En las llanuras de Judea

Conferencia General Abril 1973
En las llanuras de Judea
Por el élder Bruce R. McConkie
Del Consejo de los Doce

Pedro dijo: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11), lo que significa que debe ser guiado por el poder del Espíritu Santo; y esto es, sobre todas las cosas, lo que deseo en este momento.

Esta mañana escuchamos a nuestro presidente, al oráculo presidente del reino de Dios en la tierra; él es portavoz de la voluntad y el deseo del Señor dada a los Santos de los Últimos Días y al mundo entero. No se me ocurre nada que pueda ser más importante en este tiempo, que seguir ese modelo y hablar como el Presidente Lee habla, a menos que sea siempre vivir como él vive, para tener la dicha de asociarme eternamente con la clase de persona con las que él se asociará.

He consultado con el Señor sobre lo que debería decir; le he hecho algunas sugerencias con respecto a lo que creía apropiado, dependiendo siempre, por supuesto, de su aprobación. Y si ahora puede mi lengua desatarse con fácil expresión y vosotros escuchar con oído atento, todos nos beneficiaríamos al procurar adorar al Señor en espíritu y en verdad.

He escrito un pequeño poema que titulé, “En las llanuras de Judea”, y que me gustaría leeros:

Me detuve, de Judea en las llanuras,
Y celestes sones y melodías escuché.
Allí un ángel me anunció de las alturas.
Que un niño del linaje de David iba a
Nacer.

Sobre los pastores que la noche vigilaban,
Una luz brillante y gloriosa apareció,
Y desde los cielos coros santos cantaron.
A terrenal hogar bajó el Hijo de Dios.
Y dulces voces entonaron el refrán:

“Alabanzas cantaremos al altísimo Dios,
Y a los hombres buena voluntad y paz.
En Belén a nacido hoy el Redentor.”
Y allí recibí testimonio seguro:

Que a la tierra vino, mi alma a salvar.
El Hijo de Dios, Ser supremo y puro,
De pecado y muerte, y eterno pesar.

La salvación está en Cristo

Él es nuestro Salvador y redentor; Él vino el mundo a redimir a la humanidad de la muerte temporal y espiritual causada por la caída de Adán, y nos dio un plan, un sistema de salvación que se llama evangelio de Jesucristo. Este plan es para que todas las personas, en todas partes tengan fe en Cristo, se arrepientan de sus pecados y hagan convenio en las aguas del bautismo de guardar los mandamientos, y servir a Dios con todo su corazón, poder, mente y fuerza; para que puedan, a continuación, recibir el don del Espíritu Santo y gocen de su compañía, a fin de poder vivir, de ahí en adelante, en rectitud y devoción todos sus días, con la seguridad y la promesa de que haciéndolo, lograrán paz en esta vida y eterna gloria en la vida venidera.

Ahora bien, nosotros somos los agentes y representantes del Señor; Él nos ha dado la plenitud de su evangelio eterno, los cielos se han abierto en nuestra época y la voz de Dios se oye nuevamente: han bajado ángeles directamente de su presencia. Se le han dado otra vez al hombre mortal las llaves y el poder, la autoridad y el sacerdocio, y una vez más tenemos todas las llaves y prerrogativas y poseemos todos los poderes necesarios para salvar y exaltar al alma humana. En este reino, en esta Iglesia, tenemos las llaves del reino de Dios, las llaves para la salvación de todos los hombres, en todas partes.

Comisionados para proclamar la verdad

Y Él nos ha dado el mismo cometido que dio a aquellos que en los días antiguos tuvieron los mismos poderes, o sea el cometido de llevar su palabra a todo el mundo y poner la salvación a disposición de todos sus hijos en todas partes. Ahora bien, esto nos coloca en las obligaciones de aprender cómo llevar a cabo esta tarea de incomparable y trascendental magnitud… ¿Cómo vamos a proclamar las verdades de la salvación entre nuestro propio pueblo y llevar al mundo el mensaje de la restauración?

Tenemos aquí algunos principios eternos y lo que hagamos en nuestros días no solamente es lo mismo en principios sino que es exacta y precisamente lo que hicieron los profetas y hombres justos de épocas pasadas.

Enseñar y advertir

En los primeros tiempos de esta dispensación el Señor dijo que:

“. . . Los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio, que se encuentran en la Biblia y en el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud del evangelio.” (Doctrinas y Convenios 42:12)

Y en otra ocasión dijo que nos había enviado “. . . para testificar y amonestar al pueblo. . . ” (Doctrinas y Convenios 88:81)

Por una parte tenemos la responsabilidad de enseñas la doctrina del evangelio, y por otra la de testificar por conocimiento personal de que sabemos que las cosas que proclamamos son verdaderas; pienso que estos dos cometidos están perfectamente ilustrados en el ministerio de los hijos de Mosíah. El registro nos dice que estos “eran hombres de sano entendimiento” que “habían escudriñado diligentemente las Escrituras para conocer la palabra de Dios.” No sólo eso; “. . . Se hhabían dedicado a mucha oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el espíritu de revelación, y cuando enseñaban, lo hacían con poder y autoridad de Dios.” (Alma 17:3)

Obligación de saber

Esto nos indica dos cosas:

En primer lugar, es un requisito que conozcamos las doctrinas de la iglesia y estamos obligados a hacerlo; debemos atesorar las palabras de vida eterna; debemos razonar tan inteligentemente como nuestra capacidad nos lo permita; debemos hacer uso de cada una de las facultades y aptitudes con que se nos ha investido para proclamar el mensaje de salvación y hacerlo comprensible para nosotros mismos y para los demás hijos de nuestro Padre Celestial. Pero además, después de haber cumplido con todo esto e incluso en el proceso de cumplirlo, tiene la obligación de dar testimonio —de hacer saber al mundo y a nuestros compañeros en la Iglesia— que en nuestro corazón y por revelación del Espíritu Santo a nuestra alma, conoceremos la verdad y la divinidad de la obra y la doctrina que enseñamos.

Ahora permitidme tomar de los registros antiguos una clásica ilustración de cómo se logra esto. Pedro y sus compañeros tenían la misma obligación, en su época, que nosotros tenemos en la nuestra: llevar el mensaje de salvación hasta los cabos de la tierra. Supongo que él leería y enseñaría las revelaciones que hicieron Isaías y los otros profetas sobre Cristo y su evangelio; razonó con la gente sobre ella siguiendo el divino consejo, “Venid ahora, dice Jehová, y razonemos juntos. . .”; (Isaías 1:18).obedeció el decreto divino, “Presentad vuestra causa. . .” (Isaías 41:21)

Pero también hizo algo más: después de haber enseñado la doctrina y haber razonado con la gente, dio su testimonio personal de la verdad y divinidad de lo que había presentado; y el Señor lo preparó para hacerlo dándole la oportunidad de pasar por experiencias espirituales, y dejando que el poder del Espíritu Santo descansara sobre él.

Recordaréis, por ejemplo, que Pedro y algunos otros de los Doce junto con un grupo de santos, se encontraban en un cuarto cuando el Señor Jesús se les apareció. Todos los que allí se encontraban reunidos se quedaron asombrados y espantados. El Señor les dijo:

“. . . ¿Por qué estáis turbados y surgen dudas en vuestros corazones?”

“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo.” (Lucas 24:38-39)

Entonces ellos extendieron las manos y lo tocaron, y palparon las heridas que marcaban su cuerpo. Y él pidió carne y la comió delante de ellos.

Pero Tomás no se encontraba entre ellos y no pudo creer el testimonio de sus compañeros; ocho días más tarde, el Señor hizo otra aparición, esta vez ante todo el grupo, y les dijo:

“Pon aquí tus dedos, y mira mis manos; y acerca acá tu mano, y ponla en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.” (Juan 20:27)

Y Tomás exclamó:
“. . . ¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28)

Todo esto fue para mostrar que Jesús había salido de la tumba con su cuerpo tangible; en esta forma el Señor les dio a Pedro y sus compañeros un testimonio de la veracidad y divinidad de su gloriosa filiación. Él se había levantado de los muertos por que era el Hijo de Dios; y sí Él era el Hijo de Dios, el evangelio de salvación que ellos proclamaban era verdadero. Por lo tanto, tenían la responsabilidad de convencer a los hombres de que Él se había levantado de los muertos. Ahora bien, como ya lo mencioné, habrían de tratar de hacerlo citando a Isaías o razonando sobre las revelaciones, y así lo hicieron. Pero después tuvieron que ofrecer su testimonio personal; y ahora deseo leer una muestra de tal testimonio, ofrecido por Pedro, cuando dijo ante un grupo de gentiles:

“Dios envió la palabra a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo; éste es el Señor de todos.”

“Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan.”

“En cuanto a Jesús de Nazaret: cómo le ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder, y cómo anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.”

“Y nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén, a quien mataron, colgándole en un madero.”

“A éste levantó Dios al tercer día e hizo que se apareciese,”

“No a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos.”

“Y nos mandó que predicásemos al pueblo y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de los vivos y de los muertos.” (Hechos 10:36-42)

Y a continuación, esta categórica declaración:

“De él dan testimonio todos los profetas, de que todos los que crean en él recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hechos 10:43).

Permitidme leer otro testimonio más que ofreció Pedro:

“Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, siguiendo fábulas astutamente inventadas, sino que con nuestros propios ojos hemos visto su majestad.”

“Porque él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando una voz le fue enviada desde la magnífica gloria, diciendo: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco.”

Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.” (2 Pedro 1:16-18)

No quiero disminuir en lo más mínimo la obligación del evangelio, de escudriñar las revelaciones, de aprender a razonar y analizar, a presentar el mensaje de salvación entre nosotros mismos y al mundo, con todo el poder y la habilidad que tengamos; pero todo eso, por sí mismo no es suficiente. Cuando hayamos cumplido con todo, tenemos que obrar de acuerdo con el mandamiento que el Señor nos dio en nuestros días.

“. . . Sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios” (Isaías 43:12). Tenemos que poner un sello divino de aprobación sobre la doctrina que enseñamos, y ese sello es el testimonio, el sello de un conocimiento personal recibido por medio del Espíritu Santo.

Pedro pudo, haber razonado y discutido mucho, después de lo cual la gente podría argüir y decirle, “usted no entiende las escrituras; sus interpretaciones son erróneas. Tal o cual cosa está equivocada.” Pero no es posible argüir con un testimonio: así, es que después de haber razonado, si Pedro les dijera, como debe de haberlo hecho en esencia muchas veces, “Estando yo en un cuarto, el Señor vino atravesando las paredes y apareció ante nosotros, lo reconocí, Era la misma persona con quien yo había trabajado y viajado durante tres años y medio: la persona que vivió en mi casa, en Capernaum. Toqué las marcas de los clavos en sus manos y pies; metí la mano en su costado; lo contemplé mientras comía y bebía delante de nosotros. Yo sé que Él es el Hijo de Dios porque el Santo Espíritu de Dios ha dado este testimonio a mi alma.” Pero habiéndoles dicho esto, ya no habría quedado nada por discutir. No es posible argüir con esa clase de presentación. Es posible decir, como Festo le dijo a Pablo: “Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco” (Hechos 26:24), pero en el análisis final lo único que puede hacerse es aceptar o rechazar el testimonio recibido. O es verdadero o es falso; no hay términos medios.

Os preguntaréis cómo podéis probar y establecer que el Padre y el Hijo aparecieron a José Smith; que en nuestros días aparecen ángeles, que ha habido una restauración del evangelio y que todas las cosas que preguntamos al mundo son verdaderas. Tenéis que razonar con las revelaciones y esto nos presenta problemas. Tenemos la verdad. El Señor es el autor del sistema que hemos recibido. Pero después de haber razonado y analizado, tenéis que presentaros como un testigo personal que sabe lo que está diciendo; tenéis que hacer lo mismo que hicieron los hijos de Mosíah, hablar y enseñar por el espíritu de profecía y revelación; y el resultado es que cuando habláis, lo hacéis con autoridad. Esta es la gran diferencia que nos separa del mundo, y gracias sean dadas a Dios por que tenemos este conocimiento. Hemos recibido revelación, y estamos en condición de hablar con autoridad.

Y eso es lo que me propongo hacer en esta ocasión con todas las fuerzas de mi alma, porque soy uno entre las numerosas huestes de Israel de los últimos días, que tiene este conocimiento. Conozco personalmente la verdad y la divinidad de esta obra y de la doctrina que enseño.

Empecé este discurso con el poema, “En las llanuras de Judea”.

Permitidme terminarlo con otro.

“¡Cristo vive!”
A comer nos sentamos, llenos de dolor,
Pues hombres perversos asesinaron al Señor
En la cruz de muerte lo habíamos visto
Y vimos su cuerpo en la tumba tendido.

Mas en medio de nosotros volvió El a pararse
¡Cristo vive! ¡Vive! ¡Es el mismo de antes
Comió y bebió. Su cuerpo de carne tocamos.
Y a sus pies reverentes nos arrodillamos.

A Tomás le dijo con su voz serena:
“Toca mis manos, las mismas son éstas
Que en la cruz clavaron, cuando allí sufrí
Aflicción y muerte, por el mundo, por ti”.

A mí, en solemne tono su voz me habló:
“Tócame y ve que de carne y hueso soy”
“¡Ante Él inclinaos ¡”, mi alma gritó
“¡Aclamad al Salvador, nuestro Señor y Dios!”.
(Traducción libre)

Y de esto testifico, seria y solemnemente, con pleno conocimiento de lo que digo, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén

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