Sé valiente en la batalla de la fe

Conferencia General Octubre 1974
Sé valiente en la batalla de la fe
Por el élder Bruce R. McConkie
Del Consejo de los Doce

De los escritos de Pablo, tomamos este desafío:

“Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.
“Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna. . . ” (1 Tim. 6:11-12).

Así escribió nuestro compañero apóstol que aceptó al Hijo de Dios como su Salvador; que tomó sobre sí el yugo de Cristo; que en las aguas del bautismo hizo convenio de servirle y guardar sus mandamientos. Así también les decimos hoy a todos aquellos que han tomado sobre sí el nombre de Cristo y se han enrolado en la causa de la verdad y la justicia. Sed valientes. Pelead la buena batalla. Permaneced fieles; guardad los mandamientos; luchad por vencer al mundo.

Hablando de sí mismo y de la gran guerra que había ganado contra el mundo, Pablo dijo:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Tim. 4:7-8).

Como miembros de la Iglesia, estamos envueltos en un gran conflicto. Estamos en guerra. Nos enrolamos en la causa de Cristo para pelear contra Lucifer y todo lo que sea lujurioso, carnal y malo en el mundo. Hemos jurado pelear junto a nuestros amigos y contra nuestros enemigos, y no debemos confundir al tratar de distinguir entre amigos y enemigos. Tal como lo dijo otro de los antiguos apóstoles: “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, se constituye enemigo de Dios” (San. 4:4).

La gran guerra que se lleva a cabo en ambos bandos y que, desafortunadamente, produce muchas bajas, algunas fatales, no es nueva. Aún en el cielo hubo guerra, cuando las fuerzas del mal trataron de destruir el libre albedrío del hombre y cuando Lucifer trató de engañarnos y desviarnos del camino justo del progreso establecido por el sabio Padre.

La guerra continúa sobre la tierra, y el diablo descarga su ira contra la Iglesia y sigue haciendo “guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Ap. 12:9, 17).

Y ahora es como siempre ha sido, los santos sólo pueden vencerlos a él y sus huestes “por medio de la sangre del Cordero”, por la palabra de su testimonio, y si menosprecian su vida hasta la muerte. (Ap. 12:11.)

No hay ni puede haber neutrales en esta guerra. Cada miembro de la Iglesia se encuentra en uno u otro bando. Los soldados que pelean en ella saldrán victoriosos como dice Pablo y, ganarán la corona de justicia, o “sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” cuando El venga a “dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 1:9, 8).

Todos los que en esta guerra no peleen valientemente, sólo por no hacerlo estarían ayudando a la causa del enemigo. “Porque aquellos que no son conmigo, contra mí son”, dice nuestro Dios. (2 Nefi 10:16.)

Estamos en favor de la Iglesia o estamos contra ella; nos ponemos de su lado o sufrimos las consecuencias. No podemos sobrevivir espiritualmente con un pie en la Iglesia y otro en el mundo; tenemos que tomar una decisión: el mundo o la Iglesia. No existen términos medios. Y el Señor ama al hombre valiente que pelea con vigor y arrojo en su ejército.

A algunos miembros de la Iglesia les dijo:

“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!
“Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Ap. 3: 15-16).

El seudo patriota, al igual que el santo de los días sin dificultades, retroceden cuando arrecia la batalla. A ellos no les corresponde la corona del vencedor, porque son vencidos por el mundo.

Los miembros de la Iglesia que tienen testimonio y que viven en una forma justa y limpia, pero que no son valientes, no heredarán el reino celestial, porque su herencia es terrestre. De ellos dice la revelación: “Estos no son valientes por el testimonio de Jesús; así que, no obtienen la corona en el reino de nuestro Dios” (D. y C. 76:79).

¿Qué es el testimonio de Jesús? ¿Y qué debemos hacer para ser valientes por él? “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”, dijo Pablo a Timoteo, “sino participa de las aflicciones por el evangelio. . .” (2 Tim. 1 :8). Y el amado Juan recibió este divino mensaje: “. . .el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía” (Ap. 19:10).

¡El testimonio de nuestro Señor! ¡El testimonio de Jesús! Este glorioso y maravilloso concepto abre la puerta a la gloria y el honor con el Padre y el Hijo por siempre. El testimonio de Jesús es creer en Cristo, recibir su evangelio y vivir su ley.

Jesús es el Señor. Es el Hijo de Dios que vino al mundo para rescatarnos de la muerte tanto temporal como espiritual, que el mundo recibió como consecuencia de la caída de Adán y Eva. El nos ha comprado con su sangre. El es la resurrección y la vida; El “quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Tim. 1:10). Es nuestro Salvador, nuestro Redentor, nuestro abogado con el Padre- “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5)

La salvación está en Cristo. El suyo es el único nombre dado bajo el cielo, mediante el cual podemos lograr tan preciado galardón. Sin El no habría resurrección, y todos los hombres estarían perdidos para siempre. Sin El no habría vida eterna, ni regreso a la presencia de un amante Padre, no habría tronos celestiales para los santos.

No hay lengua que pueda expresar, mente que pueda comprender ni corazón que conciba todo lo que recibimos por El. “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza”’ (Apoc. 5:12)

No puede haber un testimonio perfecto de la condición divina del Hijo de Dios y su poder de salvación, a menos que recibamos la plenitud de su evangelio eterno. El testimonio del evangelio se recibe mediante la revelación del Espíritu Santo; cuando El le habla a nuestro espíritu, entonces es cuando sabemos perfectamente la veracidad del mensaje revelado.

Tener un testimonio es saber por revelación que Jesús es el Cristo, que José Smith y sus sucesores son los reveladores del conocimiento de Cristo y de la salvación para nuestros días; y que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es el reino de Dios sobre la tierra, el único lugar donde se puede encontrar y lograr la salvación.

El testimonio de Jesús es el espíritu de profecía. Es un don del Espíritu, y lo reciben completamente sólo los miembros fieles de la Iglesia. Está reservado para aquellos que tienen el derecho de tener la constante compañía del Espíritu Santo. Es la investidura espiritual que distingue a un hombre como profeta, en cumplimiento de la oración de Moisés: “Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos” (Núm. 11:29).

Y, ¿qué significa ser valiente en el testimonio de Jesús?

Es ser intrépido y arrojado, usar todas nuestras fuerzas, energía y habilidad en la guerra contra el mundo; es pelear la buena batalla de la fe. “Esfuérzate y sé valiente”, le mandó el Señor a Josué; y a continuación especificó que esto consistía en la meditación y la observación de todo lo que está escrito en la ley del Señor (Jos. 1:6-9). La gran piedra angular dé la valentía en la causa de la justicia, es la obediencia a toda la ley del evangelio completo.

Ser valiente en el testimonio de Jesús es venir a Cristo y ser perfectos como lo es El; es negarse a todo lo que no sea puro, es amar a Dios con todo nuestro “poder, alma y fuerza” (Moroni 10:32).

Ser valiente en el testimonio de Jesús es creer en Cristo y su Evangelio con inalterable convicción; es conocer la veracidad y divinidad de la obra del Señor en la tierra.

Pero eso no es todo. Es algo más que creer y saber; debemos ser “hacedores de la palabra y no tan solamente oidores”. Es más que adorar con palabras, más que limitarse a confesar el divino origen del Salvador; es obediencia y conformidad y corrección personal. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 7:21).

Ser valiente en el testimonio de Jesús es “seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo una esperanza resplandeciente, y amor hacia Dios y hacia todos los hombres”. Es “perseverar hasta el fin” (2 Nefi 31:20). Es vivir nuestra religión, practicar lo que predicamos, guardar los mandamientos. Es la manifestación de la “religión pura” en la vida del hombre; es “visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (San. 1 :27).

Ser valiente en el testimonio de Jesús es controlar las pasiones y apetitos y elevarse por encima de las cosas carnales y malignas. Es vencer al mundo tal como Jesús lo hizo, El, que fue el más valiente de todos los hijos de nuestro Padre. Es ser moralmente limpio, pagar los diezmos y las ofrendas, guardar el día de reposo, orar con convicción y, si fuera necesario y se nos pidiera, sacrificar por su causa todo lo que tenemos.

Ser valiente en el testimonio de Jesús es ponerse del lado del Señor. Es votar como El lo haría; es pensar lo que El piensa, creer lo que El cree, decir lo que El diría si se encontrara en la misma situación. Significa tener la mente de Cristo y ser uno con El, tal como El lo es con el Padre.

Nuestra doctrina es clara; su aplicación es lo que a veces parece ser complicado. Tal vez un poco de introspección nos sirviera de ayuda. Por ejemplo:

¿Soy yo valiente en el testimonio de Jesús, si mi principal interés y preocupación en la vida es acumular los tesoros de la tierra, en lugar de ayudar a edificar el reino de Dios?

¿Soy valiente, si tengo más cosas materiales que lo que mis necesidades me requieren y no saco de mi excedente para sostener la obra misional, edificar templos y cuidar a los necesitados?

¿Soy valiente si mi enfoque de la Iglesia y su doctrina es sólo intelectual, si me preocupo más en provocar controversias religiosas sobre éste o aquel punto, que en lograr una buena experiencia espiritual?

¿Soy valiente, si me preocupa demasiado la posición de la Iglesia sobre quién puede y quién no puede recibir el sacerdocio, y si pienso que deberíamos tener una nueva revelación al respecto?

¿Soy valiente, si tengo un bote o una casa de campo, y me ocupo en otras actividades recreativas de fin de semana, que me mantienen alejado de mis responsabilidades espirituales?

¿Soy valiente, si me distraigo en juegos de azar o de cartas, veo películas pornográficas, voy de compras los domingos, uso ropa inmodesta o hago cosas que la gente del mundo acepta como su modo de vida?

Si queremos lograr la salvación, debemos poner en primer lugar en nuestra vida las cosas del reino de Dios. No podemos aspirar a nada menos. Hemos salido de las tinieblas; tenemos la maravillosa luz de Cristo. Debemos andar siempre en la luz.

No pretendo adivinar el futuro, pero tengo la firme convicción de que las condiciones del mundo no van a mejorar. Seguirán empeorando hasta la venida del Hijo del Hombre, que marcará el fin de este mundo y la destrucción de los inicuos.

Creo que el mundo empeorará, pero que por lo menos los fieles de la Iglesia, mejorarán. Nos acercamos más que nunca al día en que nos veremos obligados a hacer nuestra elección, a ser firmes en la Iglesia, a adherirnos a sus preceptos, enseñanzas y principios, a seguir el consejo de los profetas y apóstoles que Dios ha puesto para enseñar la doctrina y testificar ante el mundo. Llegará el día en que esa actitud será más necesaria que nunca.

Esta es la obra del Señor, la obra de Dios. Es el negocio de nuestro Padre y está bajo su mano. No hay en este mundo nada que pueda compararse en importancia al evangelio del Señor Jesucristo, porque éste es poder de Dios para la salvación. Si caminamos y nos movemos, si respiramos y pensamos y vivimos de acuerdo a la causa del evangelio por siempre, podremos obtener paz, felicidad y gozo en esta vida e ir a la gloria eterna en la vida venidera. Enseñamos y testificamos. En este día, hemos enseñado aquí eternos principios de verdad. Y siempre que enseñamos por el poder del Espíritu Santo, tenemos la prerrogativa de testificar que la doctrina que hemos proclamado es verdadera y que si el hombre vive de acuerdo a ella, recibirá todas las bendiciones que su bondadoso Padre desea conferirle.

Testifico de la verdad de la doctrina que hemos proclamado, y doy mi testimonio nuevamente de que Jesús es el Señor, que en El está la salvación, y que su nombre es el único bajo el cielo por el cual podemos ser salvos en el reino de Dios.

Que El nos dé la sabiduría, visión y determinación, el valor y la intrepidez de pelear con virilidad en su ejército y de permanecer siempre de su lado. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s