Una ciudad sentada sobre un monte

Conferencia General Octubre 1974
Una ciudad sentada sobre un monte
Por el élder Gordon B. Hinckley
Del Consejo de los Doce

Gordon B. HinckleyMis hermanos y hermanas: Busco la dirección del Santo Espíritu para que yo pueda decir algo que pueda aumentar vuestra fe. Recientemente he tenido una gran experiencia. Parte de una semana, he estado junto con otros a la entrada del Templo en Washington en calidad de anfitrión para visitantes especiales. Entre éstos asistieron la esposa del presidente de los Estados Unidos, Magistrados de la Suprema Corte, senadores, miembros del consejo, embajadores de varias naciones, miembros del clero, educadores, grandes negociantes, etc. Desde esa semana de invitaciones especiales, otros visitantes, más de trescientos mil de ellos, han venido a ver este sagrada edificio.

En revistas y periódicos han sido dedicadas varias columnas al templo; así mismo, la radio y la televisión han llevado su historia a los lejos y a lo ancho. Dudo que cualquier otro edificio construido en el este en años recientes, haya atraído más atención que éste.

Casi sin excepción, aquellos que vinieron fueron apreciativos y reverentes. Muchos han quedado profundamente impresionados en su corazón. Al dejar el templo, la señora Ford (Esposa del Presidente de E.U.A.) comentó: “Esta es verdaderamente una gran experiencia para mí. . . Es una inspiración para todos.”

Mientras estuve parado en ese sagrado edificio día tras día, estrechando la mano de muchas personas honradas y respetadas, de este país y del mundo entero, dos pensamientos repetidamente cruzaban por mi mente. El primero concerniente a la historia del pasado. El segundo lo ocupaban el presente y el futuro.

Observando a la Primera Dama de la Nación [E.U.A.] tomándose una fotografía con el presidente Spencer W. Kimball, mi mente se remontó 135 años atrás. Nuestro pueblo estaba entonces en Commerce, Illinois, sin hogares y sin recursos económicos, encarando al amargo invierno que pronto seguiría. Ellos habían sido expulsados de Misurí y habían huido a través del río Misisipí, buscando asilo en Illinois. Donde el río hace un amplio recodo, habían comprado un trecho de terreno, bello en su ubicación, pero tan cenagoso, que una yunta no podía cruzar por él sin quedar enlodada. Este sitio, con un tremendo esfuerzo y grandes sacrificios, iba a ser más tarde Nauvoo la Bella. Pero en 1839, Commerce fue un lugar de concurrencia para miles de miembros expulsados de sus hogares. Ellos habían dejado atrás su trabajo de años, casas y graneros, iglesias y edificios públicos y cientos de ranchos productivos. Además, sepultados bajo el césped al otro lado del río, dejaron a sus seres queridos asesinados por el populacho. Despojados y necesitados, sin poder obtener una indemnización del condado de Missouri, determinaron hacer una petición al Presidente y al Congreso de los Estados unidos, José Smith y Elías Higbee fueron asignados a ir a Washington.

Dejaron Commerce el 20 de octubre de 1839, huyendo en una ligera calesa tirada por un caballo, y cinco semanas más tarde arribaron a Washington. Casi todo su primer día lo pasaron tratando de encontrar un lugar que estuviera al alcance de sus posibilidades. Anotaron en una carta dirigida a Hyrum Smith: “Encontramos hospedaje, el más barato que pudo encontrarse en esta ciudad” (History of The Church of Jesus Christ of Latter day Saints, 4:40).

Visitaron al presidente de los Estados Unidos, Martin Van Buren, para exponerle su caso. El les respondió: “Caballeros, vuestra causa es justa, pero yo no puedo hacer nada por ustedes. . . Si yo los ayudara, perdería los votos del estado de Missouri” (History of The Church, 4:80).

Ellos apelaron al Congreso, En las frustrantes semanas que siguieron, José regresó a Commerce, gran parte del camino a caballo. El juez Higbee se quedó en Washington para seguir gestionando su causa, sólo para que finalmente le dijeran que el Congreso no haría nada.

Cuán lejos ha llegado la Iglesia en el respeto y la confianza de los oficiales públicos entre 1839, cuando José Smith fue repudiado en Washington, y 1974, cuando el presidente Spencer W. Kimball es bienvenido y honrado. Tales son, en esencia, el primero y el último capítulo de mis pensamientos, durante estos pasados y recientes bellos días en el Templo de Washington.

Y entre esos dos capítulos, primero y final, corre el hilo de una veintena de otros capítulos que hablan de la muerte de José y Hyrum, aquel sofocante día 27 de junio de 1844, del saqueo de Nauvoo, de largos trenes, de carretas cubiertas cruzando el río hacia el territorio de Iowa, de los campamentos en la nieve y lodo, esa fatal primavera de 1846; de los Cuarteles de Invierno en el río Missouri y de la gangrena, las fiebres y otras plagas que diezmaron las filas, del llamado a nuestros hombres para que se incorporaran al ejército, expedido por aquel mismo gobierno que anteriormente había sido sordo a sus quejas y sus súplicas; de la ruta marcada por sepulcros a lo largo de los ríos Elkhorn, Platte y Sweetwater, sobre el Paso del Sur y luego hacia este valle; de las decenas de miles que dejaron el este de Inglaterra para enlazar su camino a lo largo de esta ruta, algunos jalando carretas de mano y muriendo en el invierno de Wyoming, del interminable desyerbamiento de artemisa en estos valles, de la excavación de kilómetros de canales para llevar agua a la tierra sedienta, de décadas de noticias alarmantes en contra de nosotros nacidas del fanatismo, de la privación de derechos de ciudadanía, bajo leyes decretadas en este mismo Washington y reforzadas por jefes de policía enviados desde la sede del gobierno federal. Estos están entre los capítulos de esta épica historia.

Gracias a Dios que aquellos duros días han pasado. Gracias a aquel los que permanecieron fieles, mientras caminaban a través de esos fuegos de prueba. Qué precio, qué terrible precio tuvieron que pagar ellos de lo cual nosotros somos ahora los beneficiarios. Es mejor que no lo olvidemos nunca, mis hermanos. Gracias por aquellos que por medio de la virtud de su vida han ganado, desde entonces, una nueva medida de respeto. Gracias por un día mejor, con mayor entendimiento y con amplia y generosa apreciación extendida para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Estos eran mis pensamientos mientras estrechábamos las manos de los miles que venían al Templo de Washington, con curiosidad y lo dejaban con aprecio, algunos hasta con lágrimas en sus ojos.

Pero estos pensamientos pertenecían completamente al pasado. Había otros del presente y del futuro. Un día mientras corría junto con el tráfico, miré con perplejidad, como deben hacerlo todos los que usan esa carretera, las centelleantes cúspides de la Casa del Señor, elevándose hacia el cielo, desde una colina entre un bosque. Palabras sagradas vinieron a mi mente, palabras dichas por el Señor cuando estaba sobre la montaña y enseñaba al pueblo; al mencionar:

“Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.

“Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16).

No solamente el Templo de Washington, sino este pueblo entero de la Iglesia ha venido a ser como una ciudad asentada sobre un monte, que no se puede esconder.

Algunas veces nos ofendemos cuando uno que es nominalmente miembro de la Iglesia, se ve envuelto en un crimen en donde la prensa pública se apresura a mencionar que él es un mormón. Nosotros comentamos para sí que si él fuera miembro de cualquier otra iglesia, no se haría mención alguna respecto a su religión.

¿No es esta práctica un cumplimiento indirecto para nuestro pueblo? El mundo espera lo mejor de nosotros y cuando uno de nuestros miembros falla, la prensa se apresura a hacerlo notar. Nosotros somos, verdaderamente, como una ciudad asentada sobre un monte, para que el mundo la vea. Si nosotros fuéramos como el Señor quiere que seamos, debíamos ser “real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).

A menos que el mundo altere el curso de sus actuales tendencias lo que parece ser imposible, y si, por otra parte, nosotros continuamos siguiendo las enseñanzas de los profetas, llegaremos a ser cada vez más, un pueblo modelo y peculiar, de quienes el mundo tomará nota. Por ejemplo: Cuando la integridad de la familia se desmorona bajo las presiones mundanas, nuestra posición sobre la santidad de la familia será cada vez más obvia e incluso notoria como contraste, si tenemos la fe necesaria para mantener tal posición.

Mientras la creciente actitud permisiva hacia el sexo continúa extendiéndose, la doctrina de la Iglesia, enseñada consistentemente por más de un siglo, será cada vez más singular y aun extraña para muchos.

A medida que el consumo de bebidas alcohólicas por la mayor parte de nuestra sociedad, aumenta cada año así como la seducción de la publicidad, nuestra posición, establecida por el Señor hace más de un siglo, es cada vez más anticuada ante el mundo.

En tanto que el gobierno cada vez más, asume la carga de cuidar de todas las necesidades humanas, la independencia de nuestros servicios sociales y la doctrina en que se apoya nuestra posición serán más y más únicos cada vez.

Como el día de reposo ha llegado a ser un día de mercado, aquellos que obedecen el precepto de la ley escrita por el dedo del Señor en el Sinaí, el cual ha sido reforzado con la revelación moderna, parecerán más raros ante el mundo.

No siempre es fácil vivir en el mundo y no formar parte de él. No podemos vivir enteramente solos con los nuestros, ni con nosotros mismos, ni lo deseamos. Tenemos que mezclarnos con los demás. Al hacerlo, podemos ser afables podemos ser inofensivos; podemos evitar cualquier espíritu o actitud de santurronería; pero podemos mantener intactas nuestras normas. La tendencia natural es de manera distinta y muchos han sucumbido a ella.

En 1856, cuando estábamos casi solos en estos valles, algunos pensaron que estábamos libres de las costumbres mundanas. A tales dichos, Heber C. Kimball, el abuelo de nuestro amado presidente respondió:

“Quiero deciros, mis hermanos, el tiempo está llegando cuando nosotros seremos mezclados en estos ahora pacíficos valles, en tal medida que nos será difícil distinguir entre el rostro de un santo y el de un enemigo del pueblo de Dios. Entonces, hermanos —prosiguió— cuidado con el gran cedazo, porque vendrá tiempo de gran separación y muchos caerán; porque yo os digo que hay una prueba, una Prueba, una PRUEBA, y ¿quién será capaz de permanecer?” (Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball. Bookcraft 1945, pág. 446).

Yo no conozco precisamente la naturaleza de esa prueba. Pero estoy inclinado a creer que el tiempo está aquí y que la prueba consiste en nuestra capacidad de vivir el evangelio más bien que adoptar las costumbres mundanas.

Yo no abogo por un retiro de la sociedad. Al contrario, tenemos una responsabilidad y el reto de tomar nuestros lugares en el mundo de los negocios, de la ciencia, del gobierno, la medicina, la educación y cualquier otra vocación digna y constructiva. Tenemos la obligación de entrenar nuestra mente y nuestras manos para sobresalir en los trabajos del mundo, para bendición de toda la humanidad. Al hacerlo tenemos que trabajar con otros, pero esto no requiere renunciar a nuestras normas.

Podemos mantener la integridad de nuestras familias si seguimos los consejos de nuestros dirigentes. Al hacerlo todos los que nos rodean nos observarán con respeto y serán llevados a inquirir cómo se hace.

Podemos oponernos a la ola de pornografía y lascivia que está destruyendo la propia fibra de las naciones. Podemos evitar participar de bebidas alcohólicas y sostener sólidamente la legislación que limita los puntos de venta y exhibición para su uso. Al hacerlo, podemos encontrar a otros que sientan lo mismo que nosotros y reunir nuestras fuerzas en la batalla.

Podemos cuidar más plenamente de los nuestros, quienes pueden estar necesitados más bien que pasar esa carga al gobierno, y así preservar la independencia y la dignidad de aquellos que deben tener y tienen derecho a recibir ayuda.

Podemos refrenarnos de hacer compras en el día de reposo. Con otros seis días en la semana ninguno de nosotros necesitamos comprar muebles en domingo; ninguno de nosotros necesitamos comprar ropa en domingo. Si ponemos un poco de cuidado al planear esto, fácilmente evitaremos la compra de mercancías en domingo.

Cuando llevamos a cabo estas y otras normas enseñadas por la Iglesia, muchos en el mundo al cabo de estas y otras normas enseñadas por la Iglesia, muchos en el mundo nos respetarán y encontrarán fuerza para seguir lo que ellos saben que es correcto.

Y, en las palabras de Isaías: “vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos y caminaremos por sus sendas” (Isaías 2:3).

No necesitamos de compromisos. No debemos comprometernos. La vela que el Señor ha encendido en esta dispensación, puede llegar a ser una luz a todo el mundo, y, los demás viendo nuestras buenas obras pueden ser llevados a glorificar a nuestro Padre Celestial y a emular en su propia vida los ejemplos que pudieron haber observado en nosotros.

Uno de los líderes de esta nación (Estados Unidos) dijo al salir del Templo de Washington la otra noche y ver hacia arriba sus agujas:

“Esta bella estructura es un símbolo de esas virtudes que han hecho de nosotros una gran nación y un gran pueblo. Necesitamos de esos símbolos.”

Puede haber muchos más de esos símbolos que el Templo de Washington y aun más impresionantes. Comenzando con ustedes y conmigo, pueden haber un pueblo entero que, por virtud de nuestra vida en el hogar, en nuestras vocaciones y aun en nuestras diversiones, puede ser como una ciudad asentada en un monte de la cual los hombres ven y aprenden así como un estandarte para las naciones, con el cual el pueblo entero de la tierra pueda fortalecerse. Yo doy testimonio de él que es nuestro Dios viviente. Doy testimonio de él que es nuestro Salvador y Redentor. Yo doy testimonio de la verdad de todo esto y de su obra. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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