caran tiempo a pensar y a meditar, que en íntima reclu­sión evaluaran las cosas. Este sabio consejo podría ser provechoso para todos.

Una llave en cuanto al conocimiento personal y a la verdad se encuentra en la Sección 9 de Doctrina y Convenios, en la que se promete a todo investigador que si estudia algo en su propia mente, sentirá un ardor en su pecho por lo que sabrá entonces que está bien (véase D.yC. 9:8).

Aún así, mientras que el recogimiento de muchos datos puede ser muy útil y provechoso, la investigación no debe terminar ahí. Henry Alford [clérigo inglés del siglo pasado] dijo: “La verdad no consiste en la exactitud de pequeños detalles, sino en comunicar una impresión correcta; y existen maneras imprecisas de hablar que son más verídicas de lo que podrían ser los mismos hechos. Cuando el salmista dijo: ‘Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley’ [véase Salmos 119:136], no estaba describiendo un hecho, sino una verdad más profunda y más verídica que el hecho en sí”.

Todo aquel que mediante el Espíritu de Dios pregunte con sinceridad disfrutará de la compañía, no sólo del Espíritu, sino de la de otras personas que procuran obtener la verdad. Thomas Carlyle [escritor escocés del siglo pasado] dijo: “Siempre he comprobado que la sincera verdad de nuestra propia mente tiene una cierta atracción para la mente de todas las demás personas que aman sinceramente la verdad”.

No existe una verdad mayor que la que el Salvador mencionó al decir: “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32), y al añadir: “…Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6), y “…Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (Juan 18:37).

Toda persona que desee superarse debe llevar a cabo una investigación humilde y sincera para determinar dónde se encuentra la verdad: una investigación íntima en su corazón, así como también en su mente y en su propia vida. Ruego que cada uno de nosotros procure conocer las verdades de Dios y que valientemente viva en base a esas verdades con amor y agradecimiento. □

 

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