Las responsabilidades del sacerdocio

Adaptado de un sermón pronunciado el 9 de julio de 1880
Las responsabilidades del sacerdocio
Por Wilford Woodruff (1807-1898)
Cuarto Presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Considero nuestra condición o posición como la de un pueblo que ha sido llamado a efectuar cierta obra. Cuando enviamos hombres a misiones o a realizar cualquier tipo de tarea, desde luego, esperamos que la cumplan, y el Señor espera lo mismo de ellos. Considero a los élderes de Israel que se encuentran aquí esta noche así como a todos los de esta Iglesia y reino, como integrantes de una misión.

Hemos sido ordenados para una misión y tenemos nuestro tiempo establecido para cumplirla. No sé exactamente cuantos días o años vamos a dedicarle, pero esta obra se requiere de nuestras manos no obstante a qué puesto se nos llame o en qué cargo se nos ordene. Y cuando tenemos ante nosotros una tarea que cumplir, no debemos ignorarla ni dejarla de lado; se toma cuenta de ella, la cumplamos o no. Existen muchas revelaciones que nos muestran que efectivamente así es. La historia de vuestra vida va delante de vosotros y todos la encontraréis cuando paséis al otro lado del velo. La historia de cada hombre, vale decir, sus hechos están escritos, haya él guardado registro de ellos o no; esto se encuentra claramente manifestado en la revelación conocida como la “Hoja de Olivo” (Doctrinas y Convenios, Sección 88).

Tenemos una tarea sobre nuestros hombros; José Smith la tuvo, Brigham Young la tuvo, los Doce Apóstoles la tienen, todos nosotros la tenemos, y seremos condenados si no la cumplimos; esto lo sabremos cuando hayamos pasado al otro lado del velo. Ha sido por haber descuidado este deber que muchos han abandonado esta Iglesia y reino de Dios.

Muchas veces durante mis reflexiones he deseado poder comprender cabalmente la responsabilidad que tengo ante Dios, así como la responsabilidad que tienen todos los hombres que poseen el sacerdocio en esta generación. Y os digo, hermanos, que pienso que nuestros corazones están demasiado fijos en las cosas de este mundo. (Véase Doctrinas y Convenios 121:35.) No apreciamos, en la medida que debemos hacerlo, como hombres que poseemos el Santo Sacerdocio en esta generación, la gran responsabilidad que tenemos ante Dios y el alto cielo, así como para con la tierra. Creo que estamos demasiado alejados del Señor y que no vivimos nuestra religión como debemos. No creo que tengamos nuestros corazones puestos en la edificación de este reino como deberíamos hacerlo como Santos de los Últimos Días.

Ahora, no penséis que soy vuestro enemigo porque os digo estas cosas. Siento que tenemos una importante obra que llevar a cabo, obra que otros continuarán cuando nosotros hayamos muerto. Al mirar a mi alrededor, veo la obra de este tiempo; pienso en lo que me rodea y encuentro que ocho de los Doce Apóstoles han pasado al mundo de los espíritus desde que llegamos a este valle; espero ir allí yo también, como mis hermanos irán; todos iremos allá antes de que hayan transcurrido muchos años. No espero nada más; y os diré que durante mis meditaciones en los últimos dos años he sentido que no tengo ninguna otra cosa que hacer en esta tierra sino tratar de edificar este reino. No creo que sea yo justificado si pongo mi corazón en las cosas de este mundo y descuido algún deber que Dios requiera de mis manos.

Cuando contemplo esta generación, cuando pienso en los mil doscientos millones de personas que moran en la carne, muchas de ellas disponiéndose para los juicios de Dios, generación que está lista para recibir la ira de Dios sobre sus cabezas . . . cuando considero estas cosas, sé que si dejo de expresar mi testimonio ante ellos, que si olvido dar mi testimonio a esta generación cuando tengo la oportunidad de hacerlo, me arrepentiré de ello cuando haya pasado al mundo de los espíritus.

Así me siento con respecto a esta obra; Dios nos exige que la demos a conocer a esta generación. Y cuando pienso en el valor de esta generación, en su grandeza, cuando considero que es una generación y dispensación en que Dios ha puesto su mano para establecer un reino, el grande y último reino y el único que el Señor ha establecido en época alguna del mundo, para que permanezca sobre la tierra hasta el milenio, sí, cuando pienso en estas cosas, puedo darme cuenta de la grandiosidad de esta obra.

El mundo siempre ha hecho la guerra a los profetas y los ha destruido con.la excepción de Enoc que fue llevado al cielo con su ciudad. Ahora, si pudiésemos darnos cuenta de que tenemos el reino de Dios sobre la tierra hoy en día, con la promesa de Dios nuestro Padre de que éste permanecerá sobre la tierra hasta la venida del Hijo del Hombre; si pudiésemos darnos cuenta de esto y darnos cuenta a la vez de nuestra responsabilidad, me parece que todos tendríamos deseos de magnificar nuestro llamamiento.

Con una generación como ésta, con las naciones de la tierra en su condición actual, teniendo el poder para edificar el reino de Dios a fin de que permanezca aquí, teniendo el poder para erigir templos al más Altísimo Dios, contra la ira y la indignación de mil millones de personas . . . os digo, que teniendo este poder y siendo apoyados por el Señor, ciertamente debemos estar dispuestos a realizar nuestra parte de la obra. Hemos dado testimonio —yo lo he dado, mis hermanos lo han dado, los élderes de Israel lo han dado—a esta generación durante muchos años. Hemos dado testimonio del Evangelio de Jesucristo, del Libro de Mormón y de los profetas de Dios que han sido levantados en ésta, nuestra propia época, y esos testimonios se levantarán en juicio contra esta generación, condenando a aquellos que los rechacen.

Este reino está en nuestras manos, el Dios del cielo está con nosotros; El nos ha sostenido y desvía la ira del hombre, ata las manos de nuestros enemigos y rompe toda arma que se alza en contra de Sión. El ha establecido a su pueblo en estos valles de las montañas.

Quisiera decir a los obispos y a todos los hombres que tienen autoridad, que debemos tener interés en llevar a cabo esta obra; debemos esforzarnos por adquirir el Espíritu de Dios. Tenemos el derecho, el privilegio y el deber de implorar al Señor que la visión de nuestra mente pueda ensancharse a fin de que podamos ver y comprender el día y la época en que estamos viviendo. Tenéis el privilegio y yo también, de conocer los designios y voluntad del Señor con respecto a nuestros deberes, y si no procuramos esto con fervor, olvidamos magnificar nuestro llamamiento.

Cuando seamos llamados, no debemos considerar duro trabajo ninguna cosa; debemos cumplir con buena voluntad todo lo que se nos pida. Recuerdo los días de nuestras primeras misiones cuando el hermano Taylor, el hermano Brigham, yo mismo y otros, tuvimos que salir enfermos, con fiebre, escalofríos y rodeándonos el poder de la muerte; tuvimos que dejar a nuestras esposas e hijos sin alimentos, sin prendas de vestir y salir sin bolsa ni alforja a predicar el evangelio. Fuimos mandados por Dios a hacerlo, y si no lo hubiéramos hecho no estaríamos hoy aquí; pero por haber cumplido estas cosas Dios nos ha bendecido. El ha apoyado a los élderes fieles de esta Iglesia y reino, y continuará haciéndolo hasta el fin.

Deseaba expresar mis sentimientos con respecto a estos asuntos. Al reflexionar sobre nuestra posición me doy cuenta de que tenemos un testimonio que publicar y que seremos considerados responsables por la manera en que cumplamos con nuestros deberes. Como apóstoles, setentas, élderes, presbíteros, etc., somos responsables ante el más Altísimo Dios. Si cumplimos con nuestro deber, entonces nuestros vestidos quedarán limpios.

Somos vigilantes en las muralias de Sión. Es nuestro deber amonestar a los habitantes de la tierra en cuanto a las cosas que han de venir, y si ellos rechazan nuestro testimonio, entonces su propia sangre estará sobre sus cabezas; cuando los juicios de Dios sobrevengan a los inicuos, éstos no podrán decir que no han sido amonestados. Mis vestidos, y los vestidos de otros miles quedarán limpios de la gente de esta generación (véase Doctrinas y Convenios 135:5), como también los vestidos de José Smith, Brigham Young y aquellos élderes de Israel que han muerto en la fe. Hemos dado testimonio y cuando sobrevengan los juicios de Dios, los hombres no podrán decir que no han sido amonestados. Considero que nuestra posición ante esta generación es de inmensa importancia tanto para nosotros como para ellos. No deseo que una vez que haya yo pasado al mundo de los espíritus, esta generación se levante y me condene, diciendo que yo no he cumplido mi deber.

No hubo jamás una generación como ésta; nunca ha habido gente como ésta. Jamás ha habido una obra como ésta desde que Dios hizo el mundo. Ciertamente, ha habido hombres que han predicado el evangelio; pero en la plenitud de los tiempos el Señor ha puesto su mano para establecer su reino. Esta es la última dispensación y El ha levantado hombres y mujeres para que lleven a cabo su obra, y como he dicho con frecuencia, muchos de nosotros hemos sido retenidos en el mundo espiritual desde la organización de este mundo hasta la generación en que vivimos.

Nuestras vidas han sido escondidas con Cristo en Dios, y el demonio ha procurado matarnos desde el día en que nacimos hasta la hora presente; pero el Señor nos ha preservado. El nos ha dado el sacerdocio, El nos ha dado el reino y las llaves del mismo. ¿Hemos de desilusionara nuestro Padre Celestial? ¿Hemos de desilusionar a los antiguos profetas y apóstoles que miraron esperanzados hacia este día? ¿Hemos de desilusionar a José Smith y a aquellos hermanos que han sido antes que nosotros y que establecieron los cimientos de esta obra y nos dejaron para que continuásemos la tarea después de ellos?

Hermanos, por el propósito de Dios, no permitamos fijar nuestros corazones en las cosas de este mundo descuidando las cosas de la vida eterna. No permitáis que los obispos sientan que, es difícil llevar a cabo ninguno de los consejos dados por aquellos que han sido llamados para dirigir todas estas cosas. Benditas vuestras almas si vivierais aquí en la carne mil años, tanto como el Padre Adán y vivierais y trabajarais toda vuestra vida en pobreza, y cuando terminaseis, gracias a vuestros hechos, pudieseis aseguraros vuestras esposas e hijos en la mañana de la primera resurrección a fin de que moraran con vosotros en la presencia de Dios, pues eso sólo os recompensaría ampliamente por el trabajo de mil años. ¿Cómo puede compararse cualquier cosa que podamos hacer o padecer, con la multiplicidad de reinos, tronos y principados que Dios ha revelado? (Véase Doc. y Con. 132:19.)

Pues bien, tenemos el reino y debemos apoyarlo. De nada nos servirá apostatar ni a vosotros ni a mí; sin embargo este peligro existe, lo sabéis. El hermano José nos aconsejaba sabiamente diciéndonos: “En el momento en que os permitís dejar de lado cualquier deber que Dios os llame a cumplir, para satisfacer vuestros propios deseos, en el momento en que os permitís volveros descuidados, establecéis el fundamento de la apostasía. Sed cuidadosos; comprended que sois llamados a una obra y cuando Dios os pide cumplir esa obra, cumplidla.” He aquí otra cosa que nos decía: “En todas vuestras pruebas, tribulaciones y enfermedades, aun ante la muerte, tened  cuidado de no traicionar a Dios, tened cuidado de no traicionar el sacerdocio., tened cuidado de no apostatar; porque si lo hacéis, os arrepentiréis de ello.” Recibimos muchos consejos de ese tipo y los he recordado desde aquel día hasta este momento.

Nada logro descuidando algún deber. Nunca he cometido un pecado en esta Iglesia y reino, sólo lo que me ha costado mil veces más de lo que valía. No podemos pecar y quedar en la impunidad; no podemos pasar por alto ningún consejo y quedar impunes, pues sólo nos acarrearemos pesares. El único camino seguro es poner el hombro a la obra y cumplir nuestro deber, apoyando de este modo el reino.

Deseo fervientemente que no olvidemos a Dios, deseo anhelantemente que no olvidemos nunca la posición que ocupamos ante El. Os diré algo concerniente a mí mismo: si he experimentado alguna satisfacción o felicidad, la he experimentado en el “mormonismo”. Si existe algo para mí o en cuanto a mí, me ha sido dado en el “mormonismo”. Si he recibido bendiciones, si he tenido poder para testificar de las cosas de Dios y si he sido el medio para traer a alguien a la Iglesia y reino de Dios, ha sido por el poder de Dios, y por lo que se ha calificado como “mormonismo”, el Evangelio de Cristo.

Sé que ha sido el poder de Dios lo que ha verificado estas cosas. Ha sido por su poder que hemos recibido todo lo que poseemos, a saber, nuestras riquezas, nuestros dones, nuestras esposas y nuestros hijos. ¿Sobre las cabezas de cuántos de vosotros han sido sellados reinos, poderes y principados en el mundo venidero? ¿Quién puede comparar estas bendiciones con el oro y la plata y las cosas de este mundo? ¿O qué ha de compararse con el don de la vida eterna?

Ruego a Dios, nuestro Padre Celestial que os bendiga, que bendiga a todos aquellos que poseen el Santo Sacerdocio. Que las bendiciones de Dios estén con vosotros. Pienso que como pueblo tenemos que levantarnos e investirnos con el poder de Dios. Debe haber una reforma o un cambio en nuestro medio, pues existe demasiado mal entre nosotros. El diablo ha adquirido demasiado poder sobre nosotros y muchos que llevan sobre sí el nombre de Cristo y el Santo Sacerdocio, se están enfriando en las cosas de Dios. Debemos despertar, debemos aceitar nuestras lámparas y estar preparados para la venida del Hijo del Hombre. Que Dios nos bendiga, nos guíe y nos dirija a todos y nos mantenga bajo la protección de su mano, nos santifique y nos prepare para heredar la vida eterna, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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