Llamados a la obra

Conferencia General Abril 2017
Llamados a la obra
Por el élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 La asignación de trabajar en un lugar específico es esencial e importante, pero secundaria a un llamado a la obra.

Presidente Monson, estamos encantados de oír su voz y de recibir instrucción suya. Lo amamos y sostenemos, y siempre oramos por usted.

Ruego la ayuda del Espíritu Santo al considerar juntos algunos principios pertinentes a la gran obra de predicar el Evangelio a toda nación, y tribu, y lengua, y pueblo1.

Llamados a servir y asignados a trabajar

Cada año, decenas de miles de hombres y mujeres jóvenes, y muchos matrimonios mayores, esperan con anhelo recibir una carta especial de Salt Lake City. El contenido de la carta influye para siempre en la persona a quien se dirige, así como en los miembros de la familia y en un gran número de otras personas. Al llegar, quizás se abra el sobre con cuidado y paciencia, o se rasgue con entusiasmo y gran prisa. Leer esa carta especial es una experiencia inolvidable.

La carta está firmada por el Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y las dos primeras oraciones dicen lo siguiente: “Por medio de la presente, se le llama a prestar servicio como misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Se le ha asignado servir en la Misión ______”.

Noten que la primera oración es un llamado a servir como misionero de tiempo completo en la Iglesia restaurada del Señor. La segunda oración indica la asignación a servir en un lugar y una misión específicos. Es esencial que todos entendamos la importante distinción que se expresa en esas dos oraciones.

En la cultura de la Iglesia, con frecuencia hablamos de ser llamados a servir en cierto país como Argentina, Polonia, Corea o Estados Unidos, pero al misionero no se lo llama a un lugar; más bien, se lo llama a prestar servicio. Tal como el Señor declaró al profeta José Smith en 1829: “Si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra”2.

Cada llamamiento y asignación, o posterior reasignación, es resultado de la revelación que se recibe mediante los siervos del Señor. El llamado a la obra proviene de Dios por medio del Presidente de la Iglesia. La asignación a alguna de las más de cuatrocientas misiones que al presente funcionan alrededor del mundo proviene de Dios mediante un miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, que actúa con autorización del profeta viviente del Señor. Los dones espirituales de profecía y revelación acompañan a todos los llamamientos y asignaciones misionales.

La sección 80 de Doctrina y Convenios es un registro del llamamiento misional que el profeta José Smith extendió a Stephen Burnett en 1832. Estudiar el llamamiento del hermano Burnett puede ayudarnos a (1) comprender con más claridad la diferencia que existe entre ser “llamado a la obra” como misionero y “asignado a trabajar” en un lugar en particular, y (2) valorar más plenamente nuestra responsabilidad individual y divinamente señalada de proclamar el Evangelio.

El versículo 1 de dicha sección es un llamado a servir: “De cierto, así te dice el Señor, mi siervo Stephen Burnett: Ve, ve entre los del mundo y predica el evangelio a toda criatura a quien llegue el son de tu voz”3.

Resulta interesante que el versículo 2 informe al hermano Burnett sobre su compañero misional asignado: “Y por cuanto deseas un compañero, te doy a mi siervo Eden Smith”4.

El versículo 3 indica dónde habían de trabajar aquellos dos misioneros: “Por tanto, id y predicad mi evangelio, bien sea al norte o al sur, al este o al oeste, no importa, porque no podréis errar”5.

No creo que la frase “no importa”, tal como la usa el Señor en ese pasaje de las Escrituras, sugiera que a Él no le interese dónde trabajan Sus siervos. De hecho, a Él le interesa en extremo. Sin embargo, puesto que la obra de predicación del Evangelio es la obra del Señor, Él inspira, guía y dirige a Sus siervos autorizados. Conforme los misioneros se esfuercen por ser instrumentos cada vez más dignos y capaces en Sus manos y den lo máximo para cumplir fielmente los deberes que ellos tienen, entonces, con Su ayuda, “no [pueden] errar”; dondequiera que sirvan. Tal vez una de las lecciones que el Salvador nos enseña en esta revelación es que la asignación de trabajar en un lugar específico es esencial e importante, pero secundaria a un llamado a la obra.

El siguiente versículo recalca importantes requisitos para todos los misioneros: “Por consiguiente, declarad las cosas que habéis oído, y que ciertamente creéis y sabéis que son verdaderas”6.

El último versículo recuerda al hermano Burnett y a todos nosotros de quién proviene en verdad el llamado a servir: “He aquí, esta es la voluntad del que os ha llamado, vuestro Redentor, sí, Jesucristo. Amén”7.

Superar las malinterpretaciones

Algunos de ustedes tal vez se pregunten por qué he decidido referirme, en una sesión del sacerdocio de la conferencia general, a esta distinción aparentemente obvia entre ser llamados a la obra y asignados a trabajar. Mi respuesta a esta pregunta es bastante directa: la experiencia me ha enseñado que muchos miembros de la Iglesia no entienden bien esos principios.

La razón primordial para abordar esa cuestión es lo que he aprendido con el tiempo en cuanto a la inquietud, la preocupación e incluso la culpa que sienten muchos misioneros a los que, por diversas razones, se ha reasignado a un campo de trabajo diferente durante su tiempo de servicio. En ocasiones, tales asignaciones son necesarias debido a acontecimientos y circunstancias como accidentes y lesiones físicas, demoras y dificultades para la obtención de visados, inestabilidad política, creación y dotación de misiones nuevas, o las necesidades constantemente cambiantes y en evolución en el mundo en la obra de proclamar el Evangelio8.

Cuando se reasigna a un misionero a un campo de trabajo diferente, el proceso es exactamente el mismo que para la asignación inicial. Los miembros del Cuórum de los Doce procuran inspiración y guía al efectuar todas las reasignaciones.

Recientemente, hablé con un hombre fiel que compartió conmigo los sentimientos más hondos de su corazón. En una reunión, acababa yo de explicar la diferencia entre ser llamado a la obra y ser asignado a trabajar. Ese buen hermano me estrechó la mano y me dijo con lágrimas en los ojos: “Lo que usted me ayudó a aprender hoy me ha quitado un peso de los hombros que he llevado durante más de treinta años. Cuando era un joven misionero, fui inicialmente asignado a un campo de trabajo en Sudamérica; pero no me fue posible obtener el visado, por lo que se cambió mi asignación a Estados Unidos. Todos esos años me he preguntado por qué no pude servir en el lugar al que se me había llamado. Ahora sé que se me había llamado a la obra y no a un lugar. No puedo expresarle cuánto me ha ayudado comprender eso”.

Se me apenó el corazón por aquel buen hombre. Conforme he enseñado esos principios básicos en todo el mundo, innumerables personas me han expresado en privado el mismo sentir que el del hombre que acabo de describir. Abordo este tema hoy porque ni un solo miembro de esta Iglesia debe cargar un peso innecesario de malinterpretación, incertidumbre, angustia ni culpa por una asignación a trabajar.

“Por tanto, id y predicad mi evangelio, bien sea al norte o al sur, al este o al oeste, no importa, porque no podréis errar”9. A medida que mediten las palabras de ese pasaje de las Escrituras y abran el corazón, espero y ruego que inviten al Espíritu Santo a llevar a lo profundo de su alma el entendimiento, la sanación y la restauración que quizá necesiten.

Una razón adicional por la cual he sentido la impresión de tratar este tema es mi experiencia personal al asignar misioneros durante muchos años. Para los Doce, no hay nada que afirme con más fuerza la realidad de la revelación continua de los últimos días que procurar discernir la voluntad del Señor al cumplir nuestra responsabilidad de asignar a los misioneros sus respectivos campos de trabajo. Testifico que el Salvador conoce y tiene presente a cada uno de nosotros, uno por uno y nombre por nombre.

Prepararse para el llamado a la obra

Ahora deseo tratar brevemente un aspecto de la preparación para el llamado a la obra que es fundamental, aunque con frecuencia se pasa por alto.

Tres palabras relacionadas entre sí definen un modelo de preparación y progreso para los hijos varones de Dios: sacerdocio, templo, misión. A veces, como padres, amigos y miembros de la Iglesia nos centramos a tal extremo en la preparación misional de los varones jóvenes que podemos descuidar en cierto grado los otros pasos esenciales de la senda del convenio que debe cumplirse antes de comenzar el servicio misional de tiempo completo. Trabajar como misionero ciertamente es uno de los elementos fundamentales del proceso de creación de un cimiento firme para toda una vida de crecimiento y servicio espirituales, aunque no es el único importante. El sacerdocio y las bendiciones del templo, ambos anteriores a la llegada al campo de trabajo asignado, también son necesarios para afianzarnos y fortalecernos espiritualmente durante toda nuestra vida.

Jóvenes, a medida que cumplan con sus deberes del Sacerdocio Aarónico, o sacerdocio menor, y lo honren, se preparan para recibir y magnificar el juramento y convenio del Sacerdocio de Melquisedec, o sacerdocio mayor10. La dignidad personal es el requisito más importante de todos para recibir el sacerdocio mayor. Tienen por delante toda una vida de servicio desinteresado en el sacerdocio. Prepárense ahora al prestar servicio significativo frecuentemente; por favor, aprendan a que les encante ser y mantenerse dignos; sean dignos; consérvense dignos.

Tras recibir el Sacerdocio de Melquisedec y el llamado a servir, el joven puede armarse con poder11 a través de los convenios y las ordenanzas del Santo Templo. Asistir al templo y empaparse en el espíritu del templo antecede al servicio eficaz como misionero de tiempo completo. La dignidad personal es el requisito más importante de todos para que ustedes, jóvenes, y todos los miembros de la Iglesia, reciban las bendiciones del templo. A medida que vivan de conformidad con las normas del Evangelio, pueden entrar en la Casa del Señor y participar de sagradas ordenanzas durante sus años de adolescentes. Su amor por las ordenanzas del templo y su entendimiento de ellas los fortalecerá y bendecirá a lo largo de su vida. Por favor, aprendan a que les encante ser y mantenerse dignos; sean dignos; consérvense dignos.

Muchos jóvenes y jovencitas ya poseen una recomendación para el templo de uso limitado. Como poseedores del Sacerdocio Aarónico, ustedes buscan los nombres de sus propios familiares, y efectúan bautismos y confirmaciones por los miembros de su familia en el templo. Conservar su recomendación para el templo demuestra su dignidad, y servir a otras personas en el templo es una parte importante de prepararse para el Sacerdocio de Melquisedec.

Jóvenes, cada uno de ustedes es un misionero ahora mismo. A su alrededor, cada día, hay amigos y vecinos que “no llegan a la verdad solo porque no saben dónde hallarla”12. Conforme se lo indique el Espíritu, pueden compartir algún pensamiento, invitación, mensaje de texto o tuit que dará a conocer a sus amigos las verdades del Evangelio restaurado. No tienen por qué esperar, ni deben esperar, a que llegue su llamamiento oficial para estar anhelosamente consagrados a la obra misional.

A medida que las bendiciones del sacerdocio, del templo y de la misión se “[reúnan] todas… en Cristo”13 e interactúen sinérgicamente en el corazón, la mente y el alma del joven misionero, este puede estar calificado para la obra14. Su capacidad aumenta para cumplir con la responsabilidad de representar con autoridad al Señor Jesucristo. La combinación espiritualmente potente de honrar los convenios del sacerdocio y del templo, de recibir “el poder de la divinidad”15 mediante las ordenanzas del sacerdocio16, de servir desinteresadamente y de proclamar el Evangelio sempiterno a los hijos de Dios permite al joven llegar a ser “[firme] e [inmutable] en la fe”17 y llegar a estar “[arraigado] y [sobreedificado] en [Cristo]”18.

En nuestros hogares y en la Iglesia, debemos poner un énfasis equilibrado en los tres elementos del modelo de preparación y progreso del Señor para los fieles hijos varones de Dios: sacerdocio, templo, misión. Los tres requieren que nos encante ser y mantenernos dignos. Sean dignos; consérvense dignos.

Promesa y testimonio

Mis amados hermanos, les prometo que el don espiritual de la revelación acompañará a su llamamiento a la obra de proclamar el Evangelio y su asignación a un campo o campos de trabajo específicos. Al prepararse diligentemente ahora mediante el servicio desinteresado en el sacerdocio y el templo, se fortalecerá su testimonio de la realidad viviente del Señor. El amor por Él y Su obra les colmará el corazón. Al aprender a amar ser dignos, llegarán a ser poderosos instrumentos en las manos del Señor para bendecir y servir a muchas personas.

Testifico con gozo que nuestro Padre Celestial y Su Amado Hijo Jesucristo viven. Estar consagrado a Su servicio es una de las bendiciones mas grandiosas que jamás podamos recibir. De esto testifico; en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Véase Doctrina y Convenios 133:37.
  2. Doctrina y Convenios 4:3.
  3. Doctrina y Convenios 80:1.
  4. Doctrina y Convenios 80:2.
  5. Doctrina y Convenios 80:3.
  6. Doctrina y Convenios 80:4; cursiva agregada.
  7. Doctrina y Convenios 80:5.
  8. Véase Doctrina y Convenios 124:49.
  9. Doctrina y Convenios 80:3.
  10. Véase Doctrina y Convenios 84:33–44.
  11. Véase Doctrina y Convenios 109:22.
  12. Doctrina y Convenios 123:12.
  13. Efesios 1:10.
  14. Véase Doctrina y Convenios 4:5.
  15. Doctrina y Convenios 84:20.
  16. Véase Doctrina y Convenios 84:19–21.
  17. Véase Helamán 15:8.
  18. Véase Colosenses 2:7.
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