El niño, el joven, el hombre que pocos conocen

Liahona Mayo 1987

El niño, el joven, el hombre que pocos conocen

Por Bruce R. McConkie

Jesús nació, al igual que nosotros; creció como nosotros; aprendió a gatear, a caminar, a leer y a escribir, a trabajar y a jugar, tal como nosotros.
El Salvador es nuestro ejemplo y amigo. Sí aprendemos a vivir como El lo hizo, tendremos el privilegio de ir a su presencia y vivir con El para siempre.

Habia una vez un joven en Palestina—un joven fuerte, vibrante e inteligente— cuyo destino fue, en la flor de su vida, morir en una cruz romana, crucificado por los pecados del mundo.

Lo conocemos como el Hijo de Dios, la única persona perfecta que jamás existió, y nos maravillamos de los milagros que efectuó, las verdades que emanaron de sus labios y el poder y la sabiduría que manifestó en los días de su ministerio.

¿Y con respecto a sus años de preparación? ¿Era como otros jóvenes judíos, sujeto al dolor, la aflicción y las enfermedades y a todas las desgracias de la carne?

¿Os habéis preguntado alguna vez: -dónde y bajo qué circunstancias nació Jesús?

—¿Qué hizo en su niñez, cuando fue un jovencito judío y un hombre preparándose para comenzar su ministerio?

—¿Fue como todos los demás jóvenes de Galilea, Judea y Perea, o vivió un tipo de vida aislada y santificada?

—¿Quiénes eran sus amigos y qué clase de asociación tenían entre ellos?

Puedo deciros muchas cosas acerca de Jesús y su vida que generalmente se desconocen, cosas que no se encuentran en las Escrituras, pero que emanan de ciertas verdades que sí se hallan en ellas. Al aplicar estos principios a las circunstancias sociales y culturales en la Palestina de aquella época, podemos darnos un idea razonablemente clara de cómo eran las cosas.

Antes de volver nuestra atención a cómo era el Señor, fijémonos, en forma cuidadosa y reflexiva, endos cosas que Pablo escribió: Jesús, dijo,

“se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:7-8).

Además: “En los días de su carne, [ofreció] ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas …Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:7-8).

Ahora, permitid que vuestras mentes se remonten a Palestina en los días de ese inicuo y desdichado Herodes. Fue entonces cuando Augusto César mandó tomar un censo para imponer impuestos. Herodes, para honrar a sus subditos judíos, les permitió reunirse en sus tierras natales, para que allí se contaran junto con sus familiares.

Por esa razón, José y María, ambos de la casa de David, viajaron los 129 kilómetros desde Nazaret a Belén, la Ciudad de David. María estaba a punto de dar a luz. La jornada, así como la de sus amigos y familiares, fue lenta; probablemente utilizaron asnos para llevar sus alimentos y enseres, y acamparon en los lugares acostumbrados de todas las caravanas de esos días.

Estas postas eran sitios cuadrados o rectangulares en los que se encontraba un patio para los animales, y en una plataforma más alta, rodeando el patio, una serie de habitaciones con puertas que se abrían hacia el centro. A cada uno de esos cuartos se le llamaba Katalyma, y en ellos los fatigados viajeros hacían sus camas con tapetes o frazadas que colocaban en el piso de tierra. Las bestias de carga se dejaban en el patio. Siempre había algún manantial cercano para abastecerlos de agua, y cuando las postas quedaban cerca de una ciudad o aldea, como en el caso de Belén, alguna persona emprendedora, por unos pocos centavos, vendía forraje para los animales y algunas verduras para los viajeros. Las comidas se preparaban en una fogata al aire libre y siempre prevalecía entre ellos un espíritu de hospitalidad, cooperación y camaradería.

En aquella noche especial, los galileos con quienes viajaban José y María llegaron tarde. Todos los Katalymas se encontraban llenos; no hay traducción para esta palabra, a lo que más se asemeja es a un hostal, como los que se encuentran en Europa. El relato del Nuevo Testamento dice que no había lugar para ellos en el mesón. Los Katalymas estaban llenos de manera que José y María se albergaron junto a las bestias en el patio, lo que era semejante a un establo. Allí, entre los animales, entre los aullidos de los perros y el mugido del ganado, entre el bramido de los burros y el balido de las ovejas, nació el Hijo de Dios. Las amigas y parientes de María actuaron de parteras cuando el Hijo del Altísimo respiró por primera vez para empezar su vida terrenal.

Cuando Jesús tenía ocho días de edad, tal vez en alguna casa en Belén o en el templo de Jerusalén, fue circuncidado y recibió su nombre. Cuando tenía 41 o más días, fue presentado en el templo y se ofreció un sacrificio a favor de María. Dado que ella y José eran muy pobres para ofrecer un cordero, se les aceptó ofrecer un par de tórtolas o dos palominos.

Más tarde, probablemente cuando el niño tenía dos años, llegaron los magos del Oriente con regalos; luego vino la estadía en Egipto y el regreso a Belén y a Nazaret.

No sabemos todo lo que Jesús hizo o dijo mientras crecía, pero sabemos cómo era la vida en los hogares judíos de Belén y Nazaret. Vivió, como muchos lo hacen todavía, en humildes circunstancias. Su hogar pudo haber tenido piso de tierra; había hermanos y hermanas; comían en la misma mesa, dormían juntos en duros colchones, quizá varios en el mismo cuarto. La comida era la misma comida simple de los pobres y su ropa era de lana elaborada en casa y parecida a la que usaban todos los jovencitos judíos de esa región.

Jesús aprendió a gatear, a caminar, a correr. Aprendió a hablar, a trepar árboles y a jugar.

Viajó en burros y camellos, ordeñó cabras y vacas, aró campos, sembró semillas, sacó hierbas y segó las cosechas. Aprendió a leer y a escribir; fue a la escuela en la sinagoga y se le enseñó a orar y a guardar el Día de Reposo. Caminó por las colinas de Galilea, escuchó el arrullo de las palomas, vio las guaridas de las zorras, observó las aves del cielo, contempló los lirios de los campos y guió ovejas a las aguas tranquilas. José le enseñó a aserrar madera, a clavar, a acarrear postes y a construir casas.

Cuando tenía doce años de edad acompañó a su familia a la fiesta de la Pascua en Jerusalén, donde confundió a los sacerdotes y a los rabíes en el templo. A esas alturas ya sabía que Dios era su padre y que su vida sería como la de ningún otro ser en la tierra.

En cuanto a su desarrollo, y en particular en lo que se refiere a su aprendizaje de las verdades divinas, las Escrituras dicen:

“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.” (Lucas 2:52.)

Aun durante los días de su ministerio, sus hermanos y hermanas lo consideraban como a otros hombres. Sentía hambre y sed, y se cansaba, según las circunstancias lo justificaban. Comía higos y pescado y pan de cebada. Asistió a banquetes, durmió en los hogares de sus amigos y bajo las amigables estrellas del cielo. Tenía frío durante las nevadas y las tormentas del invierno y calor cuando el sol veraniego quemaba las hierbas de los campos.

Gemía y sufría en dolor cuando los afilados pedazos de hueso y plomo del látigo romano le herían el cuerpo. La corona de espinas causó que la sangre le escurriera por su rostro, y el mismo tormento se transmitió a sus manos y pies cuando los clavos de los crucifícadores le atravesaron su carne, como hubiera sido el caso con cualquier mortal.

El es nuestro modelo y nuestro amigo, nuestro compañero en sufrimiento y nuestro compañero de labores. Nació como nosotros nacimos; creció como nosotros crecimos; estuvo sujeto a las mismas enfermedades, dolores y aflicciones que nosotros. Estuvo hambriento, sediento y cansado, igual que nosotros. Jesús tuvo que sobreponerse al mundo y ocuparse en su salvación en la misma forma que nosotros.

Fue llamado a servir como un misionero, tal como nosotros. La causa de la verdad y la rectitud fue su preocupación mayor, tal como debería serlo para nosotros.

Se nos exhorta a seguirle, “pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18).

Jesús dijo: “Venid a mí…, y aprended de mí” (Mateo 11:28-29). Si aprendemos de El y vivimos como El vivió, tendremos el privilegio de ir a donde El está y vivir en su casa para siempre. ¿Qué mayor recompensa podríamos recibir?

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