Justo lo que el médico prescribió

Liahona Marzo 2017
Justo lo que el médico prescribió
Por Charlotte Larcabal
Revistas de la Iglesia

El arrepentimiento es una receta, no un castigo.

Hand holding bottle

Detesto ir al médico. Siempre me dan pavor las molestias, la espera, los pinchazos y que me digan: “tranquila”… Cuando era muy pequeña, pensaba que las enfermeras y los médicos no eran más que personas malvadas que creían que yo era una almohadilla para agujas; pero al ir creciendo comprendí que no eran malos: estaban ayudando. Casi siempre me sentía mejor después de ir a verlos. No importa cuán aburrida fuera la sala de espera, cuánto gritara cuando me pinchaban o cuánto me desilusionara cuando el médico me decía que debía guardar cama; al final, siempre valía la pena.

En ocasiones, el arrepentimiento puede parecer algo así como una visita al médico.

¿Gozo o dolor?

En lugar de temblar al pensar en el terrible sabor de una medicina, o en afiladas agujas, ¿te estremeces al escuchar las expresiones “me martirizaba un tormento eterno”, “atormentado con las penas del infierno” y “la hiel de amargura”? (véase Alma 36:12–18). Así es como Alma describió el comienzo de su arrepentimiento, ¿no es así?

Después de que el ángel se apareciera a Alma y a los hijos de Mosíah, Alma recordó todos sus pecados, y vio cómo se había rebelado contra Dios. Se sentía tan desdichado que deseaba poder ser “aniquilado en cuerpo y alma” (Alma 36:15). ¡Ay! Eso hace que los pinchazos del médico casi parezcan una caricia. Así pues, ¿por qué seguiría Alma trabajando “sin cesar para traer almas al arrepentimiento”? (Alma 36:24). ¿Por qué querría que otras personas experimentaran algo que había sido tan doloroso para él?

Tal vez sea por lo que sucedió a continuación.

Él recordó a su Salvador, Jesucristo.

“… clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí…!

“Y he aquí que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados.

“Y, ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:18–20; cursiva agregada). Alma descubrió que, aun cuando es difícil e incluso doloroso enfrentarnos a nuestros pecados, el gozo que experimentamos después hace que valga la pena. El gozo que él sintió fue más intenso y dulce que cualquier cosa que había sentido antes (véase Alma 36:21).

Nada que temer

Si las personas se estremecen al pensar en el arrepentimiento, tal vez sea porque se centran en la parte dolorosa. A menudo el arrepentimiento requiere tiempo y, en ocasiones, reparar los daños requiere mucha humildad y trabajo duro, pero el élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “… el arrepentimiento no es un castigo; es el sendero de esperanza que lleva a un glorioso futuro”1. El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, lo llama “la dulce bendición del arrepentimiento”2. En otras palabras, no hay razón para temer o evitar ningún aspecto del arrepentimiento. No importa cuán difícil sea hacer frente a nuestros pecados y repararlos, el poder sanador del Salvador, mediante Su expiación, estará siempre ahí para ayudarnos, y el gozo que sintamos sobrepasará y eclipsará por completo cualquier sentimiento de dolor, vergüenza o pesar que hayamos podido tener antes.

Por tu propio bien

¿Sabes lo que significa la expresión Primum non nocere? Si eres médico, probablemente sí. Primum non nocere en latín significa “Lo primero es no hacer daño”. Es un principio rector para todos los profesionales médicos, una promesa que hacen. Eso no significa que prometan no causar nunca dolor, sino que todo lo que hagan será siempre por el bienestar de sus pacientes.

¿Crees que Dios y Jesucristo hacen algunas promesas como esta? ¡Claro que sí! Solo tienes que echar un vistazo a Isaías 1:18; Isaías 41:13; Romanos 8:28 y 3 Nefi 13:14. (En serio, léelos. ¡Y estos son solo unos pocos!). La diferencia es que los humanos a veces pueden cometer errores. Pero Jesucristo y el Padre Celestial son perfectos, por lo que puedes estar absolutamente seguro de que todo lo que Ellos requieran de ti será por tu propio bien. Siempre. De modo que, cuando Dios prescriba una dosis de arrepentimiento, es porque Él sabe que ello bendecirá tu vida. El arrepentimiento no es un castigo. Es sanación; es vencer la debilidad; es desechar al hombre natural y apartarse del pecado a fin de volverse a Dios.

“Acepten la expiación de Jesucristo y el arrepentimiento como cosas que se deben apreciar y poner en práctica siguiendo las indicaciones del Gran Médico”, dijo el élder Jörg Klebingat, de los Setenta. “Establezcan una actitud de arrepentimiento gozoso, feliz y continuo al hacer que sea un estilo de vida de su elección”3.

Cuando el Gran Médico, Jesucristo, te extienda una prescripción para el arrepentimiento, no permitas que el temor al dolor o la humillación se interpongan en tu camino. Confía en Sus promesas de que, aunque tal vez duela un breve momento, con grandes misericordias Él te recogerá (véase 3 Nefi 22:7) y, tal como Alma, serás lleno de un gozo tan profundo como lo haya sido tu dolor (véase Alma 36:19–20).

Notas

1. Richard G. Scott, “Fortaleza personal por medio de la expiación de Jesucristo”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 84.
2. Russell M. Nelson, “El arrepentimiento y la conversión”, Liahona, mayo de 2007, pág. 104; cursiva agregada.
3. Jörg Klebingat, “Acerquémonos al trono de Dios con confianza”, Liahona, noviembre de 2014, pág. 36.

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