Las responsabilidades del sacerdocio

Conferencia General Abril 1973
Las responsabilidades del sacerdocio
Por el élder N. Eldon Tanner
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

N. Eldon TannerEs un gran privilegio, honor y responsabilidad pararme al frente y hablar a todo el sacerdocio reunido en este histórico Tabernáculo, y saberme escuchado en otros 800 edificios en los Estados Unidos y Canadá. Este es el mayor grupo de poseedores del sacerdocio que se haya reunido para escuchar la voz del Profeta, y cuando pienso en que ellos pueden ver y escucharlo a través de un circuito cerrado de transmisión mientras él habla para ellos, eso me recuerda que también nosotros tenemos a nuestra disposición un círculo cerrado para comunicarnos con nuestro Padre Celestial, mediante el cual, si nos mantenemos en la frecuencia correcta, podemos escucharlo y hacernos escuchar por él.

Con frecuencia me pregunto si realmente apreciamos lo que significa el sacerdocio. El presidente Romney, que está muy cerca del Señor nos ha dado esta noche algunas instrucciones que, si las seguimos, nos ayudarán a apreciar el sacerdocio y a disfrutar las bendiciones que reciben quienes lo magnifican, esto quiere decir estar en completa armonía con lo que dijo el presidente Romney, magnificar el sacerdocio en el oficio al cual fuereis nombrados, porque esto es lo que debemos hacer mis hermanos. Tenemos esta gran responsabilidad sobre nosotros desde el momento mismo en que recibimos el sacerdocio de Dios.

Cada vez que pienso en el sacerdocio pienso en el gran honor y privilegio que tenemos de hablar y actuar en el nombre de nuestro Padre Celestial, y en la responsabilidad que cae sobre nosotros.

Muchas veces me pregunto; ¿Qué vamos a hacer al respecto? ¿Hemos de darnos cuenta de quiénes somos, de lo que tenemos y de cuáles son nuestras responsabilidades?

Quisiera decir a los varones jóvenes: pasad ratos agradables, jugad al básquetbol, fútbol, tenis, participad en el deporte que deseéis y haced lo que os guste mientras sea correcto, pero honrad vuestro sacerdocio dondequiera que estéis, a fin de ser ejemplos ante el mundo.

Quisiera hablar brevemente de cómo debemos vivir como poseedores del sacerdocio, y primero diré unas pocas palabras en cuanto a la familia. El padre, jefe del hogar, debe comprender que su familia es lo más importante de su vida, y no debe descuidarla jamás. Al cuidar a sus familiares debe recordar que si ha de gozar de la unidad familiar aquí y a través de las eternidades, es esencial que todos los miembros de ésta vivan de acuerdo con las enseñanzas del evangelio, y ha de recordar además, que “ningún otro éxito puede compensar el fracaso en el hogar.” Recordad también que es en el hogar donde se imparten las enseñanzas más poderosas y donde se forja la vida de nuestros hijos.

Si el padre ama a Dios, a su esposa y a sus hijos y honra su sacerdocio, tendrá muy poco de qué preocuparse. Si todos los poseedores del sacerdocio hicieran esto en todo el mundo, ¡qué inmensa influencia tendríamos! Alguien podrá preguntarse: “¿Y cuál es el papel de las niñas, las madres y las mujeres en general?” Lo mismo se aplica a ellas, mas ahora me estoy dirigiendo a los poseedores del sacerdocio y la manera en que éstos deben actuar.

Santificad el Día de Reposo, guardad estrictamente la Palabra de Sabiduría; orad siempre y sed honestos unos con otros y con vuestros semejantes. Estudiad el evangelio, enteraos de lo que se espera de vosotros, de la razón por la cual estáis aquí, de que sois en verdad hijos de Dios, y que como tales debéis manteneros moralmente limpios. Y esto es algo que debéis enseñar a hacer a vuestros hijos varones.

Al hablar de la familia y los padres de familia, quisiera daros un ejemplo leyéndoos algo que dijo la hermana Mckay refiriéndose a su marido, el presidente David O. Mckay. He aquí su comentario:

“Me siento muy orgullosa de mí esposo; es él tan amable, tan cortés, tan galante, tan bondadoso y tan afable en nuestra casa como en todos los demás lugares, y me siento sumamente orgullosa y agradecida por él. No puedo encontrar en él nada malo y ruego porque nuestros hermanos traten siempre de seguir su ejemplo en todas las cosas.”

Hermanos, no se me ocurre ningún consejo mejor que podamos recibir. Como ejemplo de buena enseñanza recuerdo a un joven que un día me habló de sus padres y de cómo le enseñaron ellos la importancia de ir al templo y prepararse a fin de ser digno de entrar en la Casa del Señor. Cuando se preparaba para ir al templo, hablaban de ello, de las experiencias que tendrían, del gran privilegio que significaba y de la importancia de ir regularmente. Cuando regresaban de la Casa del Señor, comentaban cuán hermoso había sido ver a una joven pareja casada en el templo, así como gozar del gran privilegio de estar en la casa del Señor. A este joven se le hacía difícil entonces esperar el momento en que él pudiese ir y recibir sus investiduras, y sabía la importancia de prepararse siendo limpio y puro e ir sabiendo que el Señor lo aceptaría.

Personalmente, me gustaría expresar el cariño y aprecio que siempre sentí por mi padre. Papá nos enseñó a orar, se sentía que hablaba directamente al Señor cuando se arrodillaba en la oración familiar. También nos enseñó a orar en privado, era honesto y honorable en todo con sus semejantes. Magnificaba su sacerdocio y esperaba que nosotros también lo hiciéramos. Además, siempre mostró gran amor por mi madre.

Acostumbraba a llevarnos de caza o pesca no obstante las muchas ocupaciones que teníamos en la granja. Estoy seguro de que le era difícil salir, pero lo hacía para estar con nosotros; mas nunca salíamos los domingos; no creo que la idea se le ocurriera siquiera. Regularmente asistíamos con él a nuestras reuniones. Recuerdo que algunos de mis amigos me decían: “Ojalá tuviese yo un papá como el tuyo. Es tan agradable estar en su compañía.” Y nosotros, los cuatro muchachos, preferíamos estar con nuestro papá antes que con cualquier otra persona porque él era un buen padre.

Padres, es importante que seáis compañeros de vuestros hijos para que ellos puedan ver cómo vivís y para que vosotros podáis observar cómo viven ellos.

Recuerdo la forma en que mi padre depositaba su confianza en mí; como ya lo mencioné, acostumbrábamos a trabajar en la granja, y él me llamaba por las noches o temprano por las mañanas para tratar conmigo sus planes para el día, pidiéndome mi opinión, preguntándome sí debíamos hacer esto o aquello, y así me sentía parte de todo eso. Ahora ‘sé que él ya tenía sus planes trazados; pero de esa forma me demostraba confianza. AL comprender que formaba parte de ello, yo trabajaba hasta más no poder para cumplir con mi tarea; y quería entrañablemente a mi padre por eso.

Recuerdo que un día me dijo: “Sabes, hijo mío, te prefiero a ti como ayudante, que a cualquier otro hombre que haya contratado para el trabajo. Te tengo absoluta confianza y ciertamente realizas bien tu día de trabajo.” Tal expresión de confianza y aprecio impulsa al individuo a tomar una mayor determinación de realizar bien su tarea.

Es muy importante que ayudemos a los jóvenes a establecer metas elevadas, así como a alcanzarlas. Debemos entender que Satanás existe y que es real y que está decidido a destruirnos, a desanimarnos, a tentarnos, y desviarnos del camino recto.

Me gustaría repetir una hermosa experiencia que me conmovió hondamente. Espero que al obispo Featherstone no le importe que lo mencione pues es de él, de quien voy a hablar. Esto sucedió poco después que ellos se trasladaran para acá dejando su bonita casa y el lugar donde tenían muchos amigos y eran muy conocidos. Después de llegar a su casa al terminar de un día de trabajo y habiéndose puesto su cómoda ropa de entrecasa, su hijo Joe le dijo: “Papá, quisiera que me dieras una bendición especial para que pueda adaptarme y sentirme a gusto y feliz aquí.”

El padre fue inmediatamente a cambiarse de ropa. Cuando venía bajando, su esposa le dijo: “No me digas que vas a salir esta noche.” El le contestó: “Voy a dar una bendición a alguien”, y prosiguió “Joe ha pedido una bendición especial y he querido vestirme y estar listo para honrar el sacerdocio y mostrar a nuestro hijo el interés que tengo en él, así como ayudarlo a gozar de las bendiciones mediante la fe que tiene en mí y en el sacerdocio”.

Hermanos, éste es el espíritu que hemos de tener. Y, desde luego podéis imaginar lo que sucedió, derramó lágrimas al darse cuenta de que tenía un esposo que era un ejemplo para su joven hijo y se interesaba tanto en él hasta el punto de prepararse para representar al Señor en el sacerdocio que posee.

Quisiera dirigir unas pocas palabras a los obispos, y demás oficiales de barrio y estacas, incluyendo a los presidentes de misión. Tenemos una responsabilidad inmensa; y especialmente el obispo, con sus consejeros, tienen la responsabilidad del Sacerdocio Aarónico. Mucho se ha dicho esta noche en cuanto a esto, pero quisiera agregar algo: debéis conocer a todos los muchachos por su nombre de pila; mostrar interés en cada uno, permanecer cerca de ellos. Cuando sepáis el nombre de pila de los muchachos, usadlo. Recordaréis que cuando Dios el Padre y su Hijo Jesucristo aparecieron a José Smith y éste hizo la pregunta, Dios se dirigió a él y le dijo:

“José”, llamándolo por su nombre. “Este es mi Hijo amado” (José Smith 2:17). A los muchachos les gusta que se les llame por su nombre.

Recordemos y hagamos siempre presente a nuestros muchachos que cuando ofician como poseedores del sacerdocio, están representando al Señor. Pueden tener sus pasatiempos en cualquier otro lugar y practicar el deporte que deseen, mas cuando oficien en el sacerdocio, deben darse cuenta de que están representando al Señor y por lo tanto han de vestirse y prepararse adecuadamente.

Además, obispos, es importante que les ayudemos a comprender lo que significa el sacerdocio. Cuando yo era obispo, tenía en mi barrio seis muchachos con edad suficiente para ser ordenados élderes, pero pude recomendar sólo a cinco pues uno de ellos no estaba listo. Habíamos hablado varias veces y él me había dicho que no era digno; se sentía muy mal en cuanto a esto, pero no esperaba ser recomendado al presidente de la estaca. Su tío se acercó a mí diciéndome: “Seguramente usted no dejará al muchacho atrás mientras sus cinco amigos son adelantados.” Me suplicó que lo dejara pasar; me dijo: “Si no lo hace, hará que el muchacho se aleje de la Iglesia.”

Entonces le di a aquel hombre la siguiente explicación: “El sacerdocio es lo más importante que podemos dar a este muchacho. No lo repartimos en bandeja de plata. Este joven y yo nos comprendemos perfectamente y él no está listo para ser ordenado élder.” Y no fue recomendado.

Pocos años después asistía yo a una conferencia general en la Manzana del Templo, cuando se me acercó un joven que me dijo: “Presidente Tanner, no se acordará usted de mí. Yo soy aquel muchacho al cual usted no recomendó para ser ordenado élder. Y extendiéndome la mano, continuó. “Quiero darle las gracias por eso. Ahora soy obispo en California; si me hubiese recomendado cuando no era digno, posiblemente no habría llegado a apreciar jamás lo que es el sacerdocio y lo que se espera de uno, y seguramente nunca habría llegado a ser obispo”.

Obispos, estos jóvenes no esperan recibir algo que no merecen, ni lo aprecian. Deben comprender y apreciar lo que significa el sacerdocio y prepararse y ser dignos antes de ser adelantados en el mismo.

Mediante una minuciosa entrevista, aseguraos de que estén listos para recibir un adelanto en el sacerdocio, una recomendación para el templo, para una misión, o cualquier otro cargo. Ciertamente, no hay bondad alguna en recomendar a alguien si esa persona no está lista para ello; en realidad es un gran perjuicio el que se le causa. Ayudadles a apreciar el significado y la importancia de estar preparados y ser dignos. Animadlos, hacedles saber que los amáis, y haced todo lo que podáis por ayudarles a prepararse.

Me gustaría deciros que, como padres de vuestros respectivos barrios, tenéis el gran privilegio, el gran gozo de dirigir todos los asuntos del barrio y de ayudar a estos jóvenes para que lleguen a ser dignos de sentarse en este estrado algún día como directores del barrio y de la estaca. Algunos de ellos ciertamente lo serán. Ayudadles a prepararse, así como a apreciar el hecho de que podrían llegar a ocupar cargos de responsabilidad. Y permitidme deciros lo siguiente: es posible que no todos los poseedores del sacerdocio sean llamados a ocupar cargos directivos, mas poseer el Sacerdocio de Dios es un gran privilegio, una gran bendición, y siempre que lo honremos, nos preparará para la salvación y la exaltación, si estamos listos para servir al Señor donde quiera que se nos llame. El Sacerdocio de Dios es algo que el mundo no posee.

Obispos, vosotros tenéis una obligación adicional; sois jueces de Israel, y siempre debéis juzgar al transgresor y tratarlo con amor y confianza, con el deseo íntimo de ayudarlo y llevar a cabo vuestras responsabilidades para con él. Los presidentes de estaca y de misión también tienen este deber. Es importante que cuando os enteréis de que existe iniquidad, seáis bondadosos y mostréis interés en el transgresor para llevarlo al arrepentimiento; eso es bondad. Amad a todos pero no toleréis la iniquidad. Cuando os parezca que algo anda mal, es vuestro deber investigar y tratar todos los casos de transgresión de acuerdo con la seriedad del mismo. Al actuar con prontitud podréis evitar que la transgresión avance.

Estudiad las Escrituras y el manual correspondiente y actuad de acuerdo con las instrucciones. Los obispos y los presidentes de estaca no deben eludir esta responsabilidad. Cualquiera que diga que nunca he disciplinado a nadie, que nunca he suspendido los derechos de nadie, ni ha excomulgado a nadie y que no intenta hacerlo jamás, tiene una actitud totalmente errónea y podría acarrear sobre sí el juicio.

El Señor ha dicho: “Cualquier miembro de la Iglesia de Cristo que transgrediere o cayere en pecado será juzgado según las Escrituras” (D. y C. 20:80).

El presidente John Taylor dijo lo siguiente: “Además, he oído de obispos que han estado procurando ocultar las iniquidades de los hombres, a ellos les digo en el nombre de Dios, que ellos mismos tendrán que sobrellevarlas y enfrentar ese juicio. Cualquier hombre que encubra la iniquidad, tendrá que sobrellevarla y si cualquiera de vosotros quiere participar de los pecados de los hombres o apoyarlos tendrá que soportarlos. ¿Escucháis, obispos y presidentes? Dios lo requerirá de vuestras manos. No os encontráis en posición de sobornar los principios de rectitud, ni de encubrir las infamias y las corrupciones de los hombres” (Conference Report, de abril de 1880, página 78).

Los casos que han de ser tratados por la Iglesia, incluyen, —entre otros— sin estar limitados a ellos, la fornicación, el adulterio, los actos homosexuales, el aborto, y otras infracciones del código moral; la intemperancia, los hechos criminales que implican vileza moral tal como robo, deshonestidad, y asesinato; apostasía, oposición manifiesta a las reglas y reglamentos de la Iglesia y desobediencia deliberada a las mismas, crueldad para con el cónyuge o los hijos; aceptación o práctica del llamado matrimonio plural y cualquier conducta anticristiana en violación de la ley y el orden de la Iglesia.

Aquellos que son culpables de transgresión no son nunca felices sino hasta que confiesan sus pecados y se arrepienten, la experiencia ha probado que cuando se trata a un transgresor como debe tratársele, con amor y deseos de ayudarle y con la debida disciplina, puede empezar de nuevo con una conciencia limpia y sólo entonces puede progresar como no podría hacerlo de ninguna otra manera. El os agradecerá esto y a medida que tratéis de ayudarle, el Señor os bendecirá, tanto a vosotros como al individuo arrepentido. Me gustaría dirigir unas palabras a los muchachos y a los hombres jóvenes como poseedores del sacerdocio en particular. Esta noche se os ha dicho cuál es vuestra responsabilidad. Quisiera grabar en vosotros la importancia de que os mantengáis moralmente limpios.

Preparaos para las grandes bendiciones que se reciben solamente mediante el sacerdocio, como las del templo, el servicio en el campo misional, y cumplir con vuestros deberes en los oficios que poseéis. Ningún hombre, joven ni anciano, que posea el Sacerdocio de Dios puede honrar ese sacerdocio sin honrar y respetar a la mujer. Todo hombre joven debe prepararse para proteger la virtud de una mujer con su vida, si es necesario, y no ser jamás culpable de codiciar una mujer ni de hacer cosa alguna que pudiese degradarla o hacer que perdiese su virtud. Toda señorita tiene el perfecto derecho de sentirse segura al salir con un joven que tenga el sacerdocio, sabiendo que él la respetara y la protegerá en todas las formas.

Todos sabemos que la moral del mundo se ha relajado; aunque nosotros estemos en el mundo, no debemos ser de él. Sean las personas con quienes os asociáis miembros de la Iglesia o no, sean transgresoras o no, esperarán que vosotros, los que poseéis el sacerdocio, lo honréis y os respetarán si lo hacéis. De otro modo perderían la confianza en vosotros así como el respeto por la Iglesia.

Si viviésemos cada día de tal manera que pudiésemos mirar al obispo, al presidente de la rama, al presidente de la estaca, al Presidente de la Iglesia, o al Señor directamente a los ojos y decirles “Estoy haciendo lo mejor que puedo por magnificar mi sacerdocio”, entonces, estaríamos seguros.

Ningún varón joven culpable de seria transgresión debe solicitar una recomendación para el templo, ni esperar que se le llame a una misión, ni desear ser avanzado en el sacerdocio sino hasta que se arrepienta y sea digno de tal llamamiento. No puedo imaginar una mayor desilusión, más tristeza o pesar más grande que el que pueden sentir las personas que tengan un misionero indigno y culpable de transgresión, teniendo que ser relevado de su llamamiento sin ningún honor, que le sean suspendidos sus derechos de miembro de la Iglesia o que sea excomulgado. Esta es una gran desilusión tanto para su compañero como para el presidente de la misión, quien tiene que tratar a estos transgresores y enfrentar entonces la dolorosa responsabilidad de enviarlos a su casa. Esto aflige a los padres y lastima al obispo y al presidente de estaca correspondientes así como a aquellos que han trabajado estrechamente con él; es una afrenta al Señor y afecta seriamente la vida del misionero.

El Señor nos ayude a apreciar quiénes somos, a vivir en conformidad a ello, a darnos cuenta de que poseemos el Sacerdocio de Dios en La Iglesia de Jesucristo, que somos los únicos hombres del mundo que tenemos la autoridad para hablar en el nombre de Dios. Reunidos aquí esta noche en estos diferentes edificios, están representados todos los oficios del sacerdocio de la Iglesia, y el éxito y el progreso de esta Iglesia, depende de vosotros como individuos que poseéis el sacerdocio. Ruego humildemente que seamos probados dignos, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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