Las canciones que se cantan y las que no se cantan

Conferencia General Abril 2017
Las canciones que se cantan y las que no se cantan
Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

 Ruego a cada uno de nosotros que permanezca fielmente en el coro.

Eliza Hewitt escribió: “Tengo gozo en mi alma hoy, que brilla mucho más que el sol con todo su fulgor, pues Cristo es mi luz”1. Ese maravilloso y antiguo himno cristiano, con fulgor en cada nota, es literalmente imposible de cantar sin sonreír; pero hoy quisiera sacar de contexto tan solo un verso de él que podría ayudar en los días en que hallamos difícil cantar o sonreír y en que no parecemos “[tener] gozo en [el] alma”. Si por algún tiempo, no pueden hacerse eco de las gozosas melodías que oyen de otras personas, les pido que se aferren con tenacidad al verso del himno que reafirma que “Jesús… escucha con amor”2 las canciones que no podemos cantar.

Entre las realidades que afrontamos como hijos de Dios que viven en un mundo caído, está la de que algunos días son difíciles; días en que se prueban nuestras fe y fortaleza. Dichos retos podrían venir de alguna carencia en nosotros, en otras personas o sencillamente de la vida; pero sean cuales fueren las razones, hallamos que pueden privarnos de las canciones que tanto queremos cantar y que ensombrecen la promesa de una “primavera en [el] alma”3, que Eliza Hewitt proclama en uno de sus versos.

Así que, ¿qué hacemos en esos momentos? Por una parte, aceptamos el consejo del apóstol Pablo y “esperamos lo que no vemos, [y] con paciencia lo esperamos”4. En esos momentos en que la melodía de gozo flaquea y no alcanza la altura de nuestro poder de expresión, quizás tengamos que permanecer callados por un tiempo y simplemente oír a los demás y obtener fortaleza del esplendor de la música que nos rodea. A muchos de los que no tenemos muy buen “oído musical”, se nos ha fortalecido la confianza y mejorado el canto notablemente al colocarnos junto a alguien con una voz más fuerte y más segura. Por consiguiente, es seguro que, al cantar los himnos de la eternidad, deberíamos mantenernos tan cerca como sea humanamente posible del Salvador y Redentor del mundo, que tiene el tono perfecto. Luego cobramos valor de Su capacidad de escuchar nuestro silencio y recibimos esperanza de Su melodiosa intercesión mesiánica a nuestro favor. Ciertamente, es cuando “cerca Dios está” que “en mi corazón [está] la paz que siempre Él me da”5.

En esos días en que nos sentimos un poco desafinados, un poco menos de lo que pensamos que vemos u oímos en los demás, pediría a todos nosotros, en especial a los jóvenes de la Iglesia, que recordemos que es por designio divino que no todas las voces del coro de Dios son iguales. Para enriquecer la música, se requiere variedad: sopranos y contraltos, barítonos y bajos. Tomo prestada una línea de la alegre correspondencia de dos extraordinarias mujeres Santos de los Últimos Días: “Todas las criaturas de Dios tienen un lugar en el coro”6. Cuando menospreciamos nuestra singularidad o intentamos coincidir con los estereotipos ficticios —estereotipos impulsados por una insaciable cultura de consumo e idealizados por las redes sociales más allá de toda comprensión posible— perdemos la riqueza de tono y timbre que Dios deseaba al crear un mundo de diversidad.

Ahora bien, eso no quiere decir que todos los de este coro divino puedan simplemente comenzar a gritar en su propio oratorio personal. La diversidad no es cacofonía y los coros requieren disciplina —para nuestro fin hoy, élder Hales, yo diría discipulado— pero una vez que hemos aceptado la letra revelada divinamente y la armoniosa orquestación compuesta antes que el mundo fuese, entonces nuestro Padre Celestial se deleita en que cantemos con nuestra propia voz y no con la de otra persona. Crean en sí mismos y crean en Él. No menosprecien su valor ni menoscaben sus aportaciones. Sobre todo, no abandonen su función en el coro. ¿Por qué? Porque ustedes son únicos; son irremplazables. La pérdida de aunque sea una sola voz debilita a todos los demás cantantes de nuestro gran coro terrenal, incluso la pérdida de quienes sienten que están en los márgenes de la sociedad o en los márgenes de la Iglesia.

Sin embargo, así como insto a todos ustedes a tener fe tocante a las canciones que podrían ser difíciles de cantar, reconozco enseguida que, por diferentes razones, yo lucho con otra clase de canciones que deberían cantarse, pero que aún no se cantan.

Cuando veo la alarmante desigualdad económica del mundo, me siento culpable al cantar con la señora Hewitt sobre las “bendiciones que [Dios] me da [y] por las dichas ‘guardadas’ en los cielos”7. Ese coro no puede cantarse de forma plena ni fiel hasta que hayamos cuidado de los pobres honorablemente. Las penurias económicas son una maldición que sigue maldiciendo año tras año y generación tras generación. Daña cuerpos, mutila espíritus, perjudica familias y destruye sueños. Si pudiéramos hacer más para aliviar la pobreza, tal como Jesús nos manda repetidamente que hagamos, quizás algunos de los menos afortunados del mundo podrían tararear algunas notas de “Tengo gozo en mi alma hoy”, tal vez por primera vez en su vida.

También me resulta difícil cantar letras alegres y animadas cuando tantas personas a nuestro alrededor sufren enfermedades mentales y emocionales u otras limitaciones que debilitan la salud. Desafortunadamente, a veces esas cargas persisten a pesar de los valientes esfuerzos de las muchas clases de personas que brindan atención, incluyendo los miembros de la familia. Ruego que no dejemos que esos hijos de Dios sufran en silencio y que seamos investidos con Su capacidad para oír las canciones que ellos no pueden cantar ahora.

Y espero que algún día, un gran coro mundial armonice entre todos los grupos raciales y étnicos, y declare que las armas, la denigración y las palabras ásperas no son la forma de lidiar con los conflictos humanos. Las declaraciones del cielo nos exclaman que la única manera en que podrán resolverse satisfactoriamente las complejas cuestiones sociales es al amar a Dios y al guardar Sus mandamientos, para así abrir la puerta a la única forma perdurable y salvadora de amarnos el uno al otro como prójimos. El profeta Éter enseñó que debemos “tener la… esperanza de un mundo mejor”. Al leer esa reflexión mil años después, Moroni, que estaba agotado de guerras y violencia, declaró que el “camino más excelente” a dicho mundo será siempre el evangelio de Jesucristo8.

Cuán agradecidos estamos de que, en medio de esa clase de dificultades, llegue de vez en cuando otra clase de canción que nos vemos incapaces de cantar, pero por una razón diferente. Sucede cuando los sentimientos son tan profundos y personales, incluso tan sagrados que o bien no pueden o no deben expresarse; tal como el amor de Cordelia por su padre, del que dijo: “Mi amor… excede mis palabras… Mi lengua no puede elevarse hasta donde mi corazón”9. Al llegarnos como algo santo, esos sentimientos son simplemente inexpresables —espiritualmente inefables— como la oración que Jesús ofreció por los niños nefitas. Quienes fueron testigos de aquél acontecimiento escribieron:

“Jamás el ojo ha visto ni el oído escuchado… tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos que Jesús habló al Padre”;

“… y no hay lengua que pueda hablar, ni hombre alguno que pueda escribir, ni corazón de hombre que pueda concebir tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos a Jesús hablar”10.

Esa clase de momentos santificados permanecen inexpresados, ya que su expresión, aun si fuera posible, podría parecer una profanación.

Hermanos y hermanas, vivimos en un mundo terrenal con muchas canciones que no podemos cantar o que aún no cantamos. Pero ruego a cada uno de nosotros que nos quedemos de forma permanente y fiel en el coro, donde podremos deleitarnos para siempre en el himno más preciado de todos, “la canción del amor que redime”11. Por fortuna, los asientos para ese particular número musical son ilimitados. Hay lugar para quienes hablan diferentes idiomas, celebran diversas culturas y viven en multitud de sitios. Hay lugar para los solteros, para los casados, para las familias numerosas y para los que no tienen hijos. Hay lugar para quienes alguna vez han tenido inquietudes concernientes a su fe y para quienes todavía las tienen. Hay lugar para quienes difieren en cuanto a su atracción sexual. En resumen, hay lugar para todas las personas que aman a Dios y honran Sus mandamientos como la inviolable vara de medir la conducta personal, pues si el amor a Dios es la melodía de la canción que compartimos, de seguro nuestro objetivo en común de obedecerle es la armonía indispensable en ella. Con los divinos mandatos de amor y fe, arrepentimiento y compasión, y honradez y perdón, en el coro hay lugar para todos lo que deseen estar en él12. “Vengan como son”, nos dice el amoroso Padre a cada uno de nosotros, pero añade: “No planeen permanecer como son”. Nosotros sonreímos y recordamos que Dios tiene la determinación de hacer de nosotros más de lo que pensábamos que podríamos llegar a ser.

En el gran oratorio que es Su plan para nuestra exaltación, ruego que sigamos con humildad su batuta y continuemos esforzándonos en las canciones que no podemos cantar, hasta que podamos ofrecer esas “[canciones] al Rey Jesús”13. Entonces, un día, como indica nuestro amado himno:

Cantemos, gritemos, con huestes del cielo:
¡Hosanna, hosanna a Dios y Jesús!
… y Cristo, en gloria, del cielo vendrá”14.

Testifico que ese momento llegará, que Dios nuestro Padre Eterno enviará de nuevo a la tierra a Su Hijo Unigénito, esta vez para gobernar y reinar como Rey de reyes para siempre. Testifico que esta es Su Iglesia restaurada y que es el medio para llevar las enseñanzas y las ordenanzas salvadoras de Su evangelio a todo el género humano. Cuando Su mensaje haya “penetrado en todo continente [y] visitado todo clima”15, Jesús ciertamente “[reinará] con amor”16, y habrá mucho gozo eterno en el alma. Ruego con ansias que llegue ese prometido momento, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. “Tengo gozo en mi alma hoy”, Himnos, nro. 146.
  2. Véase Himnos, nro. 146.
  3. Himnos, nro. 146.
  4. Romanos 8:25.
  5. Véase Himnos, nro. 146.
  6. Bill Staines, “All God’s Critters Got a Place in the Choir”, en Laurel Thatcher Ulrich y Emma Lou Thayne, All God’s Critters Got a Place in the Choir, 1995, pág. 4.
  7. Véase Himnos, nro. 146.
  8. Véase Éter 12:4, 11.
  9. William Shakespeare, King Lear, acto I, escena I, líneas 79–80, 93–94, traducción libre.
  10. 3 Nefi 17:16–17; cursiva agregada.
  11. Alma 5:26; véase también Alma 26:13.
  12. Véase 2 Nefi 26:33.
  13. Himnos, nro. 146.
  14. “El Espíritu de Dios”, Himnos, nro. 2.
  15. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 142.
  16. Véase Himnos, nro. 146.
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