La plenitud del relato de la Navidad

Devocional de Navidad de 2016
La plenitud del relato de la Navidad
Por el élder Craig C. Christensen
De la Presidencia de los Setenta

 

La Navidad inspira sentimientos de ternura, gozo y amor, y, como cualquier padre o madre puede confirmar, hay sentimientos semejantes que comúnmente acompañan el nacimiento de cada recién nacido. Por supuesto que el nacimiento de Cristo fue diferente a cualquier otro. Los preciados detalles —el viaje a Belén, el mesón abarrotado de gente, el humilde pesebre, la estrella nueva y los ángeles ministrantes— hacen del relato de Su nacimiento algo extraordinario. Sin embargo, el relato del nacimiento del Salvador representa solo una parte de por qué sentimos el Espíritu durante la época navideña. La Navidad no es solo la celebración de cómo vino Jesús al mundo, sino también del conocimiento de quién es Él —nuestro Señor y Salvador Jesucristo— y de por qué vino.

El presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “Gracias a que Él vino a la tierra, … [podemos tener] alegría y felicidad en la vida y paz cada día del año… Debido a que Él vino, nuestra existencia mortal tiene sentido”(1).

El Primogénito del Padre
Ese sentido se torna más claro cuando consideramos la totalidad de la historia de la Navidad. Tal como el presidente Gordon B. Hinckley explicó: “No habría habido Navidad de no haber habido Pascua. El niño Jesús de Belén sería como cualquier otro niño si no fuera por el Cristo redentor de Getsemaní y del Calvario, y por la triunfante realidad de la Resurrección”(2).

Ni el nacimiento de Jesús en Belén es el comienzo de la historia, ni el Calvario es el final. Las Escrituras enseñan que Él estaba “en el principio… con Dios”(3) en el Concilio preterrenal de los cielos. Nosotros también estábamos allí, donde lo conocíamos como Jehová, el Primogénito de nuestro Padre Eterno(4). Supimos que Él desempeñaría la función central como Creador y Redentor del mundo. Nos regocijamos al aceptar el gran Plan de Felicidad(5). Aunque hubo algunos que se rebelaron contra el plan de Dios, nosotros estuvimos entre quienes depositaron su fe en Jesucristo. Aceptamos de buena gana los peligros de la vida mortal porque teníamos confianza en que Jesús cumpliría la voluntad del Padre; en que mediante Él seríamos salvos.

El nacimiento del Hijo Unigénito de Dios
Aquí en la tierra, el recuerdo de nuestra vida anterior está cubierto por un velo de olvido. Nuestro propósito al venir a la tierra era aprender que “por fe andamos, no por vista”(6).

Para fortalecer esa fe, Dios envió a los profetas que previeron y predijeron la venida del Mesías prometido. Uno de ellos fue Nefi, que vio en visión un árbol que era sumamente bello y blanco. Cuando pidió conocer la interpretación de la visión, se le mostró la ciudad de Nazaret y a María, una virgen que era la más hermosa y pura. El ángel que visitó a Nefi le hizo entonces esta pregunta tan significativa: “¿Comprendes la condescendencia de Dios?”. En otras palabras, “¿Entiendes por qué Dios mismo vendrá al mundo; por qué condescenderá por debajo de todas las cosas?”. La respuesta de Nefi fue un tanto vacilante: “Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas”.

Entonces el ángel dijo: “La virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios”. Nefi vio a María, quien sostenía en brazos a un niño, y el ángel exclamó con gozo: “¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!”. De repente, el significado del árbol —y la razón por la que celebramos el nacimiento de Cristo— quedaron más claros para Nefi. Este dijo: “Es el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres; por lo tanto, es más deseable que todas las cosas”. “Sí”, añadió el ángel, “y el de mayor gozo para el alma”(7).

Finalmente, unos seiscientos años después de la visión de Nefi, llegó el día esperado y profetizado por tanto tiempo. Jesús atravesó el velo y entró en el mundo como un indefenso bebé, aunque no fue semejante a ningún otro niñito. El Hijo Primogénito de Dios en el espíritu llegó a ser Su Hijo Unigénito en la carne. ¡Ese niño, que había nacido en las más humildes circunstancias, cargaría sobre Sus hombros la salvación de la familia eterna de Dios! Ciertamente, “pueblecito de Belén”, aquella noche “en tus calles [brilló] la luz de redención que da… la eterna salvación”(8).

Pero la historia, por supuesto, no culmina allí. Aunque el nacimiento del Salvador fue milagroso, había milagros mayores por venir.

En los asuntos del Padre
Sabemos muy poco sobre los primeros años de Jesús. Se nos dice que “crecía en sabiduría, y en estatura y en gracia para con Dios y los hombres”(9). Para los doce años de edad, el deseo que expresaba era estar “en los asuntos de [Su] Padre”(10). Dichos asuntos eran manifestar al mundo “el grande y maravilloso amor” del Padre hacia Sus hijos(11).

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, … para que el mundo sea salvo por él”(12).

Los asuntos de Su Padre eran “[andar] haciendo bienes”(13). Era una obra compasiva: “Sanar a los enfermos, levantar a los muertos, hacer que los cojos anden, y que los ciegos reciban su vista, y que los sordos oigan”(14).

Los asuntos de Su Padre eran abrir los ojos de nuestra fe, avivar nuestras facultades espirituales y sanar nuestros dolores, orgullo, enfermedades y pecados; eran “[socorrernos]… [en nuestras] debilidades”. Para lograrlo, Jesús sufrió voluntariamente dolores, rechazo, aflicciones y tentaciones de todas clases(15).

Los asuntos de Su Padre eran ayudarnos a cumplir con nuestro propósito en la tierra; “[hacernos] más dignos” para que vivamos con Él en “Su gran mansión”(16). En otras palabras, los asuntos de Su padre eran —y son— “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”(17).

La expiación de Jesucristo
Finalmente, la totalidad de la historia de la Navidad culmina con los últimos tres días de la vida del Salvador. En ese período de inflexión, el Salvador pasó del Jardín de Getsemaní a la cruz del Calvario y al sepulcro del huerto. Como ha enseñado el élder Jeffrey R. Holland: el “impacto y la eficacia” de ese momento “se extendería… hasta el inicio de los tiempos y hacia adelante… por toda la eternidad”(18).

Mientras el destino de cada alma humana pendía de un hilo, Jesús entró prácticamente solo en el Jardín de Getsemaní. Luego prosiguieron el interrogatorio, los azotes y finalmente una espantosa muerte en la cruz. Con las mismas humildad y sumisión con las que declaró en el principio: “Heme aquí; envíame”(19), dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”(20).

La tierra gimió, Sus amigos se apesadumbraron y hubo tinieblas que cubrieron la tierra. El Salvador pasó al mundo de los espíritus, donde “una compañía innumerable de los espíritus de los justos” —de almas rectas que habían muerto— aguardaba Su venida. Con una notable semejanza a lo que había sucedido en el inicio de los tiempos, los hijos e hijas de Dios se regocijaron y se inclinaron para adorar a su Libertador(21).

La resurrección de la Luz del Mundo
Poco después, llegó el momento de que el Salvador tomara de nuevo Su cuerpo físico y completara Su victoria sobre la muerte. Temprano por la mañana de un día de primavera, el primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro y lo halló vacío. Ella fue la primera en oír Su voz y ver Su amado rostro. Jesús se apareció luego a los apóstoles y los invitó a contemplar Sus manos y pies, para “[palpar] y [ver]”(22) que en verdad era Él; ¡que su Redentor ciertamente vivía de nuevo!

Esas son las “nuevas de gran gozo”(23) que celebramos en la Navidad, no solo que Cristo nació, sino que vivió entre nosotros, dio Su vida por nosotros, resucitó y, por último, “[acabó] la obra que [Su Padre le dio para] que hiciese”(24). Nos regocijamos porque la confusión y el caos de este mundo pueden aplacarse mediante la promesa que se nos hizo desde el principio mismo; promesa que se cumplió a través de la expiación de Jesucristo. Por esa razón, la historia de la Navidad no se narra en su totalidad sin la historia de la Pascua. Fue el sacrificio expiatorio del Salvador lo que tornó en noche de luz la noche de paz de Belén. Fue Su don de redención lo que nos hizo regocijar en el mundo preterrenal; ese don que sana nuestras enfermedades, nos restaura la vista y enjuga toda lágrima(25).

La luz que amamos en la Navidad emana de la Luz del Mundo, Jesucristo. La historia que abrigamos en el corazón durante la Navidad nos habla del plan de felicidad del Padre, que Cristo hizo posible. El don que santifica la época navideña es Su vida misma, la que entregó para que nosotros pudiéramos tener vida eterna. Ruego que recibamos ese don y compartamos Su amor y Su evangelio con todo el mundo, en particular durante esta maravillosa época del año; es mi oración en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Thomas S. Monson, “Porque Él vino” (devocional de Navidad de la Primera Presidencia, 4 de diciembre de 2011), lds.org/broadcasts.
  2. Gordon B. Hinckley, “El maravilloso y verdadero relato de la Navidad”, Liahona, diciembre de 2000, pág. 6.
  3. Juan 1:1.
  4. Véase Doctrina y Convenios 93:21.
  5. Véase Job 38:7.
  6. 2 Corintios 5:7.
  7. Véase 1 Nefi 11:8–23.
  8. “Oh pueblecito de Belén”, Himnos, Nº 129.
  9. Lucas 2:52.
  10. Lucas 2:49.
  11. Doctrina y Convenios 138:3.
  12. Juan 3:16–17.
  13. Hechos 10:38.
  14. Mosíah 3:5.
  15. Véase Alma 7:11–12.
  16. “Jesús en pesebre”, Himnos, Nº 125.
  17. Moisés 1:39.
  18. Jeffrey R. Holland, “The Atonement of Jesus Christ”, Encyclopedia of Mormonism, eom.byu.edu/index.php/Atonement_of_Jesus_Christ.
  19. Abraham 3:27.
  20. Lucas 23:46.
  21. Véase Doctrina y Convenios 138:12–23, 37.
  22. Lucas 24:39.
  23. Lucas 2:10.
  24. Juan 17:4.
  25. Véanse Isaías 25:8Apocalipsis 21:4.
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