La incógnita del mormonismo

Conferencia General Octubre 1979
La incógnita del mormonismo
Por el élder Bruce R. McConkie
Del Consejo de los Doce

Quisiera hablar como otro testigo de la veracidad de lo que el presidente Tanner nos ha testificado, tan elocuente y fervientemente. Tenemos algunas palabras que expresar al mundo en general. Nos dirigimos especialmente a todos aquellos con una mente indagatoria que desean escuchar una nueva doctrina, ver algún panorama diferente y desenredar (¿acaso no lo decimos así?) el misterio más grandioso del mundo religioso: el misterio del mormonismo.

Somos un pueblo particular; formamos parte de una congregación de verdaderos creyentes, somos únicos y diferentes a todos los demás; somos los santos del Altísimo reunidos en muchas naciones para edificar a Sión y para preparar al mundo para la segunda venida del Hijo del Hombre.

Nos llaman los “mormones”; muchos nos califican como una secta singular mientras proclaman: “embusteros, falsos profetas, polígamos” como solían decir; o, “racistas, en contra de la mujer, dictadores patriarcales”, como ahora algunos nos llaman, o “adoradores de Adán que niegan a Cristo y su gracia”, como otros falsamente claman; o cualquiera que sea la sofistería del momento que siembra las semillas del prejuicio en aquellos que de otra manera podrían aprender quienes somos y en que creemos.

Muy a menudo nos parece que estas declaraciones de mentes vacías, y aquellas de los que envidian nuestro rápido crecimiento y aumento de influencia en el mundo, y las otras voces de aquellos cuyo punto de vista social o político no auspiciamos, son solo otra evidencia de la verdad y divinidad de la obra misma. El diablo no está muerto, y así como en una ocasión elevo la voz para decir, “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” así también hoy grita histéricamente en contra de Su pueblo en este día.

Creemos que no es demasiado pedir en esta época de luz y libertad de palabra que se nos permita declarar quienes somos, en que creemos y por qué nuestra causa marcha hacia adelante en una forma tan maravillosa.

Nos gloriamos de que se nos conozca como un pueblo particular. Es nuestro deseo ser únicos -diferentes a los demás- porque hemos renunciado a las cosas del mundo y hemos hecho convenio de vivir vidas justas y caminar en las sendas de la verdad y la virtud.

Esperamos que de nosotros se pueda decir, como Pedro afirmo de los creyentes en su día:

“Más vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamo de las tinieblas a su luz admirable.” (1 Pedro 2:9.)

Con el debido respeto por los puntos de vista e intereses de nuestro prójimo, -cristiano o no, judío o gentil- declararemos algunas de estas cosas en las cuales creemos y sabemos que son verdaderas.

Nuestro modo de vida, la seguridad y el gozo que llena nuestra alma, nuestra esperanza de gloria y honor, todo proviene de nuestra doctrina, emana de nuestra teología y brota de las verdades reveladas que se nos han presentado. Y si tenemos un mejor medio de vida, por supuesto aquellos que son sinceros de corazón desearan adquirir el conocimiento de lo que creemos y saber cómo esto cambia y eleva al hombre.

Por lo tanto, seriamente declaramos:

Hay un Dios en el cielo, un Personaje glorioso, un Hombre Santo que sabe todas las cosas, tiene todo el poder y es infinito y eterno. Es el Ser Supremo, el Eterno Omnímodo, el Creador y poblador de mundos incontables. Es nuestro Padre Celestial y vive dentro de la unidad familiar.

Somos sus hijos espirituales; todos moramos en la presencia eterna antes de que se colocaran los cimientos de la Tierra; hemos visto su faz, escuchado su voz, y sentido su Espíritu.

Él ordenó y estableció las leyes mediante las cuales sus hijos pudieran avanzar y progresar y llegar a ser como Él es. Estas leyes constituyen el plan de salvación; son el Evangelio de Dios.

Este glorioso evangelio requirió la creación de esta tierra para que fuera un lugar en el cual el hombre pudiera adquirir un cuerpo terrenal, y ser probado conforme caminara por la fe. Demando la caída de Adán con el propósito de que tanto la muerte temporal como la espiritual entraran en el mundo y todos los hombres estuviesen expuestos a estas.

Exigió una expiación infinita y eterna -que viniera por medio de Aquel que sería el Unigénito en la carne- la cual libraría al hombre de su estado caído.

El Señor Jesucristo, el Primogénito del Padre fue elegido para esta suprema y exaltada obra; nació de María en el meridiano de los tiempos y fue crucificado por los pecados del mundo.

Por esta razón la salvación está en Cristo; viene por medio de su bondad y gracia y por su sacrificio expiatorio; El vino para llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. (Moisés 1:39.)

Él es nuestro Salvador y Redentor. El suyo fue un ministerio de mediación y de reconciliación; vino para llevar a cabo el gran y eterno plan de redención. Es por El que podemos ser justificados, santificados y llegar a ser salvos con una salvación eterna. Él es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo; y entonamos alabanzas a su santo nombre para siempre.

A fin de hacer valer la expiación y de reclamar para nuestro beneficio el poder limpiador de su sangre, debemos creer en El y en su Padre, arrepentirnos de nuestros pecados, hacer convenio en las aguas del bautismo de que le amaremos y serviremos todos nuestros días, y luego recibir el don del Espíritu Santo.

Por lo tanto, guiados por ese Monitor Divino, debemos caminar en la luz, guardar los mandamientos y vencer al mundo. Este es el plan de salvación para todos los hombres en todas las épocas. Tal es el plan que se ha revelado de época en época, a fin de que el hombre caído se ocupe de su salvación con temor y temblor ante el Señor. (Filip. 2:12.)

Y ahora escuchad, oh cielos, y da oído, oh tierra, el gran Dios, que es el Padre de todos nosotros, que ama a todos sus hijos, y que ruega a todos los hombres que se arrepienten y sean salvos, el Gran Dios del cielo ha iniciado la prometida restauración de todas las cosas.

El habla; la voz de Dios se escucha otra vez. Se deja ver, y el hombre mortal vuelve a ver el rostro de su Hacedor. Él manda, la palabra de verdad, el Evangelio de su Hijo sigue su curso nuevamente.

Así como el Padre se manifestó en Cristo y a todo el mundo en esta última dispensación, así también en nuestro día el Hijo se convierte en su voz, en su Testigo y en su Revelador.

“¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” declaró el Padre en la primavera de 1820 (José Smith 1:17). Desde ese momento la palabra divina se ha vertido línea por línea, precepto por precepto, tan rápidamente como los santos estén preparados para recibirla.

El Libro de Mormón se revelo, tradujo y publico al mundo por el don y el poder de Dios. Las verdades en la Biblia se corroboraron y salieron nuevas revelaciones a la luz dando a conocer cosas que pocos han conocido desde la fundación de la tierra. Además vinieron ministrantes angélicos y confirieron sobre los mortales llaves, y poderes, y sacerdocios.

Juan el Bautista confirió el Sacerdocio Aarónico con todas sus llaves y poderes. Pedro, Santiago y Juan trajeron el Sacerdocio de Melquisedec, el Santo Apostolado, las llaves del reino y la comisión divina de predicar el evangelio a toda criatura.

Moisés vino con el fin de que Israel se reúna por segunda vez; Elías el Profeta trajo el poder para sellar para que una vez más el hombre pueda sellarse y ligarse tanto en la tierra como en el cielo. Y así, hasta que el evangelio es restaurado en toda su plenitud, hasta que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se va perfeccionando, y el reino de Dios establecido sobre la tierra, continúa avanzando, tan claro como el sol, hermoso como la luna, e imponente como un ejército en marcha.

Este Santo Evangelio es para la salvación, tanto de los vivos como de los muertos; ellos, así como nosotros, llegaran a ser herederos de la salvación cuando crean en ese mundo eterno y obedezcan sus leyes. Tenemos el privilegio de efectuar por ellos las ordenanzas de salvación en los santos templos que se han edificado con este propósito.

Por el poder del evangelio estamos reuniendo a Israel casi literalmente como Moisés lo hizo. Cientos de miles de conversos han dejado atrás sus cosas en el “Egipto” mundano para introducirse en la “tierra prometida” con los santos. (*)

En esta Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días adoramos a un Dios de milagros, quien nos ha dado los mismos dones de los cuales gozaron también en la antigüedad. No nos vanagloriamos, pero tampoco es un secreto que entre los fieles los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan y se levantan los muertos.

También contamos con la misma organización que existió en el reino terrenal en los días de Jesús; los apóstoles y profetas hablan y ejercen su ministerio como en los tiempos antiguos.

Entre nosotros, la mujer y la unidad familiar se consideran en más alta estima que en ningún otro lugar en la tierra. Nuestras madres, esposas e hijas reciben mayores honores, efectúan labores de más responsabilidad, y desarrollan sus propios talentos a un grado mayor que el del resto de las mujeres en el mundo.

Ciertamente, toda la mira v propósito del evangelio es que tanto el hombre como la mujer, unidos en uno ante el Señor, puedan crear para si unidades familiares eternas. El matrimonio celestial nos prepara para el gozo y la felicidad más grandiosos que los mortales conozcan y para la vida eterna en los reinos por venir.

Decimos como muchos lo han dicho antes, que lo que los hombres llaman “mormonismo” es el mismo sistema de leves v verdades que harán de la tierra un cielo y del hombre un dios.

¿Cuál, pues, es el misterio y maravilla de todo esto? Este glorioso evangelio, este plan perfecto de vida y salvación, este misterio de misterios, este “mormonismo” por decirlo así, es la eterna verdad del cielo.

Es la verdad más pura. Es la voz de Dios que llama a sus hijos. Es la revelación, y ángeles, y visiones, v dones del Espíritu. Es el Espíritu Santo que testifica al corazón contrito. Y es también el mismo Santo Espíritu que purifica y santifica al obediente a fin de que pueda morar donde Dios y Cristo moran, y permanecer con ellos eternamente en los cielos.

Tal vez sea un misterio para la mente carnal, pero es clara y dulce para aquellos que nacen del Espíritu hasta el grado de que son capaces de ver el reino de Dios.

Para finalizar, escuchemos una voz profética:

Profetizamos es mi voz la que lo dice, pero es la voluntad de todas las Autoridades Generales profetizamos que esta gran obra de los últimos días triunfara; que el gran Dios guiara los destinos de su pueblo; que este reino de Dios que ahora se encuentra sobre la tierra, se extenderá hasta que el Reino de los Cielos venga, hasta que el Señor Jesucristo regrese otra vez desde las nubes de los cielos para reinar gloriosamente entre sus Santos de los Últimos Días.

Extendemos una invitación a todos los que deseen venir v participar de la bondad de Dios a fin de que puedan encontrar paz en esta vida y ser herederos de la vida eterna en el mundo venidero. En el nombre del Señor Jesucristo. Amen.

 

(*) Establece una comparación entre la esclavitud del pueblo israelita en Egipto, y la esclavitud del hombre actual que se deja dominar por las tendencias del mundo.

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