Plantando las promesas en el corazón de los hijos

Liahona Junio 1998

Plantando las promesas en el  corazón de los hijos

Por Élder Bruce C. Hafen
De los Setenta

Honrar a nuestro padre y a nuestra madre en el verdadero sentido del quinto mandamiento, no sólo nos proporciona bendiciones eternas para nuestra familia, sino que también edifica comunidades que perduran.

Hace unos pocos años, uno de nuestros hijos adolescentes hizo un largo viaje. La dis­tancia dificultaba tanto la comunica­ción con él, por lo que sólo pudimos enviarle un pequeño mensaje escrito con la siguiente posdata: “Lee Alma 37:35-37”. En estos versículos Alma dice: “¡Oh recuerda, hijo mío, y aprende sabiduría en tu juventud… implora a Dios todo tu sostén; sí… deja que los afectos de tu corazón se funden en el Señor para siempre… y él te dirigirá para bien”.

En su corta respuesta, nuestro hijo nos decía: “Lean D. y C. 2”. Aquí se encuentran las palabras de Moroni a José Smith, prometiéndole que, antes de la venida del Señor, el sacerdocio sería revelado por conducto de Elías, el cual “plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá hacia sus padres.

“De no ser así, toda la tierra sería totalmente asolada a su venida” (D. y C. 2:2-3).

Su respuesta me impresionó. Me preguntaba si él se daría cuenta de los sentimientos que estaba tocando en mi interior, ya que demostraba su aceptación del quinto mandamiento, el cual dice: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da” (Éxodo 20:12).

La adaptación que Moroni hace de la profecía de Malaquías (véase Malaquías 4:5-6) extiende el espí­ritu y la promesa del quinto manda­miento mucho más allá de la simple muestra de respeto hacia los padres, siendo esto importante de por sí. Moroni prometió que el espíritu de Elías, es decir, el poder del sacer­docio que sella las familias para siempre, plantaría en el corazón de los hijos un deseo de obtener las mismas promesas que el Señor le dio a Abraham. Para muchos hijos de Santos de los Últimos Días ésas son las promesas que nuestros padres terrenales recibieron en el templo; y la obtención de esas bendiciones prometidas les salvará no sólo a ellos, sino a “toda la tierra”, de ser asolados.

Un milagroso cambio de corazón

Literalmente, ¡qué milagroso que una sed, incluso un anhelo de esas bendiciones maravillosas pueda arraigarse en el corazón de nuestros hijos! Tengo la impresión de que muchos padres en la Iglesia oran cada noche, al igual que nosotros, para que este deseo sea plantado en el corazón de sus hijos.

Para explicar por qué la respuesta de mi hijo me conmovió tanto, debo compartir un relato sobre su hermano mayor, el cual nació poco tiempo después de fallecer mi padre. A este hijo le pusimos como segundo nombre el nombre de mi padre. Al principio se sentía molesto por tener un nombre tan anticuado y no lo usaba, pero cuando se inscribió en el club de oratoria del colegio y aprendió que su abuelo había sido campeón de debate en los años veinte, empezó a sentir una relación de proximidad hacia su tocayo. Mi padre había llevado un diario personal durante gran parte de su vida como adulto y, un día, le mostré a mi hijo una anotación que describía el más grande de los debates de su abuelo. Le entregué el diario con la esperanza de que lo leyera.

Nuestro hijo era un joven bueno, aunque difícil de educar. Oramos en busca de paciencia para que las semi­llas de la fe se arraigaran en su corazón; pero sabíamos que no podí­amos forzar este proceso. Durante esos días pensé en mi propio hermano mayor, quien había muerto en un accidente durante su turbu­lenta adolescencia. ¡Cuánto habían orado y se habían lamentado por él mis padres! Una noche, mi hijo me dejó una simple nota: “Nunca quiero hacer nada que pueda herirte a ti y a mamá del mismo modo que los problemas de tu hermano hirieron a tus padres”. Me preguntaba cómo pudo haber llegado a saber de algo tan personal y de una generación pasada, pero recordé el diario y decidí no indagar más.

Pocas semanas más tarde, nuestro hijo pasó por una experiencia bastante difícil y una noche se acercó a nosotros para decirnos lo que le había pasado: “Papá, nunca he cono­cido al abuelo Hafen, pero sentí que estaba allí para ayudarme”. Lo estreché fuerte y le conté más sobre su abuelo.

No mucho tiempo después, este hijo nuestro se encontraba deci­diendo la manera de responder a un llamamiento como misionero. Una tarde, mientras nos encontrábamos en el sudeste de Utah para una reunión familiar, sin explicación alguna tomó el coche y se dirigió al solitario cañón en el que su abuelo disfrutaba montando a caballo; se trataba, de hecho, del lugar donde había fallecido. Nuestro hijo había leído en el diario concerniente a este cañón y lo había visto de lejos, pero nunca había estado en él. Se arro­dilló en un parque solitario y solicitó la ayuda del Señor para hallar respuesta a sus preguntas sobre su fe, la misión y su vida. En su despedida misional hizo alusión a lo sagrado de ese día y describió la profunda certeza y el sentido de dirección que había traído del cañón de su abuelo. Ahora, años más tarde y con hijos propios, continúa reflejando en su vida esa misma certeza y sentido, y yo sé el gozo que debe sentir mi padre.

No tengo duda alguna de que las promesas de Dios a mi padre fueron plantadas en el corazón de nuestro hijo del mismo modo que lo fueron en mi propio corazón. Realmente puede existir un lazo y un senti­miento de aceptación que une a las generaciones que se encuentran a ambos lados del velo. Este lazo nos da un sentido de identidad y propó­sito. Nuestros lazos con el mundo eterno se vuelven muy reales de repente, esbozando con mayor claridad el propósito de nuestra vida y edificando nuestras expectativas.

Al honrar a nuestro padre y a nuestra madre volviendo nuestro corazón hacia ellos, el Señor nos promete que “[serán] prolongados [nuestros] días, y para que [nos] vaya bien sobre la tierra que Jehová [nuestro] Dios [nos] da” (Deuteronomio 5:16). ¿Cómo se cumple esta promesa? No sólo podemos esperar que nuestros días “sean prolongados”, sino que nues­tros días y nuestra vida sean bende­cidos con seguridad personal, felicidad y significado. No sólo podemos esperar que nos “vaya bien” individualmente, sino que nuestra sociedad disfrutará de paz y libertad. La clave para la supervivencia social e individual depende de que los hijos vuelvan el corazón hacia sus padres y aprendan de la sabiduría que éstos han acumulado.

La pérdida de los lazos familiares

Hoy en día, las relaciones humanas básicas que llamamos parentesco y matrimonio se están desintegrando, puesto que muchos hijos, padres y cónyuges están volviendo sus corazones no el uno hacia el otro, sino hacia sus propias necesidades egoístas. “No buscan al Señor… antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios, cuya imagen es a semejanza del mundo” (D. y C. 1:16).

Quizás estamos siendo testigos de los aspectos negativos de la promesa relacionada con el quinto manda­miento, de que la tierra podría ser “asolada” a la venida del Señor; porque “la tierra será herida con una maldición, a menos que entre los padres y los hijos exista un eslabón conexivo” (D. y C. 128:18). La maldición, al igual que la bendición, forma parte de la profecía de Malaquías. Otras profecías predi­jeron de igual modo la maldición de la tierra debido a la pérdida de los lazos familiares: “En los postreros días… habrá hombres amadores de sí mismos… desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural” (2 Timoteo 3:1-3). “Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12).

Las estadísticas reflejan algunos de los resultados de este problema: índices elevados de delincuencia juvenil, hijos de padres solteros, divorcio y violencia familiar. Pero las actitudes que generan estas estadís­ticas son de algún modo más revela­doras que las estadísticas mismas. Como dijo un escritor anónimo, lo que vemos hoy día es una “transfor­mación general de nuestra sociedad desde una que fortalece los lazos entre las personas, a una sociedad que, en lo mejor de sí misma, es indi­ferente a ellos; hay un sentimiento de que la desintegración de la red de conexiones que existen entre las personas en múltiples y decisivas intersecciones, de las cuales el nudo del matrimonio es un elemento más, es inevitable”. Esta desintegración tiene, por lo menos, una causa común: “El valor predominante en la idea de la emancipación y de la reali­zación individual, ante lo cual, los viejos lazos son cada vez más contem­plados no como algo enriquecedor, sino como algo restrictivo. Llegamos a un punto en el que la vida se consi­dera una aventura para solitarios”1.

Además de ese aislamiento indivi­dual, dicha tendencia nos conduce a olvidar nuestro propio “concepto de grupo”, el conocimiento esencial que debe poseer cada nueva generación para asegurar la continuidad social, incluso la supervivencia de la cultura. La pérdida de las relaciones humanas impide que este conoci­miento y comprensión pasen de una generación a otra. “Nuestra sociedad requiere, como mínimo para su supervivencia, que sus miembros compartan un conjunto común de creencias, que se rija por un conjunto común de reglas y… que reconozcan su dependencia mutua”2. En este sentido, la relación que existe entre honrar a los padres y que nuestros días sean prolongados en la tierra parece ser bastante estrecha.

Un verdadero sentimiento de pertenecer

El enfoque del quinto manda­miento en las relaciones padre-hijo llama la atención a una tendencia moderna: un movimiento de los “derechos de los hijos”. En algunos aspectos, este movimiento ha contri­buido a que la sociedad se preocupe por la seriedad del abuso de los niños, y ha hecho que las agencias gubernamentales y los colegios se sientan más responsables por lo que hacen. Pero en vez de plantar las promesas hechas a los padres en el corazón de los hijos, este movi­miento ha buscado en demasiadas ocasiones liberar a los hijos de cual­quier sentido de dependencia, e incluso de relación, con los padres y otros adultos.

Este movimiento encargado de dar a los hijos sus “derechos” puede en realidad dejarles con un sentimiento de abandono. De hecho, el mayor “derecho” de un niño es ser amado, enseñado y nutrido por sus padres y por las comunidades que le honran y le protegen; sólo de esta forma les enseñamos a honrar a sus padres y a honrar los intereses de sus comuni­dades; sólo esta honra y pertenencia recíprocas nos proporcionarán la promesa del quinto mandamiento.

Irónicamente, los adultos se enfrentan con ciertos conflictos de interés cuando piensan en los “dere­chos” de los hijos. La crianza de los hijos exige una gran demanda de tiempo, energía y recursos econó­micos por parte de los padres y de las comunidades. Dar “derechos” a nuestros hijos es una invitación engañosa ya que ofrece un escape a esas exigencias, nos libra de la responsabilidad que tenemos de esos cuidados a largo plazo. El conoci­miento de que deberíamos “respetar la libertad de nuestros hijos” de tal manera que les “dejemos en paz” puede justificar con demasiada faci­lidad las actitudes de aquellos adultos, a quienes, por motivo de sus intereses, les viene muy bien lo de dejar a sus hijos en paz. Tales padres podrían decidir que toda la paciencia y la frustración que se requieren para proporcionar a los hijos la disciplina apropiada no valen la pena.

Los que ceden a esa tentación pierden una maravillosa oportunidad de crecimiento personal. Las resolu­ciones firmes que tomemos con nuestros hijos, cónyuges, padres, hermanos y hermanas, nos permiten aprender y crecer de una manera que no sería posible al vivir relaciones menos exigentes.

Una vez pude contemplar cómo se produjo este tipo de aprendizaje. Uno de nuestros hijos tenía grandes dificultades en su clase de cuarto grado. Necesitaba completar cierto proyecto para el día siguiente, o tendría que enfrentarse a un gran “desastre”. Después de cenar, mi esposa Marie, me dijo que había pensado en una manera de ayudarle. Por lo tanto, acompañé a nuestros otros hijos fuera de la cocina y el trabajo manual empezó.

A menudo, oía a nuestro pequeño decir enfadado que no iba a hacer más del proyecto. Llegó un punto en el que le ofrecí ir a su habitación y olvidarse del asunto, pero Marie me pidió, con calma, que la dejara seguir adelante con su plan.

Después de casi tres horas, cuando ya me encontraba ayudando a los demás niños a ir a la cama, nuestro hijo y su madre entraron en la habitación; llevando en sus manos el proyecto, como si de un pastel de cumpleaños se tratase, el pequeño invitó a sus hermanos a contemplarlo.

Él mismo había hecho cada parte del proyecto. Tras ponerlo encima de una mesa se dirigió hacia su cama; entonces se volvió a su madre con una amplia sonrisa infantil, atravesó la habitación corriendo, puso sus brazos alrededor del cuello de mi esposa y le dio un fuerte abrazo. Ambos intercambiaron miradas que portaban gran significado, tras lo cual él se fue a la cama y nosotros salimos de la habitación.

“¿Qué sucedió?”, le pregunté a mi esposa, “¿cómo lo hiciste?”.

Marie contestó que había tomado la firme decisión de que no impor­taba lo que él dijera o hiciese, ella no levantaría la voz ni perdería la paciencia. También había decidido que abandonarlo no era una alterna­tiva, aunque les llevara toda la noche completar el proyecto. Y luego hizo una observación muy significativa: “Yo no sabía que tenía en mí la capa­cidad de hacerlo”.

Ella había descubierto en su inte­rior una reserva de paciencia y perse­verancia que no habría encontrado de ningún otro modo sin el firme compromiso que emanó de una sensación de pertenencia en el verdadero sentido de la palabra. Esa sensación se encuentra tanto en los buenos como en los malos momentos, ¡y este era uno de esos buenos momentos! Al ejercer este tipo de lealtad inamovible hacia otra persona, se nos enseña cómo amar y cómo ser más semejantes al Salvador.

La sociedad y la familia

La sociedad parece confundida por la verdadera relación que debiera haber entre padres e hijos. Algunas personas dudan de que todavía exista nuestro milenario sistema de rela­ciones de parentesco y matrimonio, reflejado en el quinto mandamiento. Algunos defienden que una “familia” legal debería estar formada por dos o más personas que comparten sus recursos y sus compromisos. Un reco­nocido erudito asevera que cualquier “asociación íntima” debería disfrutar de los mismos derechos que las leyes conceden al matrimonio y al parentesco.

A medida que este tipo de cues­tiones aumente, escucharemos cada vez una mayor crítica a la idea tradi­cional de que un sistema basado en unas relaciones permanentes de parentesco y de matrimonio hetero­sexual es crucial para los mejores intereses de la sociedad. En cierto modo debemos recordar que una sociedad que tolere cualquier cosa, acabará por perderlo todo.

Me gustaría sugerir cuatro elementos que reflejan el interés de la sociedad por preservar la estruc­tura tradicional de la familia. Este interés social, reflejado en el espíritu del quinto mandamiento, no debe ser anulado en favor del interés indi­vidual al que tan frecuentemente se hace alusión en estos días. A largo plazo, preservar la estabilidad familiar es la mejor manera de asegurar una libertad individual con sentido.

El primer elemento hace refe­rencia, básicamente, a las necesi­dades de los niños. Los estudios han demostrado, más allá de toda duda, que el entorno y las relaciones ‘esta­bles con los adultos son de vital importancia para el desarrollo psico­lógico normal del niño. Sólo este hecho justifica las preferencias legales que siempre se le han dado a la familia tradicional.

Segundo, la vida familiar es la fuente de la virtud pública. La vida en familia necesita de todo aquello que parece estar en oposición a la libertad personal: sumisión a la auto­ridad, aceptación de la responsabi­lidad y el desempeño del deber. Aun así, para su existencia, la libertad personal depende de la presencia de esos mismos principios. Sin esta salvaguarda, las familias y las comu­nidades se deterioran, y la libertad personal acaba también por desapa­recer. Cuando las familias establecen de común acuerdo el compromiso de observar el quinto mandamiento, tanto los niños como los padres experimentan de antemano la nece­sidad de la autoridad, de la responsa­bilidad y del deber.

En boca del historiador Christopher Lasch: “el mejor argu­mento para la indispensabilidad de la familia es que los niños crezcan en las mejores condiciones de un ambiente emocional intenso [con sus padres]… Sin entrar en conflicto con las emociones ambivalentes que afloran por la unión del amor y la disciplina reflejados en los padres, el niño nunca será capaz de dominar la ira o el temor a la autoridad. Es por esta razón que los niños necesitan padres en vez de consejeros y niñeras profesionales”. Un niño que pase por esta experiencia esencial, aprende a honrar a su padre y a su madre de manera tal que le permite relacionarse positivamente con cualquier otra manifestación de autoridad. El resultado final es que el niño sea capaz de “interiorizar valores morales a través de la conciencia”3.

Tercero, la familia, formal y legalmente reconocida, es esen­cial para transmitir valores a los niños. Un sistema de unidades familiares en vez de uno de indivi­duos aislados, ayuda a evitar el excesivo control gubernamental de los valores que se les enseñan a los niños. Por sí mismo, el matri­monio protege a la familia y a sus miembros de influencias externas inapropiadas.

Cuarto, el matrimonio preserva la estabilidad social. El matrimonio y las relaciones de parentesco contienen compromisos de perma­nencia que les colocan en una cate­goría diferente al resto de las relaciones humanas. Las personas que creen que estas relaciones conti­nuarán indefinidamente, invertirán en ellas tiempo y energía junto con la creencia razonable de que la promesa de beneficios y bendiciones futuras justifica los sacrificios que hagan como individuos. Aquellos cuyas relaciones no incluyen los compromisos maritales, no reali­zarán tales inversiones; por lo que nunca descubrirán las satisfacciones a largo plazo que únicamente emanan del sacrificio de las necesi­dades personales en beneficio de las necesidades colectivas.

Nuestro sentimiento de perte­nencia a otra persona, muy bien ejemplificado por los lazos familiares o de parentesco, es un símbolo de nuestra pertenencia a la familia eterna de Dios. La voluntad de disci­plinar nuestros deseos individuales para honrar los compromisos contra­ídos con nuestros seres queridos, nos prepara para pertenecer a Aquel que es nuestro Padre.

Proclamando la paz

En Doctrina y Convenios 98:16, el Señor instruyó a Sus santos a “renuncia [r] a la guerra y proclama [r] la paz, y procura [r] dili­gentemente hacer volver el corazón de los hijos a sus padres, y el corazón de los padres a los hijos”. En la medida en que aumente nuestra comprensión del quinto manda­miento en el contexto del espíritu de la obra de Elías, podremos ver las conexiones entre la paz y el volver los corazones de los padres y de los hijos los unos hacia los otros. La paz que proclamamos y encontramos de este modo bendecirá y fortalecerá nuestra mente, nuestro hogar y nuestra sociedad.

Al comienzo empleé un relato familiar para ilustrar cómo las promesas de los padres se plantan en los corazones de los hijos, uniendo a los hijos con sus antepasados por medio del amor, a través de genera­ciones y más allá del velo de la muerte. El resultado fue que un joven comprendió en forma más clara quién era él y cómo debería vivir. Este descubrimiento le bendijo y bendijo su relación con la sociedad en general.

Finalizo con otro relato para ilustrar cómo el espíritu de la obra de Elías cruza los límites de los lazos de sangre para fomentar el honor entre padres e hijos. Recientemente conversé con una mujer que, cuando era bebé, fue adoptada por una familia Santo de los Últimos Días. Cuando le pregunté cuánto tiempo hacía que sabía que era adoptada, ella me dijo que cuando tenía cuatro años su padre adoptivo había dado una lección en la noche de hogar sobre el plan de salvación. En el transcurso de la misma, él explicó que, a veces, los padres que buscan con desesperación tener hijos, se encuentran con impedimentos físicos para traerlos a esta vida. En este tipo de casos, dijo, los padres pueden ayunar y pedirle al Señor que les ayude a encontrar un hijo especial cuyos padres biológicos no sean capaces de cuidar. Su padre la tomó en sus brazos y le explicó que esa era la forma en la que su Padre Celestial les había enviado a ella. Al oír esa tierna historia, sentí con seguridad que las promesas que el Señor hizo a los padres adoptivos de esta mujer fueron plantados en el corazón de ella, y que el resul­tado fue una paz mental y un sentimiento de pertenencia que le acompañan durante toda la vida.

En un mundo en el que dema­siados padres e hijos se alejan los unos de los otros, quizás nosotros podamos “renuncia[r] a la guerra y proclama [r] la paz, y procura [r] dili­gentemente hacer volver el corazón de los hijos a sus padres, y el corazón de los padres a los hijos” (D. y C. 98:16). Al hacerlo así, veremos cómo se cumple la promesa del Señor de que “nada, a menos que sea la iniquidad entre ellos, dañará ni perturbará su posteridad sobre la superficie de esta tierra para siempre” (2 Nefi 1:31).

NOTAS

  1. Carta anónima, citada en “Talk of the Town”, New Yorker, 30 de agosto de 1976, págs. 21-22.
  2. Alston Chase, Group Memory: A Guide to College and Student Survival in the I980s, 1980, pág. 284.
  3. Haven in a Heartless World: The Familiy Besieged, 1979, pág. 123.
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