Dones de paz

Devocional de Navidad de 2016
Dones de paz
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

 

Estoy agradecido por estar con ustedes en esta celebración de Navidad. Nuestro propósito es honrar al Señor, Jesucristo. Nuestra esperanza es que captemos el verdadero espíritu de la Navidad, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos. Ese espíritu se caracteriza por la paz, no la paz política, ya que el Salvador nació en una época de tanto temor y agitación que su familia tuvo que huir como refugiados a Egipto; no la paz económica, ya que Él nació en un establo y fue recostado en un humilde pesebre; y ni siquiera la paz que se siente cuando todos los regalos están envueltos, los árboles decorados y la mesa puesta, ya que esa paz es solo momentánea. La paz de la Navidad es “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”(1). Es la paz que el apóstol Pablo prometió que “[guardaría nuestros] corazones y [nuestros] pensamientos en Cristo Jesús”(2). Y Pablo tenía razón. Esa paz que buscamos se logra mediante Jesucristo y a causa de Él.

Algunos de nosotros vivimos en entornos hermosos y pacíficos, sin embargo, estamos pasando por una agitación interna. Otros sienten paz y serenidad perfecta en medio de grandes pérdidas, tragedias y pruebas personales constantes.

A todos los que han venido a la Tierra, el Señor dijo: “En el mundo tendréis aflicción”(3). Sin embargo, dio esta maravillosa promesa a Sus discípulos durante Su ministerio terrenal: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da”(4). Es un consuelo saber que esta promesa de paz personal continúa hoy día para todos Sus discípulos del convenio.

Es una promesa que se dio incluso la misma noche de Su nacimiento. Cuando los mensajeros celestiales anunciaron el nacimiento del Salvador, declararon: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz”(5).

En esta bendita temporada del año, buscamos —más que nunca— la paz a través del Dador de todos los dones. Esta noche deseo compartir solo algunas de las muchas maneras en que podemos aumentar la paz que sentimos en esta temporada, durante el año que está por venir y durante toda nuestra vida.

Primero, al igual que los ángeles que cantaron durante la noche de Su nacimiento, podemos sentir paz al celebrar a nuestro Salvador, Jesucristo. Podemos decir: “… venid [y] adoremos” (6).

La Navidad es la celebración de un nacimiento. Todos hemos sentido la maravilla de ver a un niño recién nacido. Sentimos humildad al ver el milagro de los rasgos delicados y de la promesa del futuro. Sentimos ternura. Sentimos gratitud. Sentimos paz; y llega a nuestro corazón un sentimiento de amor que nos hace querer dar y ser amables al recordar a la persona cuyo nacimiento celebramos, porque la Navidad es la celebración de un nacimiento como ningún otro. El nacimiento de Jesús lo habían previsto los profetas de Dios durante siglos. Ese nacimiento fue el cumplimiento de una promesa que nos hizo un amoroso Padre Celestial en el mundo de los espíritus. Fue el nacimiento del Mesías prometido.

Las palabras vuelven del recuerdo y se anidan en mi corazón cada temporada navideña. En mi mente oigo las voces gozosas de un gran coro que canta: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”(7).

La primera vez que recuerdo oír esas palabras fue cuando me encontraba sentado en el balcón del Tabernáculo de Salt Lake. Un coro entonaba la música de Handel. Recuerdo que sentí algo en mi corazón. En aquel entonces yo era joven: ahora soy mayor, y sé lo que fue esa sensación. Fue el Espíritu Santo, cuya compañía se me había concedido cuando tenía ocho años de edad. El Espíritu le confirmó a mi corazón que las palabras que se cantaron esa noche eran verdaderas.

El bebé que nació en Belén hace mucho tiempo fue y es el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre. Aquellos que se arrodillaron ante Él fueron a adorar al Salvador. Él era el Cordero de Dios, enviado para quebrantar los lazos de la muerte por medio de Su sacrificio expiatorio. Él vino con el poder de soportar nuestras penas y nuestra angustia para que supiera cómo socorrernos; y Él nació para expiar todos nuestros pecados como solo Él podía hacerlo:

De tu trono has bajado
y la muerte conquistado
para dar al ser mortal
nacimiento celestial.
Escuchad el son triunfal(8).

El sentimiento que tuve en el balcón del Tabernáculo aquella noche fue de fe y esperanza. Sentí fe porque a causa de que “un niño nos [fue] nacido”, podía tener esperanza en que la muerte no sería el final. Sería resucitado, y a todos los hijos del Padre Celestial les sería quitado el aguijón de la muerte.

Sin embargo, sentí más, mucho más. Sentí la esperanza de que a causa de Él, podría seguirle y servirle y así nacer a una nueva vida espiritual. Gracias al don de Su nacimiento, mi corazón, el de ustedes, y el de todos los seres humanos pueden cambiar para volver a ser como el de un niño pequeño: puro, limpio y preparado para volver al hogar del Dios que nos dio un Salvador y proporcionó el modo de volver a Él en Su hogar celestial. Sentí gratitud y paz, y todos podemos hacerlo gracias al don del Padre y del Hijo.

Segundo, así como los pastores que vieron al Cristo niño y “dieron a conocer” (9) las buenas nuevas de Su nacimiento, podemos enseñar la paz a nuestras familias y a otros seres amados. Lo hacemos mejor cuando les abrimos las Escrituras en sus mentes y corazones.

Cuando nuestros hijos eran pequeños, creamos un espectáculo familiar de Navidad con todo el diálogo extraído de las Escrituras. Lo llevábamos a cabo en la Nochebuena; muchos de ustedes habrán hecho algo similar.

Los primeros años que hicimos la representación se necesitaba un número limitado de actores que recitaban sus partes de las Escrituras. Yo era José, mi esposa era María, y un muñeco era el niño Jesús. Con el tiempo, el elenco se hizo más numeroso. Añadimos a un pequeño actor que representaba al niño Jesús, y luego tuvimos pastores, vestidos con batas de baño, para adorar en el pesebre, y luego pudimos añadir reyes que llevaban cajas de joyas para honrar al Rey recién nacido.

Después de unos años, iniciábamos el espectáculo con un niño que representaba a Samuel, el lamanita, que testificaba con poder profético sobre el futuro nacimiento del Mesías prometido. Con el tiempo, añadimos una multitud incrédula armada con bolas de papel de aluminio que lanzaban a Samuel, quien se dirigía a ellos. Cada año, a medida que los miembros de la muchedumbre enojada se hicieron más fuertes y con mejor puntería, tuvimos que recordarles con firmeza que no podían pegarle a Samuel porque era el siervo protegido de Dios, y porque estábamos abogando por la paz y celebrándola.

Necesitábamos partes para los niños más pequeños, así que añadimos ovejas y corderos para asomarse, detrás de los pastores, al pesebre.

Pero entonces el tiempo pasó, como suele hacerlo. Los actores crecieron, y ahora estamos otra vez como al principio. He visto cómo esos Josés, Marías, pastores, ovejas, corderos y reyes siguen adelante para enseñar a sus seres queridos sobre el Salvador y sobre la paz que Su nacimiento hace posible.

Fueron bendecidos al aprender de las partes que representaron en el espectáculo algo sobre el Salvador y por qué lo amamos. Estoy agradecido que nuestros hijos y sus hijos nos vieron honrar al Niño Jesús, que nació para ser el sacrificio infinito, el don inestimable de paz que el Padre Celestial dio a todos Sus hijos.

Tercero, al igual que los magos de oriente, nosotros podemos dar dones de amor y paz como discípulos del Señor resucitado.

El obispo Sellers, de Rexburg, Idaho, lo hizo en los años después de que fue llamado como obispo hace mucho tiempo. La capilla de su barrio estaba cerca de la carretera que pasaba por la pequeña comunidad. En aquellos días de desempleo, muchas personas desamparadas se trasladaban de un lugar a otro, con la esperanza de encontrar algún modo de sostenerse. Muchas veces buscaban a uno de los obispos de la Iglesia para que les diera ayuda. Con frecuencia, los obispos los enviaban a la casa del obispo Sellers.

Había una razón. La familia Sellers recibía a personas necesitadas. En vez de que la cena fuera solo una comida familiar, los acompañaban a la mesa uno, dos, o a veces más personas extrañas. Después de que los invitados disfrutaban la deliciosa comida que les preparaba la hermana Sellers, el obispo les obsequiaba un abrigo de la reserva de abrigos que había comprado.

Una vez que se encontraban bien abrigados y se llevaban un paquete con otros alimentos que la hermana Sellers les había preparado, emprendían su camino en el día invernal, con corazones cálidos. Lo que habían visto, oído y sentido ese día permanecería con ellos en su camino. Debido a que algunos de los tiempos más fríos en Rexburg eran en la temporada de Navidad y debido a la tradición de la familia de practicar la caridad durante todo el año, los hijos de la familia Sellers llevan en la memoria el recuerdo de haber hecho lo que el Salvador habría hecho, y de hacerlo por Él.

Ustedes y su familia habrán establecido sus propias tradiciones navideñas que se adapten a sus circunstancias, pero tendrán algunas cosas en común: acercarán sus corazones al Salvador, e incluirán actos de bondad que serán merecedoras de la aprobación del Salvador. Dijo Él:

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

“estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí”(10).

Y Él dirá: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”(11).

Los ángeles, los pastores y los magos de oriente buscaron y encontraron paz en la fe que tenían en Jesucristo; y ustedes también. El nacimiento del Salvador es el don que hace posible que el Padre nos dé “paz en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero”(12). Exclamamos con gozo en el mundo de los espíritus cuando oímos esa promesa. Volvemos a sentir paz y gozo cuando oímos el canto de palabras que proclaman que se cumplió la amorosa promesa de Dios:

… reina ya gran solaz…
luz celeste en gran plenitud,
santos coros cantan salud
Hoy nació el Señor(13).

Ruego que esa paz venga y more con cada uno de nosotros al recordar, amar y adorar a nuestro Padre Celestial, al guardar los convenios que hemos hecho con Él. Que siempre recordemos el servicio y la misericordia que Jesucristo dio durante Su ministerio terrenal, y decidamos hacer lo mismo.

Testifico que Jesús es el Cristo, el amado Hijo del Padre. Testifico que el presidente Thomas S. Monson es el profeta viviente de Dios. Su deseo, y el de la Primera Presidencia, es que en esta temporada y siempre tengan los sentimientos de alegría, amor y paz que el Salvador prometió a Sus discípulos fieles y sumisos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Filipenses 4:7.
  2. Filipenses 4:7.
  3. Juan 16:33.
  4. Juan 14:27.
  5. Lucas 2:14.
  6. “Venid, adoremos”, Himnos, nro. 124.
  7. Isaías 9:6.
  8. “Escuchad el son triunfal”, Himnos, nro. 130.
  9. Lucas 2:17.
  10. Mateo 25:35–36.
  11. Mateo 25:40.
  12. Doctrina y Convenios 59:23.
  13. “Noche de luz”, Himnos, nro. 127.
Anuncios
Esta entrada fue publicada en Devocional de Navidad, Navidad, Paz y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s