Nacer de nuevo

Liahona Junio 1998

Nacer de nuevo

Por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El mensaje actual del Salvador es semejante al mensaje del pozo, al de los sembrados o al del Mar de Galilea. Es el mensaje de que puede haber un reino celestial sobre la tierra al igual que lo hay en los cielos, y que aque­llos que toman Su obra sobre sí, nacerán por segunda vez, renovados en corazón y en espíritu.

A nuestra obtención individual de un segundo nacimiento, un volver a despertar, le sigue una búsqueda eterna de aquello que es noble y bueno. Al igual que Nicodemo, muchos preguntarán cómo se lleva a cabo este segundo nacimiento (véase Juan 3:4). La respuesta sigue siendo la misma: “…el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5).

El inquisitivo Tomás hizo un pregunta clave: “Señor… ¿cómo, pues, podemos saber el camino?”. La respuesta fue: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:5—6).

Nacer espiritualmente de Dios significa que debemos ser capaces de responder afirmativamente la pregunta de Alma: “¿Habéis experimentado este gran cambio en vuestros corazones?” (Alma 5:14). Nacer de nuevo significa que debemos ejercer una fe que no vacile y que no se aleje fácil­mente de Dios.

Muchos miembros, cuando beben de la amarga copa que llega hasta ellos, creen, en forma equivocada, que ésta pasa de largo para otras personas. En sus primeras palabras a la gente del continente occi­dental, Jesús de Nazaret habló intensamente de la amarga copa que el Padre le había dado (véase 3 Nefi 11:11). Toda alma tiene algún tipo de copa amarga de la que beber. Los padres cuyo hijo se desvía del camino llegan a conocer una pena imposible de describir; una mujer puede ver cómo se le rompe el corazón cada día ante el trato de un marido cruel e insensible; los miem­bros que no se casan pueden sufrir penas o decepciones. Sin embargo, cuando se bebe de la amarga copa, uno debe aceptar la situación tal como es, y así llegar hasta Dios y hasta las demás personas. El presidente Harold B. Lee dijo: “No permitan que la compasión por uno mismo o la desesperación les aleje del camino que saben que es correcto”. El Salvador fijó el curso a seguir: debemos nacer de nuevo en espíritu y corazón.

Hace varios años, Bonnie McKean Giauque ganó el Concurso nacional de decoración de sillas de ruedas. Esta madre de Salt Lake estaba afectada de esclerosis múltiple y tenía que cuidar de su esposo y de sus cinco encantadoras hijas desde una silla de ruedas. Para el concurso, decoró su silla a la manera de Raggedy Ann (una muñeca famosa en los Estados Unidos), a fin de que los niños que la vieran pudiesen hablar de algo más que de su incapacidad. Un día de ayuno comentó que ella y otra amiga discapacitada de igual forma, se habían dicho: “¿No somos afortunadas por tener sillas de ruedas?”.

James Reston, analista político del New York Times, comentó: “Cuando G. K. Chesterton escribió su autobio­grafía al final de una vida extraordinaria, dijo que la lección más importante que había aprendido era la de aceptar las cosas con gratitud, en lugar de darlas por sentado”. El señor Reston comentó también que no importaba lo pesimista que pudiera ser nuestro punto de vista de todas nuestras bien ponderadas instituciones, “aun entonces, y especialmente en ese momento, podemos rechazar o volver a confiar en la amistad personal y en el fiel amor personal o en los tratos claros y honestos que realicemos en nuestra vida privada. En la obra Hamlet, de Shakespeare, Polonio da el siguiente consejo a su hijo: “Los amigos que escojas y cuya adop­ción hayas puesto a prueba, sujétalos a tu alma con garfios de acero” (William Shakespeare, Obras Completas, “Hamlet, príncipe de Dinamarca”, Acto I, Escena III, Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid, 1982, pág. 242).

Tal y como preguntó Tomás: ¿cómo podemos saber el camino? (véase Juan 14:5). Lo descubriremos al ver más allá de nosotros mismos. Un buen amigo dijo: “Necesito que me recuerden los peligros de pensar sólo en mí mismo, de preocuparme en exceso de mí. En mi intento de protegerme a mí mismo, podría perder el sentido de la vida”. Hay graves peligros en considerar con demasiada preocupación los deseos y necesidades personales, pudiendo éstos llegar a impedir la oportunidad de nacer de nuevo. No se puede dejar de lado la cuestión de este renacer espiritual. El apóstol Pablo dijo a los romanos: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6).

Esta no es una vida pasiva. La palabra de Dios pone constantemente ante nosotros imágenes de vigor, de acción y de poder, las cuales pueden ser controladas y diri­gidas a través de Su guía benevolente. “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?”, preguntó Pablo a los romanos (Romanos 9:21). El élder Thomas E. McKay, Ayudante de los Doce, dijo lo siguiente de su hermano, el presidente David O. McKay: “Cuando éramos niños nadábamos en los fríos arroyos de los alrededores de Huntsville, Utah. David era el primero en lanzarse a la heladas aguas y nos gritaba a los que estábamos temerosos en la orilla: ‘Vengan, el agua está fantástica'”. Siempre llegará el tiempo en el que deberemos saltar a las frías aguas, sin importar nuestros presentimientos.

Por ejemplo, es un error que las mujeres crean que la vida empieza en el momento de contraer matrimonio. Una mujer debe tener identidad propia, ser útil y sentirse importante y necesitada tanto si fuere soltera como casada. También debe sentir que tiene algo que ofrecer. Hablando a través de Porcia en El mercader de Venecia, Shakespeare dijo: “Por lo que a mí se refiere, no alimen­taré ningún ambicioso deseo de ser mejor de lo que soy; pero por vos quisiera poder triplicarme veinte veces” (William Shakespeare, Obras Completas, “El mercader de Venecia”, Acto III, escena II, Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid 1967, pág. 1069).

En el mensaje del Divino Redentor hay un ofreci­miento de esperanza para todos, de gran poder para los padres y para todo aquel que a veces se sienta pobre de espíritu, abatido o desatendido: es la trascendental espe­ranza de un nuevo nacimiento, ya que hay una gran libertad para aquellos que nacen del Espíritu. Podemos ser como el viento que “sopla de donde quiere” y que ningún hombre “sabe de dónde viene, ni a dónde va” (Juan 3:8). Así que, al haber nacido por segunda vez, podemos librarnos de la actitud restrictiva de la compa­sión por uno mismo, la duda, el desánimo y la soledad, para ser edificados hacia actividades más elevadas y nobles. “Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías 40:31).

El mensaje actual del Salvador es semejante al mensaje del pozo, al de los sembrados o al del Mar de Galilea. Es el mensaje de que puede haber un reino celes­tial sobre la tierra al igual que lo hay en los cielos, y que aquellos que toman Su obra sobre sí, nacerán por segunda vez, renovados en corazón y en espíritu. Es el mensaje de que los que beban del agua que les da el Maestro, “no tendrá[n] sed jamás”, sino que este agua será para ellos “una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

Aquellos que tomen sobre sí las cargas de los demás hallarán un gozo indescriptible. Esta felicidad es para todos, hasta para los más humildes y desdichados; está al alcance de todos. Llegamos al Creador por medio de Sus hijos, puesto que el que da un vaso con agua al sediento, le da el agua al Salvador, y quien recibe el agua recibe al Padre infinito, que fue el que lo envió.

El ministrar a los demás no debe limitarse a los miem­bros de la Iglesia. Recuerdo una vez, cuando era un joven misionero, que padecí de ictericia, a la que nos referíamos como “la enfermedad de los misioneros”. Me encontraba tan mal que tenía miedo de no morir y seguir sufriendo. Una buena mujer que no era de nuestra fe me cuidó hasta que recuperé la salud y, consideré que literalmente me salvó la vida. Este magnífico servicio quedó impagado, pues no aceptó nada a cambio. Anhelo poder verla en otro mundo si fuera digno de ir a donde ella está.

Si se hace a la manera correcta, no existe mayor adoración que la de servir en forma gratuita a otra alma, sin importar de qué fe, creencia o estrato social provenga. El Salvador del mundo dijo simplemente: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Quizás uno de nuestros dones pueda ser tan sencillo y natural como una sonrisa o una palabra amable. La comunicación sencilla pero sublime que provenga de alguien que se preocupe, es capaz de elevar el alma soli­taria para que los problemas desaparezcan. Es mi humilde oración que pueda haber un segundo nacimiento para todos nosotros, un volver a despertar a todo lo bueno que podamos hacer. •

En el mensaje del Divino Redentor hay un ofreci­miento de esperanza para todos, de gran poder para los padres y para todo aquel que a veces se sienta pobre de espíritu.

Si se hace de la manera correcta, no existe mayor adoración que la de servir en forma gratuita a otra alma.

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