El poder de enseñar la doctrina

Liahona Marzo 2017
El poder de enseñar la doctrina
Por Douglas D. Holmes
Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes

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¿Cómo podemos aumentar nuestra habilidad para enseñar la doctrina con poder y autoridad?

Siendo nuevo presidente de misión, llegué a la misión que se nos asignó con gran expectativa de reuniones misionales llenas del Espíritu semejantes a las que recordaba de cuando era un joven misionero. Sin embargo, al terminar nuestra primera serie de conferencias de zona, me sentí desilusionado. El Espíritu no era tan abundante como había esperado, y algunos misioneros parecían no tener interés.

Woman in classroom

Cuando mi esposa y yo reflexionamos y oramos en cuanto al modo de tener un mayor espíritu en nuestra vida y en la de los misioneros, sentimos la inspiración de concentrar nuestra enseñanza en la doctrina de Cristo y su poder para cambiarnos. Mientras seguíamos ese curso durante los meses siguientes, varios misioneros vinieron a mí para hablarme de remordimientos por conductas pasadas y para expresar el deseo de ser más diligentes en cumplir con las reglas de la misión y vivir el Evangelio.

¿Qué ocasionó ese cambio?

El presidente Boyd K. Packer (1924–2015), Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, solía enseñar: “La verdadera doctrina, cuando se entiende, cambia la actitud y la conducta. El estudio de la doctrina del Evangelio mejorará el comportamiento de las personas más fácilmente que el estudio sobre el comportamiento humano”1. Yo lo sabía, pero después de esa experiencia con mis misioneros, logré obtener un mayor aprecio por el poder y la virtud de la palabra de Dios para cambiar corazones (véase Alma 31:5). A medida que nuestra misión progresaba y seguíamos concentrándonos en la enseñanza de la doctrina, los corazones de ellos cambiaron y también los nuestros. Debido a que comprendimos la doctrina, entendimos el “por qué” de la obediencia, y no simplemente el “qué” y el “cómo”.

¿Por qué es la enseñanza de la doctrina algo tan potente?

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, enseñó: “La palabra de Dios es la doctrina que enseñaron Jesucristo y Sus profetas”2. La verdadera doctrina se centra en Cristo. Su doctrina, cuando se enseña y se recibe por el Espíritu, siempre aumentará la fe en Jesucristo (véanse Alma 32:28–43; Moroni 7:25, 31–32)3. La fe es “el elemento que motiva toda acción” o comportamiento4. A medida que el Padre y el Hijo se revelan a nosotros por medio de palabras llenas del Espíritu, nuestra fe crece, nuestros deseos de arrepentirnos y obedecer aumentan, y somos cambiados.

El poder para cambiar corazones no reside en el maestro, sino en “la virtud de la palabra de Dios” (Alma 31:5). Las letras de una página o las ondas sonoras que salen de la boca no tienen poder en sí para cambiar corazones, pero cuando las palabras verdaderas llevan la potencia del Espíritu Santo de Dios, pueden producir un potente cambio de corazón (véanse 1 Corintios 2:4; 1 Tesalonicenses 1:5; Mosíah 5:2; Alma 5:7; D. y C. 68:4). Cuando enseñamos Su palabra por el Espíritu, el Espíritu Santo lleva luz y verdad al corazón del alumno (véanse Juan 6:63; 2 Nefi 33:1; D. y C. 84:45). Cuando los alumnos abren su corazón para recibir la palabra, el Espíritu ilumina su mente y cambia su corazón, o sea, sus intenciones y conductas.

El Libro de Mormón es un potente testigo de que “la verdadera doctrina, cuando se entiende, cambia la actitud y la conducta”. A continuación se presentan algunos ejemplos:

• El rey Benjamín enseñó a su pueblo las palabras que recibió de un ángel, y el Espíritu produjo un gran cambio en sus corazones, por lo que ya no tenían “más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2).

• Tal como Alma, padre, enseñó al pueblo, “la luz de la sempiterna palabra iluminó sus almas” y fueron salvos (Alma 5:7; véase también el versículo 9).

• Los hijos de Mosíah, “por el poder de su palabra” (Alma 26:13), ayudaron a realizar un cambio total en el corazón de miles de lamanitas (véase Alma 17:14–17; 53:10).

¿Cómo podemos mejorar?

Hay cosas que todos podemos hacer para aumentar nuestra capacidad para enseñar la doctrina con poder y autoridad (véanse Alma 17:3; Helamán 5:18). No tenemos que obtener un doctorado en enseñanza o en estudios religiosos, pero sí tenemos que pagar un precio. Las siguientes ideas pueden servir de ayuda a medida que usted intenta incorporar el poder de la doctrina en su enseñanza.

1. Atesorar y vivir por la palabra. Para enseñar la doctrina con poder y autoridad, necesitamos conocer la doctrina. El Salvador le dijo a José y a Hyrum Smith que antes de procurar declarar Su palabra, primeramente debían procurar obtenerla; entonces tendrían Su Espíritu y Su palabra, “el poder de Dios para convencer a los hombres” (D. y C. 11:21). Esa clase de entendimiento “requiere algo más que una lectura ligera”, tal como enseñó el presidente Howard W. Hunter (1907–95). Requiere un estudio diario y concentrado5.
El estudio por sí solo no es suficiente. Si deseamos conocer la doctrina, también debemos vivirla (véanse Juan 7:17; Alma 12:9). El estudio y la aplicación diligente de las Escrituras y de las palabras de los profetas vivientes es la manera en que llegamos a tener el poder de Su palabra “en nosotros” (Alma 26:13; véase también Alma 17:2–3; 32:42)..

2. Enseñar la doctrina. Debemos tener cuidado de enseñar únicamente la doctrina verdadera. El Espíritu Santo es “el Espíritu de verdad” (Juan 15:26). Los alumnos pueden sentir Su testimonio confirmador si no declaramos “nada sino las cosas de los profetas y apóstoles” (D. y C. 52:36) y evitamos especulación e interpretación personal. Una de las mejores maneras de evitar siquiera acercarse a la doctrina falsa es mantener simple nuestra enseñanza (véanse Mosíah 25:22; 3 Nefi 11:39–40). Además, debemos asociar los comentarios y las experiencias que compartan los miembros de la clase con las doctrinas que estemos estudiando.

3. Enseñar mediante el Espíritu. Debemos recordar que nosotros no somos los protagonistas de la enseñanza; debemos poner nuestra mira solo en Dios. No estamos para entretener ni para ponernos a nosotros mismos como una luz. Pablo dijo a los corintios que estaba con ellos en “debilidad, y mucho temor y temblor” (1 Corintios 2:3; véase también el versículo 4). Eso no suena a que Pablo hubiese usado una presentación bien ensayada y redactada.
Si hemos de ser instrumentos en las manos de Dios para cambiar corazones, necesitamos hacernos a un lado y dejar que el Espíritu Santo enseñe la verdad. Mientras se preparen para enseñar, recuerden que lo que más importará en su clase es la presencia del Espíritu Santo. Hagan todo lo posible por invitar al Espíritu a su clase. Mientras enseñen, no tengan miedo de hacer una pausa para escuchar y sentir la dirección del Espíritu.

Al deleitarnos y vivir por cada palabra de Dios y enseñar solamente la verdadera doctrina por el poder del Espíritu Santo, descubriremos que el Señor cambia nuestro corazón y el de aquellos a quienes enseñamos. Doy gracias a Dios cada día por el cambio que Su palabra ha traído a mi corazón y por maestros que me enseñaron la verdadera doctrina con poder y autoridad.

La sencillez brinda entendimiento

“Prediquen los primeros principios del Evangelio; predíquenlos una y otra vez: encontrarán que día tras día se les revelarán nuevos conceptos y luz adicional. Ustedes podrán estudiarlos más a fondo a fin de comprenderlos claramente, y entonces podrán impartirlos de tal manera que sean más claros para las personas a las que enseñen”.

Hyrum Smith, en History of the Church, tomo VI, pág. 323.

Notas

1. Véase de Boyd K. Packer, “Los niños pequeños”, Liahona, enero de 1987, pág. 17.
2. Henry B. Eyring, “El poder de enseñar la doctrina”, Liahona, julio de 1999, pág. 85.
3. El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “El Señor diseñó la doctrina de Jesucristo para ayudarnos a incrementar nuestra fe” (“Manifiesten su fe”, Liahona, mayo de 2014, pág. 29).
4. Lectures on Faith [Discursos sobre la fe], 1985, págs. 1–2.
5. Véase de Howard W. Hunter, “El estudio de las Escrituras”, Liahona, enero de 1980, pág. 96.

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