En una encrucijada con mis amigos

Febrero 2017
En una encrucijada con mis amigos
Por Stephen W. Owen
Presidente General de los Hombres Jóvenes

stephen-w-owen

Constantemente me encontraba defendiendo a mis amigos ante mis padres, y a mis padres ante mis amigos.

Illustration of young man at a crossroads

A los catorce años, tomé una decisión que cambió todo. Un viernes por la noche, caminaba por la calle con algunos amigos, y lo estábamos pasando bien, tal como solíamos hacer; pero esa noche había un problema, y yo sabía que debía hacer algo al respecto. No estaba seguro de que pudiera hacerlo.

Durante los últimos dos años, mis amigos habían comenzado a experimentar con el tabaco y el alcohol. Al principio fue algo lento, solo una o dos veces, pero para cuando llegó ese viernes, ellos fumaban y bebían con regularidad cuando estábamos solos.

Pensaba que, siempre y cuando me mantuviese limpio, podría seguir pasándolo bien con mis amigos. Naturalmente, mis padres se daban cuenta de que algo no andaba bien con mis amigos, y estos se daban cuenta de que mis padres no los aprobaban. Eso me dejaba a mí en una posición incómoda: constantemente me encontraba defendiendo a mis amigos ante mis padres, y a mis padres ante mis amigos.

Así que allí estábamos aquel viernes por la noche, caminando por la calle. Mis amigos comenzaron a tomar y fumar, y finalmente me di cuenta de lo incómodo que me sentía con su conducta; de modo que tomé una decisión.

Caminé hasta el otro lado de la calle.

Mis amigos se rieron de mí y me llamaron “santito”; dijeron que, si me quedaba allí, no volvería a ser su amigo.

Bueno, llegamos al final de la calle; mis amigos se fueron hacia la izquierda y yo hacia la derecha. Me encontraba a tres kilómetros de casa, y fueron los tres kilómetros más largos que jamás había caminado. Tal vez piensen que me sentí bien al tomar una decisión tan valiente, pero en ese momento me sentí terriblemente mal. A la mañana siguiente me desperté con la aterradora comprensión de que había perdido a mis amigos y que ahora estaba solo. Para un jovencito de catorce años, aquello fue devastador.

Un nuevo amigo

Pocos días después, recibí una llamada telefónica de un miembro de la Iglesia que conocía, llamado Dave. Me preguntó si quería ir a su casa el sábado por la tarde, y también me invitó a cenar con su familia al día siguiente. Parecía mucho más divertido de lo que estaba haciendo sin amigos, así que acepté.

Dave y yo lo pasamos bien juntos y, por supuesto, no hubo cigarrillos ni alcohol. Al escuchar al padre de Dave ofrecer la oración en la cena me sentí muy bien. Comencé a pensar que tal vez —solo tal vez— las cosas comenzaban a mejorar.

Dave y yo nos hicimos muy buenos amigos; jugábamos juntos al fútbol americano, íbamos juntos a la escuela y nos ayudamos el uno al otro a salir a la misión. Cuando regresamos, fuimos compañeros de cuarto en la universidad. Nos ayudamos el uno al otro a encontrar a la mujer correcta con quien casarnos, y nos mantuvimos mutuamente en el sendero estrecho y angosto hasta llegar al templo y más. Después de todos estos años, seguimos siendo buenos amigos, y todo comenzó con una simple llamada telefónica, justo cuando la necesitaba.

Illustration of young men playing football
La influencia de una madre

Al menos así es como pensaba que había comenzado todo. Imaginen mi sorpresa cuando, años después, me enteré de que ¡fue mi madre la que, de manera privada, había orquestado nuestra amistad! Poco después de que perdí a mis viejos amigos, ella notó algo anormal en mí, de modo que llamó a la madre de Dave para ver si a ellos se les ocurría alguna manera de ayudar. Entonces la madre de Dave convenció a este para que se pusiera en contacto conmigo y me invitara a su casa. En ocasiones, las impresiones para que ayudemos a alguien que lo necesita provienen del Espíritu Santo; otras veces provienen de un ángel —por ejemplo, una madre— la cual “[habla] por el poder del Espíritu Santo” (2 Nefi 32:3).

Con frecuencia me he preguntado cuán diferente habría sido la vida —tanto para mí como para Dave— si mi madre no hubiera percibido mi lucha ni hubiera tomado las medidas necesarias. ¿No les recuerda eso al modo en que el Padre Celestial nos bendice? Él conoce todas nuestras necesidades, y nos envía “luz y paz con la bondad de los demás” (“Quienes nos brindan su amor”, Himnos, nro. 188).

Caminamos juntos

Al final, todos somos responsables de nuestras propias decisiones. Tal como ha dicho el presidente Monson en repetidas ocasiones: “… las decisiones que tomamos determinan nuestro destino”1 y muchas de esas decisiones han de tomarse de manera personal e individual. A menudo nuestras decisiones nos hacen sentir aislados, incluso solos, pero nuestro Padre Celestial no nos envió aquí solos.

Las decisiones que tomé en los momentos clave bendijeron y guiaron toda mi vida. Sin embargo, recibí la inspiración y las fuerzas para tomar esas decisiones gracias a los fervientes esfuerzos de mi madre, y al apoyo y la amistad de Dave.

La prueba que llamamos vida terrenal es diferente a las pruebas que nos hacen en la escuela, en las que la persona debe mantener la vista fija en su propia prueba y no se le permite ayudar al vecino. No; en esta prueba podemos y debemos ayudarnos los unos a los otros. De hecho, eso es parte de la prueba. De modo que, aunque las decisiones de ustedes puedan llevarlos en ocasiones al lado solitario del camino, por favor, tengan presente que a lo largo de todo ese camino hay otras personas que han tomado su propia decisión difícil para estar del lado del Señor. Ellos caminarán con ustedes, y ellos necesitan que ustedes caminen con ellos.

Nota

1. Thomas S. Monson, “Decisiones”, Liahona, mayo de 2016, pág. 86.

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