El poder consolador de Cristo

Febrero 2017
El poder consolador de Cristo
Chris Deaver, California, EE. UU.

Talking on a train in New York City

Hace varios años, mi amigo Joseph estaba planeando conducir desde Utah hasta Washington, D.C., EE. UU., y me invitó a que lo acompañara en el viaje. En el camino visitamos varios sitios históricos de la Iglesia, y cuando llegamos a la costa este nos dirigimos hasta la ciudad de Nueva York.

Estuvimos allí apenas dos semanas después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Sentíamos profundamente que debíamos visitar el lugar en el que las Torres Gemelas habían sido destruidas.

Vimos a un soldado que señalaba el camino en una calle llena de personas mientras estas observaban los escombros. Él repartía pañuelos desechables para que la gente se secara las lágrimas.

Joseph y yo pudimos sentir cuán profundamente aquellos sucesos habían lastimado a todos, y quisimos hacer algo al respecto. Consideramos que lo mejor que podíamos hacer era hablar con la gente, escuchar sus historias y quizás compartir con ellos un mensaje sobre la esperanza del evangelio restaurado de Jesucristo.

En el camino de regreso a nuestro hotel viajamos en el metro. Sentada frente a mí había una mujer que leía un libro. Me pregunté qué pasaba en su vida. Me presenté y le dije que estábamos de visita en Nueva York; le comenté que teníamos curiosidad por conocer sus experiencias con los recientes acontecimientos del 11 de septiembre.

Su nombre era María, y había vivido en la ciudad de Nueva York por décadas. Trabajaba en un edificio muy cerca de las torres. Nos dijo que unas semanas antes del 11 de septiembre había tenido un fuerte sentimiento de que debía orar y preguntar si Dios estaba allí. Mencionó que hasta ese momento de su vida no había orado mucho ni había sentido realmente que necesitaba hacerlo. No sintió una respuesta a su oración hasta que los terroristas atacaron las torres aquella funesta mañana. El caos y la confusión la rodeaban; sin embargo, de repente ella sintió calma. María nos dijo que sintió una paz increíble y que, a pesar de toda la inexplicable destrucción del momento, sintió que Dios estaba allí cuidándola.

Después de que María compartió eso con nosotros, Joseph y yo le dijimos que ella había sentido el Espíritu de su Padre Celestial en la forma de aquella paz y consuelo especiales. Le dijimos que siempre podía sentir esa paz al buscarlo a Él en oración y al estudiar el Libro de Mormón. Le dimos un ejemplar del Libro de Mormón y le dijimos que el libro continuaría dándole la paz que había estado buscando. Le encantó recibirlo y nos dio las gracias.

No sé cómo siguió la historia de María porque Joseph y yo tuvimos que bajarnos en nuestra parada, pero sé que el Padre Celestial ama a cada uno de Sus hijos e hijas. Sé que Él está en los detalles de nuestra vida, especialmente cuando todo a nuestro alrededor parece estar mal. Él puede brindar una paz indescriptible que proviene de Su Espíritu mediante el poder de Su Hijo Jesucristo. La luz de Cristo puede brillar radiantemente a través de la oscuridad de cualquier prueba o tragedia porque Él ha vencido todo.

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