Preparémonos para morir

Conferencia General Octubre 1976

Preparémonos para morir

por el élder Sterling W. Sill
del Primer Quórum de los Setenta

Sterling W. SillDos de los acontecimientos más importantes en la vida son el nacimiento y la muerte. ¡Qué experiencia maravillosa es el nacimiento, el tener buenos padres y vivir en un hogar digno! Pero tal vez más importante aún sea la muerte.

A veces perdemos una de nuestras mejores oportunidades, la de prepararnos para morir, porque usualmente pensamos en la muerte como algo desagradables, descartamos la idea y le damos la espalda. Pero la muerte no deja de ser una realidad sólo porque la ignoremos.

No deseo atemorizar a nadie, pero quisiera decir en la forma más delicada que pueda, que esta tan importante

experiencia de nuestro estado mortal algún día llegará a su fin. Alguien ha dicho que, a juzgar por lo pasado, muy pocos salen vivos de este mundo. Desde el principio mismo de nuestra existencia, vivimos bajo una irrevocable sentencia de muerte y con todas las garantías de que ésta se llevará a cabo. El Señor nos ha dado el tiempo suficiente para prepararnos. Y es tan segura la certeza de que nos llegará la hora, que un hombre hizo grabar en su lápida estas palabras: “¡Sabía que esto me iba a pasar!”

Hay una tragedia griega en la cual un filósofo es condenado a morir por un general romano. Este no comprende la actitud serena de su prisionero, por lo cual el griego le explica: “Tú no sabes lo que es morir, porque no sabes lo que es vivir. Morir es comenzar a vivir. Es finalizar todo trabajo fatigante para emprender otro mejor y más noble. Es dejar atrás lo despreciable, para unirse a una sociedad de dioses y misericordia.”

Se dice que el acontecimiento más importante en la vida, es la muerte. Vivimos para morir, pero morimos para

volver a vivir; la muerte es algo así como el certificado de graduación de la vida, y es la única vía para entrar a la inmortalidad. Por lo tanto, pienso que sería sumamente beneficioso que dispusiéramos de cierto tiempo para prepararnos para es día, y nos preguntáramos qué clase de persona deseamos ser cuando nos llegue la hora de partir. Esa última hora es la hora clave; es la hora del recuento, aquella en que se juzgarán todas las otras horas de nuestra vida. Nadie puede determinar si su vida ha sido un éxito, hasta ese momento.

En la famosa leyenda de Fausto, éste había vendido su alma al diablo a cambio de veinticuatro años de éxito, al cabo de los cuales moriría y Satán podría reclamar su precio. En el momento del trato, veinticuatro años le parecían al protagonista mucho tiempo, y la muerte algo muy lejano. Pero Satanás sabe esperar. Y al pasar los años también Fausto, como todos nosotros, oyó las irrevocables palabras: “Tu hora ha llegado”. Sólo entonces comprendió la trampa que él mismo se había tendido: el trato era inapelable. Solamente podía rogar por la misericordia de Dios, pidiéndole: “Si Fausto tiene que vivir en el infierno cien años, o aun cien mil, oh

Dios, ¡al menos concédele que al fin sea salvo!” (traducción libre). Pero él sabía que, de acuerdo con su propia decisión, quizás ni siquiera eso fuera posible.

No sé cómo sería descubrir, en el momento final, que hemos perdido nuestra meta para convertirnos en almas telestiales; sé que nuestra situación entonces se compararía a la diferencia que existe entre el leve centelleo de una estrella muy lejana y la luz refulgente del sol del mediodía. Es bastante lo que sabemos sobre el reino celestial, o sea, el lugar que Dios ha preparado para los que sean valientes en su servicio y guarden todos sus mandamientos, un lugar cuyo brillo y gloria no admiten descripción.

Todos sabemos las cosas que podemos hacer para aparecer atractivos. Nos mantenemos limpios y tratamos de vestirnos en la forma apropiada; a veces nos adornamos con joyas; si tenemos mucho dinero compramos costosas alhajas que dan brillo a nuestro cuerpo; también recurrimos al uso de cosmético. Aunque muchas veces esto no nos haga diferentes, seguimos insistiendo en ello con constancia infinita. Ahora bien, si creemos que es placentero estar bien vestidos y adornados, pensemos en lo que sería estar “vestidos” con un cuerpo atractivo, que brillara como el sol, que fuera indescriptiblemente hermoso, con los sentidos aguzados, un amplio poder de percepción y una enorme capacidad para el amor, la comprensión y la felicidad. Y no olvidemos que Dios nos ofrece el sistema más eficaz de embellecimiento que pudiéramos encontrar.

Sócrates rogó: “Concédeme belleza interior”. Todos conocemos personas que si bien tienen una apariencia común, su radiante espíritu las ha hecho hermosas. La luz divina del espíritu da belleza al cuerpo.

Así volvemos al punto donde empezamos, a la idea de que sería maravilloso vivir preparándonos para morir y, en esa forma, hacernos dignos de morar con el Padre en su reino por la eternidad. Y me gustaría citar las palabras de un gran pensador estadounidense, Henry David Thoreau: “Gran Dios, otra cosa en la vida no pido: Jamás permitas que me defraude a mí mismo”.

Que Dios nos bendiga, a cada uno de nosotros, para que podamos magnificar nuestros llamamientos y aprovechar nuestras oportunidades a fin de prepararnos para aquel gran día final. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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