Magnifiquemos nuestro llamamiento en el sacerdocio

Conferencia General Abril 1973
Magnifiquemos nuestro llamamiento en el sacerdocio
Por el élder Marion G. Romney

Marion G. RomneyMis queridos hermanos del sacerdocio:

Exhorto a cada uno de nosotros, y si tuviera el poder, inspiraría a cada uno a magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio.

Cuando aceptamos ser ordenados al sacerdocio, hicimos convenio con el Señor de que magnificaríamos ese llamamiento. AL mismo tiempo. El hizo convenio de que si lo hacemos seremos “santificados por Espíritu para la renovación de (nuestros) cuerpos” y “llegar a ser los hijos de. . .Abraham, la Iglesia y el reino, y los elegidos de Dios”, y a nosotros nos será dado “todo lo que mi Padre tiene.” (Véase D. y C. 84:33-38).

El castigo específico por quebrantar nuestros convenios y abandonarlo “totalmente” es que aquel “no logrará el perdón de sus pecados ni en este mundo ni en el venidero” (D. y C. 84:41).

El Señor también dijo a los hermanos congregados en ese tiempo en que reveló el convenio:

“Y ahora os doy el mandamiento de estar apercibidos en cuanto a vosotros mismos, y de atender diligentemente las palabras de vida eterna.

“Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios” (D. y C. 84:43-44).

A fin de magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio se requieren por lo menos tres cosas:

Una, es que tengamos el deseo de hacerlo.

Otra, es que busquemos y meditemos las palabras de vida eterna.

Y tercero, es que oremos. Repetidamente las Escrituras enseñan que los hombres reciben del Señor de acuerdo con sus deseos. Alma declaró:

Dios “… concede a los hombres según sus deseos, ya sea para muerte o para vida; sí, sé que él reparte a los hombres según la voluntad de éstos, ya sea para salvación o destrucción” (Alma 29:4).

Jesús se basaba en este principio. En el pergamino de Juan, escribió:

“… el Señor me dijo: Juan, mi amado, ¿qué deseas?. . .

“Y yo le dije: Señor, dame poder sobre la muerte, para que pueda vivir y traer almas a ti.

“Y el Señor me dijo: De cierto te digo, que porque deseas esto, permanecerás hasta que yo venga en mi gloria y profetizarás ante naciones, tribus, lenguas y pueblos” (D. y C. 7:1-3).

En la apertura de esta última dispensación, el Señor le dijo al padre del profeta: “. . . si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra” (D. y C. 4:3).

Y dos meses más tarde le dije a José Smith y a Oliverio Cowdery: “. . .se os concederá de acuerdo con lo que de mí deseáis. ..” (D. y C. 6:8).

La importancia de este deseo se señala dramáticamente en esta cita de la sección 18 de Doctrinas y Convenios:

“Y ahora, he aquí hay otros que son llamados a declarar mi evangelio, tanto a los gentiles como a los judíos;

Sí, aun doce; y los Doce serán mis discípulos y tomarán sobre sí mi nombre; y los Doce serán los que desearen tomar sobre sí mi nombre con pleno propósito de corazón.

“Y si desearen tomar sobre sí mi nombre con pleno propósito de corazón serán llamados…

“Y ahora he aquí, te concedo a ti, Oliverio Cowdery, y también a ti, David Whitmer, el escoger a los doce, quienes deben tener los deseos de que he hablado.

“Por sus deseos y obras los conoceréis.” (D. y C. 18:26-28,37-38.)

El deseo que habían de tener no era el de ser llamados a ocupar puestos sino el de tomar sobre sí el nombre de Cristo “con pleno propósito de corazón.”

Recuerdo una ocasión en el campo misional cuando estaba tratando de avivar el interés en un misionero desalentado. Por fin le pregunté:

“…¿No hay nada que desees?’. Respondió:

…Sí, hermano Romney, deseo ser apóstol.”

Nadie debe aspirar a ningún puesto particular en la Iglesia. Tal aspiración no es un deseo justo sino una ambición egoísta. Debemos tener un deseo motivador de magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio, cualesquiera que éstos sean, y debemos demostrarlo viviendo el evangelio y efectuando diligentemente cualquier servicio que se nos pida desempeñar. El poseer un puesto particular en la Iglesia nunca salvará a una persona. La salvación de un individuo depende de la eficacia con que se desempeñe en el servicio al que ha sido llamado. El profeta losé dijo:

Si se repasan los requerimientos que deben cumplir los siervos de Dios para predicar el evangelio, vemos que son pocos los hombres que podemos calificar siquiera de presbíteros; y si el presbítero entiende su deber, llamamientos, ministerio, y predica por el Espíritu Santo, su gozo es tan grande como si fuese uno de la Presidencia y las funciones que desempeña son necesarias al cuerpo como también lo son las de los maestros y los diáconos.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 131).Tampoco una simple aspiración es un deseo efectivo; éste no está exento de la influencia de las causas externas y es una convicción motivadora que impulsa a la acción. Una de las cosas que impulsa a hacer al poseedor del sacerdocio, es buscar y meditar las palabras de vida eterna.

Siendo que no podemos vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios, a menos que sepamos cuáles son, es imperativo que las estudiemos. El Señor nos ha mandado que lo hagamos.

Cuando los, judíos contendían con Jesús porque afirmaba que Dios era su Padre, El les respondió claramente. “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).

En el prefacio del Señor para su libro de Mandamientos, dijo: “Escudriñad éstos mandamientos porque son verdaderos y fieles, y las profecías y promesas que contienen se cumplirán” (D. y C. 1:37).

Estamos bajo la instrucción divina de enseñar “los principios (del) evangelio que se encuentran en la Biblia y en el Libro de Mormón” (D. y C. 42:12). No lo podemos hacer a menos que sepamos cuáles son.

El Señor les dijo a José el Profeta, a Oliverio Cowdery y a John Whitmer: ‘He aquí, os digo que dedicaréis vuestro tiempo al estudio de las escrituras. . . (D. y C. 26:1).

Concernientes a la instrucción que les había dado a los santos en Kirtland, dijo: “Escuchad estas palabras. He aquí, que yo soy Jesucristo, el Salvador del mundo. Atesorad estas cosas en vuestros corazones, y sobre vuestras mentes descansen las solemnidades de la eternidad” (D. y C. 43:34).

Cuando he leído las Escrituras, he sentido el desafío de las palabras meditar, considerar y reflexionar tan frecuentemente utilizadas en el Libro de Mormón. El diccionario dice que estas palabras significan “considerar mentalmente, pensar profundamente, deliberar.” De esta manera utilizó Moroni el término a la conclusión de su registro:

“He aquí quisiera exhortaros, al leer estas cosas. . .que recordaseis lo misericordioso que el Señor ha sido hacia los hijos de los hombres . . .y a que lo meditaseis en vuestros corazones” (Moroni 10:3. Cursiva agregada).

Jesús les dijo a los nefitas:

“Veo que sois débiles, que no podéis comprender todas mis palabras. . . “Por tanto id a vuestras casas, y meditad las cosas que os he dicho y pedid al Padre en mi nombre que podáis entender…’ (3 Nefi 17:2-3)

La meditación es, a mi manera de pensar, una forma de oración.

Ha sido, por lo menos, una manera de buscar el Espíritu del Señor en muchas ocasiones. Nefi nos habla acerca de una de esas ocasiones:

“Aconteció, pues”, escribe, que habiendo deseado conocer las cosas que mi padre había visto y creyendo que el Señor tenía el poder para hacérmelas saber, según estaba yo reflexionando;’ esto, fui llevado en el Espíritu del Señor, sí, a una montaña muy alta. ..” (1 Nefi 11:1. Cursiva agregada).

Entonces continúa el relato de Nefi de la gran visión que recibió mediante el Espíritu del Señor, porque creyó las palabras de su padre el Profeta y tuvo tan grande deseo de saber más, que meditó y oró respecto de ellas.

El presidente Joseph F. Smith nos dice que “en el día 3 de octubre, en el año 1918, me senté en mi habitación para meditar en las Escrituras. . .” En aquella ocasión se refería en particular a la declaración de Pedro de que Cristo “fue y predicó a los espíritus encarcelados” (1 Pedro 3:19) mientras su cuerpo se encontraba en la tumba.

“Al meditar en estas cosas que están escritas”, continúa el presidente Smith, “fueron abiertos los ojos de mi entendimiento, y el Espíritu del Señor descansó sobre mí, y vi las huestes de los muertos, tanto las pequeñas como las grandes. . .” Y nos brinda un relato de su gran visión concerniente a la obra misional entre los espíritus de los muertos. (Gospel Doctrine, pág. 472):

Pero estos tres factores, desear, buscar y meditar “las palabras de vida eterna” pese a lo importantes que son, serían incompletos sin la oración.

La oración es un catalizador mediante el cual le abrimos la puerta al Salvador. “He aquí”, dice, “yo estoy a la puerta y llamó; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

Desde el principio se nos ha mandado que oremos. El Señor les mandó a Adán y a Eva que “adorasen al Señor su Dios”, y más tarde envió un ángel para decirles: “Te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás” (Moisés 5:5, 8).

Jesús instruyó a los nefitas:

“En verdad, en verdad os digo que es necesario que veléis y oréis siempre, no sea que entréis en tentación; porque Satanás desea poseeros para cerneros como a trigo.

“Por tanto siempre debéis orar al Padre en mi nombre;

“Orad al Padre con vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas e hijos” (3 Nefi 18:18-19, 21).

En esta dispensación, aun antes de que la Iglesia fuese organizada, el Señor le dijo al Profeta:

“Ora siempre para que salgas vencedor; sí, para que venzas a Satanás, y para que te escapes de las manos de los siervos de Satanás, quienes apoyan su obra” (D. y C. 10:5).

Instruyó a los presbíteros a “visitar las casas de todos los miembros, exhortándolos a orar vocalmente y en secreto…” (D. y C. 20:47, 51).

De los miembros de la Iglesia que fueron a edificar el Condado de Jackson, Missouri, dijo: “. . .Quien no cumpla con sus oraciones ante el Señor, cuando sea tiempo, será tenido en cuenta ante el juez de mi pueblo” (D. y C. 68:33).

Y por último dijo: “.. . orad a todo tiempo, no sea que aquel inicuo tenga poder en vosotros y os quite de vuestra posición” (D. y C. 93:49).

Para cumplir, quisiera que escucharais la exhortación de Nefi. Espero que os conmueva tan profundamente como a mí. Dijo: he aquí, amados hermanos míos. . .

. . .os dije: Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí que las palabras de Cristo os dirán todo lo que debéis hacer.

“Por tanto, si después de haber dicho yo estas palabras, no podéis entenderlas, es porque no pedís ni tocáis; así que no seréis llevados a la luz, antes pereceréis en las tinieblas.

“Y ahora, amados hermanos míos, observo que aún estáis meditando en vuestros corazones; y me duele tener que hablaros sobre esto. Porque si atendieseis al Espíritu que enseña a los hombres a orar, sabríais que os es menester orar; porque el espíritu malo no enseña al hombre a orar, sino que no debe orar.

“Mas he aquí os digo que debéis orar siempre, y no desmayar; que nada debéis hacer en el Señor sin antes orar al Padre en el nombre de Cristo, a fin de que él os consagre vuestra acción, y vuestra obra sea para el beneficio de vuestras almas” (2 Nefi 32:1,3-4,8-9).

Que el Señor nos ayude, a cada uno de nosotros, poseedores del Santo Sacerdocio, a adquirir este poderoso deseo motivador para que la búsqueda y la meditación de las palabras de vida eterna y la oración acerca de ellas, nos lleven a magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio y que podamos calificarnos para recibir las bendiciones prometidas del “convenio que pertenece al sacerdocio”, lo ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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