A los amigos e investigadores de la Iglesia

Conferencia General Abril 2017
A los amigos e investigadores de la Iglesia
Por el élder Joaquín E. Costa
De los Setenta

Si paga el precio de la revelación, si se humilla, lee, ora y se arrepiente, los cielos se abrirán y sabrá como yo sé, que Jesús es el Cristo.

Un viernes por la tarde, el 16 de septiembre de 1988, en la capilla del Barrio de Vicente López, en Buenos Aires, Argentina, fui bautizado miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Me bautizó un muy buen amigo, Alin Spannaus. Me sentí feliz, más liviano, ansioso por aprender más.

Bautismo del élder Costa

Quiero compartir algunas lecciones que aprendí en mi camino hacia el bautismo, lecciones que espero sean de ayuda para aquellos que están escuchando y que todavía no son miembros de la Iglesia. Ruego que el Espíritu toque sus corazones como tocó el mío.

Primero, reunirse con los misioneros

¿Por qué una persona sin grandes desafíos, necesidades, o preguntas se interesaría en reunirse con los misioneros y escuchar sus lecciones? Bueno, en mi caso fue por amor, amor por una chica que se llama Reneé. Me enamoré y quería casarme con ella. Ella era diferente, y tenía distintos principios de la mayoría de las jóvenes que yo conocía. ¡Y me enamoré! Le pedí que se casara conmigo, ¡y me dijo que no!

El élder y la hermana Costa

Estaba muy confundido. ¡Para mí, yo era un buen candidato! ¡Era un joven de 24 años, buen mozo, tenía un título universitario y un excelente trabajo! Ella habló de sus metas, de que solo se casaría con alguien que la llevara al templo, que quería tener una familia eterna; y rechazó mi oferta. Yo quería continuar con esa relación, por lo que accedí a escuchar a los misioneros. ¿Es esta una buena razón para reunirse con los misioneros? ¡Para mí sí!

Cuando comencé a escuchar a los misioneros no entendía mucho de lo que decían, y a decir verdad, creo que no les prestaba demasiada atención. Mi corazón estaba cerrado a una nueva religión y solo quería probar que estaban equivocados, y ganar tiempo para convencer a Reneé que igual se casara conmigo.

Hoy mis hijos han servido y están sirviendo en misiones, y comprendo todo el sacrificio que estos hombres y mujeres jóvenes hacen para enseñar el evangelio de Jesucristo. Ojalá hubiese prestado más atención a los maravillosos misioneros que me enseñaron, el élder Richardson, el élder Farrell y el élder Hyland.

De manera que de mi primera lección les digo, amigo e investigador de la Iglesia: cuando se reúna con los misioneros, por favor, tómelos en serio, ellos están dando años importantes de su vida solo para usted.

Segundo, asistir a la Iglesia

La primera vez que asistí a una reunión de la Iglesia escuché muchas palabras nuevas que no tenían sentido para mí. ¿Quiénes eran las Abejitas? ¿Qué era el Sacerdocio Aarónico?, ¿la Sociedad de Socorro?

Si esta es su primera vez en una reunión de la Iglesia y se siente confundidopor cosas que no entiende, ¡no se preocupe! ¡Yo también estaba perdido! Pero aún recuerdo las impresiones, los nuevos sentimientos de paz y de gozo que sentí. No lo sabía entonces, pero el Espíritu Santo me estaba susurrando a los oídos y a mi corazón: “Esto es bueno”.

Entonces, permítanme poner esta lección en una oración: Si no entiende, no se preocupe, recuerde los sentimientos, vienen de Dios.

Tercero, leer el Libro de Mormón

Después de varias reuniones con los misioneros yo no estaba progresando mucho. Sentía que no había recibido una confirmación de la veracidad del Evangelio.

Un día Reneé me preguntó: “¿Estás leyendo el Libro de Mormón?”.

Contesté: “No”. Ya estaba escuchando a los misioneros, ¿no era eso suficiente?

Con lágrimas en los ojos, Reneé me aseguró que ella sabía que el Libro de Mormón era verdadero, y que si yo también quería saber si era verdadero, ¿qué debía hacer? ¡Leerlo! Y luego preguntar.

Leer, meditar en el corazón y preguntar: “… a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo… con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo” (Moroni 10:4)

Nuevamente, para resumir la tercera lección en una oración: Cuando reciba estas cosas, El Libro de Mormón, y lo inviten a leerlo y preguntar a Dios si es verdadero, por favor ¡hágalo!

Último, arrepentirse

La última experiencia que quiero compartir es sobre el arrepentimiento. Después de terminar todas las lecciones misionales aún no sentía que tenía que hacer cambios en mi vida. Fue el élder Cutler, un misionero joven, resuelto, que hablaba poco español, quien vino un día y dijo “Joaquín, leamos juntos Alma 42, y vamos a incluir el nombre de usted a medida que leamos”.

Me pareció un poco absurdo, pero hice lo que el élder Cutler me pedía y leí en el versículo 1: “Y ahora bien, mi hijo, [Joaquín], percibo que hay algo más que inquieta tu mente, algo que no puedes comprender”. ¡Ah! ¡El libro me hablaba a mí!

Seguimos leyendo, en el versículo 2: “He aquí hijo mío [Joaquín], te explicaré esto” y leímos sobre la caída de Adán.

Y en el versículo 4: “Y así vemos que le fue concedido un tiempo a [Joaquín] para arrepentirse”.

Continuamos leyendo, lentamente, versículo por versículo hasta llegar a los tres últimos versículos. Entonces, la fuerza con que el libro me hablaba directamente a mí me impactó, y comencé a llorar mientras leía: “Y ahora bien, mi hijo [Joaquín], quisiera que no dejaras que te perturbaran más estas cosas y solo deja que te preocupen tus pecados, con esa zozobra que te conducirá al arrepentimiento” (versículo 29).

Ahora me doy cuenta que yo estaba esperando recibir revelación sin haber antes pagado el precio. Hasta ese momento yo nunca había hablado realmente con Dios, y la idea de hablar con alguien que no estaba presente parecía absurda. Tenía que humillarme, hacer lo que me decían, aun si en mi mente mundana parecía algo sin sentido.

Ese día abrí mi corazón al Espíritu, deseé arrepentirme ¡y me quise bautizar! Hasta ese momento yo pensaba que el arrepentimiento era algo negativo que solo estaba relacionado con el pecado y el error, pero de repente lo vi bajo una nueva luz, como algo positivo que despejaba el sendero al crecimiento y a la felicidad.

El élder Cutler está aquí hoy, y le quiero agradecer por abrirme los ojos. Ese momento en que me humillé y oré para pedir perdón, y la realidad de la Expiación de Jesucristo por mí se convirtió en parte de mi vida; ha tenido un poderoso impacto en cada decisión que he tomado desde entonces.

La última lección en una sola oración es: Viva la experiencia del arrepentimiento. Nada nos acerca más al Señor Jesucristo que el deseo de cambiar.

Mi querido investigador, amigo de la Iglesia, si está escuchado hoy, ¡está muy cerca de encontrar el gozo verdadero! ¡Muy cerca!

Quiero invitarlo, con toda la energía de mi corazón y desde lo más profundo de mi alma: ¡Bautícese! ¡Es lo mejor que hará en su vida! No solo cambiará su vida, sino también la de sus hijos y sus nietos.

La boda del élder y la hermana Costa

El Señor me ha bendecido con una familia. Me casé con Reneé y tenemos cuatro hermosos hijos. Y gracias a que me bauticé yo puedo, así como el profeta Lehi de la antigüedad, invitarlos a participar del fruto del Árbol de la Vida, que es el amor de Dios (véase 1 Nefasto 8:15; 11:25). Los puedo ayudar a venir a Cristo.

Por favor tenga en cuenta mis experiencias y, (1) tome a los misioneros en serio, (2) asista a la Iglesia y recuerde las impresiones que vienen del Espíritu, (3) lea el Libro de Mormón y pregúntele al Señor si es verdadero, y (4) arrepiéntase y bautícese.

Le testifico que, si paga el precio de la revelación, si se humilla, lee, ora y se arrepiente, los cielos se abrirán y sabrá como yo sé, que Jesús es el Cristo; Él es mi Salvador y es su Salvador. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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