Batallones perdidos

Liahona Septiembre 1987
Batallones perdidos
Por el élder Thomas S. Monson
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Hace largo tiempo estuve sobre un viejo puen­te que se extiende sobre el río Somme que sigue su constante pero sereno recorrido por el corazón de Francia. Estando allí, de pronto me di cuenta de que habían pasado cincuenta y dos años, basta ese entonces, desde que se había firmado en 1918 el Armisticio y llegado a su fin la Primera Gue­rra Mundial.

Miles de soldados habían cruzado aquel mismo puente durante la guerra, y muchos de ellos jamás habían vuelto de ella. En los campos de batalla yacían cruces limpias y blancas sobre las tumbas, co­mo inolvidable recuerdo de aquellos que habían muerto.

Recordé entonces que había leído la historia del “batallón perdido”, una unidad de la Septuagésima Séptima División de Infantería de la Primera Guerra Mundial. Durante una parte de la guerra, el batallón entero se vio rodeado por el enemigo; los alimentos y el agua habían empezado a escasear y no se podía evacuar a las víctimas. El tenaz batallón había resisti­do repetidos ataques, haciendo caso omiso de las pe­ticiones del enemigo de que se rindieran. Después de ese desesperado período de aislamiento total, otras unidades de la misma división avanzaron y ayudaron al “batallón perdido”.

Los reporteros indicaban que las fuerzas de relevo parecían estar resueltas a rescatar a sus camaradas, motivados por una cruzada de amor. Los guerreros estaban más prestos a ayudar voluntariamente, más dispuestos a luchar con denodado heroísmo y a morir con mayor valentía. En mi mente resaltó un frag­mento del inmortal sermón pronunciado en el Monte de los Olivos: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13.)

El rescate de los “batallones perdidos”

Hoy ya casi han quedado en el olvido la historia del “batallón perdido” y el terrible precio que se pagó por su rescate, pero es mucho lo que podemos apren­der de ello. ¿Existen batallones perdidos en la actua­lidad—gente que se siente aislada de su prójimo? Si es así, ¿qué responsabilidad tenemos de rescatarlos?

Existen los “batallones perdidos” de aquellos que tienen impedimentos físicos, de los ancianos, las viu­das y los enfermos. Muy a menudo estas personas se encuentran en los desolados y abrasadores desiertos de la soledad. Cuando se desvanece la juventud, la salud se menoscaba; cuando disminuye el vigor y se va apagando la luz de la esperanza, los miembros de estos enormes “batallones perdidos” pueden recibir el apoyo y socorro de una mano amiga, de ese alguien que se preocupa por su prójimo.

Recuerdo a un joven muchacho que, a la edad de trece años, efectuó con éxito una labor de rescate con personas como éstas. El y varios de sus amigos vivían en un barrio donde residían muchas viudas de escasos recursos económicos, y del cual yo era el obis­po. Durante todo el año, los muchachos habían aho­rrado dinero y hecho planes para realizar una anima­da fiesta de Navidad. Pensaban únicamente en sí mismos, hasta el momento en que el espíritu navide­ño inspiró a Frank, el jovencito que los dirigía, a pensar también en otras personas. Él les sugirió a sus compañeros que en lugar de usar los fondos que habían ahorrado para esa gran fiesta, los utilizaran para el provecho de tres ancianitas que vivían juntas. Entonces todos acordaron cambiar sus planes.

Con el entusiasmo de una nueva aventura, los jó­venes compraron la gallina más grande que encontra­ron, patatas, verduras, fruta y todos los demás pro­ductos que acompañan un tradicional banquete navi­deño en los Estados Unidos de América. Se dirigie­ron a la casa de las viudas llevando consigo sus pre­ciados regalos. Llamaron a la puerta, escucharon aproximarse los delicados pasos y, con las voces de­sentonadas características de los niños de trece años, empezaron a cantar: “Noche de luz, noche de paz, reina ya gran solaz. . . ” Después hicieron entrega de sus regalos. Los ángeles de la gloriosa noche histórica que todos conocemos no pudieron haber cantado más espléndidamente, ni los reyes magos haber presenta­do regalos de mayor significado, que esos pequeños en esa ocasión.

El amor: un bálsamo milagroso

Existen por ahí también otros “batallones perdi­dos” integrados por padres e hijos quienes, a causa de un comentario descuidado, se han alejado el uno del otro. Permitidme contaros un incidente que ocurrió en la vida de un joven al que llamaremos Jack.

Durante su vida, Jack y su padre habían tenido muchas discusiones serias, hasta que un día, cuando el joven tenía diecisiete años de edad, tuvieron una violenta disputa en la cual él le dijo a su padre: “¡Hasta aquí llegó! ¡Me voy de la casa y no pienso volver jamás!” Y, acto seguido, se introdujo en la casa y empezó a empacar sus cosas. Su madre le rogó que se quedara, pero él estaba tan disgustado, que no podía escuchar, de modo que la dejó llorando frente a la puerta.

Atravesó el patío y estaba por salir, cuando oyó el llamado de su padre, que decía: “Jack, sé que gran parte de la culpa de que te vayas de la casa la tengo yo, y créeme que lo siento mucho verdaderamente, pero quiero que sepas que si algún día deseas regresar, siempre tendrás las puertas abiertas. Yo te prometo que seré un mejor padre para ti. Quiero que sepas que siempre te querré.” Jack no dijo nada, sino que se dirigió a la terminal de autobuses y compró un boleto para ir a un punto distante. Al encontrarse sentado en el ómnibus, viajando kilómetros de kilómetros, comenzó a reflexionar en las palabras de su padre y a darse cuenta del gran amor que le habría requerido hacer lo que había hecho. Su padre le había pedido disculpas; lo había invitado a volver, y en la brisa veraniega resonaban las palabras: “Siempre te que­rré”.

Fue entonces que Jack se dio cuenta de que la úni­ca manera de estar en paz consigo mismo era demos­trándole a su padre la misma clase de madurez, bon­dad y amor que éste le había mostrado. Decidió en­tonces bajar del autobús y comprar un boleto de re­greso a su casa.

Arribó un poco después de la medianoche; entró en la casa y encendió la luz. Allí, en una mecedora, y con la cabeza entre las manos, estaba su padre. Al enderezarse vio a Jack, se levantó de la silla y ambos corrieron para abrazarse. Después de eso, Jack siem­pre dijo: “Esos últimos años que viví en casa fueron los más felices de mi vida.”

He aquí un padre que, ocultando sus pasiones y orgullo, rescató a su hijo antes de que éste formase parte de ese gran “batallón perdido” de familias de­sintegradas y hogares destrozados. El amor fue el lazo de la unión, el bálsamo milagroso.

Hay otros “batallones perdidos”; algunos de sus in­tegrantes luchan en las selvas del pecado, otros, an­dan errantes en el desierto de la ignorancia. En reali­dad, todos estamos incluidos en lo que bien podría haber sido el “batallón perdido” de la humanidad, un batallón destinado a la muerte eterna.

La libertad de los cautivos

“La muerte entró por un hombre. . . Porque… en Adán todos mueren.” (1 Corintios 15:21-22.) Todos somos partícipes de la experiencia de la muerte; na­die se escapa de ella. Si permaneciésemos sin ser res­catados, perdidos estarían el paraíso, las familias y los amigos. Dándonos cuenta de esta verdad, empezamos a apreciar el gozo supremo que acompañó el naci­miento del Salvador del mundo. Cuán gloriosas las palabras del ángel: “[He aquí, una virgen],… dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mateo 1:21.)

En una memorable ocasión, Jesús usó un texto de Isaías: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mil porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebran­tados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel” (Isaías 61:1), una clara promulgación de un plan divino para rescatar al “batallón perdido”, al cual todos pertenecemos.

Pero la predicación de Jesús había sido únicamente un preludio. El Hijo del Hombre siempre tuvo un terrible compromiso que cumplir en un monte llama­do Gólgota. Habiendo sido arrestado en el Jardín de Getsemaní después de la Ultima Cena, desertado por sus discípulos, escupido, probado y humillado, Jesús se dirigió tambaleante, bajo su pesada cruz, hacia el Calvario.

Nuestro Padre Celestial dio a su Hijo por nosotros; nuestro Hermano Mayor dio su vida por nosotros. El Maestro pudo haberse arrepentido en el último mo­mento, pero no lo hizo. Soportó todas las cosas a fin de salvar todas las cosas: la raza humana, la tierra y todo lo que en ella hay que tiene vida.

No hay palabras cristianas que signifiquen más para mí que las pronunciadas por el ángel a la sollozan­te María Magdalena y a la otra María, cuando se acercaban a la tumba para cuidar el cuerpo del Señor: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado.” (Lucas 24:5-6.)

Con esta impresionante declaración, el “batallón perdido” de la humanidad, aquellos que han vivido y muerto ya, aquellos que ahora viven y que un día morirán, y los que aún están por nacer y morir, sí, este batallón de seres humanos que se encontraba perdido, acababa de ser rescatado.

Testifico de aquel que nos libró de la muerte eter­na. Él es un Maestro de verdad, pero es más que un maestro solamente; es el ejemplo de vida perfecta, pero es más que un ejemplo únicamente; es el Gran

Médico, y aún más que eso. Aquel que rescató al “batallón perdido” de la humanidad es el Salvador literal del mundo, el Hijo de Dios, el Príncipe de Paz, el Santo de Israel, aun el Señor resucitado, que declaró: “Soy el primero y el último; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre.” (D. y C. 110:4.)

Como su testigo, os declaro que vive y que sus enseñanzas y su evangelio tienen el poder de rescatar­nos a todos, si nos volvemos a Él con fe e integridad. □

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