La fe de un niño

Agosto 1998

La fe de un niño

Por el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El mensaje fue breve, pero las palabras resultaron familiares: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”

¡Qué período tan glorioso del año es la época de la conferencia! La Manzana del Templo de Salt Lake City es el lugar de recogimiento de decenas de miles de personas que viajan desde lejos para oír la palabra de Dios. El Tabernáculo se llena completamente, la conversación amistosa se ve reemplazada por la música del coro y por las voces de los que oran y los que hacen uso de la palabra. En el aire reina una dulce reverencia y así da comienzo la conferencia general.

Como orador, es una humilde experiencia el contemplar rostros amigables y el apreciar la fe y la devoción a la verdad que ellos representan.

En una ocasión en la que me disponía a hacer uso de la palabra ante las personas congregadas para una conferencia, observé que en la galería norte estaba una hermosa niña de quizás unos diez años de edad. Sentí la impresión de dirigirme directamente a ella; comencé diciendo:

Dulce pequeña, no sé cómo te llamas ni de dónde has venido, pero de una cosa estoy seguro: de que la inocencia de tu sonrisa y la tierna expresión de tus ojos me han persuadido a dirigirme especialmente a ti.

Cuando yo tenía tu edad también tenía una maestra de la Escuela Dominical; ella solía leernos pasajes de la Biblia acerca de Jesús, el Redentor y el Salvador del mundo.

Un día nos enseñó sobre cómo le eran llevados a Él los niños pequeñitos para que pusiese Sus manos sobre ellos y orase. Sus discípulos reprendían a los que les llevaban a los niños. “Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”1.

Nunca he olvidado esa lección. De hecho, hace unos años volví a aprender su significado y a participar de su poder; mi maestro fue el Señor.

Permíteme compartir esa experiencia contigo. Muy lejos de Salt Lake City y a unos 130 kilómetros de Shreveport, Luisiana, vivía la familia de Jack Methvin. La madre, el padre y los hijos son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Había una niña encantadora que bendecía el hogar con su sola presencia y cuyo nombre era Christal. Tenía apenas diez años cuando la muerte puso fin a su estancia terrenal.

A Christal le gustaba correr y jugar por el extenso rancho en el que vivía la familia; podía montar a caballo con gran habilidad y sobresalía en diversas otras activi­dades, llegando a ganar algunos premios en las ferias locales y del estado. Su futuro era brillante y su vida maravillosa. Fue entonces que se le descubrió una protu­berancia extraña en la pierna. Los especialistas de Nueva Orleans realizaron unas pruebas y dieron a conocer el diagnóstico: carcinoma; había que amputarle la pierna.

Christal se recuperó muy bien de la operación y reanudó su alegre vida sin quejarse nunca. Pero más tarde los médicos descubrieron que el cáncer se le había extendido a sus pequeños pulmones.

La condición de Christal iba empeorando; el fin se acercaba. Sin embargo, su fe no vaciló. Ella sabía que se acercaba la conferencia de estaca y le dijo a sus padres: “¿Creen que la persona que haya sido asignada a nuestra conferencia de estaca podría darme una bendición?”.

Mientras tanto, en Salt Lake City, y sin conocimiento alguno de los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Shreveport, se presentó una situación poco frecuente. Para el fin de semana en que se iba a celebrar la confe­rencia de la Estaca Shreveport, Luisiana, yo había sido asignado a El Paso, Texas. El presidente Ezra Taft Benson, que en aquel entonces era el Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, me llamó a su despacho y me explicó que otra Autoridad General había llevado a cabo parte de la obra preliminar relacionada con la división de la estaca de El Paso. Me preguntó si me importaría que le cediesen a otra persona la asignación de ir a El Paso y que yo fuese asignado a otro lugar. Por supuesto que no tenía incon­veniente alguno; cualquier lugar me parecía apropiado. Entonces el presidente Benson me dijo: “Hermano Monson, siento la impresión de pedirle que visite la Estaca Shreveport, Luisiana”.

Acepté la asignación, y en el día señalado llegué a Shreveport.

La tarde del sábado estuvo ocupada con diversas reuniones: una con la presidencia de la estaca, otra con los líderes del sacerdocio, otra con el patriarca y aún otra con todos los líderes de la estaca. Con cierto tono de disculpa, el presidente de estaca, Charles F. Cagle, preguntó si mi horario me permitiría dar una bendición a una niña de diez años enferma de cáncer: se llamaba Christal Methvin. Respondí que lo haría si me era posible, y luego le pregunté si ella estaría en la conferencia o si estaba en un hospital de Shreveport. Como sabía que el horario estaba sumamente ajustado, el presidente Cagle casi con un murmullo dijo que Christal estaba confinada en su hogar, a muchos kilómetros de Shreveport.

Examiné el horario de las reuniones de esa noche y de la mañana siguiente, incluso el del vuelo de regreso. Sencillamente no había tiempo disponible. Pero se me ocurrió una idea alternativa: ¿Acaso no podríamos recordar a la pequeña en las oraciones que se ofrecieran durante la conferencia? Seguramente el Señor lo enten­dería; así que en base a esos hechos continuamos con el horario inicial de las reuniones.

Cuando se le comunicó esa decisión a la familia Methvin, hubo comprensión de su parte, pero también cierta decepción. Oraron con fervor, pidiendo un último favor: que su preciosa Christal pudiera ver reali­zado su deseo.

En el mismo momento en el que la familia Methvin se arrodillaba en oración, el reloj del centro de estaca marcaba las 7:45 de la tarde. La reunión de liderazgo del sábado por la tarde había sido inspiradora. Me encontraba repasando mis notas, preparándome para dirigirme al púlpito, cuando oí una voz que le hablaba a mi espíritu. El mensaje fue breve, pero las palabras resultaron fami­liares: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”. Mis notas se volvieron borrosas y mis pensamientos se tornaron hacia una pequeña que deseaba una bendición. Tomé la deci­sión y se alteró el horario de la reunión. Después de todo, las personas son más importantes que las reuniones. Me volví hacia el obispo James Serra y le pedí que saliera de la reunión y les avisase a los Methvin.

La familia Methvin se acababa de poner de pie después de la oración cuando sonó el teléfono y se les dio el aviso de que temprano el domingo por la mañana, el día del Señor, y en espíritu de oración y de ayuno, iríamos hasta el lecho de Christal.

Siempre recordaré y nunca olvidaré el viaje de aquel domingo, temprano por la mañana, al refugio que la familia Methvin llamaba hogar. He estado en lugares sagrados —incluso en santos templos—, pero nunca he sentido la presencia del Señor con tanta fuerza como en el hogar de los Methvin. Christal parecía tan pequeña, tendida pacíficamente en una cama tan grande. La habi­tación era brillante y alegre; la luz del sol que entraba por la ventana del este inundaba la habitación del mismo modo que el Señor inundaba nuestros corazones con amor.

La familia rodeaba la cama de Christal mientras yo contemplaba a una niña demasiado enferma como para erguirse, casi demasiado débil como para hablar. La enfermedad le había producido la ceguera. El Espíritu que se sentía era tan fuerte que me arrodillé, tomé su delicada mano en la mía y simplemente dije: “Christal, estoy aquí”. Ella entreabrió los labios y susurró: “Hermano Monson, sabía que vendría”. Miré alrededor de la habitación; vi que nadie estaba de pie; todos estaban arrodillados. Se dio una bendición; un esbozo de sonrisa se dibujó en el rostro de Christal, cuyo casi imper­ceptible “gracias” dio un apropiado toque final a la bendi­ción. Todos abandonamos la habitación en silencio.

Cuatro días más tarde, el jueves, cuando los miembros de la Iglesia de Shreveport unieron su fe a la de la familia

Methvin y se incluyó el nombre de Christal en una oración especial a un amoroso y bondadoso Padre Celestial, el espíritu puro de Christal Methvin dejó el cuerpo consumido por la enfermedad y entró en el paraíso de Dios.

Para los que en aquel día de reposo nos arrodillamos en un dormitorio bañado por el sol, y en particular para los padres de Christal que entraban a diario en aquella habitación y recordaban la forma en que ella lo dejó, las inmortales palabras de Eugene Field nos traen recuerdos preciosos:

El perrito de juguete aunque cubierto de polvo,
permanece fuerte y leal.
Y el soldadito, enrojecido por el óxido,
en sus manos sostiene un mosquete enmohecido.
Tiempo ha que el perrito nuevo fue
y que el soldado lucía su aspecto inmaculado.
Fue ése el tiempo en el que nuestro dulce tesoro
con un beso los dejó descansando.

“No se vayan hasta que yo vuelva”, les dijo,
“¡y nada de hacer mido!”.
Y marchándose hacia su camita
soñó con sus hermosos juguetes.
Mientras así soñaba, la canción de un ángel
despertó a nuestro dulce tesoro.
Muchos y largos años han pasado,
pero los amiguitos de juguete siguen leales;

sí, fieles a nuestro dulce tesoro,
cada uno en el lugar de siempre,
aguardando el tacto de una pequeña mano,
la sonrisa de un rostro infantil.
Y se preguntan, mientras esperan todos estos años
bajo el polvo de la pequeña silla,
qué habrá sido de nuestro dulce tesoro
desde que, con un beso, los dejó allí reposando2.

Nosotros no tenemos necesidad de dudar ni de esperar, pues el Maestro dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá eternamente”3. A ustedes, Jack y Nancy Methvin, Él dice: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”4. Y de su dulce Christal bien podría venir esta expresión de consuelo: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros… para que donde yo estoy, vosotros también estéis”5.

A mi pequeña amiga de la galería norte y a los creyentes de todo el mundo, les testifico que Jesús de Nazaret sí ama a los niños pequeños, que El escucha las oraciones de ustedes y responde a ellas. El Maestro en verdad dijo aquellas palabras: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”. Sé que éstas son las palabras que Él habló a la multitud reunida en la costa de Judea, a orillas de las aguas del Jordán, porque las he leído.

Sé que éstas son las palabras que Él habló a un Apóstol que cumplía una asignación en Shreveport, Luisiana, porque yo las oí.

De estas verdades doy testimonio. □

NOTAS

  1. Marcos 10:14.
  2. “Little Boy Blue” en Best-Loved Poem of the LDS People, editado por Jack M. Lyon y otros, 1996, pág. 50.
  3. Juan 11:25-26.
  4. Juan 14:27-
  5. Juan 14:2-3.
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